Creo que en Dios que crea

La Biblia, incluso desde su mismo comienzo, puede ser una luz orientadora, un cierto consuelo, en tiempos de tensión y de situaciones desafiantes en lo personal y lo colectivo.

Rodrigo García S.J.

06 octubre 2021, 3:38 pm
22 mins

Cuando nos movemos entre situaciones tan totalizantes y trascendentales como la Convención Constituyente, las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias, la lucha contra el patriarcado y por la sustentabilidad, puede parecer un despropósito buscar luz, orientación, ¿consuelo?, en algo tan antiguo y abstruso como la Biblia. ¿Será esta un interlocutor válido? ¿Vale la pena intentar probarlo?

Hay pasajes bíblicos cuya comprensión resulta fácil a quien los lee. Como si fuesen escritos directamente para nuestro tiempo y no requiriesen interpretación. Así, por ejemplo, el Sermón de la Montaña, el Himno al Amor —de san Pablo—, algunos salmos, ciertos pasajes de los profetas. Otros resultan rebuscados, sobrecargados, incomprensibles, como el Apocalipsis. Hay también trozos que —me perdonarán el símil— no parecen servir para más que  modelo de recorte de figuras en papel lustre o dibujo con lápices de cera. Me refiero al primer capítulo del Génesis, la puerta de la Sagrada Escritura cristiana: dice que Dios creó la luz, los mares, el sol y la luna, los vegetales y animales, finalmente el Hombre (varón y mujer)(1). El relato casi se puede saltar. Se mueve entre lo naïve, lo pueril, lo científicamente imposible. Nada interesante.

Pero no hay tal. El relato que nos ocupa es el pórtico clamoroso de la gran historia del caminar de Dios con el Hombre, del Hombre con Dios, de la fraternidad y la sororidad en la gran casa común. De eso trata la Biblia.

UN PATRÓN DE LECTURA

El contexto de su elaboración final es el siguiente. Quienes pertenecían al reino de Judá (Palestina e Israel actuales, aunque no exactamente) partieron al exilio a Babilonia el 586 a.C. Una vez llegados, vieron con asombro la grandeza del imperio dominador. Jerusalén, la gran capital, y su Templo no pasaban de ser una aldea provinciana al lado de los edificios, palacios y templos que contemplaban. El triunfo de Nabucodonosor, rey de Mesopotamia, sobre Sedecías, rey de Judá, no era sino el drama terreno de la verdadera batalla entre Marduk y Yahvé. Así, se volvía difícil mantener viva la adhesión a un dios que se había revelado «perdedor». El culto a Marduk, dios supremo, daba más garantías de vida.

Por eso se volvía indispensable insistir en la fe que había ido forjándose en Israel. No por una cuestión de poder, que no tenían, sino porque un Dios como Yahvé permitía mantener viva la esperanza, sobre todo para los más pobres. En el contexto del imperio vencedor, ellos solo serían perdedores. Con suerte, si rezaban bien (esto es, se sometían, temerosos, a los ciclos de la naturaleza, renunciaban a los mejores frutos de su trabajo, de sus vidas —incluso, había hijos e hijas entregados en sacrificio—), existía la posibilidad de una vida menos desgraciada. Yahvé, en cambio, ofrecía mucho más: todos eran responsables por los que ahora llamamos, eufemísticamente, vulnerados.

Cuando Israel estaba en el exilio (siglo VI a. C.), ya existía —quizá no exactamente como lo conocemos hoy, pero casi— el relato de Adán y Eva en el Jardín de Edén. Esta narración trata de explicar el origen bueno del Hombre y el mundo, la presencia cercana de Yahvé como aliado en su caminar y el origen, inexplicable, del mal y el dolor en nuestra vida: si Yahvé es un dios solamente bueno y su Creación también lo es, ¿por qué lo malo? Para los sacerdotes del Templo de Jerusalén, también exiliados, esta historia se volvió insuficiente para explicar las nuevas vivencias del Pueblo de Dios. Y, recurriendo a tradiciones heredadas y parcialmente elaboradas, redactaron el poema que conocemos. Aunque es el que abre la Biblia, no es el más antiguo. Y ofrece un patrón de lectura para todo lo que vendrá.

