Cristo y la luz: La experiencia del templo y la liturgia

La Pascua y la Navidad son las dos fiestas más importantes para los cristianos, pero nuestro calendario litúrgico seguirá recordándonos la primacía de la luz durante todo el año.

Patricio Jiménez

26 marzo 2021, 1:35 pm
14 mins

El cristianismo es una religión solar y todo en él habla del triunfo de la luz sobre las tinieblas. Nuestra fiesta de Navidad, que coincide con la antigua celebración pagana del Sol Invicto, lo grafica perfectamente, pero la centralidad de la luz (y del sol) está lejos de agotarse en ella. Es por eso que me gustaría proponer tres elementos de la vida cristiana que nos pueden ayudar a (re)descubrir a ese Dios que ilumina la Historia, nuestra historia.

LA LUZ DEL TEMPLO

Las primeras iglesias, y también muchas que se construyen en nuestros días, tienen el altar orientado hacia el este, hacia el lugar desde donde nace el sol. En Chile pueden servirnos como ejemplo la catedral de Arica, la iglesia de San Francisco en la Alameda y la capilla del colegio San Ignacio El Bosque. Como contraparte, la puerta principal, y a veces la única, por la que hacen ingreso quienes acuden a estas iglesias, se encuentra en dirección oeste, hacia donde se pone el sol.

El este simboliza el mundo de la luz, de la vida, de lo sagrado; en cambio, el oeste representa el mundo de la oscuridad, de la muerte, de lo profano. Es precisamente allí donde comienza nuestro camino hacia Dios.

En las catedrales góticas esta idea queda reforzada por una segunda imagen: el rosetón que permite que la luz del atardecer entre con todas sus fuerzas en dirección al altar. Según el filósofo y filólogo francés Jean Hani, “la salida oriental del sol marca la victoria de Cristo sobre las tinieblas y sobre el mal que se encuentra representado en el muro norte, zona en la que no penetra el sol; mientras que el rosetón de la ciudad santa [la nueva Jerusalén] se encuentra en el oeste, allí donde se pone el sol visible, porque este descenso del sol al final de la jornada simboliza también el final de este mundo y la aparición de uno nuevo en el que ya no será necesario el sol, pues el astro luminoso será el propio Cordero” (1).

Esta asociación de Cristo con la luz es probablemente una de las más antiguas tradiciones del cristianismo. Recordemos que Zacarías, tras recuperar el habla, canta un himno de gloria en el que profetiza que Dios “nos trae del cielo la visita del Sol que se levanta para alumbrar a aquellos que se encuentran entre tinieblas y sombras de muerte y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,78-79). Y lo mismo ocurre con el primer signo visible de la presencia de Jesús en el mundo: una estrella que guía a los sabios de Oriente, es decir, provenientes de la tierra de donde nace el sol, hacia el Sol verdadero: Cristo (Mt 2,9-11).

Lo que hace la arquitectura cristiana no es otra cosa que tomar estos relatos de las Escrituras y materializarlos en un edificio que permite ver aquello que se escucha y en lo que se cree. Y si la materialidad del templo ayuda a comprender mejor y a grabar en el corazón las verdades de la fe, la disposición del año litúrgico viene a reforzar todo esto.

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Patricio Jiménez

Piedras Vivas, Nápoles