Arriesgarse con Jesús

El verdadero cristiano se descubre por su entusiasmo y su ardor, por su fervor y dedicación al escuchar la Palabra que lo invita y lo desinstala. II Domingo de Cuaresma.

Monseñor Enrique Díaz Díaz

05 marzo, 2020, 12:50 pm
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Génesis 12, 1-4: “Deja tu país, para ir a la tierra que yo te mostraré”.

Salmo 32: “Señor, ten misericordia de nosotros”.

Timoteo 1, 8-10: “Dios nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida”.

San Mateo 17, 1-9: “Su rostro se puso resplandeciente como el sol”.

Oscuridad, humedad y un sudor insoportable. La luz de una linterna apenas ilumina el socavón y dibuja la silueta de los hombres que incansables golpean la tierra. Toño y sus dos compañeros trabajan y trabajan en los agujeros que los conducen a la búsqueda del ámbar, ese tesoro que Dios ha puesto en las entrañas de Simojovel. “No es fácil encontrar vetas que tengan mucho material. Hay días que casi no encontramos nada. Pero de vez en cuando encontramos un trozo grande que vale la pena. Yo tengo en casa una piedra muy grande, ya pulida y engarzada. Esa la guardo como un recuerdo y cuando me desanimo, porque casi no encuentro nada, la contemplo y me digo que si ya encontré una piedra de valor, tiene que haber más y las seguiré encontrando”. Y así, con rudimentarios instrumentos, apenas pico y pala, con graves riesgos de derrumbes y contaminación, continúan con esperanza de encontrar su tesoro.

Hay quien mira la Cuaresma como una larga estación que nos frena y nos pone en pausa, pero las lecturas de este día nos manifiestan todo lo contrario y nos presentan la Cuaresma como una búsqueda entusiasta, como una inquietud constante, como estar siempre en tensión hacia un objetivo: el verdadero encuentro con Dios y con su Reino. Desde las palabras dirigidas por Dios a Abraham, exigiendo que deje su país y sus parientes, pasando por las recomendaciones de Pablo a Timoteo que le recuerdan que Dios nos ha llamado para que le consagremos la vida; hasta las palabras de Jesús a sus discípulos que no les permiten que se queden solo en la contemplación, sino que les ordena: “Levántense”, todo es una dinámica de búsqueda e inquietud que debe inflamar el espíritu del creyente. Dios tiene una especial predilección por las palabras que mueven y motivan: “Deja tu casa”, “Síganme”, “Levántense”. Y nosotros siempre buscamos las seguridades, nos aferramos a nuestras posesiones, nos encadenamos a nuestras ideas. Todas las palabras de este día pretenden infundirnos un entusiasmo que nos ponga en marcha y en búsqueda.

Quien escucha la primera lectura y contempla a Abraham instalado en su territorio, con sus posesiones y su parentela, difícilmente entiende que se entusiasme y que, dejándolo todo, se lance en búsqueda de la tierra prometida, sostenido solamente por las palabras de un Dios que lo ha puesto en camino. Va en búsqueda de una tierra nueva y solo lo sostiene su fe. Es modelo de todo cristiano que debe ponerse en movimiento y buscar el ideal manifestado por el encuentro con Dios. Hoy el hombre moderno, que se dice más libre que nunca, se descubre abotagado de bienes y de falsas ilusiones, que lo han hecho sacrificar la libertad, la conciencia y la autenticidad. Las cadenas de la técnica, del conformismo y la comodidad, nos han entrampado de tal modo la vida que ni siquiera nos acordamos que hay otras opciones mejores con tal de quedarnos cómodos. No miramos las estrellas porque le tememos a la oscuridad y al riesgo del campo abierto y preferimos permanecer resguardados en nuestras cuatro paredes. Es cierto, hay muchos riesgos en el camino, pero se están buscando nuevos ideales. No nos es lícito permanecer indiferentes y acomodados, mientras el Señor nos invita a construir una casa para todos, a buscar una nueva tierra de hermanos. El verdadero cristiano se descubre por su entusiasmo y su ardor, por su fervor y dedicación al escuchar la Palabra que lo invita y lo desinstala. Es el hombre de fe que cree en el Dios de las promesas y que en Él pone toda su esperanza.

