Cartas

al director

Noviembre 2019

Sr. Director:

La edición N° 680 de revista Mensaje reprodujo “parte de la presentación que efectuó el doctor en historia Maximiliano Salinas del libro Santa desobediencia de Antje Schnoor”. Lo leí en pdf tiempo atrás y es un trabajo muy bueno. Mi comentario se orienta a un gran olvidado en el artículo del doctor Salinas. Si de misticismo jesuita y clamor de los pobres se trata entre 1962 y 1983 en Chile, uno de esos pregoneros es Hernán Larraín Acuña S.J. a través de Mensaje.

El sacerdote Larraín es quien asienta esta revista en la década del sesenta con todos los riesgos y desafíos que eso conlleva, y nos abre a nuevas miradas. ¿A una nueva “mística”, en el lenguaje más coloquial? El P. Larraín es el alma del inolvidable Mensaje N° 115, con ciento cincuenta páginas maravillosas, edición entonces titulada en portada “Revolución en América Latina” aquel diciembre de 1962. Hernán Larraín es quien regala a los lectores, comenzando 1964, una separata de dieciséis páginas, vigente hasta hoy, del profesor Hans Küng: “Iglesia y libertad”. De la pluma del P. Larraín provienen enormes y profundos artículos, atrevidos editoriales, como ese del N° 171, ante la muerte del “Che”. También son de este apasionado director respuestas a las “Cartas y consultas”, donde dialoga con entusiastas lectores… y así podría seguir.

Todo lo que él hizo desde Mensaje alimentó abundantemente ese “misticismo” y “santa desobediencia”, más allá de su muerte en 1974, y por eso merece ser evocado y convocado a las páginas de esta revista cada cierto tiempo. A él, con cierta insistencia, hay que recordarlo.

Miguel Enrique Ramírez Leiva
Compilador de Chile y el mundo con los ojos de Mensaje

Sr. Director:

Me dirijo a Ud. con el interés de dar cuenta del trabajo efectuado en el tercer encuentro de universidades del cono sur de ODUCAL, una asociación de universidades católicas de Latinoamérica vinculada a la Federación Internacional de Universidades Católicas (FIUC). La integran más de cien instituciones. Más de veinte forman parte de la Subregión Cono Sur, que corresponde a Argentina, Paraguay, Uruguay y Chile. Diez de nuestro país integran esta instancia. Desarrollamos el trabajo por medio de proyectos, grupos, redes de estudio y colaboración interinstitucional.

Este encuentro, realizado en la Universidad del Salvador en Buenos Aires, contó con rectores de cerca de veinte universidades de la región. Se presentó el Plan de Trabajo 2019-2021, propuesta que generó amplio apoyo, con sugerencias de fortalecer el trabajo en red. Luego evaluamos los avances en el proyecto de Identidad Católica que incluye encuestas y evaluación de cada una de las universidades. El formato del encuentro incluyó amplios espacios de intercambio de opiniones entre los rectores, lo que hizo muy provechoso el tiempo de discusión.

Otro panel fue el desafío de ser inclusivo, en los que se analizaron factores socioeconómicos, de necesidades educativas especiales y de diversidad al interior de nuestras comunidades. Se analizó también el financiamiento público y privado, así como de los fondos patrimoniales, filantropía y crecimiento institucional de una universidad católica. Un aspecto muy importante fue el reclutamiento de profesores y la identidad católica, lo que generó gran interés debido al crecimiento de las instituciones. Otro de los contenidos abordados fue la colaboración académica y la articulación de las redes subregionales y regionales.

El encuentro ha sido muy valioso para compartir experiencias y conocer las realidades en temas de gran relevancia. El intercambio y la colaboración más activa entre las universidades se potencian de manera significativa cuando existe mayor conocimiento, confianza y contacto directo entre los directivos y también entre los profesores, por lo que se valora de manera especial este trabajo conjunto.

Es necesario realizar un seguimiento estrecho de los temas analizados para que los acuerdos se traduzcan en avances concretos al interior de nuestras instituciones. Este es el desafío que asumimos y que se logrará con el compromiso de las comunidades universitarias.

Ignacio Sánchez
Rector P. Universidad Católica de Chile

Sr. Director:

He leído con atención la editorial de la revista Mensaje de septiembre. Quisiera hacer algunas observaciones.

La polarización: Me atrevo a decir que no existe tal polarización que se indica en el al inicio de la editorial. Indicar que existen bandos me parece equivocado. Existe una tensión, sin duda, pero es una tensión que viene de un grupo importante de víctimas que necesitan ser escuchadas, reparadas, que buscan justicia y que se reconozca la responsabilidad de las instituciones y personas que favorecieron los abusos. Plantear el asunto entre «buenos» y «malos» es una entrada equivocada a la compresión cabal del problema.

No reducir el tema a un problema país: Es un problema que afecta a toda la sociedad, sin duda, pero es un asunto que afecta con mayor gravedad a la Iglesia y a las congregaciones religiosas. Tener la liviandad de generalizar señalando que el problema es de todos, sin duda impide que el peso de la responsabilidad caiga con más fuerza sobre aquellos que tienen más poder en la sociedad (Compañía de Jesús) y que exigen y han exigido de manera permanente coherencia y una vida de acuerdo a valores cristianos.

No es solo un problema de encubrimiento: Reducir el debate actual al tema del encubrimiento es un reduccionismo. Es un debate sobre la justicia y la verdad. Pero, sobre todo, lo es sobre el hecho de que hay y ha habido víctimas que sufrieron abusos que nunca pudieron denunciar y que ahora, recién después de muchos años, pueden pronunciarse. Y, en relación con los victimarios, es un problema de negligencia, de complicidad, de ocultar la verdad, de tender a cuidar a las personas y el prestigio de la institución por sobre el dolor de la víctima. Es un problema del abuso de poder y de la degradación del ministerio sacerdotal para cometer abusos y delitos.

¿Encubrimiento legal?: Esta parte es la que me parece más impresentable. El ex Provincial acababa de presentar su informe a la fiscalía y la revista se atreve a dar una lección sobre la distinción ética y legal respecto de lo que es o no es encubrimiento. Incluso, avanzando una defensa que solo pueden determinar los tribunales. Qué lejos se está aún de las víctimas. En vez de aprovechar de decir que pondrán todo a disposición de la justicia, que llaman a la Fiscalía y a los implicados a poner todo lo necesario para hacer justicia, prefieren emitir una opinión desde las alturas para que los lectores nos ilustremos entre lo ético y lo legal. Implícitamente, hacen alusión a un caso: el de Renato Poblete. Y respecto de ese caso se hace una justificación (disfrazada de un simple análisis comprensivo), en que se puede vivir con un abusador sin saber que lo es o cómo actúa. En la Compañía de Jesús se supo de varios casos en los que no se hizo absolutamente nada.

