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Enric Sala: La difícil ecuación medioambiental

El español Enric Sala debe ser uno de los hombres que más sabe de ecosistemas marinos. Es biólogo y un conservacionista a tiempo completo como explorador de National Geographic. En esta entrevista para Mensaje conversó con el exministro de Medio Ambiente, Marcelo Mena, y abordaron los principales problemas que enfrenta el planeta producto del cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

¿Qué lecciones deja al mundo esta pandemia en cuanto a la pérdida de la biodiversidad? ¿Qué podemos aprender de lo que ha pasado?

Primero, creo que es el mejor recordatorio de que estamos todos conectados en este planeta. Porque lo que hay que tener muy claro es que la pandemia se originó por un virus de origen animal, de un murciélago en China. Pero hay pandemias previas que también han venido de animales: SARS, ébola, el virus del SIDA (viene de chimpancés). Entonces, debido a nuestro estilo de vida globalizado, basta que una persona infectada se meta en un avión y todo el mundo se contagie. Pero hay que recordar que la causa de las pandemias zoonóticas —que vienen de animales— es el comercio de la vida salvaje y la extinción de hábitats naturales. En definitiva, es la destrucción de la biodiversidad lo que nos está poniendo en peligro, esa es la causa última de esta pandemia, de tantas vidas humanas perdidas y del colapso de la economía global.

Hace poco, la empresa SWISS RE sacó un informe que hablaba que un quinto de las economías del mundo está al borde del colapso. ¿Crees que hoy la pérdida de biodiversidad también se vea como una amenaza al bienestar de la gente?

Totalmente. Y, de hecho, recientemente el G7 sacó un comunicado —Nature Compact—, donde no solamente se comprometen a llegar a la neutralidad de carbono el 2050, también acuerdan proteger el 30% del planeta para el 2030, y frenar así la pérdida de la naturaleza. El costo de la pandemia ha sido mucho mayor que lo que hubiera costado prohibir completamente el comercio de vida salvaje, proteger lo que queda de ese mundo y restaurar parte de la tierra que hemos degradado. Eso es mucho menos costoso que tener que responder a otra pandemia. Entonces, los gobiernos del G7 dieron un paso muy importante y eso demuestra que los países más ricos del mundo han reconocido que la crisis climática, la crisis de la pérdida de la naturaleza y la crisis de la pandemia están todas ligadas.

¿Será posible que el antropocentrismo en que hemos vivido pueda cambiar para llegar a un equilibrio con la naturaleza, tal como lo plantea la encíclica papal Laudato si’?

Totalmente. Y el Papa Francisco fue clave con la encíclica Laudato si’. Ahora, incluso si fueramos egoístas, para nuestra supervivencia necesitamos más naturaleza salvaje. Porque hoy la gente está siendo afectada de muchas formas. California, por ejemplo —que es uno de los estados más ricos del mundo— cada año se ve arrasado por esos fuegos infernales. Es una crisis global que está perjudicando a todo el mundo. Entonces, creo que sí, antes era el hombre el centro del universo, pero hemos llegado a un punto donde el planeta ya no puede absorber nuestros impactos. Ahora tenemos que entrar en un —yo diría— biocentrismo, donde no solamente importa el hombre, sino es la vida en la tierra la que tenemos que preservar. Todo lo que necesitamos para sobrevivir depende del trabajo de las especies, del oxígeno que producen las plantas, la filtración de agua por parte de los bosques, las plantas y animales que nos alimentan.

Este año han salidos varios estudios que hablan por primera vez de los beneficios de la conservación de la biodiversidad. Incluso usted participó en uno con Waldron y otros autores. En concreto, ¿de qué estamos hablando?

Económicamente la mitad del producto bruto global depende de la naturaleza. Y, cada año, por la destrucción de la naturaleza estamos perdiendo trillones de dólares. Puede ser que el costo de la pandemia alcance a los 15 trillones de dólares. Si protegiéramos más, evitaríamos todos los costos asociados a las inundaciones, huracanes, sequías, pandemias. Entonces la producción económica global sería mucho mayor si tuviéramos el 30% del planeta protegido. En el estudio con Waldron calculamos que los gobiernos gastan sobre 140 billones de dólares anuales en subsidios a las industrias que están destruyendo la naturaleza y contaminando la atmósfera, en vez de usarlos para proteger el medio ambiente.

¿Por qué hemos vivido bajo el paradigma de que para desarrollarnos tenemos que destruir?

No es que siempre lo hayamos hecho así. Los humanos somos muy buenos para descontar al futuro. Es muy sencillo, la humanidad, tal como la conocemos, no va a existir si continuamos calentando el planeta. Si queremos llegar al 2050, a la neutralidad de carbono, tenemos que hacer dos cosas: reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a casi cero, pero además tenemos que capturar un trillón de toneladas de CO2 que hay en la atmósfera. Y esto ¿cómo lo vamos a hacer si la naturaleza salvaje que hoy tenemos captura entre un tercio del carbono que emitimos cada año? Y las moléculas de CO2 van a quedarse en la atmósfera por mil años. Entonces, incluso si paramos las emisiones hoy a cero, hay tanto carbono en la atmósfera que el planeta se continuaría calentando.

¿Cuál es la solución entonces?

