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Revista Mensaje N° 699: «¿Es verdad que la Biblia dice la verdad?»

El acercamiento actual al mito y, a través de él, a la Biblia, está marcado por el giro que tuvo la humanidad al pasar de la cultura agraria a la cultura urbana.

El concepto más difundido de mito nos lleva, en un extremo, a la idea de una ficción fabulosa en la que los pueblos justifican de manera mágica algunos aspectos de su realidad, por la vía de relatos arcaicos y primitivos. Esto implica quitarle al mito todo el valor que pudiese tener, en vista de que no nos refiere a hechos demostrables empíricamente.

Esta es una mirada moderna, ilustrada, del fenómeno que contrapone la fantasía con la realidad según las entiende el Método científico.

Conclusión: la Biblia no dice la verdad, simplemente delira miente, y no hay entonces que tomarla en cuenta en serio.

Una reacción a esta primera postura trata de salvar el mito, reconociéndolo como un modo de expresión arcaico y primitivo que contiene una verdad más profunda: se asume que bajo un primer ropaje, que es la narración antigua, está el contenido verdadero. Acepta así el valor del mito, aunque la ciencia lo niegue. Exige desmitologizar, quitar el ropaje arcaico, para entonces descubrir las verdades profundas encerradas en él. En el fondo, esta visión sigue negándole valor: somos recién nosotros, urbanos, modernos, ilustrados, los capacitados para una interpretación correcta de esos textos. Sus autores se mantienen arcaicos y primitivos, incapaces de acceder a la verdad.

Una tercera reacción consiste simplemente en abordar las críticas al mito, refutarlas, e intentar demostrar el valor científico de los relatos de la Biblia cuya mirada e intención son otras. El creacionismo, por ejemplo, entiende que el primer capítulo del Génesis, la Creación, habla de geología, astronomía y física. Y, cada cierto tiempo, hace noticia el descubrimiento del Arca de Noé.

Es verdad que en la Biblia también encontramos historia, poesía, ironía, novelas, etc., pero no hay cómo hallar en ella expresiones que de alguna manera correspondan inmediatamente a la cultura y a los métodos de la modernidad ilustrada. Pero No es un buen método buscar con ojos de nuestra cultura urbana el sentido de expresiones propias de la cultura agraria (distinta de la agrícola), ya desaparecida. Este método está dominado por una perspectiva etnocéntrica (nuestro modo de ver las cosas vale para todos los pueblos). Y, además, anacrónica (vale para todos los tiempos).

VALORAR EL MITO

En el otro extremo está la valoración del mito. Los relatos estudiados son antiguos y actuales. Nos hablan.

Desde esta mirada, el relato contado, repetido, permite participar una y otra vez en el momento original de la realidad, momento que es también presente. Este relato explica qué y cómo es el mundo. No se trata de analizar qué ocurrió al comienzo, como si hablásemos del big bang, sino cómo sintonizar con aquello, para ajustarnos a lo que es. El mito (y el rito) hace posible vivir ese momento para reiniciar esa experiencia fundante, que permanentemente domina y determina nuestro devenir. Sus personajes encarnan algún aspecto de la condición humana. Son espejo de nuestra propia condición actual. Pertenecer a la historia contada nos abre a lo que ahora somos, al origen, al porvenir.

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