La editorial es preocupante no solo porque no mantiene el tono de lo dicho por el ex Provincial Cristián del Campo, sino porque sigue mirando la realidad y los abusos desde el propio y limitado terreno. No hay ninguna empatía con la sociedad (que en ese editorial para la revista siempre pueden ser posibles fanáticos o aprovechadores) o con los medios (que solo se quieren aprovechar de la noticia) y, menos, desde las víctimas (que en una frase parece que fueran un grupo de busca recompensas). Tal parece que fuese una editorial que representa una defensa solo de quienes han vivido con Renato Poblete, una defensa de aquellos que estuvieron con él y no quieren que los acusen de encubridores. Una mirada que se atreve a dar una opinión más allá de la justicia, adelantando una conclusión. Una mirada que quiere —como antaño— dar cátedra a otros sobre un tema que ni la Compañía misma es aún capaz de comprender. Lamentablemente hoy no estamos para eso. Sobriedad, humildad, poner todo a disposición de la fiscalía, poner todo a disposición de las víctimas y su reparación: eso se espera de la Compañía de Jesús hoy.

Iván Navarro E.

Septiembre 2019

Sr. Director:

Me reconozco como una persona de «identificación jesuita» por haber sido discípula de muchos de ustedes, sacerdotes jesuitas, en la espiritualidad de san Ignacio. Por ello me he sentido tremendamente afectada por las denuncias de abusos sexuales cometidos por algunos jesuitas amigos.

Entiendo que existe un tribunal canónico que investiga y que luego dicta sentencia sobre la inocencia o culpabilidad. Recientemente, el General de la Compañía decretó la «dimisión del estado clerical» para dos sacerdotes de 80 y 95 años de edad. Frente a esta sentencia, no tengo nada que objetar. Sin embargo, la autoridad de la orden los expulsó de la Compañía, decisión que no he podido comprender. Ambos llevaban más de sesenta años en la Compañía y, sean culpables o inocentes, la Compañía es su familia.

El Buen Samaritano nos invita a hacernos prójimos de aquel que está botado a la orilla del camino, nos llama a conmovernos y dejarnos tocar por el sufrimiento del otro. Nos invita a ser solidarios con las miserias porque, como Jesús dice, nadie está libre de miserias y porque sus miserias también son las nuestras.

Fernando Montes S.J. ha manifestado una preocupación humanitaria por los ancianos militares presos, por tener misericordia y permitir que los de avanzada edad cumplan la parte de final de sus condenas en sus casas, dejando en claro que personas de tan avanzada edad requieren los cuidados de la familia. ¿Qué está haciendo la Compañía con los integrantes de su propia familia? El Padre Hurtado se preguntaba «qué haría Cristo en mi Lugar». ¿Ustedes creen que Cristo los expulsaría de su familia?

Magdalena Bravo Lira

Sr. Director:

El artículo de Sebastián Kaufmann publicado en Mensaje N° 681, de julio pasado, constituye una gran motivación para leer el libro Felicidad sólida de Ricardo Capponi.

Tras su subtítulo «El placer y la felicidad», en ese artículo se afirma que «la teoría de la felicidad de Capponi está anclada en los placeres» que son, junto con los sentimientos de dolor, «los cimientos de la mente» (Damasio). Describe los «placeres esenciales» —que compartimos con el resto de los animales (nutrición y sexo)—, los del confort —asociado a las comodidades para la subsistencia (transporte, vivienda, seguridad)— y los «placeres de pertenencia, que tienen que ver con el sentirnos aceptados y admirados». Siguiendo a Capponi, Kaufmann concluye que todos estos placeres «son esenciales para ser feliz», aunque a continuación señala que, si bien esos placeres básicos son «esenciales para ser feliz», «en cierta medida son incapaces de dar más de sí» y deben ser reformulados por los recursos mentales de «placeres psíquicos» que permitan abrazar las tensiones y no huir de las emociones que nos hacen sufrir, sino enfrentarlas y elaborarlas» para así «desarrollar sentimientos crecientes de alegría, paz y serenidad.

Pues bien, me vinieron a la mente los enunciados sobre la «felicidad» que el evangelio de Lucas pone en boca de Jesús: felices los que ahora pasan hambre (sin nutrición), los que ahora lloran (faltos de confort) y son aborrecidos, malditos y proscritos (no aceptados ni admirados). Y uno piensa en el modelo de vida que, a partir de ahí, suscitó la época martirial del primer cristianismo y de espiritualidades cristianas posteriores, o incluso en tradiciones budistas. Y me pregunto: ¿cómo es posible ser así feliz, si eso va precisamente en contra de los requisitos esenciales para serlo? ¿O se trata de una forma de autoengaño masoquista, o simplemente son «placeres psíquicos» que constituyen una forma de sublimación mental de los «placeres esenciales»?

Kaufmann nos previene que el libro no es un texto más de autoayuda ni un recetario para la felicidad. Sin embargo, destaca que ese concepto de “felicidad” se enraíza en la estructura física-neuronal (placeres básicos) y en los sentimientos de alegría y paz, propios de los «placeres psíquicos». Mi interrogante es si la conciencia humana, como fundamento del ejercicio de la libertad, está incluida en esos sentimientos de placer psíquico. ¿Es posible tener sentimientos de placer físico-psíquicos y, sin embargo, vivir angustiado? O, a la inversa, ¿tener sentimientos físico-psíquicos de dolor y, con todo, vivirlos con felicidad? Y si la respuesta es afirmativa, me pregunto ¿no será que el placer, como tal, no tiene el mismo fundamento que la felicidad, ni el dolor es de la misma naturaleza que la angustia? Y, así, la angustia humana (algunos filósofos la llaman «angustia existencial») no sería un tipo de dolor físico-psíquico, sino el síntoma de la «conciencia del absurdo» de la existencia, capaz de llevar a decisiones de suicidio como protesta frente a ese «absurdo» (Phillip Mainlander, Filosofía de la redención. Antología). Y la felicidad humana no radicaría tampoco en el sentirse bien (física-psíquicamente) —lo que podría resultar un autoengaño, si en definitiva todo es por nada—, sino en la conciencia de sentido, de manera que solo así la felicidad sería posible y uno sería tanto más feliz cuanto más razonable experimentara la conciencia de ese «sentido».

Antonio Bentué

Julio 2019

Sr. Director:

Hay buenas razones para pensar que la COP 25 (Conferencia de las Partes para el Cambio Climático de las Naciones Unidas), que se hará a fines de año en Santiago, llega tarde. El panorama es trágico. El calentamiento medioambiental pone al ser humano en peligro de extinción. Si esperamos que la calidad de vida de la humanidad mejore por parejo, mientras más seamos y más elevemos los estándares de bienestar, el calor retenido en la atmósfera sobrepasará con creces el aumento en 2°C promedio, límite que permitiría hipotéticamente superar la catástrofe.

Vistas las cosas desde el ángulo meramente económico, parece evidente que la humanidad llega a un callejón sin salida: consume y muere, o no consume y muere también. Es así, pues el modo de organizar la economía que ha predominado hasta ahora —el modo que triunfó sobre los pueblos originarios en los que la propiedad privada no existió o fue subordinada a la colectiva— exige crecer para consumir y consumir para crecer. Entonces, ¿qué hacer?

Propongo: «Consumir menos y compartir más», aunque esta no sea una solución para el problema político global. Es una alternativa ética al nivel de lo interpersonal. Es, podría decirse, una elección por un estilo de vida sobrio y comunitarista. Es, incluso más, una cuestión de creencia. Nadie puede asegurar que el ser humano se realiza verdaderamente cuando solidariza con los demás. Unos lo creen, otros no. No se puede decir, por cierto, que es irracional compartir, pero tampoco se puede demostrar, antropológicamente hablando, que compartir sea en última instancia la razón del ser de la humanidad. Pero hay gente que cree que compartir tiene un valor eterno, que se saca el pan de la boca, lo parte y lo comparte. No hablo de imposibles. Esta gente existe, vive con menos y hace feliz a los demás.

