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Y su Reino no tendrá fin

Hablar del Reino de Dios es hablar del gran proyecto de Jesús, de su sueño para el mundo. Este era su objetivo, un modo de vivir y de ver el mundo desde la misericordia, siempre con la mirada puesta en los últimos. Tanto es así que le costó la propia vida demostrar que el amor tiene más fuerza que el pecado y que la muerte. Quizás, la mejor manera de contemplar la esencia del Reino de Dios es asomarse a las bienaventuranzas y dejarse empapar de su esperanza y su deseo de cambiar el mundo.

Es un ya sí, pero todavía no. Porque Jesús llegó, puso los cimientos y todavía sigue construyéndose, desplegándose poco a poco en la Historia guiado por el Espíritu Santo. Cuenta con nosotros y con toda la Iglesia para seguir llevándolo a cabo. No es solo sano progreso que busca ayudar a las personas, tampoco ideología que empodera, profetiza o ensalza el nombre de Dios, es mucho más. El Reino de Dios es un modo de vivir en el que las estructuras y las personas ponen su acento en los últimos y aspiran a que toda la humanidad viva en justicia, paz y armonía dando gloria a Dios.

Aunque es un deseo, no podemos confundirlo con una utopía. Hay espacios en el mundo y en nuestra sociedad donde el Reino de Dios es ya una realidad, como lo fue para los seguidores de Jesús. Lugares donde se actualiza el Evangelio con hondura, se vive desde la misericordia y la esperanza y se construyen comunidades donde Dios saca lo mejor de las personas. Para llegar a ello, hay que estar muy bien arraigado en Cristo, de lo contrario cualquier intento se convierte en sucedáneo que pervierte el auténtico significado.

Y es el momento de la Iglesia, de ser continuadora de este gran sueño en los cinco continentes, porque el Reino de Dios no se habrá terminado de implantar hasta que todos estemos salvados y vivamos en paz, justicia y armonía. A diferencia de los países, sociedades o estados, empeñados en marcar diferencias, todos estamos llamados a participar de este Reino de esperanza, desde nuestras vidas, hogares y culturas, porque cada uno de nuestros actos y decisiones cuenta a la hora de construir el Reino de Dios.

Quizás nunca será pleno en esta parte de la vida y de la historia, pero la resurrección nos abre la puerta a esa plenitud del Reino allá donde Jesús ya ha vencido. Por eso, allí, su Reino que empieza aquí, no tendrá fin.

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Fuente: https://pastoralsj.org [1]