Pide Jesús esta misma fe a sus discípulos. No la fe que protege y cubre como un manto, sino la fe acepta el riesgo y la aventura. Abraham deja sus cosas y toma la fe como su brújula y estrella, abandona sus razones terrenas y se fía de las promesas; ahora Jesús pide a sus discípulos una nueva aventura en la construcción de su Reino. Les ha anunciado su pasión y su muerte y les ha puesto nuevas y radicales condiciones para su seguimiento. Mas no los deja en la oscuridad y les permite atisbar las razones de estas exigencias. Al transfigurarse, Dios mismo es quien habla y quien da su palabra para confirmar el camino de Jesús. La transfiguración es un acontecimiento que busca animar y reorientar a los discípulos tan dispuestos a la búsqueda de los primeros lugares y tan reacios a la cruz. Manifiesta la gloria de Jesús y anticipa su victoria sobre la cruz. Pero la transfiguración no tiene la intención de adormecer a los discípulos o asegurarles un triunfo terreno. Por eso cuando Pedro, en el éxtasis de la contemplación, propone permanecer en las alturas, contemplando el triunfo de Jesús, es despertado bruscamente e invitado a levantarse sin temor. La transfiguración devela el sentido misterioso y profundo de la vida de Jesús, pero de ninguna manera permite a los discípulos que se queden en contemplaciones y que abandonen la cruz. Deben volver a la realidad. Y es también la realidad del discípulo actual: no puede permanecer indiferente en la altura de la montaña. Puede subir a la montaña, llenarse de Dios para discernir y descubrir su voluntad, para llenar su corazón de entusiasmo, pero no para alejarse de su compromiso frente a los hermanos.

El camino de la resurrección siempre pasa por el camino de la cruz. La transfiguración nos descubre el verdadero sentido de la cruz. La voz venida del cielo ordena a los discípulos que se fíen de la palabra de Jesús: “Este es mi hijo… escúchenlo”. Así, confiados en la Palabra, encontrarán la fuerza para bajar del monte y recorrer con el maestro el camino de la cruz. También para nosotros está dirigido el mensaje de Jesús: no puede ser verdadero discípulo quien se aísla de los hermanos, quien se instala cómodamente en la vida y tranquiliza su conciencia con visiones espiritualistas. Alejarse del compromiso con los hermanos y evadir el servicio a los más necesitados no es experiencia verdaderamente cristiana. La única forma de escuchar a Jesús es siguiendo su mismo camino: caminar y aprender con Jesús; caminar y ver con Jesús; caminar y descubrir a los hermanos junto con Jesús. Pedro, que ha descubierto la gloria, que se ha extasiado en la contemplación, tiene ahora más razones para seguir a Jesús, pero no para quedarse adormilado. En este día subamos a la montaña con Jesús, contemplemos la transformación y belleza de su rostro, escuchemos la voz del Padre y después levantémonos dispuestos a cargar la cruz con Jesús. Este segundo domingo de Cuaresma nos exige examinar si hemos purificado nuestro corazón y nuestras intenciones. Nos pone el ideal para que no nos perdamos en el camino, nos enseña el rostro resplandeciente de Jesús, pero después nos invita a que acompañemos en la marcha de cada día, en el trabajo con los hermanos, en la carga cotidiana de la cruz.

¿Qué estamos haciendo en esta Cuaresma que realmente nos lleve a dejar la indiferencia y a cambiar nuestro corazón? ¿Nos hemos instalado y adormecido en comodidades? La visión de un Cristo glorioso y resplandeciente, ¿nos compromete en la búsqueda de un rostro más humano en cada uno de los hermanos?

Señor, Padre Santo, que nos mandas escuchar a tu amado Hijo, despiértanos de nuestras indiferencias y purifica nuestros ojos para que al contemplar a Cristo glorioso nos comprometamos a descubrir su rostro en cada uno de nuestros hermanos. Amén.

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Fuente: https://es.zenit.org

Escribe para Zenit.