Es muy difícil imaginar que esta convicción antropológica pueda constituir un principio de organización macroeconómico. Los sistemas son éticamente inimputables. Pero, además, la versión neoliberal del capitalismo que conocemos es hoy casi imposible de contrarrestar. Si este es el motor del progreso del mundo en que vivimos, lo que tenemos delante es una muerte colectiva. Si esta muerte ha de ser también personal, triunfarán quienes crean que compartir es más importante que consumir, y lo practiquen. Pues si en lo inmediato si los solidarios no salen ganando, es completamente seguro al menos que mejorarán la vida de su prójimo.

Jorge Costadoat S.J.

Sr. Director:

En los Centros de Salud Familiar (CESFAM) Violeta Parra y Dr. Gustavo Molina Guzmán, de Pudahuel, los voluntarios del Servicio Jesuita a Migrantes trabajan lealmente bajo cualquier condición climática, sin vacilación, y siempre están en línea para coordinarse y asegurar que las clases de español a los inmigrantes haitianos se hagan.

Como lector de revista Mensaje, he querido relatar mi vivencia ahí. Está el caso de una voluntaria que se desempeña en el primero de ambos centros. Ella consiguió permiso en su lugar de trabajo para terminar su horario laboral más temprano y hacer un largo recorrido para participar de las clases. En ambos centros, hay otras de ellas que apoyan sirviendo café o cuidando a los niños mientras sus padres están en clases.

Todos los alumnos son tímidos. Se cuidan de estar bien presentados. Hablan bajito y siempre sonríen al hablar. Un alumno-papá me contó que su hija, nacida en Chile, se llama Rayén porque ese nombre suena muy parecido al nombre de una flor en creole. Otra bebé es Rosa. Ambas, con nombre y nacionalidad chilena, son la muestra empírica de cómo los haitianos se incorporan gradualmente en las raíces más profundas de la sociedad chilena. Una alumna me contó que espera tener diez hijos en nuestro país: «No importa», me dijo, cuando le comenté que era difícil criar a tantos.

La mayor concurrencia a clases la tuvimos un martes de junio. Cuatro madres llevaron a sus bebés de solo unos meses, e incluso amamantaban, con naturalidad, durante ese rato. En la tarde llegaron otras madres con niños de entre 5 y 7 años. Se improvisó un jardín de infantes, con láminas para colorear, lápices de goma y golosinas.

Esta imagen de doce alumnos, más cuatro bebés y cinco niños, más los cuatro monitores, es una muy real representación de cómo se llevan a cabo las clases en español en Pudahuel. Es mucho más que una lección de idioma. Es el encuentro de dos culturas muy distintas, que no tenían posibilidad de encontrarse de forma casual, ni historia similar —nada— hasta que la necesidad de migrar los hizo salir de su lugar de origen y vivir esto. Hay aquí una imagen que es bueno compartir, ojalá para hacer partícipes a más chilenos de este encuentro que se está produciendo.

Juan José Ferreira
Voluntario
Servicio Jesuita a Migrantes

Junio 2019

Apreciados/as lectores/as:

Consejeros y lectores de la nuestra revista me han pedido pronunciar una palabra sobre las denuncias que se han presentado contra varios jesuitas, en vista de que Mensaje pertenece a la Compañía de Jesús en Chile.

¿Qué decir? Ya se ha hablado y publicado mucho al respecto. Además, cada palabra que se dice suele ser interpretada, o mal interpretada, porque se considera como una defensa de la institución. En el actual contexto predomina la pasión, fruto de una justa indignación frente a los hechos, pero algunas veces con poca ponderación, lo que impide una mirada objetiva. Las denuncias contra algunos hermanos jesuitas duelen en el alma, porque contradicen nuestra vocación ignaciana (en todo amar y servir) y cristiana (amar al prójimo). ¿Cómo hemos llegado a esto? Ciertamente, en este panorama uno se siente miembro de lo que nuestro fundador, Ignacio de Loyola, llamó la «mínima» Compañía de Jesús.

Este dolor se torna vergüenza, no por la mala imagen (que es un aspecto secundario), sino muy especialmente porque se trata de conductas que simplemente no caben. Es un comportamiento delictual que provoca mucho daño a las víctimas. ¿Cómo se pudo llegar a estas situaciones sin percatarse? ¿Por qué no nos dimos cuenta? ¿Por qué fuimos tan soberbios al pensar que estos problemas pertenecían a otros grupos y no a nosotros?

El dolor y la vergüenza hacen brotar la palabra «perdón». Perdón a las víctimas cuyas vidas han sido remecidas, perdón a la Iglesia porque formamos parte de la causa de la crisis, perdón a la sociedad porque estas situaciones contradicen nuestra misión de promover la fe y la justicia en diálogo con las culturas y otras religiones.

Cada cosa tiene su tiempo y todas son igualmente necesarias: el reconocimiento de la verdad es el fundamento de la justicia. A su vez, la justicia exige una reparación con todos los medios posibles. Solo cumplidos estos pasos se puede abrir una ventana de esperanza y recuperar la confianza. Muchos católicos están cansados de las promesas y palabras: con razón, exigen gestos y acciones concretas.

A la vez, hemos ido lentamente aprendiendo de nuestros propios errores. Hemos pedido ayuda profesional para investigar las denuncias, acompañar a las víctimas y construir ambientes sanos en nuestros ambientes apostólicos. Sin embargo, estamos lejos aún de poder levantar la mirada y afirmar que hemos hecho todo lo necesario. Son pequeños avances frente a un largo camino que falta recorrer con humildad. Un desafío fundamental es la prevención de todo tipo de abusos y, en el caso de que estos lleguen a producirse, sancionarlos severamente, colocando a las víctimas en el centro de nuestra preocupación.

Esta última denuncia contra Renato Poblete Barth ha sido horrorosa e impensable porque rompe límites primarios y básicos. ¿Cómo no empatizar con las víctimas? A la vez, es preciso esperar el resultado de la investigación, porque la justicia y la reparación se cumplen en la verdad.

Una crisis puede convertirse en una oportunidad. Tal como nos dijo el Papa Francisco en su «Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile» (31 de mayo de 2018), es preciso «mirar el presente sin evasiones, pero con valentía; con coraje, pero sabiamente; con tenacidad, pero sin violencia; con pasión, pero sin fanatismo; con constancia, pero sin ansiedad, y así cambiar todo aquello que hoy ponga en riesgo la integridad y la dignidad de cada persona».

Tony Mifsud S.J.
Director Revista Mensaje
23 de mayo de 2019

Señor Director:

En su edición del mes pasado, en el artículo titulado «¿En qué está la relación civil militar?», el señor Gabriel Gaspar expresa una serie de nociones incorrectas y desactualizadas de la Defensa. Por lo pronto, no es efectivo que exista una deteriorada relación cívico-militar ni una ausencia de visión global de la Defensa.

