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El coronavirus lo cambió todo

El coronavirus nos mandó para la casa. Tan simple como eso. Es la respuesta a una sociedad que no cuidó responsablemente la flora y la fauna y que contaminó a destajo los mares, los ríos y el aire.

El hombre tampoco se cuidó a sí mismo ni a los demás. El coronavirus nos está diciendo que los vertederos, consecuencia de una cultura individualista y consumista, son fuente de contaminación, así como los millones y millones de animales manipulados genéticamente y confinados llenos de hormonas para que crezcan rápido —no puedo dejar de acordarme de la fiebre porcina y el virus aviar—.

Los procesos naturales que se han ido consolidando a lo largo de miles de millones de años no pueden ser alterados como lo estamos haciendo —de manera vertiginosa e indiscriminada—. Los combustibles fósiles son un ejemplo. Su mal uso no solo los agotó sino que contaminó todo a su alrededor y ha sido causa de tantas enfermedades.

Creo que llegó la hora de ir más lento y de poner el foco en primer lugar en los intereses del ser humano, de la comunidad, especialmente de los más desvalidos, y no en los intereses económicos ni en los logros científicos, ni en su hijo mayor, los logros tecnológicos.

Urge llevar a una misma velocidad los avances científicos y técnicos —que han permitido tantas cosas positivas para la humanidad, sin duda—, de la mano con la reflexión ética y la labor legislativa. Urge recordar que sobre el conocimiento graba una hipoteca social y que no podemos hacer con la naturaleza humana, así como con la flora y con la fauna y el hombre, lo que se nos plazca.

Francisco nos ha hablado de que todo el universo está interconectado. Todo lo que se hace o se deja de hacer repercute en todo. De esta interconexión olvidada nos habla todo tipo de manipulación que pretende doblarle la mano al curso de la naturaleza.

Todo ello para dominarla, para tener poder —la causa de tantos males—. Esta pandemia nos hará a todos más reflexivos, más humildes, nos obligará a pensar más lo que hacemos, y a analizar sus consecuencias.

Esta grave pandemia, además, nos enclaustró. Puede ser el tiempo privilegiado para leer, para conversar, para hacer cosas simples y que llenan tanto el corazón y de las que debido a las “entretenciones de este mundo” habíamos olvidado.

También es el tiempo de ser solidarios y dejar de lado las mezquindades. Es la solidaridad la que vencerá el coronavirus. El coronavirus nos está volviendo hacia el interés de nosotros mismos, a conocernos mejor, a tener vida familiar. Es el modo de evitar totalmente contagiarse y contagiar a los demás.

Es la hora de repensar seriamente el concepto que tenemos de desarrollo y reconocer que es el hombre con su insaciable afán de poder, y de riqueza, que nos ha llevado por este camino que ha generado tanta angustia, miedo, incertidumbre, y que ha provocado tanta enfermedad y muerte. Que bien nos hace recordar y tener clara conciencia que la creación es un don, un regalo que estamos llamados a cuidar y administrar sabiamente y no a depredar como dueños absolutos, creyéndonos poseedores de la verdad y sentirnos más allá del bien y del mal.

Como no va a ser fuente de profunda meditación que en este momento, no saludar de la mano, no dar un abrazo fraterno, separar físicamente a los nietos de los abuelos son actos de profundo amor y de gran responsabilidad. Quién se iba a imaginar que el coronavirus nos iba a llevar por este camino donde hasta el viaje y el crucero más soñado —por los cuales tantos se endeudaron—, constituyen una verdadera amenaza para la salud y la vida, y reconocer, sobre todo, cuando se vive esta pandemia fuera de la patria, que no hay como la casa de uno, el hogar.

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Fuente: www.iglesia.cl [1]