María: La gracia como fragilidad

La historia de María es la esperanza de que somos radicalmente importantes para Dios.

Juan Pablo Espinosa Arce

08 noviembre, 2021, 11:47 am
6 mins

El 8 de noviembre comenzamos en Chile la celebración del Mes de María. América Latina es un continente y un territorio profundamente mariano. María es el rostro de una pluralidad de culturas, vidas, sueños y esperanzas. La llamamos del Carmen, de Guadalupe, de Luján, de la Caridad del Cobre. María ha tomado lo moreno, lo mestizo, lo afro, la piel y el cuerpo sintiente de nuestros híbridos pueblos. Volviendo a la lógica mariana de nuestra fe, quisiera en esta columna pensar cómo María manifiesta la gracia como fragilidad y la gracia de la fragilidad. El contexto surge de pensar el tema de la gracia o del don de Dios y de pensar a Dios como don. La filosofía y la teología del don y de la gracia indican que tres elementos son necesarios para comprender adecuadamente dicha idea del don. En primer lugar, el “donador”, es decir, aquella persona que entrega o dona. Luego, el “don” mismo, es decir, lo entregado. Finalmente, el “donatario”, es decir, aquel o aquella que recibe el don o que, en su defecto, lo rechaza. De hecho, el don es don cuando se acepta o rechaza. Eso es lo paradójico del don. La teología, en razón de lo anterior, ha indicado que cuando pensamos la gracia, es decir, la amistad y la presencia amorosa de Dios en la historia y en la vida, comprendemos que Dios mismo es el donador y el don. Dios se da en el don de la gracia y la gracia es el nombre de Dios. Y, a su vez, Dios se da a una creatura capaz de aceptar o rechazar el don. Nosotros somos los donatarios del don divino de la gracia.

Entonces, ¿qué es la gracia? Leonardo Boff, en su obra Gracia y experiencia humana, dice que el “término gracia intenta traducir la experiencia cristiana más originaria y original: la experiencia de Dios y, por otra parte, la experiencia del hombre capaz de dejarse amar por Dios, abriéndose él también al amor y al diálogo filial”. En la expresión de Boff encontramos que la gracia indica que iniciativa siempre comienza en Dios, que la lógica de la gracia es un diálogo abierto y libre entre Dios y el ser humano y que la experiencia de la gracia es, ante todo, vivir abiertos a la acción de Dios, a su interpretación y a ser capaces de discernir, pensar y responder al Dios que se regala en la vida humana y en la vida del mundo.

Y María ha hecho su particular experiencia de la gracia. En el Evangelio de Lucas se narra que el ángel de Dios saluda a María con el alégrate llena de gracia. Este es el pórtico del momento más alto en la historia de la humanidad: Dios donándose totalmente a una jovencita nazarena cuyo nombre era María. En la vida de la mujer María la gracia habla y aguarda la respuesta. No hay una obligación, no es una imposición. Es un dejar hablar la gracia en los tonos de la fragilidad humana. Por ello la gracia de Dios es paradójica, en cuanto se dirige a una creatura que vive la vida como fragilidad. Pero, aún así, la gracia continúa siendo la presencia de Dios que acompaña nuestra fragilidad y sostiene la fragilidad del embarazo de la mujer María, de una madre primeriza, de una mujer que tuvo que aprender a ser la madre de Dios.

Con María, sus relaciones y con el hijo gestándose en su vientre se nos recuerda que lo frágil, al ser asumido por la Gracia, ha quedado sellado en una alianza eterna. Dios dándose por entero y María respondiendo por entero. La libertad divina y libertad humana se dan cita en el corazón, en el cuerpo, el alma, las emociones, las dudas y la fragilidad de la mujer María. La historia de María es la esperanza de que somos radicalmente importantes para Dios. María, madre de Dios, hermana y madre, ruega por nosotros y acompáñanos en medio de nuestra fragilidad, que es tu propia fragilidad. MSJ

Académico Facultad de Teología UC. Académico Universidad Alberto Hurtado.