El poema es francamente inabordable, no solo para un artículo tan breve como este. De cualquier tema, solo pueden darse algunas pinceladas.

Una lectura ligera del poema nos da cuenta de una sucesión de varias fórmulas, que se van repitiendo, a ratos tediosamente, de principio a fin. Seguramente, los mecanismos mnemotécnicos de transmisión oral han tomado aquí su lugar y la teología se ha expresado en ese lenguaje.

Es necesario recordar que la idea de momento o tiempo original (la primera palabra, «en el principio») no es una afirmación cronológica, sino radical. Como la relación que un árbol tiene con su raíz: permanente, fundamental, vivificante.

Es así que Dios «crea» siete veces, como una acción total. El verbo «crear» («bara»), en la Biblia, solo tiene por sujeto a Dios. El Hombre hace cosas, pero no las crea. Dios es aquel sin el cual nada existe. Es esa realidad sin la cual yo mismo no soy. A esa realidad llamo Dios. Esa dependencia se expresa con el verbo crear. Dependencia que solo se tiene con Dios. Decir que la relación de creador-creatura se da siete veces es lo mismo que decir que todo tiene su fundamento en Dios y en la relación con Él y su Justicia (y no en Marduk ni en los sacrificios que él o algunos de los dioses de su corte puedan pedir). Como se puede notar, hay poca relación con las ideas de inicio que ofrezca cualquier libro de física. O cualquier mito de origen religioso o laico.

TODO APUNTA A UN CAMBIO

Por otra parte, el autor insiste, casi exageradamente, en que vegetales, aves y animales son creados «según su especie». En un mundo en el cual la ciencia y la experiencia no daban la seguridad con que vivimos hoy, el texto nos quiere garantizar que cada fruto que da el árbol es de la misma especie de la semilla y de la fruta a partir de las cuales nació ese mismo árbol. Y así con aves y animales. Cada uno según su especie. Podemos pensar en insectos que no llegarán a convivir de una generación a otra. Y eso no obsta para que se reproduzcan «según su especie». Diez veces recurre el autor a la fórmula. Cuando ha llegado al 10, la enumeración está lista. No debería haber un 11. Todo apunta a un cambio. Todo espera un cambio. Quien sea creado, ya no lo será «según su especie».

Es ahí cuando Dios se vuelve sobre sí y dice: «Hagamos al Hombre, a nuestra imagen y semejanza».

Surge una primera pregunta: ¿con quién habla Dios cuando dice «hagamos»? Hay tantas posibilidades. De entrada, no se trata de la Trinidad… Podría ser un exhortativo de primera persona… El hombre experimenta a Dios como obligado a caminar con él, porque el mismo Dios así lo ha querido. Libremente, Dios se compromete con el Hombre. Dios es confiable. Para que el texto hable, una vez más, hay que ponerlo junto a otro texto (desde los de la antigüedad hasta alguno actual). Los dioses de Mesopotamia no se obligaban a compartir el destino de su pueblo; a lo más, se resignaban. Y obligaban a los hombres a despojarse de todo para que sus dioses vivieran (¡hasta cuatro comidas diarias!, hechas sacrificio).

Otra interpretación posible, que no contradice la anterior: este «hagamos» es una palabra de Dios dirigida al Hombre mismo. Antes de crearlo, Dios le dice «hagamos-te». El Hombre es algo que haremos entre los dos, entre las dos. No solo Yo te creo. Tú también te creas. Entre ambos, te iremos creando: no hay predeterminación a partir de la voluntad divina, como en la experiencia religiosa de Mesopotamia y otros pueblos conocidos por el pueblo judío.