Aunque Gaspar puede aventurar todas las hipótesis que la libertad de expresión le permite, lo cierto es que desde el primer día el Gobierno del presidente Sebastián Piñera se fijó como misión lograr una Defensa moderna al servicio de todos los chilenos, donde las Fuerzas Armadas sean y se sientan valoradas por los ciudadanos. Modernizar la Defensa es esencial para una efectiva capacidad disuasiva, la que permite resguardar la seguridad externa, garantizar la paz y alcanzar un desarrollo humano integral. Implica también excelencia profesional unida a los más altos estándares de probidad, austeridad y corrección en las actuaciones.

Esto no es solo un plan, sino reformas estructurales que consideran la derogación de la Ley del Cobre y la creación de un nuevo mecanismo de financiamiento de las capacidades estratégicas: moderno, estable y con control democrático; la modernización de la Carrera Militar para aprovechar mejor la formación y preparación profesional de las FF.AA.; una nueva forma de rendición de los gastos reservados resguardando su uso y control; el fortalecimiento y modernización del Sistema de Inteligencia del Estado; el Estatuto Chileno Antártico; la recuperación de la Base Frei en la Antártica y la renovación de la capacidad satelital. Además, estamos implementando una ambiciosa agenda de probidad, transparencia y austeridad con medidas concretas para evitar malas prácticas y asegurar el buen el uso de los recursos del Estado.

Todo esto lo hacemos con las FF.AA. y no desconfiando de ellas, como infiere el columnista. El propósito que nos anima es resguardar el aprecio de la ciudadanía por sus Fuerzas Armadas. Eso se logrará con un trabajo serio y persistente, y no con comentarios que en nada aportan y solo buscan acrecentar la desconfianza.

Pablo Urquízar M.
Jefe de Gabinete
Ministerio de Defensa Nacional

Sr. Director:

A raíz de casos de delitos de abuso sexual denunciados, como el de Renato Poblete especialmente, he escuchado voces de sacerdotes, laicas y laicos, cuestionando su vocación, la Iglesia y su fe. Así que, con la humildad de un cristiano absolutamente lleno de debilidades, y con un débil amor por Cristo, me atrevo a escribir estas palabras.

Los terribles delitos de abuso de conciencia, poder y sexuales, y los encubrimientos de ellos cometidos por sacerdotes y laicos dentro de la Iglesia católica son una aberración contra niños y niñas que habían puesto su confianza en estos adultos. Parto diciendo esto, porque lo que menos pretendo es minimizar la relevancia de los delitos de abuso sexual, el encubrimiento y el profundo daño a los sobrevivientes.

Las voces de quienes cuestionan su fe a raíz de la actuación dolosa de estos sacerdotes, a mi entender, surgen porque en algún momento el fundamento de esa fe comenzó a radicar en la credibilidad que les ofrecen otros cristianos, de muchas obras y frutos en este mundo (Poblete, Precht, Ortega), pero que no son Cristo. A estos sacerdotes, sus egos y el mundo les hicieron creer que eran poderosos y que lo que hacían era por sus capacidades y no por Dios actuando en ellos. Dejaron de escuchar a Dios, y así permitieron que sus miserias dominaran sus vidas y cometieran los terribles abusos; pero ahí no estuvo Cristo ni su Evangelio.

Cuando nos desplegamos tantos católicos por la vida, siendo un pequeño sirio, luces o grandes faros para el mundo, no debemos olvidar que es porque Cristo nos habla al oído, nos llena el espíritu y nos guía. Los frutos que damos en este mundo se deben a que permitimos ser sus instrumentos, fundados en un profundo amor por Él.

El Dios de la vida nos regaló dones, una historia de vida —más fácil o más difícil— y muchos defectos, pero lo que somos y ofrecemos al mundo, no es por nuestros méritos, sino por el soplo del Espíritu Santo y el amor a Cristo, a pesar de nuestras grandes limitaciones.

Invito a todos nuestros hermanos, especialmente a nuestros sacerdotes que se encuentran tan golpeados el día de hoy, a no desfallecer, porque el mensaje de Cristo y su Evangelio siguen intactos, verdadero y luminoso, y nos sigue pidiendo que seamos parte de la Construcción de un mundo mejor, con nuestra fe exclusivamente en el Señor: es a Él a quien amamos, a quien miramos y a quien servimos… a nadie más que a Él.

Augusto Fuentes Calderón

Mayo 2019

Sr. Director:

Deseamos invitar a su revista a acompañarnos en la campaña que iniciamos en mayo para que en nuestro país acojamos de mejor manera a los migrantes. Nuestro lema «Nuestras vidas se encuentran. Descubre todo lo que tenemos en común» no es solo un mero slogan de una campaña más: es un llamado a la acción para hacer de nuestra sociedad un mejor marco de acogida para los más de 1.250.000 migrantes que ya viven en nuestro país. Si hace tres años llamábamos a recibir de la mejor manera al recién llegado, hoy convocamos a mirarnos a los ojos y ver a otras personas con las mismas sensaciones que compartimos, en donde ni la nacionalidad ni el origen tienen influencia. El amor, los sueños, las tristezas, todos pasamos por estas diferentes sensaciones y es bueno reconocerlas en el otro. La empatía es la base para poder decir con fuerza que estamos desarrollando un mejor lugar para vivir.

José Tomás Vicuña S.J.
Director nacional Servicio Jesuita a Migrantes

Sr. Director:

Resulta de inmensa importancia para el actual momento de la Iglesia en Chile que quienes nos sentimos cercanos a ella tengamos conciencia de que se requiere abrir más espacios eclesiales para que los jóvenes sean verdaderamente considerados como sujetos que aportan. Recientemente, la exhortación papal Cristo vive formula planteamientos de gran interés, pero también nos abre interrogantes o dudas que debiéramos trabajar en espacios de mayor diálogo y encuentro.

Una cuestión que está a la vista es la posición que efectivamente ocupamos los jóvenes en la Iglesia. ¿Por qué se publicó ahora una exhortación, sin finalidad normativa, y no una encíclica, que es un documento que sí puede abordar las preguntas de fondo que nos hacemos hoy los jóvenes? Son innumerables los cambios sociales y culturales que han impactado en la vida de los jóvenes y la Iglesia mantiene una deuda, pues son todavía muchas las interrogantes sin respuestas desde la doctrina cristiana.

Francisca López Arias
Teóloga

Sr. Director:

El Gobierno decidió en diciembre pasado no suscribir el Pacto de Migración de Marrakech, materia respecto de la cual hay un permanente debate en nuestro país. Considerando la incidencia que la realidad europea tiene en la genealogía de ese y otros acuerdos internacionales, es pertinente dar una mirada a ese continente. Hoy es embestido por dos pulsiones opuestas: el egoísmo «responsable» de quienes dejan zozobrar y morir frente a sus puertas a miles de personas a diario; y la irresponsable «generosidad» de quienes llaman a dejarlos entrar indiscriminadamente. Para Europa resuenan con fuerza las reflexiones del entonces cardenal Joseph Ratzinger frente a los políticos de Italia (Joseph Ratzinger: Europa. I suoi fondamenti oggi e domani, Milán, Ed. San Paolo, 2004), aunque sus palabras no se limitan al fenómeno migratorio: «¿Cuánto debe este presente al moderno colonialismo del siglo XIX, llevado a cabo por algunas potencias europeas en África y Asia? Transformar aquellos territorios y sus gentes en “sucursales” (sic), erosionándolas espiritualmente y dejando muy poco a cambio, parece ser la culpa de aquella Europa. Su expiación es el presente, en parte».

