Nuestra casa es el mundo, aunque a veces haya cosas que nos asusten, pero nuestra esperanza no viene del ser humano, nuestra esperanza —al igual que el futuro— viene, como todo lo bueno, sencillamente, de Dios.
Quizás uno tenga la sensación de hacerse mayor, pero reconozco que cada vez me asusta más el mundo, ya camine por la calle, vea las noticias o me meta en internet. También me indigna y me duele. El auge de la tecnología sin control, discursos ideológicos que campean sin profundidad ni fundamento, la posverdad, la desigualdad social, la crisis moral, la secularización y el ateísmo, la crisis climática, nacionalismos y populismos que socaban democracias y guerras que empiezan y que no sabemos cómo ni cuando van acabar… Y sí, reconozco, que me asusta y me cuesta imaginar el futuro para las generaciones que nacen ahora, ¿cómo será su vida dentro de diez, cuarenta o sesenta años? A lo mejor soy alguien de otro tiempo, probablemente.
Sin embargo, reconozco una pequeña tensión en mí. Al mismo tiempo, veo que como cristianos estamos llamados a amar el mundo. No el pecado, el sufrimiento o la injusticia que hay en él, que es mucho, no lo podemos negar. Tampoco la mundanidad o el cutrerío. Sino mirar todo lo bueno que hay en él: los retos y las tensiones como oportunidad —como ocurría hace siglos, y seguirá ocurriendo— y a amar la naturaleza, las culturas y la belleza, la verdad y los milagros que ocurren cada día. Y sobre todo al ser humano, sin distinción. Esto es, no lo olvidemos, lo que nos hace ciudadanos de mundo, una dignidad como hijos de Dios que trasciende derechos, identidades y otras tantas categorías más y que nos hace a todos hermanos.
Como cristianos estamos llamados a amar el mundo. No el pecado, el sufrimiento o la injusticia que hay en él, que es mucho, no lo podemos negar.
Y es aquí que nace una certeza donde podemos asentarnos los cristianos. No dejar que lo malo impida ver todo lo bueno, que es mucho más. El mundo es imperfecto, sí, porque está creado por Dios —y no es Dios—, pero estamos llamados a amarlo por el mismo motivo: porque está creado por Dios. Y es ahí donde podemos encontrarle y encontrar su grandeza y no dejar de maravillarnos por el autor y por su obra —con lo bueno y no tan bueno—. Por eso nuestra casa es el mundo, aunque a veces haya cosas que nos asusten, pero nuestra esperanza no viene del ser humano, nuestra esperanza —al igual que el futuro— viene, como todo lo bueno, sencillamente, de Dios.
Fuente: https://pastoralsj.org / Imagen: Pexels.