Debemos hacer dos cosas: una ya la dijimos, que es proteger la naturaleza, lo que queda, no podemos cortar ni un bosque más. Pero, además, tenemos que restaurar gran parte de las tierras degradadas, y eso incluye tierras agrícolas. Porque hoy se produce y consume demasiada carne. Nosotros podemos obtener todas las proteínas de los nutrientes de las plantas. Entonces, si adoptáramos una dieta flexitariana, una dieta basada en plantas, pero con un poquito de carne, necesitaríamos solamente la mitad de las tierras agrícolas para alimentar al planeta. En Estados Unidos, el 41% de la tierra se destina a criar ganado, y eso es una locura. Además, hay que cambiar a una agricultura regenerativa, una sin pesticidas, porque los fertilizantes lo que han hecho es matar al suelo. Tenemos que cambiar completamente la manera cómo producimos comida.

La monetización de la naturaleza ha generado cierta polémica. ¿Qué le podrías decir a los que critican los enfoques de evaluación económica versus el status quo?

Es muy importante mostrar que parte de los beneficios de la naturaleza se pueden cuantificar de manera monetaria. Por ejemplo, el valor de un bosque como madera que se corta y se vende es mucho menor que el valor del bosque como sumidero de carbono, productor de oxígeno, filtrador natural de agua, de prevención de inundaciones, hábitat de polinizadores para las cosechas. Pero si solamente valoramos la naturaleza en términos monetarios, entonces hemos aceptado las reglas del juego de las industrias que destrozan la naturaleza. En esa trampa no podemos caer.

A esa gente les diría que el valor de la naturaleza es infinito, porque el valor de mi vida es infinito, es decir, no le puedo poner precio a mi vida, es así de claro.

ECOSISTEMAS MARINOS

No mucha gente conoce la historia de alguna de las especies chilenas que se pusieron de moda en restaurantes caros en Nueva York, peces que ni siquiera se comercializaban en Chile y que se extinguieron. Por ejemplo, el caso del orange-roughy y el bacalao de profundidad. Esas especies, ¿cómo se podrían regenerar?

La industria pesquera funciona así. Primero han explotado las especies que viven cerca de la zona costera. Cuando esas especies se han esquilmado, la flota pesquera ha ido más lejos y más profundo. El problema con las especies de profundidad es que tienen una vida más larga, pero también crecen muy lentamente, y se reproducen a una edad muy avanzada. Por ejemplo, el orange-roughy no se reproduce hasta que tiene 30, 40 años, y pueden llegar a más de 100 años. Entonces, son especies muy frágiles, porque nunca han vivido sometidas a una presión de extracción. Eso hasta que comenzaron a llegar los grandes barcos arrastreros capturando cantidades ingentes de un recurso que no tiene la capacidad de reproducirse rápidamente como las sardinas o las anchoas en superficies. Entonces es como cortar bosques de secuoyas, y esperar que ese bosque sirva para la industria maderera. Son árboles que tienen más de mil años, por lo que se requerirán siglos y siglos para poder recuperar un bosque. Lo mismo con el orange-roughy y el bacalao de profundidad. Esas especies han sido sobreexplotadas. El problema es que se han vendido a Estados Unidos y otros países de la comunidad europea con nombres como toothfish, el “pez dientes”; se han marqueteado muy bien y eso ha contribuido al colapso de esas especies.

¿Hay posibilidad de que se llegue a algún acuerdo con respecto a la pesca en altamar?

Estamos hablando de aguas internacionales y ahí se capturan especies que tienen alto valor comercial, como el atún y los tiburones. Pero el verdadero problema está en las 200 millas, porque el 96% de las capturas en peso se realiza dentro de las zonas económicas exclusivas de los países. Entonces hay que llegar a un acuerdo sobre la pesca en altamar, hay que tener ese instrumento que las Naciones Unidas están negociando, pero tenemos que comenzar por los países, es mucho más importante que se proteja mucho más como ha hecho Chile en los últimos años.

Durante el gobierno de la Presidenta Bachelet creamos los parques marinos. Ahora falta el área continental.

Debería haber protección en todos los ecosistemas. Pero, además, existe ese mito de que no podemos proteger las zonas costeras porque ahí vive mucha gente de la pesca. Pero ya sabéis lo que pasó con el loco, cuando se crean esas áreas súper-micro reservas, mira cómo se recupera el recurso. Imagínate lo que se podría hacer al proteger áreas mucho más grandes. El futuro de la pesca artesanal costera está en manejar áreas de reserva integral, como vuestros grandes parques marinos, que ayuden a regenerar lo que se ha destruido durante tantos años.

Y se puede aprender del caso de los pescadores de Juan Fernández, que se dieron cuenta que cada vez que pescaban —y sobreexplotaban— dejaban menos oportunidades a sus hijos. ¿Crees que el resto de los pescadores de Chile podrían aprender en cierta forma de los pescadores de Juan Fernández?

Los pescadores de Juan Fernández son un ejemplo de manejo sostenible del recurso pesquero. Hace más de 100 años ellos decidieron —antes que ningún científico pesquero pensara en una talla mínima— en echar las langotas que tenían huevos al agua y darles un periodo de veda. Ellos lo implementaron por sí solos, basados en su conocimiento tradicional. Y todavía están pescando langostas, mientras muchos otros pueblos pesqueros, no solamente en Chile, sino que en toda Latinoamérica, no tienen ninguna pesquería que sea de verdad rentable. Porque no han tenido la paciencia, no han tenido la sabiduría que ha tenido la gente de Juan Fernández. MSJ

REVISA LA CONVERSACIÓN EN EL SIGUIENTE VIDEO

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Enric Sala. Biólogo y explorador residente de National Geographic Foundation. Ha colaborado en la creación de 22 reservas marinas, cuatro de ellas en Chile. Ha realizado investigaciones académicas y producido 30 documentales. Su último libro se llama The Nature of Nature.