SIN REVANCHA NI SECTARISMO

Y se trata de una palabra dirigida a todo el Hombre y a todos y todas: no hay revancha, no hay venganza, no hay sectarismo. La misma obediencia que Yahvé muestra hacia su pueblo, la muestra hacia quien lo oprime. No hay sino una sola gran humanidad. Dios no destina a los dominadores babilonios a la destrucción. Estamos, ellos y nosotros, sometidos por dioses injustos, y Yahvé es el creador y liberador de todos. El oprimido, judío o babilonio, solo dejará de serlo cuando renuncie a ser opresor.

A propósito de lo anterior, dice Clemente Riedemann (Karra Maw’n): «Se enseña a celebrar la muerte del enemigo como si la muerte fuese una victoria».

Ninguna muerte se celebra, ninguna muerte es una victoria. Gn 1 quiere ser una Buena Noticia para todos. Hay salida para este laberinto que lleva indefectiblemente al fracaso de la humanidad buscada. Yahvé está realizando, con el Hombre, el único sueño de Humanidad. Nadie debe quedar fuera. Ni siquiera el rey Nabucodonosor, quien hizo que Sedecías, rey de Judá, presenciase la muerte violenta de sus hijos para luego arrancarle los ojos y caer prisionero hasta su propia muerte. Nunca será bueno «que ellos experimenten lo que nos han hecho, para que sepan, y aprendan». La lucha es por la Humanidad, no por el poder. El oprimido no tiene por vocación oprimir a quien lo oprimió. Eso sería mantener la misma estructura en manos de otros. La tarea del pueblo oprimido es restablecer la humanidad propia, que es su modo de crearla, y restablecer la de quien lo oprimió. Dios es uno y es Dios de Vida para todos y todas.

Es verdad que once capítulos más adelante comienza la historia de Abraham, que es elegido entre todos los pueblos como el comienzo del pueblo elegido. ¿En qué queda esta vocación universal a ser imagen y semejanza de Dios de la que habla el comienzo de la Biblia? Esta primera página no nos cuenta cómo son las cosas, sino cómo llegarán a ser. Nos cuentan cuál es el sueño de Dios para la Humanidad. Al leer la Biblia, partimos por el final. Luego se nos cuenta el camino hacia ese por-venir de Yahvé que nos va saliendo al encuentro. Llegaremos a ser Hombre, llegaremos a ser varón y mujer, llegaremos a dominar la tierra, a llenarla.

A IMAGEN Y SEMEJANZA

Todos y todas: imagen y semejanza. Una «imagen y semejanza» era una representación real de un rey. Que marcaba los límites de su territorio. O lo hacía realmente presente en la firma de un pacto. Cuando la medida de las creaturas «según su especie» está llena (diez veces apareció la fórmula), se espera algo nuevo, diferente. Dios crea ahora una «imagen y semejanza». Una suerte de lugarteniente en medio de la creación. Hasta donde llegue el Hombre, hasta allí llegará Dios en el mundo. Esto se puede tomar como cheque en blanco o como responsabilidad. Si vegetales y animales tienen su patrón en las generaciones anteriores y allí encuentran su modelo de conducta, el Hombre no busca en esa dirección. ¿De quién es imagen y semejanza? El Hombre mira a Dios, creador, confiable, confiado. En Él encuentra sus mejores preguntas y respuestas. No deja de lado nada de lo anterior, todo es bueno. En ese contexto el Hombre, creado a imagen y semejanza como varón y mujer, es muy bueno. Este primer capítulo, que cuenta el final de la historia, hace de principio y fundamento para la toma de decisiones que van conformando la historia de los pueblos y las personas.

