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Las palabras como espiritualidad del buen vivir

El sabio hebreo dice en el libro de los Proverbios: “No hay mejor medicina que tener pensamientos alegres. Cuando se pierde el ánimo, todo el cuerpo se enferma” (Proverbios 17,22). Las palabras y las intenciones que colocamos en ellas tienen un poder de creación. Así lo afirma el Sefer Yetzirá o “Libro de la Creación” (tradición mística judía), el cual dice que Dios ha creado todo a partir de 22 letras o 22 sonidos, las 22 letras del alfabeto hebreo, letras que forman palabras creativas. Somos palabras, decimos palabras, construimos y destruimos a través de las palabras. Gastón Soublette, en su libro La poética del acontecer, comentando qué son las palabras, expresa lo siguiente: “La verdadera palabra incluye en un todo al hablante, al interlocutor y al mundo. La palabra internalizada alcanza el corazón de quien la pronuncia, alcanza el corazón del interlocutor y el de todo hombre, por eso puede incluir también al mundo”. Cuando el sabio de los Proverbios expresa que la medicina, es decir, aquello que da o devuelve la salud a un enfermo son los pensamientos alegres, vamos comprendiendo cómo esos pensamientos se estructuran a partir de determinadas palabras que podríamos llamar medicinales o sanadoras. Las palabras son el dínamo que moviliza la espiritualidad del buen vivir, del bienestar, de la creación de una comunidad abierta a lo nuevo de toda vida.

Por ello, por ejemplo, al brindar decimos “salud”, expresamos el deseo de que la salud acompañe al otro, que la salutis/salvación sea con los nuestros. Al choque de copas o de vasos se inaugura el sonido del buen vivir. La salud, aquello que provoca la medicina, va entrando al cuerpo y al espíritu de cada ser humano. El teólogo Diego Irarrázaval, en su bella obra Indagación cristiana en los márgenes: un clamor latinoamericano (2013), recuerda cómo todas las culturas latinoamericanas y andinas han construido palabras que permiten lo que él denomina el “bien-estar-entre”, es decir, la expresión de las relaciones armónicas y amables en medio de condiciones adversas. Así encontramos los conceptos quechuas sumak kawsay y ajayu, que significan “bien-vivir” y “espíritu de vida”, respectivamente. También encontramos la expresión en maya del nahual, que significa “fuerza espiritual a favor de la Tierra Viva”. En el mundo mapuche tenemos el küme felen y küme mongen, o “estar en armonía” y “vivir bien”, respectivamente. En todas las culturas encontramos estas palabras medicinales, estos pensamientos positivos que crean relaciones de estabilidad y otorgan salud al cuerpo de los seres humanos. Las palabras, por tanto, son fuente inagotable de la espiritualidad del buen vivir.

Estas palabras medicinales van, además, acompañadas de ritos y celebraciones, y es en los ritos donde toman carne, sentido y expresión amorosa. Por ello, por ejemplo, hacemos cábalas, porque queremos exorcizar lo malo y dar espacio a la bondad y a la luz. Así, los ritos poseen una función de inauguración de un tiempo nuevo, de un tiempo con sentido y sentido. Gastón Soublette, a propósito de los ritos, afirma: “El enfrentamiento crudo y directo con la virtud del vacío se elude mediante el juego ritual. En el rito es el juego que se asocia al sentido; se hace expresión. El hombre se mueve y suena como el universo”. Por ello la celebración de los ciclos anuales, de los acontecimientos sociales y personales poseen una función de construir un piso estable sobre el cual nos desplazamos, piso que se ha ido formando gracias a las palabras sanadoras de nuestros buenos deseos: feliz cumpleaños, feliz Navidad, feliz Año Nuevo, que tengas prosperidad, paz a esta casa. Las palabras y los gestos propios de los ritos (comer, beber, bailar, etc.) forman un todo indisoluble.

¡Que el pensamiento de los Proverbios nos inspire! ¡Que nuestras palabras de bienaventuranza al comienzo del 2022 sean oasis en el desierto de tantos que esperan la salvación, la luz y la bondad en el trayecto de la vida! ¡Feliz y bendecido año 2022! MSJ