Cardenal Matteo Zuppi: “Hay muchos profetas de calamidades, que confunden la conversión pastoral con el relativismo moral”

“El fin de la cristiandad está claro, pero no significa el fin del Evangelio ni del cristianismo”.

“La Iglesia no se explica, se vive. Se vive con oración, con cercanía, proximidad, viviendo el Evangelio, y no un Evangelio reducido a moral, sino un encuentro, que sea vida, como tiene que ser el Evangelio, que hable al corazón”. El cardenal de Bolonia, Mateo Zuppi, visitó hace unos días Madrid para participar en un congreso sobre evangelización en las grandes ciudades, organizado por la Universidad San Dámaso.

El prelado, miembro de la Comunidad de Sant’Egidio, repasa en entrevista para Religión Digital el presente y el futuro de la Iglesia. “No hay que ser pesimistas, ni cerrarse. Al contrario, hay que intentar llegar a todos”, apunta Zuppi, que aboga por “volver a las pequeñas comunidades”, y hacer frente a las “iglesias hipermercados”.

En su conferencia, usted recuperó el concepto de ‘Profetas de calamidades’ usado por Juan XXIII en el Concilio. ¿Estamos demasiado mal acostumbrados en la Iglesia europea a estar tristes?

Claro, hay tantas dificultades, y el fin de la cristiandad, que está claro, pero no significa el fin del Evangelio ni del cristianismo. Hay muchas dificultades, y calamidades, pero creo que Juan XXIII tenía razón. No se pueden mirar solo las dificultades, hay que ver las oportunidades.

Los problemas son desafíos, o mejor, oportunidades. El desierto de la gran ciudad es el desierto de vida de sentimientos, de lazos verdaderos, de hombre individualizado, nos pide ser una Iglesia que sepa transmitir amor, atraer con el cariño. Es una gran oportunidad.

La gente no es que haya dejado de buscar, sino que no sabemos formular preguntas ni proponer respuestas.

Claro, por eso tenemos que ser más cercanos, hablar (los curas, los laicos, las comunidades…), hablar con todos y recomenzar. Escuchar y hablar, escuchar las heridas y hablar con simpatía, con ímpetu a la gente.

Las ciudades son grandes hormigueros, pero las personas no son hormigas, de las que sabemos lo que quieren, pero no sabemos cómo son. ¿Qué puede hacer la Iglesia ante esta realidad?

Creo mucho en construir comunidades. La revolución digital, que ya es una revolución antropológica… el hombre digital tiene hábitos, costumbres, manera de ver, de juntarse con los demás, de conectarse y estar profundamente desconectado, de crear relaciones sin conocerse, confundir lo real con lo virtual… Todo genera un lazo muy superficial, muy rápido. Cuando la vida no es superficial, no puede ser así. Nosotros tenemos que construir lazos que estén más llenos de vida, no en competición con lo digital, pero que se conviertan en cariño y amor. Ese es el desafío. Construir comunidades, no grupos de WhatsApp, de relación verdadera entre los hombres.

Es un poco lo que defiende el Papa Francisco, volver a las comunidades, donde todos compartían todo, y sabías la vida de tu compañero… Compartías vida con él.

Hay que volver a las primeras comunidades. Esta es la manera de proceder del Papa Francisco, que es evangélico. Claro que la gran ciudad, con su anonimato, con tantos mundos aislados, uno al lado del otro, con una identidad como la globalización, todo parece posible, pero yo me encuentro tan solo. Hay tanta soledad… En Italia, una de cada tres personas vive sola. Eso también significa una consecuencia de vida. Por eso creo que el Evangelio tiene mucho que decir a un hombre así…

¿Puede la Iglesia estructura volver a esas pequeñas comunidades, o es un contrasentido, una Iglesia grande, estructurada y piramidal?

