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La Iglesia ante el desafío catalán

El llamado “procés” o “proceso de independencia” catalán impulsado por el Govern desde 2012 hasta su deriva secesionista de los últimos dos meses, ha sumido a España en una grave crisis institucional con serias consecuencias políticas, económicas y sobre todo de cohesión interna. La Iglesia católica no es ajena a esta situación por su arraigo e incidencia en la historia de España, aun cuando la secularización es amplia.

Bajo el amparo de parte de la Iglesia se gestó y alimentó la singularidad “de una cultura específica catalana expresada especialmente en la lengua, que se une al reconocimiento de la propia nacionalidad y al del derecho al autogobierno”, como sostuvieron los obispos de las diócesis de Catalunya en la carta pastoral Les arrels cristianes de Catalunya, de 1985, texto de referencia para el nacionalismo de esa región.

Basta recordar que la asamblea constitutiva de Convergencia Democrática de Cataluña, el partido liderado por Jordi Pujol, que a consecuencia de la corrupción se disolvió, tuvo lugar en el monasterio de Montserrat hace poco más de 40 años. En julio de 2016 se re-fundó como Partido Demócrata Catalán (PDeCat), forma parte de Junts pol si en el actual parlamento, y cuenta con el apoyo de grupos de corte radical y antisistema, con quienes lidera el proceso de separación.

Asimismo, la Iglesia en España vivió un profundo y laborioso cambio de mentalidad a partir del Concilio Vaticano II, y fue decisivo su papel en la transición democrática, dejando atrás la larga etapa del nacional-catolicismo que caracterizó los años de Franco. Sin embargo, la singularidad catalana se fue acrecentando hasta pretender incidir en los nombramientos de obispos en razón de su origen y lengua. Situación similar a la vivida en el País Vasco.

Ante la escalada de los hechos desde el 6 de septiembre, cuando los separatistas votaron la ley del referendum de autodeterminación vinculante, no es de extrañar que la división se muestre también entre la jerarquía y los católicos. Dos postulados, justificados en la inculturación del evangelio en los pueblos, expresan la divergencia. Por un lado, “el derecho a decidir de los pueblos está por encima de la unidad de España”, sostenido por el obispo de Solsona, monseñor Xavier Novell, y al menos por otros cuatro obispos de Cataluña —los nueve restantes adhieren a un catalanismo moderado—. Por el otro, “la unidad de España es un bien superior o bien moral”, según la tesis de los cardenales Antonio Cañizares, Antonio María Rouco, el arzobispo Jesús Sanz Montes y no pocos obispos.

A través de una declaración, las autoridades de la Conferencia episcopal pidieron “sensatez y el deseo de ser justos y fraternos”, para “avanzar en el camino del diálogo y del entendimiento, del respeto a los derechos y a las instituciones y de la no confrontación, ayudando a que nuestra sociedad sea un espacio de fraternidad, de libertad y de paz”.

La opinión de la Santa Sede fue requerida por el gobierno de Mariano Rajoy ante un manifiesto firmado por 300 sacerdotes catalanes a favor del derecho del referendum. Y algunos sectores aventuraron una posible mediación de Francisco, o al menos de los cardenales Juan José Omella y Carlos Osoro, arzobispos de Barcelona y Madrid, respectivamente; ambos cercanos al Papa.

La postura del Vaticano solo se conoció a través de las declaraciones del nuevo embajador español ante la Santa Sede, Gerardo Bugallo, al presentar sus cartas credenciales el 2 de octubre. “El Papa fue muy claro —dijo—. La Santa Sede no reconoce movimientos secesionistas o de autodeterminación que no sean resultantes de un proceso de descolonización”. Siempre, según Bugallo y lo publicado en la revista Vida Nueva, el Secretario de Estado, Pietro Parolin, expresó su confianza en “la madurez política del pueblo español, manifestada especialmente durante el proceso de transición a la democracia”, y solicitó “responsabilidad, búsqueda del bien común y respeto a la legalidad vigente” para “llevar a cabo un diálogo serio, sereno y auténtico”.

El Papa Francisco ya había sido requerido sobre la cuestión catalana en 2014, en una entrevista con La Vanguardia, diario referente de Cataluña, la primera para un diario español: “Toda división me preocupa. Hay independencia por emancipación y hay independencia por secesión. Las independencias por emancipación, por ejemplo, son las americanas, que se emanciparon de los estados europeos. Las independencias de pueblos por secesión son un desmembramiento, a veces muy obvio. Pensemos en la antigua Yugoslavia. Evidentemente, hay pueblos con culturas tan diversas que ni con cola se podían pegar. El caso yugoslavo es muy claro, pero yo me pregunto si es tan claro en otros casos, en otros pueblos que hasta ahora han estado juntos. Hay que estudiar caso por caso: Escocia, la Padania, Catalunya”.

El 26 de junio de 2016 volvió a referirse a Cataluña, comentando la salida del Reino Unido de la Unión Europea a bordo del avión papal al término del viaje a Armenia. Lamentó “el aire de división, no solo en Europa sino también en algunos países, Cataluña, el año pasado Escocia. Estas divisiones, no digo que sean peligrosas, pero es necesario estudiar bien las cosas, buscar soluciones viables, antes de una división”.

La Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de autodeterminación política en el caso de una colonización o de una invasión injusta, pero no ante una secesión. Asimismo, acepta las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a la norma moral y a las exigencias del bien común. Pero, como expresaron los obispos españoles en 2005 con relación al País Vasco, “cuando las condiciones señaladas no se respetan, el nacionalismo degenera en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, con tentaciones totalitarias”.

El exacerbado espíritu nacionalista catalán ha despertado un españolismo que busca la unidad, pero otro que agita la enemistad. La ruptura social es considerable. A la carga emocional se suman visiones e interpretaciones radicalmente diferentes según se mire desde Cataluña o desde el resto de España. Más allá de las soluciones políticas y jurídicas que permitan recuperar la institucionalidad democrática, será necesario un esmerado diálogo social, puesto que el conflicto se ha trasladado a buena parte de la sociedad acostumbrada a movilizarse.

De manera discreta, parte de la jerarquía de la Iglesia procura contribuir a pacificar, a superar las tensiones y las posturas más radicales, incluso las internas. Diversos grupos de católicos, desde posiciones catalanistas, pero no separatistas, se están organizando en busca de alternativas sociales y hasta políticas.

En el apartado sobre el bien común y la paz social de la carta pastoral Evangelii Gaudium, Francisco propone cuatro principios “que orientan el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común”. Podrían configurar un mapa de ruta para el camino que la Iglesia en Cataluña y en el resto de España deberá emprender:

1. El tiempo es superior al espacio: se trata de vivir “la tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, como horizonte mayor”.
2. La unidad prevalece al conflicto: “cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad”.
3. La realidad es más importante que la idea: ya que “la idea desconectada de la realidad origina idealismo y nominalismos ineficaces… Hay que pasar a la objetividad armoniosa”.
4. El todo es más que las partes: “hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos”.

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Fuente: www.revistacriterio.com.ar [1]