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¿Has experimentado el consuelo interior del Espíritu Santo?

Ciclo A

Textos: Hechos 8, 5-8.14-17; 1 Pe 3, 15-18; Jn 14, 15-21.

Idea principal: Con este domingo comenzamos un pequeño Adviento de preparación para la Solemnidad de Pentecostés, cuando Cristo nos enviará su Espíritu como Consolador o Paráclito.

Resumen del mensaje: La Iglesia se prepara para celebrar en las próximas semanas los misterios de la Ascensión del Señor (próximo domingo) y de Pentecostés (en quince días), culminación del supremo misterio del Triduo Pascual: la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Nada más apropiado que este pasaje del sermón de despedida del Señor para disponer nuestros corazones para estas solemnidades, y más en estos momentos de sufrimiento, dolor y lágrimas en todo el mundo por la pandemia. Este Sermón constituye el testamento de Jesús, como broche de oro de toda su predicación aquí en la tierra, para transmitir a sus discípulos predilectos los misterios más profundos del Evangelio y llenarles del Consuelo del Espíritu Santo, antes de regresar a su Padre celestial.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la primera lectura de hoy, donde se nos narra la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad de Samaria por la oración y la imposición de las manos de Pedro y Juan, es una invitación para todos nosotros a esperar, desear y pedir la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Pero, ¿quién es el Espíritu Santo que debemos esperar con ansia y en oración? Cristo nos dice hoy que es Paráclito o Consolador (Evangelio). El Espíritu Santo no solo es luz y consejo. Ni tampoco es solo fuerza. El hombre tiene necesidad sobre todo de consuelo para vivir. Muchas veces estamos inquietos, sentimos la soledad, el cansancio; el futuro nos da miedo y los amigos nos fallan. Mucho más en estos momentos del coronavirus necesitamos del consuelo del Espíritu Santo, del aliento y del ánimo del gran Consolador divino.

En segundo lugar, este consuelo de Dios se encarnó primero en Jesús. Pasó toda su vida pública consolando todo tipo de sufrimientos, físicos y morales, y predicando el consuelo de las bienaventuranzas: “Felices los pobres, los mansos, los misericordiosos, los hambrientos y sedientos, los sufridos…”. Y antes de partir de este mundo, Jesús le pidió a su Padre que nos mandase otro Consolador, que permaneciese con nosotros siempre como Dulce Huésped. Este otro Consolador es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, tercera persona divina de la Santísima Trinidad, que mora dentro de nosotros consolando nuestras tristezas, curando nuestras heridas y ayudándonos a sufrir haciendo el bien (segunda lectura). Ahora con la pandemia deberíamos ser colaboradores del Espíritu Santo para llevar el consuelo a nuestros hermanos que están sufriendo en el hospital o postrados en casa.

Finalmente, ¿qué debemos hacer para recibir el Espíritu como Consuelo de Dios? Tenemos que llamarle con fe y confianza, pues Paráclito significa en pasivo griego “aquel que es llamado en defensa”, aquel del que se busca el Consuelo. ¡Cuántas veces acudimos a otras fuentes de consuelo, a cisternas rotas como pueden ser las riquezas, los placeres, las distracciones mundanas y mil futilidades, o mendigamos consuelos humanos que no nos consuelan el alma y el corazón, sino que nos dejan más heridos y vacíos! El Espíritu Santo es el auténtico Consuelo que necesitamos en esta vida que a veces se nos presenta tan cruel, tan sin sentido, tan injusta, como lo estamos experimentando en este coronavirus. ¡Qué hermoso sería que después de llenarnos de ese Consuelo de Dios en la oración seamos también nosotros paráclitos para nuestros hermanos, es decir, seamos personas que sepamos aliviar la aflicción, confortar la tristeza, ayudar a superar el miedo y disipar la soledad! Nunca mejor que en estos momentos.

Para reflexionar: ¿Busco en mi vida el Consuelo de Dios o el consuelo del mundo? ¿Soy también consuelo y paráclito para mis hermanos o motivo de angustia, tristeza y pecado?

Para rezar:

Dios, me siento triste,
mira cómo me he sentido en este tiempo,
te ruego que me consueles y me confortes,
sana mis heridas y dame un nuevo deseo de vivir.
Tú eres mi Dios salvador,
el libertador de todas mis angustias,
el que me sacia de bien,
quien me rejuvenece y me renueva.
Te alabo, mi Señor, con todo mi corazón,
aún en medio de mi dolor, bendigo tu nombre,
gracias por tu consuelo y por mostrarme tu amor.
Enséñame, Dios mío, el camino
que tengo que seguir a partir de ahora,
no permitas que me hunda en mi aflicción
sino que me levante y te dé gloria
por todo lo que haces en mi vida.
Tú eres quien me rescata, me sacia de bien,
tú eres mi buen Pastor y te adoro con todo mi ser. Amén.

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Fuente: https://es.zenit.org [1]