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Frente al espejo. Los de fuera (los curiosos)

Entre los que no están dentro de la Iglesia en el sentido estricto, que no participan o no se sienten incluidos, se encuentran los que sí sienten curiosidad. Existe un grupo numerosísimo de personas que ven en la Historia y la religión, material de interés para crecer desde un punto de vista personal.

Es una visión interesante en la que el diálogo se da por supuesto y que ayuda a construir relatos de gran profundidad. A los curiosos hay que abrirles las puertas (más si cabe) de nuestras comunidades. No tener miedo a exponerse es el primer paso para que el diálogo sincero cale. Pero también hay que dejar que sean ellos quienes hablen de nuestras historias. Que desde fuera, con otra perspectiva, quizá menos apasionada o menos partidaria, hablen de nosotros con la libertad de quien no gana ni pierde nada con ello.

Para ello, los que somos ‘de dentro’, tenemos que aprender muchas cosas que pueden ayudar a este proceso de diálogo. Para empezar, asumir que el tiempo en que nuestra cosmovisión era hegemónica ya terminó. Es decir, no podemos —ni siquiera aunque queramos— establecer el intercambio desde la idea de que nosotros tenemos la completa verdad y la razón. Empezar así solo puede espantar a quien busca las razones de su existencia en lugares por los que nunca ha transitado. Tenemos que recuperar la humildad de saber que somos ya una minoría y que necesitamos de otras visiones para enriquecernos entre todos. No hay más camino, aunque nos resistamos a él.

También tenemos que hacernos cargo de que, durante este diálogo, habrá veces que no se nos entienda, que se nos entienda y no se nos acepte y que, incluso, a veces se diga de nosotros cosas que no nos gusten. Esto forma parte intrínsecamente necesaria de la conversación en la frontera.

Cuando todo esto ocurra, entonces también tendremos que aprender dos cosas: la primera, a seguir dialogando, a seguir intercambiando pareceres, a seguir tratando de explicarnos mejor. A veces para convencer, a veces simplemente para que se nos entienda; otras como oportunidad para repensar nuestras estructuras y presencias. Cuando el proceso comienza ya no es admisible una vuelta a la seguridad de la tribu. Eso hablaría peor de nosotros que cualquier otra cosa. Además, los curiosos seguirán ahí. Y, o sacian su curiosidad con la fuente de la misma, u otros hablarán por nosotros.

Lo segundo que tendremos que aprender cuando comience el diálogo es a responder. Y para ello nos tendremos que situar en el mismo punto que con los que desconocen: tendremos que separar el grano de la paja. Quizá, algunas de nuestras actitudes o tradiciones ya no sirven. Quizá el «siempre se ha hecho así» se ha convertido ya no en una reivindicación de la Tradición, sino en un lastre: el papel de la mujer, la diversidad sexual en nuestras comunidades, nuevas fórmulas pastorales… Todo esto exige que ya no se haga más «así». Quizá la verdadera Tradición de la Iglesia es vivir en territorio comanche adaptándose al medio y dando una Palabra de esperanza desde el Evangelio.

Los curiosos que no se sienten parte de nuestra tradición están buscando alguien con quien comparar opiniones y creencias. Respuestas a las preguntas que el mundo no les puede dar, porque el mundo muchas veces se ha quedado sin respuestas de profundidad. Un mundo en que los modos de producción y de consumo ya no llenan a los corazones inquietos. Y ahí es donde nosotros tenemos una respuesta.

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Fuente: https://pastoralsj.org [1]