Capacitados para preguntar por Dios

Preguntar por Dios nos pone en la perspectiva de ejercitar nuestra libertad, esa libertad dada por Dios.

Quisiera escribir este artículo sobre la capacidad que tenemos para preguntar por Dios. Los párrafos que siguen son elementos que trabajo en mis clases de teología en la universidad. Mi área de especialización es la teología fundamental, es decir, aquella disciplina que intenta pensar cuáles son las condiciones de posibilidad para tener la experiencia de Dios. Si esta columna se titula capacitados para preguntar por Dios, ello tiene que ver directamente con el sentido de la experiencia que podemos llamar religiosa o creyente, es decir, de pasar a Dios por el cedazo de la pregunta o de la reflexión. La pregunta, al decir de Martin Heidegger, es la «piedad del pensamiento» (La pregunta por la técnica, 1958). La teología, en cuanto disciplina que pregunta y organiza la pregunta por Dios, se ha de vivir como una experiencia de piedad, es decir, de veneración ante el Misterio. Preguntamos porque algo nos falta, porque nos movemos en el hiato, en la falla, en el discurso fallido y la teología, a mi entender, ha de volver permanentemente a tomar conciencia de su falla, de su provisionalidad y de su dimensión de piedad.

La cuestión de la capacidad para Dios o para preguntarse por Dios, y en el contexto específico de la teología del siglo XX, encontró en Karl Rahner (1904-1984) un faro luminoso para pensar su formulación. Rahner llamó a esta capacidad como «existencial sobrenatural». Entendamos brevemente esta noción. Es un existencial porque tiene que ver con la vida en acto, con la dimensión histórica y cotidiana. Es una teología existencial porque comprende que la experiencia humana y creyente se desarrolla en las coordenadas histórico-temporales en las que el ser humano vive. Y es sobrenatural porque el movimiento originario está en Dios. Dios ha dado existencialmente al ser humano una capacidad, un deseo, un movimiento que le permite buscar y preguntar por Él. Dios «nos amó primero» (1 Jn 4,19) y Él comienza el querer relacionarse con la creatura en su historia concreta, en su existencia. Por lo tanto, si el sujeto es un ser histórico Dios, que quiere darse a conocer y tener una relación con el mundo, nos busca dentro de la historia. Dios se moviliza por una decisión libre y amorosa dentro de las coordenadas históricas, porque el sujeto que está capacitado para acogerlo es histórico. Por ello es un existencial, porque el sujeto vive esa capacidad dentro de la historia. Buscamos a Dios dentro de las coordenadas históricas en cuanto Él nos ha buscado originariamente dentro de la historia.

Dios ha dado existencialmente al ser humano una capacidad, un deseo, un movimiento que le permite buscar y preguntar por Él.

El Dios que nos ha creado capaz de preguntarnos se hace encontradizo en la historia, así sea para ser aceptado o rechazado. Esto es clave y paradójico, porque Dios, que se da libre, también espera una respuesta y decisión libre del ser humano. Ahora bien, es bueno indicar que la aceptación o el rechazo no determinan la permanencia de Dios, es decir, Dios es Dios por sí mismo. El punto se dirige hacia el ser humano, es decir, a la creatura capaz de preguntarse por Dios. Por ello la tradición teológica ha comprendido que Dios ha creado a una creatura capaz de recibirle en cuanto Él se da, porque lo propio del que se da es darse, y eso es muy paradójico.

El darse tiene una paradoja, porque el darse se verifica en aceptar o rechazar, y en el rechazo evidenciamos que alguien se está dando. Dios se expone a que el sujeto le diga que no, y eso es algo tremendo. Es como la relación personal. El sujeto se expone ante otro sujeto. Nos verificamos en nuestra exposición. Incluso diría que somos más humanos cuando nos exponemos al no. Esto es tal porque entra en juego la posibilidad de que seamos aceptados o rechazados. Esto es dramático, es decir, nos expone a la incertidumbre y a las preguntas, y eso es porque evidentemente no nos movemos en el terreno de la certeza productiva.

Nuevamente: Dios no ha creado a un ser que le dice sí todo el tiempo, sino que lo ha creado con la capacidad de decirle no. Recuerdo al teólogo J. Ratzinger en su libro Introducción al cristianismo, cuando dice que Dios, al revelarse, se expone. Dios se expone a que el sujeto le diga que no. Vuelvo a plantearlo a nivel de la relación personal. Evidentemente una relación personal sin conflicto sería mucho más «llevadera». ¿O no? Sí. A lo menos porque siempre me diga que sí mi otro. Pero en algún momento mi otro me va a decir que no. La vida se moviliza en esos intersticios. La fe y la experiencia creyente se moviliza en esos entrecruces.

Preguntar por Dios nos pone en la perspectiva de ejercitar nuestra libertad, esa libertad dada por Dios. La pregunta, la búsqueda, el haber sido creados capacitados, son ejes axiales de la estructura humana en sí misma. Somos buscadores del Misterio santo, como lo llama Rahner, porque estamos constituidos para ello. Hay verdadera piedad o devoción —al decir de Heidegger— cuando nos regalamos un momento para pensar a Dios, para pasarlo por el cedazo del corazón y de la razón, para estructurar un discurso que, consciente de su provisionalidad, no deja de preguntar, porque en el preguntar hay, sin duda, un verdadero milagro.


Imagen: Pexels.

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