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Violencia política

Teóricos de la sociología sostienen que la violencia es un medio comúnmente usado por los pueblos y gobiernos en todo el mundo, para lograr objetivos políticos; igualmente, utilizado en ciencias sociales y políticas para hacer referencia a destrucciones o atentados físicos contra objetos, instituciones o personas. Cuyo propósito —selección de daños y víctimas, puesta en escena y efecto— posee una significación política que, mediante una coerción consumada, tiende a modificar el comportamiento de los protagonistas en una situación de negociación.

Solía decir César Álvarez, mi padre, que la política requiere de un altísimo nivel de conciencia entre quienes la practican, porque de lo contrario esa actividad, que debiera ser el mecanismo potenciador de la libertad y creatividad de los individuos, podría llegar a convertirse en la peor forma de violencia y sufrimiento. La violencia política, siempre que provenga de sus detractores, suele ser calificada por el poder constituido como delito de asalto o vandalismo; pero sus fines, suponiendo que haya fines, son políticos, aunque sus medios sean violentos.

Algunas personas o grupos que se sienten insatisfechos con los resultados que les ofrecen sus sistemas de gobierno, recurren a la opción de resistencia a la opresión, hecho que podría degenerar en violencia, figura que aparece contemplada en los Derechos del hombre, reconocidos, implícitamente, en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y, explícitamente, en las Constituciones de la Revolución Francesa de 1789 y 1793.

A través de la historia, teólogos, filósofos, historiadores, politólogos y sociólogos han estudiado el papel de la violencia política, entre ellos, Tomás de Aquino, quien previó, en el siglo XIII, el levantamiento popular contra los gobiernos tiránicos; y, Nicolás Maquiavelo, en el siglo XVI, para quien la razón de Estado estaba justificada al ejecutar el mal menor para evitar el mal mayor. Dijo que la crueldad puede estar justificada en un buen gobierno, ya que la política es una realidad ajena a toda moral, si es que a seres humanos se quiere gobernar.

Karl Marx afirmaba que la violencia era la comadrona de la Historia y, por lo tanto, estaba autorizada por la lucha de clases y el materialismo histórico, y su amigo y seguidor Friedrich Engels escribió al respecto un ensayo no concluido, “El papel de la violencia en la historia”, publicado en 1888.

El fenómeno de la violencia también fue estudiado por el sociólogo y teórico del sindicalismo revolucionario Georges Sorel, en sus “Reflexiones sobre la violencia”, 1908, autorizando de cierta manera el terrorismo con fin político y social. Concluyó diciendo que la legitimidad de la acción política violenta la ofrece a posteriori el éxito de la misma. Para validar la certeza de esta afirmación, también podemos citar lo que escribió Pedro Calderón de la Barca, en su obra “La vida es sueño”, cuando en la tercera jornada estalló la guerra civil: «A batallas tales, quienes vencen son leales, los vencidos, son traidores». Un tema ampliamente conocido y manejado en los espacios revolucionarios del mundo contemporáneo.

Algunas personas, grupos, religiones y regímenes políticos suelen creer que algunos o todos los distintos tipos de violencia política no solo están justificados, sino que son necesarios para lograr sus objetivos. También algunos autoritarismos la utilizan para intimidar a la población, buscando poner de rodillas a los pobladores, procrastinando de esta forma sus deseos de libertad.

La inacción o pasividad de un gobierno también puede ser tomada como forma de violencia política. Un buen ejemplo de esto, que también se vive en países latinoamericanos, es la Guerra Civil Española. En vísperas de ella, el gobierno republicano adoptó una actitud de no intervención ante el incendio y pillaje de iglesias y, posteriormente, reprimió muy tarde los actos violentos de los grupos paramilitares comunistas y anarquistas que se levantaron contra los levantados.

En el curso de la historia, el siglo XX fue, probablemente, la centuria con más violencia política, sin embargo, al menos en el campo de la izquierda, hubo un revisionismo de la filosofía política marxista, por parte de Eduard Bernstein y Jean Jaurès, la cual excluyó la idea de la revolución violenta para conquistar el poder y optó por la evolución para llegar a él, mediante el sindicalismo y la acción política.

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Fuente: https://revistasic.gumilla.org [1]