La Iglesia tiene que ser una estructura grande, ciertamente, si quieres una institución. Pero la Iglesia es el centro del rebaño, y es siempre una pequeña comunidad. Tiene que ser una comunidad: nosotros no somos compañeros, somos hermanos. La imagen que yo tengo son algunas iglesias de Roma (mi ciudad de origen), donde está la casa de los primeros cristianos, donde se reunían. Si vas a Santa Cecilia, encuentras la casa de Cecilia, donde se encuentra la comunidad, y encima una bellísima basílica, grande, que parece más un hipermercado… pero debajo siempre está la casa de Cecilia. Al final, las iglesias siempre tienen que ser domésticas.

Ese es uno de sus retos: ¿Cómo explicamos esa Iglesia hipermercado, es la misma que la de abajo?

No se explica, se vive. Se vive con oración, con cercanía, proximidad, viviendo el Evangelio, y no un Evangelio reducido a moral. Que sea un encuentro, que sea vida, como tiene que ser el Evangelio. Que sea un hecho, una homilía que hable al corazón.

¿Tiene muchos enemigos el Papa para recuperar este estilo de Iglesia?

Creo que hay tantos profetas de calamidades, hay tantos que confunden la conversión pastoral y misionera con el relativismo moral, de la verdad. Yo creo que la conversión nos ayuda a vivir bien el depósito de nuestra fe, pero a vivirlo hoy, para no quedarse fuera. Queremos que el Evangelio siga hablando a los hombres de hoy. Frente a la secularización y sus consecuencias, el Evangelio responde al grito del hombre de hoy.

¿Esas oposiciones son suficientemente fuertes como para bloquear los cambios?

Es normal que haya miedo de salir. Es normal que surja la tentación de poner un límite claro cuando hablamos a la muchedumbre, pero debemos ser una comunidad que acoge. La mejor manera de salir es ser acogedores. Hay quien quiere, antes que nada, dejarlo todo claro. La misericordia es lo contrario. Es clarísima: tú eres yo, es el prójimo. Este es el límite que vence cualquier límite.

Pertenece a la Comunidad de Sant’Egidio. ¿Es un modo de entender la Iglesia muy particular? Usted ha participado en alguno de ellos. ¿Cómo se vive el ser Iglesia dentro de una comunidad como Sant’Egidio?

Sant’Egidio es una comunidad en la cual las tres “p” que el Papa Francisco ha indicado, se juntan mucho: Pan, Palabra y Pobres. Es una comunidad. Ahora, cada uno de nosotros, para vivir la Iglesia, tiene que vivir en una comunidad. Porque si no la Iglesia se vuelve virtual, hablamos de algo desencarnado. Nos hace vivir un amor encarnado, no fuera de la Historia. Esta comunidad es parte de una gran comunidad. Entonces, con este cuidado a juntar tantas experiencias sobre tantas realidades. Ese desafío de vivir la Iglesia-comunión, no una única experiencia. Hay una gran riqueza en la Iglesia, que solo puede ser auténtica si hay una gran comunión que las una. La conversión pastoral y misionera que nos pide el Papa Francisco es que para estar verdaderamente en comunión tenemos que salir fuera de nosotros. Y eso nos hace entender la otra comunidad.

En su discurso a la Curia, Francisco hizo suya la frase de Martini en la que hablaba de que la Iglesia llevaba 200 años de retraso. ¿Cuál es la Iglesia del futuro que sueña el cardenal Zuppi?

Una Iglesia que sabe reatar lo que estaba separado, que vive en comunidades, cercana a los pobres, que acoge a los pobres, y que une la oración y el compromiso. La palabra con la vida. El pan con el pobre. No como dos direcciones separadas, porque son indispensables la una de la otra. El anterior cardenal de Bolonia, en muchos altares, hacía escribir unas palabras: “Si nosotros compartimos el pan del cielo, ¿cómo no podemos compartir el pan de la tierra?”. Estas dos realidades, el cielo y la tierra, el hombre y Dios, la comunión y el cuidado a los pobres, la oración y el cuidado espiritual… es la única manera de ser cristiano. Jesús nos dejó un solo Jesús, y nos dejó una sola vida. Ser cristiano no significa cerrarse, significa vivir en nuestra vida concreta el misterio de la presencia de Dios.

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Fuente: www.religiondigital.org

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