Tal reflexión puede servir quizás para mirar el asunto con perspectiva de largo plazo, advirtiendo que la verdadera responsabilidad política no está tanto en llamar a suscribir o a rechazar Pactos Migratorios, sino en colaborar, en la medida de cada Estado, en la reconstrucción moral y material de las naciones que más sufren. Aunque nuestro país esté muy lejos de tener el estatus de nación desarrollada —y, ciertamente, hay enormes deudas por saldar en casa—, no puede descartar sumarse a un esfuerzo internacional.

Recientemente, conocí la realidad de un padre de familia que se acercó a mí, solicitando una ayuda muy puntual. Tiene seis hijos y junto a su esposa está dando acogida a un séptimo, actualmente en un hogar de menores. Sabiendo que él cuenta con ingresos familiares apenas suficientes para sus necesidades familiares, el aguijón para mí fue inmediato: un principio de mejora no proviene del futuro, sino del presente; y no solo de decisiones estatales (imprescindibles, pero ineludiblemente ajenas y abstractas), sino de aperturas personales. Esa apertura personal, tan discreta como eficaz, puede también ayudar a discutir con más pudor y menos radicalidad sobre estas cuestiones tan difíciles. Me quedo, en todo caso, con el imprevisto mensaje que traía mi interlocutor: acogida.

Fernando Londoño
Profesor, Facultad de Derecho, U. Diego Portales

Enero-Febrero 2019

Sr. Director:

Cuando Constantino el Grande, a principios del siglo IV, estableció en Constantinopla la capital del Imperio romano, no hizo más que oficializar la degradación de Roma. Se inició con ello un centenario proceso que fue convirtiendo al obispo de esta urbe en un gobernante temporal. Este se fue trasformando en un Papa que era también el monarca absoluto de un Estado. Recordemos que a fines de la Edad Media los Estados Pontificios ya eran una realidad política. Hasta el día de hoy, el Pontífice es así un jefe de Estado universalmente reconocido como tal. La evolución involucrada en ese proceso hizo de la Iglesia la matriz de toda una civilización y le permitió alcanzar cumbres de poder e influencia inimaginables. Hubo épocas en que sus cardenales gobernaron directamente los mayores imperios del mundo.

En los tiempos que corren, la Iglesia católica ha entrado en una crisis profunda; se muestra anacrónica ante la tarea de enfrentar profundísimos cambios sociales. El clero se descompone perceptiblemente en una convivencia social en la que se exalta la sensualidad en forma agresiva. El cristianismo arrastra una herencia machista que lo aleja de una sociedad empeñada en alcanzar una igualdad de géneros sin precedentes. Los esfuerzos de la Iglesia por evolucionar en trascendentales temas valóricos han transmitido señales más confusas que iluminadoras. Eso no debe extrañar porque todos estamos advertidos de que existen en la curia grandes divisiones internas y una lucha por la hegemonía que perjudica a la institución, que —más que nunca— debiera transmitir certezas a un mundo hundiéndose en el relativismo.

Pero nada dificulta más el retorno a las certidumbres, que el hecho de que muchos de sus fieles esperen que los conflictos que derivan de la estructura de la Iglesia-Estado sean solucionados desde arriba. La descomposición del clero está marcada por castigos que han alcanzado hasta a sus más altas autoridades. Lo que ocurre en Chile no es más que un buen ejemplo de ello.

Para superar estos graves problemas, la Iglesia tendrá que considerar el regreso a sus orígenes, donde en realidad está toda su fuerza: el mensaje de Cristo y esa promesa de que «los cielos y la tierra pasaran, pero mi palabra no pasará». Entretanto, lo seguro es que hasta en el Vaticano habrá muchos que están pensando que en realidad la herencia de Constantino fue la trampa del Demonio.

Orlando Sáenz Rojas

Sr. Director:

Frente la decisión del Gobierno de Chile de no suscribir el Pacto Mundial para la Migración que promueve la Organización de Naciones Unidas, nos parece relevante abordar la afirmación, según la cual la migración «no es un derecho humano».

Hay suficientes argumentos para sostener lo contrario. Hay que considerar que en la Carta del Atlántico (1940) se consagra el «permiso a todos los hombres de cruzar libremente todos los mares». Luego, en la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) se consagra como ley internacional que «toda persona tiene derecho a circular libremente» (…) y que «toda persona tiene derecho a salir de cualquier país» (artículo 13). La cima de esta visión a favor del derecho a la migración es la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de la ONU (1951), la cual suspende el control de las fronteras por parte de los Estados en pos de un fin humanitario mayor. En esta misma línea, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), define la migración como aquel «movimiento de población hacia el territorio de otro Estado o dentro del mismo que abarca todo movimiento de personas sea cual fuere su tamaño, su composición o sus causas» (Glosario OIM, 2006: 38).

En Chile, se ha pretendido sostener que el Pacto Mundial para la Migración, que promueve la ONU, incentivaría la migración irregular.

Deseamos hacer precisiones. Respecto de los migrantes, el documento de la ONU reconoce el derecho de los Estados miembro a tener sus legislaciones propias, es decir, ella reconoce la distinción entre migrantes regulares e irregulares. Más aún, la OIM promueve que la migración sea regular, ordenada y segura. Y esto no es una cuestión antojadiza. Siendo la migración uno de los fenómenos que caracteriza nuestro siglo, según datos de la ONU, 60.000 migrantes han muerto desde el año 2000 hasta hoy en diversos desplazamientos. Entonces, la razón se funda en la dignidad del ser humano, para que exista un Pacto, es decir, un acuerdo mínimo —por cierto, no vinculante— que apunta a evitar la muerte de los migrantes, el tráfico, el maltrato, la discriminación, la intolerancia, etc.

Como investigadores y miembros de la sociedad civil interesados en este tema, nos parece sensato solicitar a las autoridades de gobierno que reflexionen y que cambien de opinión adhiriendo al mencionado Pacto.

Enrique Muñoz, Pedro Iacobelli, Patricia Guerrero, Raimundo Salas S.J.

Noviembre 2018

Sr. Director:

Después del fallo del Tribunal de la Haya que ratificó que Chile no tiene obligación de negociar con Bolivia sobre sus aspiraciones marítimas, resultaría oportuna una mayor atención al desafío que representa la proyección de las relaciones bilaterales.

La política exterior de Chile se basa y se ha basado en la estricta adhesión al derecho internacional. En ello hay razones de interés nacional y también ético-valóricas. Esta adhesión incluye el respeto a los tratados internacionales y la convicción de que los conflictos se resuelven a través de métodos pacíficos; por ejemplo, recurriendo a tribunales internacionales. El interés de nuestro país y los valores de Estado que mantiene indican que esta política debiera seguir guiando nuestro futuro. Bolivia es un Estado vecino y el futuro de ambos países se encuentra estrechamente ligado.

El adversario no es Bolivia ni el pueblo boliviano. El adversario son aquellas ideas que nos alejan de un futuro más promisorio, más digno y ético.