En esas mismas circunstancias, los autores, viendo lo que desde hoy aparece como una situación de brutal atropello de la dignidad de la mujer, destinada al sometimiento doméstico, religioso (como prostituta, algo que en Israel nunca fue aceptado) o sexual, declaran que varón y mujer son imagen y semejanza, que lo son en la relación. Está fuera de lugar pedir a teólogos de hace veinticinco siglos, pertenecientes a una cultura agraria, que aborden discusiones de una sociedad industrial sobre género o que traten de resolver nuestras preguntas sobre el tema en una dirección o en otra, preguntas que ni nosotros nos formulábamos hace cincuenta años. Sin embargo, dan un gran paso: la situación de la mujer les inquieta, al punto que está en los labios de Dios una primera respuesta bíblica a la altura de su dignidad. La Biblia no siempre reconocerá ese paso (los textos que siguen son anteriores y, como se usaba en la antigüedad, no se borran, de modo que el patriarcado sigue presente, a pesar de este comienzo, que podemos considerar más «avanzado»), pero mostrará el lento avanzar hacia ese primer sueño de Dios. Reconocerá también que la libertad humana está herida por el pecado, que nadie podrá decir «ya llegué y puedo juzgar al resto».

Finalmente, hay una enumeración fundamental: diez veces «dijo Dios», dando órdenes a los elementos para que sean creados, para que se separen y hagan espacio a la vida. «Dijo Dios: que haya luz», «y hubo luz», «que haya una bóveda… y así fue», etc. A esas diez órdenes debe corresponder, diez veces, la afirmación de que ese decreto está cumplido. Pero hay una anomalía. Solo nueve veces se cumple. Hay un mandato de Dios que, hasta hoy, está pendiente. Cuando Dios dice «tengan hijos, multiplíquense, llenen el mundo, sométanlo, dominen los animales», esa orden queda sin realización, en manos del Hombre. La creación no es un edificio ya hecho, dentro del cual el Hombre está encerrado(2). Es una realidad bien estructurada y al mismo tiempo dinámica, cuya realización es responsabilidad de varones y mujeres, que representan a Yahvé en este ir llevándola a su meta. Hasta donde llegue el Hombre, hasta allí llega Dios. La humanidad no es un dato inicial al que se agrega extrínsecamente la acción, para estar en buenas relaciones con Dios. No somos Hombre según la especie, que encontramos todos los referentes en la rigidez del pasado. El referente que nos hace humanos está en el por-venir de Dios, de quien somos imagen y semejanza, representante, co-creador. El Hombre se va haciendo humano a medida que entra en este movimiento de humanización.

Así, nos vamos haciendo ciudadanos en la búsqueda y la realización de estructuras sociales, jurídicas, que hagan de nuestro país un lugar más habitable y digno, sin que nadie pretenda para sí el monopolio de lo republicano, para todos y todas. Nos hacemos mujeres y varones cuando nos despojamos del patriarcado en el que vivimos y que nos invade. Nos hacemos habitantes más humanos del planeta cuando vivimos de un modo cada vez más sustentable. Así hacemos, con Dios, su proyecto de Hombre.

Siete veces todo está bien, muy bien. Para descifrar la presencia de Dios, habremos de atender la marcha de la naturaleza, que no va para ninguna parte y que, aunque la llamemos nuestra madre, puede caernos encima y arrancarnos la vida sin consideraciones ni preocupaciones éticas. Y, con atención y delicadeza, el paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones cada vez más humanas.

Cuando el mundo está bien formado, Dios cuando está bien representado, al séptimo día, deja de trabajar y se toma un sabático. MSJ

(1) En adelante, «Hombre» lo entenderé siempre como «varón y mujer».
(2) Aunque se ha usado para justificar una actitud de depredación del planeta y ahí se centra también una crítica muy dura al judeocristianismo por lo mismo, el pasaje apunta a no dejarse dominar por las divinidades encarnadas en el sol, la luna, las estrellas, la lluvia. Dios manda dominar las criaturas, que quiere decir «no te dejarás dominar por ellas». Solo eso. El texto no dice que hay que usar el planeta sin más límites que el propio poder de destrucción. Y también es verdad que así se lo ha interpretado, por moros y cristianos.

Rodrigo García S.J.