Canción lógica

Para saber si somos normales necesitamos levantar la vista y mirar a nuestro alrededor.

La canción es bastante vieja, es de Supertramp. Un profesor mío la usaba en clases de inglés, tiene algo de pegadiza y es de las que se te quedan en la recámara. La historia es muy sencilla: de crío lo ves todo estupendo, la vida es mágica. Luego te envían a estudiar, a la universidad, supongo, con la intención de hacerte sensato, responsable, lógico. Y el resultado es que uno pierde la ilusión por vivir, porque al someterte al sistema descubres que eres respetable, aceptable… ¡un vegetal! Como es una canción, se puede permitir exagerar, pero creo que todos experimentamos algo parecido a medida que pasa el tiempo y nos vamos transformando en ese extraño sujeto que llamamos “adulto”.

Parece como si ser normal supusiera parecerse a un vegetal, algo así como si a medida que nos integramos en la vida social se nos invitara a sentir, o a padecer, lo justo para no desentonar. Nuestra vida rutinaria, lo cotidiano, lo de todos los días, se encarga de que efectivamente, nos vayamos domesticando. Y entonces, como no somos vegetales, hay que buscar momentos, personas, actividades que nos permitan sentirnos vivos. O así lo interpretamos. Y como si de una reacción se tratase, necesitamos salirnos del carril, excedernos, desparramar. Es como un grito al terminar la noche, afónicos, cargaditos y con toda la ropa oliendo a tabaco. Lo normal es tan aburrido que no puede ser normal. Los excesos son tan deslumbrantes que tampoco pueden ser normales. El punto en común de esta normalidad o de estos excesos es que todo empieza y termina en nosotros. Y ese es el principal problema. Mejor dicho, el problema. Nunca podremos sentirnos vivos si solo estamos pendientes de nuestros sentimientos, de nuestras sensaciones. De nuestro ombligo. Para saber qué somos, o quienes somos, necesitamos a otros, aunque solo sea para preguntárselo. Para saber si somos normales necesitamos levantar la vista y mirar a nuestro alrededor.

Puestos a sentirnos vivos, profundamente vivos, se me ocurre otra línea de excesos. La formulación varía, pero más o menos sería: al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda. «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos. Fuerte, ¿verdad?

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Fuente: https://pastoralsj.org

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