Con esta decisión de la Corte Internacional de Justicia han sido derrotados aquellos que promueven el aislacionismo y el uso de la fuerza. Han sido derrotados aquellos que quisieran que Chile se retire de foros internacionales, sistemas multilaterales de arreglos de diferencias y participación activa en la comunidad internacional. Hoy han resultado derrotados aquellos que hacen gala de agresividad y fanatismo.

Con esta decisión de la Corte Internacional de Justicia han resultado vencedores aquellos que piensan que el futuro de nuestro país se construye en conjunto con otros países y pueblos, comenzando por nuestros vecinos. Han resultado vencedores aquellos que piensan que los conflictos se resuelven de acuerdo con el derecho internacional y siempre a través de métodos pacíficos y acordados. Han resultado vencedores aquellos que trabajan por un futuro mejor para todos, chilenos y bolivianos. Han resultado vencedores aquellos que creen en la paz, la justicia y el derecho.

Sería un error retirarse del pacto de Bogotá. La política exterior permanente de Chile se ha diseñado y se diseña sobre los pilares de la adscripción al derecho internacional a las instituciones multilaterales, al pacta sunt servanda y a la solución de conflictos a través de métodos pacíficos.

Debiera trabajarse en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Bolivia. Así lo indica el interés de ambos países.

Raúl Campusano — Abogado

Sr. Director:

Resulta penoso que en los últimos días el Gobierno haya invertido tanto tiempo en tramitar una ley de expulsiones escolares —proyecto «Aula Segura»—, mientras los problemas reales del sistema escolar quedan desatendidos.

Nuestro sistema escolar lleva ya años tratando de incorporar políticas de inclusión estudiantil que nos permitan respetar los tratados internacionales de derechos a la educación y dignidad de niños y niñas. Sin embargo, el Gobierno ha optado por privilegiar una estrategia comunicacional que promueve la exclusión de estudiantes para demostrar que posee dominio y control sobre la seguridad y orden públicos.

Primero, es importante insistir en que existen distintas políticas que regulan la suspensión y expulsión de estudiantes en Chile. Por ejemplo, la Ley N° 20.845, sobre inclusión escolar, permite que, en casos de violencia extrema, el director de un establecimiento, respetando un debido proceso, pueda aplicar la suspensión o la expulsión. Efectivamente, en esa normativa hay un cierto problema en cuanto a que señala que un estudiante suspendido no podría ser expulsado, pues hacerlo en ese caso implicaría que se le está aplicando una doble sentencia. Sin embargo, corregir ese aspecto no ameritaba una ley nueva. Bastaba corregir lo existente y especificar mejor los reglamentos de convivencia.

En segundo lugar, la investigación nacional e internacional es contundente en afirmar que las expulsiones de estudiantes son estrategias no efectivas para desactivar problemas de violencia en una escuela. Por el contrario, las políticas punitivas hacen que recrudecen las conductas violentas al interior de los establecimientos. Este argumento fue repetido incesantemente por parte de los investigadores que asistimos a la Comisión de Educación del Senado. Hay que tener muy presente que, en el Chile de hoy, las escuelas claman por más apoyo psicosocial y redes de colaboración para abordar problemas de violencia, que son profundos y sistémicos. Sobre esto último el proyecto de ley no se pronuncia.

El proyecto del Ejecutivo fue intervenido en las comisiones del Senado, lo cual es positivo. Se amplió la comprensión de los actos de violencia extrema y se incluyó en la regulación a los colegios particulares pagados, entre otros avances. No obstante, en el texto se mantiene la idea de que la expulsión de estudiantes contribuye a la seguridad de la escuela. Y, con ello, retrocedemos en los esfuerzos desplegados para que la escuela sea un espacio de inclusión y educación. Ahora la palabra la tiene la Cámara de Diputados. Es de esperar que el debate en esta etapa sea más sensible a las contundentes evidencias de la investigación sobre el tema.

María Teresa Rojas — Académica U. Alberto Hurtado

Septiembre 2018

Sr. Director:

La crisis de la Iglesia católica chilena me tiene muda, y el silencio cómplice de obispos y autoridades me abruma casi tanto como los crímenes en sí mismos. Mi silencio no es complicidad, sino espanto y respeto frente a las víctimas. Quisiera escuchar todo lo que ellas tengan que decir y acompañarlas en el duro camino hacia la sanación, que nunca será total. Si ese camino lleva a algunas personas a dejar la Iglesia para siempre, adelante, pues Dios es más grande que la Iglesia. Si ese camino se puede hacer aún dentro de las comunidades cristianas, bien también, debemos convertirnos en comunidades que acojan y sanen.

Nunca debiésemos haber dejado de ser comunidades que acojan y sanen. Es nuestra misión. Sin embargo, en la Iglesia católica esto se impidió porque, entre otros factores, imperó una cultura institucional de exaltación de la figura del sacerdote varón, y de subordinación de la vida y experiencia de mujeres y niños.

Se suele decir que el poder corrompe, más aún si es absoluto. Y los obispos y sacerdotes tienen hoy ese poder absoluto dentro de la Iglesia católica. Ahora esto se cuestiona. Voces que habían sido silenciadas por años, las de las víctimas, las de las mujeres, las de los laicos y laicas, están ganando la batalla por su legitimidad al interior de las comunidades. Esto me da esperanza. Me recuerda a las palabras proféticas de María, que canta «Dios hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc. 1, 51 – 53). Como mujer, teóloga y creyente no puedo sino preguntarme: ¿dónde está Dios en esta crisis? ¿Dónde estaba cuando los abusos ocurrían? Sin duda, Dios está del lado de las víctimas, así como al lado de los católicos y católicas de a pie que han visto traicionada su confianza y su fe.

Las palabras de Jesús para los abusadores son claras y duras: «AL que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le amarraran al cuello una gran piedra de moler y que lo hundieran en lo más profundo del mar. ¡Hay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero ¡ay del que causa el escándalo!» (Mt 18, 6-7). Ojalá esta advertencia de Jesús se escuchara en todos los templos y capillas, contagiándonos de una santa indignación que nos dé la fuerza para cambiar la Iglesia y convertirla en lo que nunca debió haber dejado de ser: un santuario en el que se protege, se respeta y se honra nuestra frágil humanidad.

María Soledad del Villar Tagle

Sr. Director:

No dejo de sorprenderme de nosotros, los seres humanos, y de cómo tan fácilmente nos adueñamos de la vida de otros y decidimos sobre sus proyectos, sus sueños, lo bueno, lo malo… y vamos por ahí dando cátedra. Pareciera que nada ni nadie pudiera hacernos cambiar frente a lo que hemos definido como cierto y verdadero respecto de nosotros y del resto. Pero, al leer «Carta abierta a los padres de una hija transgénero» (Mensaje N° 671), me doy cuenta una vez más de que lo único realmente verdadero por lo cual vale la pena gastarse la vida es el amor.

Frente a la realidad que viven esta familia, a quienes también tengo el regalo de conocer, y todas las familias que tienen un hijo o hija trans, solo puedo agradecerles. Los movilizó su hija, lo mucho que la quieren y la convicción de que ella es quien dice ser: su hija querida, hermana y amiga maravillosa. Querida por Dios, su familia, su colegio y su comunidad. Esto es superior por sobre cualquier otro sentimiento o juicio de valor. Ellos no se quedaron pegados ni aterrorizados en sus miedos. Tampoco se paralizaron ante las respuestas que no tenían para sus cientos de preguntas y angustias. Solo la miraron a ella y, al verla feliz y plena, sonriéndole diáfanamente a la vida, decidieron con valentía abrazar SU vida con amor.

