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Educar en tiempos de crisis

En estos tiempos en que como consecuencia de la terrible crisis que vivimos, escuelas y universidades se están quedando sin docentes y sin alumnos, es urgente que afiancemos la pedagogía de la esperanza comprometida y del amor hecho servicio. Yo comprendo la estampida de miles de educadores que han abandonado las aulas porque lo que ganan no les alcanza para malcomer y se dedican a otras actividades más productivas o han decidido abandonar el país con la esperanza de construir fuera, para ellos y sus familias, el futuro mejor que aquí se les niega. Pero los que nos quedamos, debemos emprender una reflexión profunda para que el quedarse no sea un acto de resignación y lamentaciones, sino que sea una opción decidida que se traduzca en trabajar por derrotar la resignación y el miedo, y afianzar la resiliencia, el compromiso y la solidaridad.

La reconstrucción de Venezuela va a necesitar de educadores corajudos, valientes, creativos, que asuman la educación como un medio fundamental para producir vida abundante para todos. Estamos en la sociedad del conocimiento y hay un consenso generalizado a nivel mundial de que la educación es el medio fundamental para combatir la violencia, construir ciudadanía y lograr un desarrollo humano sustentable. Para la reconstrucción de Venezuela y la gestación de un mundo mejor, los educadores somos más necesarios e importantes que los economistas, los políticos y los militares. Por ello, si bien la crisis del país ha llevado a desprestigiar y abandonar la educación, no podemos ir contra la historia y vendrán pronto días en que la educación de calidad para todos pondrá los cimientos sólidos para una Venezuela próspera, productiva y en paz. Eso va a suponer, entre otras cosas, que la opción de quedarnos en Venezuela vaya acompañada de una revalorización de nosotros y de nuestra profesión de educadores y de un trabajo cada vez más lleno de entusiasmo, responsabilidad y creatividad.

La profunda crisis que vivimos debe impulsarnos a convertir nuestros centros en lugares de vida, de defensa de la vida y de convivencia solidaria. Ello nos exige esforzarnos por mitigar los efectos más inhumanos de la crisis como son el hambre y la escasez de medicinas, articulándonos con las comunidades y con aquellos organismos e instituciones que tienen una rica experiencia en enfrentar problemas semejantes. Son tiempos de alianzas y de solidaridades. Hoy, debe ser una prioridad educativa garantizarles a los alumnos un plato de comida y la atención médica esencial.

Junto a esto, debemos esforzarnos todos para que en las escuelas se viva un clima positivo de convivencia y alegría, de modo que todos nos sintamos apoyados, valorados y atendidos. Los alumnos, en especial, deben sentirse en los centros educativos protegidos y queridos, de modo que quieran ir a la escuela, y que el tiempo que pasen en ella sea un tiempo grato, productivo y que remedie alguna de sus carencias. Esto va a suponer agudizar los oídos para aprender a escuchar no solo sus palabras y llantos, sino los temores, el hambre, la soledad, la tristeza porque se fueron sus padres, y cultivar palabras y gestos que siembren la valoración, la cercanía y el cariño.

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Fuente: http://revistasic.gumilla.org [1]