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Nemesio Antúnez nos muestra el mundo

Nemesio Antúnez tenía la costumbre de llevar un registro de todas las obras que producía y de su destino. Para hacerlo usaba un cuaderno, donde dibujaba cada uno de sus cuadros —en pequeñas dimensiones, claro— y anotaba a quién lo había vendido o a qué institución lo había enviado para su exhibición. Ese hábito ha facilitado el trabajo de la fundación que lleva su nombre, establecida el 2015 para preservar su monumental archivo, compuesto por documentos, fotografías y material audiovisual.

Una vez que termine su clasificación, esa parte del legado del pintor estará disponible en una plataforma digital. La fundación, encabezada por su hija menor, Guillermina, se ha propuesto perpetuar el estilo que caracterizó a Antúnez, como gestor, difusor cultural y artista.

«Él abrió el arte a la ciudadanía», dice su heredera, quien nació cuando su padre tenía 53 años y actualmente impulsa la conmemoración del centenario de su natalicio. El aniversario se celebra en concordancia con el espíritu del homenajeado: las actividades se extenderán por Santiago y el resto de Chile, y consideran todas las facetas de su legado, que abarcan su labor como director de los museos de Arte Contemporáneo y de Bellas Artes, su carrera como docente, su aporte como fundador del Taller 99 y su relevancia autoral.

«Hay una generación entera que no lo conoce, que no vio Ojo con el arte (el programa de televisión que condujo a comienzos de los setenta y en los noventa). Queremos llegar a muchos lugares, recordarlo y mostrar que fue un unificador de artistas, que tendió un puente entre arte y artesanía, y que con el mismo interés que ponía en el quehacer del circuito de Nueva York viajaba después a Quinchamalí, donde investigaba con los pies metidos en el barro», comenta su hija.

Nemesio Antúnez nació el 4 de mayo de 1918. Un siglo más tarde, ese mismo día fue elegido para lanzar oficialmente los festejos, con la apertura en el Museo de Bellas Artes de una intervención de volantines (uno de los temas de su obra) inspirados en los motivos de la alfarería de Quinchamalí que el pintor plasmó en sus grabados, murales y mosaicos de galerías del centro de Santiago. El programa (ver recuadro al final) culminará el primer trimestre del 2019 con una completa retrospectiva de su obra en el Centro Cultural La Moneda.

«Trabajo como bruto», decía el artista, según el libro de Patricia Verdugo Conversaciones con Antúnez, publicado en 1995. Su protagonista murió dos años antes, el 19 de mayo de 1993. La periodista lo entrevistó en su casa en varias ocasiones cuando ya estaba enfermo y de esos numerosos diálogos surgió el volumen, que recorre su biografía y trayectoria, y da cuenta de su pensamiento. Uno de sus rasgos era la disciplina y el quehacer constante, de acuerdo con la descripción que la autora hace del pintor, quien aseguraba no haber conocido el estrés ni el agobio, y a quien no lo asustaba la cercanía de la muerte.

«Hablemos de eso sin temor. La verdad es que hice todo lo que quise y me muero tranquilo. Fui siempre un privilegiado. Y cuando me llegó el cáncer, cuando me enfermé, no tuve más remedio que aceptar. Mala suerte, no más, me dije», le confesó a Patricia Verdugo poco antes de su deceso. Hasta que este ocurrió, el artista fue el director del Museo de Bellas Artes, función que desempeñó desde el retorno a la democracia, en 1990, y que asumió con el objetivo de llenar de gente un edificio que le daba la impresión de estar inerte.

«Yo pinto multitudes y espero que las multitudes sean las que vengan al museo», declaró el día que reemplazó a Nena Ossa, la responsable del recinto durante la dictadura. Era la segunda vez que Antúnez ocupaba ese cargo: la primera fue entre 1969 y 1973, y él siempre recordaba su primer paso por esa institución comentando que en su interior se habían presentado conjuntos como Inti Illimani y Los Jaivas, y que hasta desfiles de moda habían organizado. Su administración culminó por supuesto con el golpe de Estado. Antúnez partió al exilio por diez años y en esa etapa se dedicó a crear y exponer.

«Me tocó una fase de su vida más tranquila, con mi papá en la casa o en el taller, concentrado en pintar y en hacer exhibiciones. No lo conocí como el hombre público que era hasta que regresamos a Chile. Recién entonces me di cuenta de su fama. Él retomó su faceta pública, pero siguió pintando y exponiendo. Yo siempre me pregunto a qué hora hacía tanta cosa. A él le gustaba, además, estar en su casa, meterse a la cama a escribir textos», recuerda su hija Guillermina.