La vida se nos regala y nos sorprende así. Nos invita permanentemente a ir más allá.

Es mucho lo que tenemos que aprender de esta familia y crecer en nuestra fe como católicos. El modo de Jesús lo conocemos, pero nos asusta. Lo adecuamos para que nos calce de manera «perfecta» con nuestros prejuicios y formas de ver la vida. Buscamos que no nos incomode. Sin embargo, el modo de Jesús no tiene un calce «perfecto». Va mucho más allá. Nos desafía a mirar por sobre nuestra manera de comprender lo humano y nos invita a abrazar la vida con amor desde su diversidad. Nos pone en el lugar del otro, en el lugar de esta familia y en el de tantas otras. Porque necesitan de nuestra ayuda y porque nosotros también podemos aprender de ellos, de ella. Porque su forma de ver el mundo y de ser familia también nos enseña, y mucho. A ser más humildes, más humanos, más cristianos.

Hoy más que nunca tenemos que atrevernos a cantar con el corazón: «Abre tu jardín, traigo una buena noticia, novedad sin fin, corramos a recibirla, ven levántate…».

Carmen Luz Güemes Álvarez

Sr. Director:

La Iglesia católica de Chile, antes admirada y respetada y que diera un testimonio evangélico indiscutible, hoy es rechazada por el 80% de la población, de acuerdo a las encuestas. ¿Qué ha sucedido para experimentar un cambio tan drástico? Ha vivido con cierta obsesión por el poder y ha estado impermeable al devenir de la historia: no ha logrado, en rigor, estar verdaderamente abierta a discernir los signos de los tiempos para interpretar las necesidades humanas, sociales, éticas, religiosas y espirituales de los cristianos. Dicho de otro modo, pasó de una pastoral que entendía la promoción humana integrando la evangelización, a un ejercicio del poder que distanció a la jerarquía de los cristianos más conscientes.

Hoy atraviesa un largo invierno eclesial, del cual no saldrá si no se adoptan decisiones valientes y abiertas a la comunidad. Es, por ejemplo, indispensable cambiar las estructuras de poder, facilitando la participación de la comunidad en la forma de elección de los obispos. Respecto de los abusos que nos han conmocionado en el último tiempo, los obispos no han dado señales de estar en una verdadera búsqueda de soluciones reales. Pareciera que están esperando que pase el tiempo para dar vuelta la página. No habrá solución si continúan en sus cargos los mismos que son responsables de los delitos denunciados. Es el autoritarismo internalizado en sus espíritus lo que les ha deformado la conciencia. En su visita a Chile, el Papa les dijo que «los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir “como loros” lo que les decimos».

La Iglesia es el Pueblo de Dios y no la élite de consagrados y presbíteros. Al menos, como corolario de la crisis de la Iglesia, hoy es inadmisible cualquier actitud condenatoria, agresiva o autoritaria con quienes piensan por sí mismos o tienen dificultades para sobrellevar el peso de sus límites. ¿Cuál es la solución? En la ocasión antes señalada el mismo Papa recalcó que «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual». Hay que ir a la Palabra de Dios, actualizada por el Concilio Vaticano II, por Medellín, por Puebla y por la palabra y el testimonio de tantos apóstoles generosos que transmiten el Evangelio a través de su testimonio y que son marginados por quienes han convertido a la Iglesia católica en una «cueva de ladrones».

Hervi Lara B.

Sr. Director:

Hemos lamentado el fallecimiento del destacado abogado y parlamentario Andrés Aylwin Azócar. Muchos concurrimos a expresar nuestro homenaje y reconocimiento a su persona, y a su valiosísima trayectoria como hombre público y como defensor de los derechos humanos durante un extenso período de nuestra historia política y social del siglo XX.

Fue una persona íntegra, coherente en todo sentido. Siempre actuó y siempre habló como pensó.

Su compromiso con los derechos humanos y con los valores humanista-cristianos fue su sello vital. A este obedecía su dedicación permanente y sin vacilaciones a la defensa de los más pobres y necesitados. Permanentemente puso esa tarea por encima de sí mismo, incluso cuando ello le significó correr graves riesgos, actuando con una fidelidad absoluta, que sostuvo siempre con gran valor y convicción.

El hecho de que haya firmado la «Carta de los 13», con la que en septiembre de 1973 condenamos el Golpe Militar, es una muestra más de una coherencia de vida que lo acompañó siempre. Nunca midió consecuencias para perseverar en lo que él sabía correcto. Nunca dejó pasar una oportunidad para hacer una denuncia por atropellos que sufrían las personas en la dictadura o para asumir una gestión en defensa de sus principios. Por esa fuerza con que actuó, sufrió castigos, como el de ser relegado a Putre, a 4.500 metros de altura, precisamente como una manera cruel de afectarlo debido a su insuficiencia respiratoria crónica.

Más tarde, durante el periodo posterior a 1990, la suya fue una voz que clamó por mayor justicia social y por ubicar como objetivo prioritario el resarcir a los chilenos de las graves pérdidas económicas, sociales y políticas registradas por el régimen de Pinochet. En ese sentido, abogó por la unidad de las fuerzas progresistas para que el país avanzara más rápido en la recuperación de todo lo perdido.

Hemos despedido a un hombre noble, que sin duda tendrá un merecido lugar en la historia.

Mariano Ruiz-Esquide

Agosto 2018

Sr. Director:

Con mucha alegría he leído en La Stampa que, sobre la necesidad de recuperar un diálogo sin censuras entre el catolicismo y los «tiempos modernos», el papa Francisco tuvo una fraterna conversación con el filósofo Gianni Vattimo, católico crítico, excomunista y gay, quien hace algunos años fue denostado por su teoría del «pensamiento débil» o «frágil». Con ella, una y otra vez él ha llamado a avanzar a una Iglesia encarnada en el mundo «real», necesidad que genera angustias, dudas y rabias, como las del mismo Cristo en el Huerto de Getsemaní.

Vattimo es contemporáneo del Papa (1936) y afirma que él le quita «la vergüenza de declararse católico». Lo hace en referencia a la censura de la que él fue objeto, en el simplismo de llamar relativismo a cualquier reflexión que se aparte de la metafísica o de los dogmas eclesiales.

Lo ocurrido es un acto ejemplar que se suma al reconocimiento que hace unas semanas hizo el Papa a Gustavo Gutiérrez, el gran precursor de la Teología de la Liberación. Esto conmueve, como lo hicieron las reuniones de Benedicto XVI con Hans Küng, el teólogo censurado por el propio Ratzinger en sus opciones de dar cátedra debido a que ha cuestionado la infalibilidad del Papado. Otros gestos vaticanos necesarios son reivindicar a Ernesto cardenal, el poeta sandinista reprendido que fue profético al distanciarse de Daniel Ortega y de la corrupción y el autoritarismo que desvió al movimiento sandinista. Con mayor razón, debiese pedir «perdón» a Leonardo Boff por el fuerte rechazo que en su momento provocaron sus textos: hacia el año 1980 él escribió en favor de una reforma eclesial participativa y federal de comunidades de base, alejando a la Iglesia de malas prácticas, características del absolutismo heredado del Imperio romano.

