¿A qué tienes miedo, a quién tienes miedo?

No debemos tener miedo porque estamos en las manos de Dios. Domingo XII del Tiempo Ordinario.

Ciclo A

Textos: Jr 20, 10-13; Rom 5, 12-15; Mt 10, 26-33.

Idea principal: No debemos tener miedo. El miedo nos paraliza, nos esclaviza, no nos deja disfrutar.

Resumen del mensaje: En nuestra vida pasamos por momentos duros, ¿quién no? (primera lectura). Cristo no nos ocultó nunca que nuestra vida cristiana sería difícil, pues no podemos tener mejor suerte que Él, nuestro Maestro (Evangelio) que nos ama y camina a nuestro lado. Debemos, pues, vivir con confianza, dado que en Cristo tenemos sobreabundancia de gracia (segunda lectura). ¡Fuera el miedo ante el coronavirus!

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, todos pasamos por situaciones y horas terribles, como Jeremías en la primera lectura: nos traicionan, nos critican y difaman, nos abandonan y nos dejan en la estacada; se ríen de nosotros; perdemos el trabajo y algún ser querido se nos va de casa; una enfermedad va minando nuestra salud; no podemos pagar nuestras deudas acumuladas: el Covid-19 toca a las puertas de muchas casas. Para qué seguir. Situaciones duras y miedos hoy que acechan el mundo, la Iglesia y nuestras familias e hijos son: el liberalismo agresivo que nos invita a todos los placeres y a opiniones sin razones, el secularismo dictador que echa a Dios fuera de la mesa de nuestras decisiones, el ateísmo militante que boxea contra Dios con la hoz y el martillo, y la despersonalización ideológica del católico, que no se sabe a qué va y con quién comulga. Estos enemigos nos hacen temblar.

En segundo lugar, en estos momentos debemos escuchar en el corazón la palabra consoladora de Cristo en el Evangelio de hoy: “No tengáis miedo”. Y Cristo, al decirlo, sabía bien que, de sus oyentes, Pedro moriría en Roma cabeza abajo, su hermano Andrés en Patras crucificado en aspa, a Santiago le cortarían la cabeza en Jerusalén y a su hermano Juan le echarían en una sartén, le sacarían ileso y lo desterrarían a las minas de metal en Patmos, isla flotante en el Egeo. Parece que ni un solo discípulo murió en la cama. Que Cristo nos lo diga a nosotros: “No tengáis miedo”, es otro cantar. No nos metemos con nadie; ante el materialismo, el hedonismo, el secularismo y otros “ismos” ni la piamos; en las pesebreras de la pornografía nos ponemos morados como los demás, en el matrimonio jugamos a la cuerda floja, trampeamos con el fisco, con el ejemplo enseñamos a los hijos las grandes marrullerías y trampas… como los demás. ¿Voy a tener miedo?

Finalmente, ¡ay de mí si no tengo miedo! Señal sería de que no vivo el Evangelio radical, de que no soy testigo de nada, de que soy uno más en la camada de este mundo. Malo sería si nadie me insulta de trabajador a conciencia, de libre en el acoso sindical, de respetuoso con Dios cuando al lado retumba el trueno de la blasfemia, de católico comprometido que pisa fuerte en la estera del respeto humano. Pues no, señor, no debemos tener miedo porque estamos en las manos de Dios; si Él lleva cuenta hasta de los cabellos de nuestra cabeza y de los gorriones del campo, cuánto más no cuidará de nosotros, que somos sus hijos. No tengamos miedo, no, pues los que persiguen a los discípulos de Jesús podrán matar el cuerpo, pero no el alma ni la libertad interior. No tengamos miedo, pues el mismo Jesús, ante su Padre, dará testimonio de nosotros si nosotros le hemos sido fieles. Seamos cristianos de ley.

Para reflexionar: ¿A qué tengo miedo? ¿A la pandemia? ¿A quién tengo miedo? ¿Por qué tengo miedo? ¿Cómo salir de ese miedo visceral que me paraliza? Mirando a Cristo grita: Señor, en vos confío.

Para rezar: Recemos con el Salmo 30.

En ti, Señor, me cobijo,
¡nunca quede defraudado!
¡Líbrame conforme a tu justicia,
tiende a mí tu oído, date prisa!
Sé mi roca de refugio,
alcázar donde me salve;
pues tú eres mi peña y mi alcázar,
por tu nombre me guías y diriges.
En tus manos abandono mi vida
y me libras, Señor, Dios fiel.
Me alegraré y celebraré tu amor,
pues te has fijado en mi aflicción,
conoces las angustias que me ahogan.
Ten piedad de mí, Señor,
que estoy en apuros.
La pena debilita mis ojos,
mi garganta y mis entrañas;
mi vida se consume en aflicción,
y en suspiros mis años;
sucumbe mi vigor a la miseria,
mis huesos pierden fuerza.
Pero yo en ti confío, Señor,
me digo: ‘Tú eres mi Dios’.
Mi destino está en tus manos, líbrame
de las manos de enemigos que me acosan.
Dios, no quede yo defraudado
después de haberte invocado.
¡Qué grande es tu bondad, Señor!
La reservas para tus adeptos,
se la das a los que a ti se acogen
a la vista de todos los hombres.
¡Bendito Dios que me ha brindado
maravillas de amor!
¡Y yo que decía alarmado:
‘Estoy dejado de tus ojos’!
Pero oías la voz de mi plegaria
cuando te gritaba auxilio”.

ORACIÓN MIENTRAS DURA LA PANDEMIA

Dios todopoderoso y eterno, refugio en toda clase de peligro, a quien nos dirigimos en nuestra angustia; te pedimos con fe que mires compasivamente nuestra aflicción, concede descanso eterno a los que han muerto por la pandemia del ‘corona-virus’, consuela a los que lloran, sana a los enfermos, da paz a los moribundos, fuerza a los trabajadores sanitarios, sabiduría a nuestros gobernantes y valentía para llegar a todos con amor, glorificando juntos tu santo nombre. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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Fuente: https://es.zenit.org

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