El secretario de Estado, en su intervención ante la Asamblea General de la ONU en Nueva York, advirtió sobre los riesgos del progreso tecnológico: «Quienes cuentan con mayores recursos técnicos y económicos podrían imponer su propia visión de la realidad». En la reunión conmemorativa de los 40 años de la Declaración sobre el derecho al desarrollo, el cardenal expresó su deseo de que los Estados tengan acceso a recursos financieros, tecnológicos y humanos para promover su propio desarrollo.
Desde El Cairo hasta la Ciudad de México, desde Xi’an hasta Roma, en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y ahora en Nueva York. El debate sobre la inteligencia artificial abarca diversos contextos y continentes, cada uno con su propio trasfondo cultural o religioso, y ocupa un lugar central en las reflexiones de la Santa Sede, impulsadas también por el propio León XIV y su encíclica Magnifica humanitas. Interviniendo el 23 de septiembre en la reunión sobre IA y desarrollo humano, en el marco de la Semana de Alto Nivel de la 81.ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, reiteró esta atención sobre un tema que pone «en juego» la dignidad humana.
El purpurado llegó el pasado 20 de septiembre a Estados Unidos y permanecerá allí hasta el sábado 26 (de hecho, no participará en el viaje apostólico de León XIV a Francia). El miércoles participó en la reunión, llevando la voz de la Iglesia a un debate de gran actualidad, como es el de la inteligencia artificial y el desarrollo tecnológico en general, evidenciando los peligros y las oportunidades de este progreso imparable. Sobre todo «en un contexto en el que las redes digitales y los avances de la inteligencia artificial están cada vez más vinculados a la economía globalizada», advirtió el cardenal, existe el riesgo de amplificar «los efectos de las decisiones tomadas» y de que «quienes cuentan con mayores recursos técnicos y económicos puedan imponer su propia visión particular de la realidad». Por lo tanto, la comunidad internacional está llamada a «guiar y orientar esta época de cambio, para que la promoción de la dignidad humana, donada por Dios a cada persona, y no las consideraciones de naturaleza técnica o económica, esté en el centro de cada decisión que dará forma al progreso tecnológico en los años venideros».
Por su parte, «la Santa Sede está firmemente comprometida con estos diálogos sobre la IA, en los que realmente está en juego la dignidad inviolable de la persona humana», aseguró el purpurado, quien también destacó los «avances» y las «oportunidades», hasta hace poco «inimaginables», que el progreso tecnológico está trayendo a sectores como la medicina, la agricultura, la educación y la cultura. Es importante, precisó el secretario de Estado, que nunca se separen de la «visión antropológica que los guía y de los objetivos que persiguen». Al respecto, citó la advertencia del Papa: «Si el desarrollo tecnológico avanza sin un progreso ético y social correspondiente, el resultado podría ser un aumento de los medios sin un crecimiento de la humanidad».
El mundo laboral es, desde esta perspectiva, un punto relevante: «Aunque se reconozca el potencial de la tecnología para liberar a los seres humanos de tareas repetitivas o pesadas, esto no puede suceder a costa del papel insustituible de la persona humana», señaló el cardenal. Esto es «particularmente pertinente» en una época en la que «las tecnologías avanzan de maneras impredecibles», lo que dificulta «evaluar plenamente su impacto a largo plazo sobre la dignidad humana y el bien común».
Para un discernimiento fructífero, es necesario «aceptar el concepto de límites, que en un principio puede parecer contradictorio con la idea misma de progreso». Aquí vuelven a resonar las palabras de León XIV: «Apelar a la prudencia, a una evaluación rigurosa y, a veces, incluso a un ritmo más lento en la adopción de la IA no significa oponerse al progreso; por el contrario, es un ejercicio de cuidado responsable hacia la familia humana». Recordando también la creación del Diálogo Global sobre la Gobernanza de la IA, Parolin concluyó expresando el deseo de que sea voluntad de la comunidad internacional «actuar de manera responsable discutiendo, anualmente, las implicaciones sociales, económicas, éticas, culturales, lingüísticas y técnicas de la IA», con «el objetivo de desarrollar la cooperación internacional y las mejores prácticas».
Para un discernimiento fructífero, es necesario «aceptar el concepto de límites, que en un principio puede parecer contradictorio con la idea misma de progreso»
Los temas del desarrollo y la responsabilidad internacional también volvieron a surgir en la intervención del secretario de Estado en la reunión de alto nivel de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, con motivo del 40.º aniversario de la Declaración sobre el Derecho al Desarrollo (4 de diciembre de 1986). En su reflexión, Parolin destacó en primer lugar la naturaleza misma del desarrollo: «Un deber» y «un derecho». Es decir, el deber y el derecho de ofrecer a los pueblos y a las naciones las «condiciones mínimas» que permitan a cada persona «prosperar de acuerdo con su propia dignidad, sin verse sometida a un estado de dependencia ni excluida del acceso a los bienes necesarios». Sin embargo, denunció el purpurado, entre la pobreza, la inseguridad alimentaria, los conflictos, el cambio climático y el peso de la deuda, «estas condiciones mínimas siguen estando fuera del alcance de demasiadas personas».
El cardenal recordó luego las palabras plasmadas en la misma Declaración sobre el Derecho al Desarrollo, la cual «identifica a la persona como sujeto central y beneficiaria del derecho al desarrollo, mientras que el Estado es el principal responsable del mismo», y vincula así «explícitamente» este derecho con la «obligación de cooperación internacional». Para la Iglesia, el derecho al desarrollo tiene raíces aún más profundas que se remontan «a la dignidad conferida por Dios a cada persona, desde la concepción hasta la muerte natural, independientemente de la edad, la nacionalidad, la raza, la religión, el origen étnico, el sexo o la discapacidad», agregó el cardenal.
La realidad actual parece haber olvidado ese principio. Por eso, el llamado para que los Estados puedan tener «acceso a los recursos financieros, tecnológicos y humanos necesarios para promover el desarrollo de sus pueblos», de manera que las mujeres y los hombres puedan convertirse en «los verdaderos protagonistas de su propio desarrollo».
Fuente: www.vaticannews.va/es / Imagen: Pexels.