«NO ME GUSTA LO HERMÉTICO»

Antúnez se aficionó a dibujar desde niño, aunque en el libro de Patricia Verdugo cuenta que «no tenía facilidad natural para hacerlo. Era más bien torpe y ensuciaba la página». Estudió, sin embargo, arquitectura al salir del colegio, más bien para cumplir un deseo de su padre, un corredor de propiedades que se tomaba con bastante aprensión las inquietudes artísticas de su hijo.

La primera vez que este salió del país lo hizo para seguir un magíster en arquitectura en Nueva York, proyecto que fue en realidad el mejor pretexto que encontró para distanciarse de la presión familiar y dedicarse a lo que en realidad quería: Antúnez terminó su posgrado, pero se quedó un tiempo en esa ciudad pintando y trabajando como decorador de vitrinas. Pero quizás lo más importante es que en Nueva York se convirtió en alumno de William Hayter, quien le enseñó nuevas técnicas de grabado en su Atelier 17 y lo inspiró a difundirlas en Chile a su regreso. El espacio fue el Taller 99, colectivo que fundó en 1956 y que, en distintos domicilios y durante seis décadas, formó a varias generaciones de la historia del arte contemporáneo local.

«Antúnez fue un activista en la medida en que concibió el arte como un dispositivo de transformación social y fue capaz de generar innumerables proyectos expositivos, concursos, celebraciones, homenajes y eventos artísticos. Su capacidad de congregar a personas del medio artístico nacional e internacional lo llevó a fundar una serie de iniciativas orientadas hacia la creación. Él entendía la labor creativa como un lugar ampliado, donde los talentos podían aflorar en cualquier persona: para ello bastaba una oportunidad, tanto como una enseñanza, en el contexto de un taller, una visita al museo o a una muestra, o simplemente los materiales con los que expresarse. Eso nos permite entender por qué hizo un programa de televisión como Ojo con el arte y las actividades de extensión que impulsó durante sus dos periodos en el Museo Nacional de Bellas Artes», comenta Ramón Castillo, director de la Escuela de Arte de la UDP, sobre las múltiples dimensiones de la biografía del pintor, que ejerció su voluntad de expandir el arte tanto en la gestión y difusión como en su propia obra.

Como autor, Antúnez nunca perdió de vista ese propósito, canalizado a través de distintas técnicas y expresado en motivos como las parejas entrelazadas que bailan tango, el paisaje cordillerano o urbano, los volantines, la iconografía de un pueblo de artesanos, los manteles y las camas, los viajes y el golpe. «Yo quiero ser comprensible para todo público. No me gusta lo hermético; no comprendo a la gente que hace arte hermético, que no logra transmitir», decía.

«Se trata de un artista que está observando el mundo y, a la vez, metaforizándolo», afirma Ramón Castillo. «Antúnez despliega historias a lo humano y lo divino, pues hay escenas cotidianas, hay objetos, artefactos de casa, volantines y trompos, como si se tratara de odas elementales. Por otra parte, vemos a un artista implicado en los grandes temas de la historia, que se asume como sujeto histórico, pero no como historiador, sino como un creador al que le toca enfrentar la tragedia, la comedia, la fiesta y el drama. Antúnez hace un arte cercano, legible, pero no por ello menos complejo y profundo. Sus imágenes se instalan en la tradición del cuadro ventana, en el sentido de la ventana que muestra asuntos del mundo. Tal vez por eso su relación con la abstracción no pasó de ser un asunto más bien parcial», agrega. MSJ


CÓMO HACER VOLANTINES

Cumplir cien años ha hecho a Nemesio Antúnez merecedor de un parque que lleva su nombre y que se extiende entre el puente La Concepción y el puente Pedro de Valdivia, en Providencia. Esta suerte de regalo póstumo es uno de los hitos que marcarán la celebración de su centenario, que también incluye una exposición itinerante de sus grabados (se presentará en Viña del Mar y en varias ciudades del sur y del norte), una exhibición (desde el 25 de julio, en la Biblioteca Nacional) de los numerosos afiches e ilustraciones que realizó, y un taller de volantines programado para el 7 de septiembre en la Estación Mapocho.

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Fuente: Artículo publicado en Revista Mensaje N° 669, junio 2018.