El Evangelio es y será siempre una palabra de consuelo, una mirada de ternura, unos brazos acogedores para quienes el mundo descarta. Pero Dios necesita que seamos nosotros, los que nos llamamos «cristianos», quienes no miremos hacia otro lado y aportemos lo que somos.
Hace muchos años (1949), el Padre General de los jesuitas, el P. Janssens, escribió una carta a toda la Compañía alertando de una preocupación que encendía su corazón. En un mundo convulso y profundamente herido, parecía que los pobres y la gente sencilla se alejaban de la fe. De ahí surgió una gran cuestión: ¿cómo llevar el Evangelio a sus legítimos destinatarios, los últimos?
Yo, sinceramente, me hago hoy la misma pregunta. Desde hace unos meses se habla de la fe como algo que está en auge, incluso de moda. Dicen que cada vez más jóvenes se consideran católicos (algo que hace unos años parecía impensable). Pero mi pregunta es: ¿los pobres conocen la Buena Noticia? ¿Crece también la fe entre ellos?
Creo que, más allá de lo que puedan decir los medios, hay una Iglesia «escondida» que trabaja y se desvive cada día para que haya gente que tenga un trozo de pan que llevarse a la boca, que encuentre a alguien que consuele sus lágrimas o que, simplemente, luche ante el resto de la sociedad para recordarnos que todos somos personas, hijos de un mismo Padre y, por tanto, hermanos entre nosotros.
Más allá de lo que puedan decir los medios, hay una Iglesia «escondida» que trabaja y se desvive cada día para que haya gente que tenga un trozo de pan que llevarse a la boca, que encuentre a alguien que consuele sus lágrimas…
Más allá de dar o recibir algo, el Evangelio es y será siempre una palabra de consuelo, una mirada de ternura, unos brazos acogedores para quienes el mundo descarta. Pero Dios necesita que seamos nosotros, los que nos llamamos «cristianos», quienes no miremos hacia otro lado y aportemos lo que somos.
Fuente: https://pastoralsj.org / Imagen: Pexels.