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El mágico truco del acuerdo entre la UE y Turquía

Se cumple el segundo año de existencia del llamado acuerdo UE-Turquía. Los Estados europeos y las instituciones de la UE lo presentan como un logro que, radicalmente y casi de forma mágica, ha reducido la cifra de migrantes forzosos que llegan a Europa cada día. Por desgracia, la única magia del pacto es que camufló el sufrimiento y la injusticia en las fronteras de Europa. Sin embargo, el sufrimiento y la injusticia siguen ahí, posiblemente de forma aún peor, y gracias al acuerdo, los responsables políticos tienen una justificación para no actuar.

La declaración UE-Turquía, adoptada por los Estados miembros de la Unión Europea y Turquía el 18 de marzo de 2016, es el acuerdo mediante el cual Turquía se comprometía a readmitir a todos los inmigrantes irregulares que llegaran a las islas griegas desde las costas turcas. A su vez, los Estados europeos se comprometían a reasentar a un refugiado sirio en Turquía por cada persona siria que regresaba de Grecia. Se ha hablado mucho sobre la falta de legalidad de este acuerdo, que desafía las nociones legales referidas a la prohibición de las expulsiones colectivas y de las devoluciones en caliente. Las llegadas a las islas griegas disminuyeron drásticamente. Menos personas perdieron la vida tratando de cruzar (eso es porque menos gente lo intentó). Emergencia resuelta. Legal o no, el fin justifica los medios. Los políticos a nivel europeo y nacional comenzaron a buscar la forma de replicar este tipo de acuerdo en otros lugares. Italia firmó un memorando de cooperación con Libia. Recientemente, España pidió un acuerdo UE-Marruecos.

El hecho de que después de solo dos años los responsables políticos parezcan incapaces de pensar en una realidad sin un acuerdo UE-Turquía, es extremadamente preocupante en muchos sentidos. En primer lugar, contribuye a la externalización de responsabilidades para proteger a los migrantes forzosos. So pretexto de salvar a las personas de morir ahogadas, cooperamos con países con un historial de derechos humanos extremadamente preocupante para que nadie pueda escapar a Europa. Abusos como el trabajo infantil en Turquía, el tráfico de esclavos en Libia y las violaciones y violencia contra la mujer están bien documentados. Este es el tipo de infierno al que obligamos a la gente a quedarse o al que enviamos de regreso. Parece que si repetimos que no somos responsables, realmente terminaremos creyéndonoslo.

En segundo lugar, la emergencia no ha terminado. De acuerdo, las llegadas han disminuido; sin embargo, la gente sigue muriendo en las fronteras exteriores de la UE. Al menos se produjeron 446 muertes solo en los primeros dos meses y medio de 2018. Lo habitual es que para aquellos que logran llegar a nuestras costas con vida no haya una cálida bienvenida. La gente sigue luchando por sobrevivir en condiciones extremas en unas sobrepobladas islas griegas. El gobierno se niega a trasladarlos a la parte continental porque, según el acuerdo UE-Turquía, Turquía solo acepta a los que se encuentran en las islas. Mientras tanto, otros gobiernos europeos miran hacia otro lado y guardan silencio, probablemente demasiado temerosos de que, si critican a Grecia por las condiciones en que los solicitantes de asilo viven en las islas, se les pedirá que, por ejemplo, ayuden a reubicar a algunos de los migrantes en sus propios países. En otras fronteras europeas externas, como España o Croacia, las personas siguen sufriendo cortes por las concertinas colocadas en las vallas fronterizas, se les niega el acceso a los procedimientos de asilo y se les impide la entrada, todo ello bajo la mirada indiferente de los medios de comunicación y de los responsables políticos.

Lamentablemente, no hay truco de magia en el mundo que haga desaparecer la realidad del desplazamiento forzoso. Podemos y debemos trabajar para combatir sus principales causas, pero esto llevará tiempo. Mientras tanto, debemos aceptar que las personas seguirán viniendo a Europa en busca de seguridad. Debemos revertir la lógica del acuerdo entre la UE y Turquía y trabajar para lograr un sistema de asilo y migración que acoja y proteja a las personas en lugar de expulsarlas. En vez de poner en entredicho nuestros principios de derechos humanos, debemos poner toda nuestra energía en la creación de vías legales, como el reasentamiento, las políticas de reunificación familiar y los visados humanitarios. Debemos invertir en políticas inclusivas y luchar por una sociedad cohesiva para el beneficio de todos, refugiados y europeos. Europa puede ser un espacio de hospitalidad para los refugiados. La experiencia del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en muchos países de la UE muestra que los ciudadanos europeos ya están construyendo una Europa hospitalaria. Los responsables políticos deben seguir este camino.

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Fuente: http://es.jrs.net [1]