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El último dictador

Llegó al poder siendo un desconocido, con la edad justa y un mechón de pelo todavía rubio cubriéndole la frente. Sus rivales se burlaron de él porque había dirigido una granja de cerdos y hablaba con ese acento campestre tan común en las provincias orientales. Osado y popular, su tesón de novato arrasó, al final, con la vieja y confiada nomenclatura: Aleksandr Grigórievich Lukashenko. Este personaje se encuentra en el poder desde 1994, época lejana en que se celebraron las primeras elecciones democráticas de la historia de Bielorrusia y, como van las cosas, tal parece que serán las últimas.

En 1996, con ayuda de un referéndum, el cual fue prohibido por el Tribunal Constitucional, el “criador de cochinos” liquidó al Poder Legislativo y lo sustituyó por una Asamblea más dócil, e hizo aprobar una Constitución donde quedó establecida la reelección indefinida. Desde allí gobierna a su antojo, lo cual, con el tiempo, se ha convertido en un problema para parte de los sectores que lo apoyan y que hoy no pueden moverse sin permiso del presidente.

En Bielorrusia existe una férrea censura a la prensa, con restricciones y controles sobre el acceso telefónico y a internet. Algunos medios de comunicación fueron confiscados y más de un centenar de periodistas han sido arrestados en los últimos años. En una circunstancia, casi inédita en el mundo, el poder ejecutivo puede modificar leyes e impartir justicia. Por eso, para muchos medios de comunicación y ciudadanos europeos, esta es la última dictadura que le queda al Viejo Continente.

En el país en cuestión, los derechos humanos no existen, y quienes no tienen empleo son considerados “parásitos sociales” y, como tales, son condenados a pagar 200 dólares de impuestos al año. Este país tiene la mayor proporción de policías por habitante del mundo, según señala el opositor Partido Socialista. Por cada mil habitantes hay quince gendarmes. Eso sin contar que sus servicios secretos y la KGB están dentro de cada segmento social: sindicatos, prensa, asociaciones, centros culturales, despachos de abogados, entre otros.

Las cifras dicen que, extraoficialmente, el 27% de los bielorrusos apoya a Lukashenko, quien ganó las últimas elecciones celebradas en diciembre de 2015 con el 81% de los votos. Pero el porcentaje llamativo es el inverso: solo el 5% de los bielorrusos apoya a los opositores. Desde que el mandatario se instaló en el poder, la oposición bielorrusa no pasa del 5% y los observadores internacionales, por ley, tienen prohibido presenciar los conteos de votos.

Según los observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), las elecciones de 2001, 2006, 2010 y 2015 fueron fraudulentas. En 2006 Lukashenko prometió “partir el cuello” a los opositores si rechazaban en las calles su reelección, de la que afirmó estar seguro al depositar su voto en Minsk. El sondeo a boca de urna, realizado por organismos afectos al gobierno, señalaba que el 82,1% de los bielorrusos votaron a favor de su actual presidente. Las empresas de opinión dieron estos datos antes que se cerrasen los colegios electorales, en un intento de aumentar el apoyo a Lukashenko.

La oposición bielorrusa reclama a los líderes un programa que enamore al electorado, pero diferentes grupos sociales, económicos y políticos sostienen que es difícil elaborarlo, ya que el conglomerado de fuerzas que se aglutina tras los líderes de los partidos incluye a sectores con intereses divergentes, tales como miembros de la antigua burocracia soviética, descontentos con Lukashenko, políticos de corte liberal y una supuesta oposición seria y burguesa que aprueba todo lo que diga el granjero.

Concluyo este artículo parafraseando al famoso cantautor mexicano, fallecido, Juan Gabriel, quien popularizó un tema musical titulado “Inocente pobre amigo”, cuya letra dice: “Te pareces tanto a mí que no puedes engañarme…”

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Fuente: http://revistasic.gumilla.org [1]