Bien por los gestos que nos acercan a un camino urgente de reforma eclesial, que debiéramos comenzar en Chile con un Concilio regional sin miedo a debatir y volver a la sencillez, al amor al prójimo sin límites y a la búsqueda del Reino, ahora con fraternidad y consecuencia. Por otra parte, mientras el Papa reivindica «disidentes», es una lástima que en la Facultad de Teología de la PUC se haya prohibido ejercer la enseñanza a algún teólogo crítico.

Esteban Valenzuela Van Treek
Académico, miembro de Justicia y Paz

Sr. Director:

La industria de la TV abierta está en un momento especialmente complejo en el mundo. Las audiencias migran desde ella hacia los contenidos digitales que tienen características específicas, para audiencias exigentes que buscan información, calidad y entretención. Son contenidos disponibles en cualquier lugar, a cualquier hora y auto-administrados, según el gusto de quien los consume. Solo se necesita un dispositivo y acceso a Internet.

En relación a TVN Chile, la discusión debiera estar en torno a su rol de televisión pública, rol que con el paso de los años ha perdido no solo dinero, sino también el norte para el cual fue creada. Los mejores modelos de TV pública en el mundo cumplen a lo menos con tres características: son financiados vía impuestos, son —por tal razón— totalmente transparentes con sus ingresos y egresos (salarios de su personal, incluidos) y tienen programas de calidad que cubren intereses como información, entretención, cultura, deporte y, además, apuntan a audiencias prioritarias, como la infancia y personas mayores.

Un examen rápido al estado de nuestra TV pública ya nos indica que poco de lo anterior se cumple. Se financia con publicidad y además recibe aportes del Estado. La transparencia deja mucho que desear frente a los nuevos estándares. Sobre su programación: es lo mismo ver un canal privado que este de carácter público, ya que todos repiten como un mantra los mismos noticieros, los mismos matinales, los mismos programas de farándula. De la calidad y factura nacional para buenos programas infantiles o culturales (¿recuerdan el concierto en honor a Violeta Parra que se hizo en Argentina y se transmitió por la TV abierta de allá y no de acá?) o de entretención, solo hay pendientes.

Ya que la industria de la TV abierta vive un tiempo de crisis generalizada, es un buen momento para llevar adelante una reestructuración general a TVN. ¿Cuál el verdadero proyecto de canal público para el Chile de hoy? ¿Qué necesitamos, como país, de la TV abierta para progresar o desarrollarnos de mejor manera? ¿En qué áreas puede ser un aporte la televisión financiada por recursos públicos? Son preguntas que de seguro implicarán un interesante debate, si se hacen pensando en el país.

Paula Walker
Periodista

Sr. Director:

El riesgo de que el nuevo Sistema de Financiamiento Solidario (SIFS) termine resultando un factor que incentive una cierta segregación en la educación superior no es algo que haya sido debidamente considerado en el actual debate.

Resulta positivo que esta nueva modalidad ofrezca condiciones ventajosas para los estudiantes de educación superior, como también lo es que se proponga un organismo público que gestione y recupere los créditos, eliminando el papel que la banca tenía en estas operaciones. En ese sentido, el proyecto de ley debe ser considerado con atención y valorado en su mérito. Sin embargo, no se debe desconocer que su diseño puede terminar estableciendo dos regímenes universitarios: uno gratuito para los deciles de menores recursos y otro de pago con SIFS en el que se concentrarán los alumnos que pertenezcan a los deciles de mayor poder adquisitivo.

Esto se facilita porque el proyecto finalmente permite a las universidades no adscritas a la gratuidad que compensen la brecha entre el aporte estatal vía crédito y el costo real de cada carrera, compensación que pueden buscar imponiendo un crédito adicional a cada estudiante. Y si este último pertenece a los deciles 7 a 10, se producirá una diferencia todavía mayor. Será así, porque mientras en ese caso las instituciones no adscritas a gratuidad podrán cobrar un copago sin restricción alguna, las que sí están adscritas a la gratuidad estarán impedidas de hacerlo, ya que tendrán fijados tanto el precio que pueden cobrar como el número de alumnos que pueden matricular.

El escenario resultante será análogo a aquel que ha intentado corregir la Ley de Inclusión Escolar: es decir, la existencia de escuelas municipales gratuitas y financiadas únicamente con subsidio estatal y, simultáneamente, la operación de colegios particulares subvencionados que recibían ese subsidio, pero que además podían cobrar un copago a los estudiantes.

Dicho de otro modo, el proyecto de financiamiento ahora impulsado va a permitir una discriminación entre dos tipos de instituciones universitarias receptoras de subvención estatal. Estarán las que podrán cobrar un copago a alumnos que estarán recibiendo el subsidio del crédito. Y estarán también las que deberán operar con gratuidad para algunos de sus alumnos y con precio fijo para el resto. Estas últimas restricciones las tendrán las universidades estatales y las públicas no estatales, generando un sistema que favorece la segregación.

Resolver este problema, no pasa por desmejorar la situación en que quedarían las universidades no adscritas a gratuidad, sino que, por el contrario, requiere generar condiciones más favorables para que las universidades se adscriban a gratuidad, o que, a lo menos, la decisión de adscribirse esté fundamentada en la misión y proyecto universitario, y no tan mediada por razones económicas.

Hay aquí una complejidad mayor para la meta de avanzar hacia una educación superior de excelencia e inclusiva.

Asimismo, queda aún por resolver el ya por largo tiempo postergado tema del financiamiento de la investigación que realizan universidades complejas adscritas a la gratuidad. Se ha argumentado que ellas reciben un aporte compensatorio, pero este es muy inferior a los aportes basales dirigidos a los veintisiete planteles adscritos al Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas, CRUCH.

Eduardo Silva S.J.
Rector Universidad Alberto Hurtado

Julio 2018

Sr. Director:

Es ampliamente conocida la situación que atenta contra la dignidad y derechos humanos de aquellos inmigrantes que, por la escasez de viviendas y la falta de escrúpulos y codicia de algunos, deben arrendar pequeños espacios sin condiciones mínimas para ser habitables. Peor aún, acuerdan esos arriendos por precios desproporcionadamente elevados.

Las autoridades han declarado que no existen herramientas legales para solucionar estos abusos. La Asociación Chilena de Municipalidades ha indicado que «en la actualidad no es posible que las municipalidades puedan fiscalizar estos subarriendos. El contrato de arriendo en Chile es un contrato civil. La municipalidad puede fiscalizar las actividades económicas, porque toda actividad económica que genera algún tipo de renta tiene que tener una patente municipal ( .), pero cuando se celebra un contrato civil, eso escapa al ámbito del comercio. Por lo tanto, es una relación absolutamente entre privados que escapa al control de la autoridad». Tiene razón cuando dice que el contrato de arrendamiento que se celebra entre una persona que actúa como arrendadora y quien necesita donde vivir, es un contrato privado, y eso no faculta a ninguna autoridad para intervenir. Sin embargo, la actividad de quien entrega estos espacios en arrendamiento es una actividad comercial que le proporciona una renta sobre la que debe pagar los impuestos correspondientes. Debería, además, pagar la patente correspondiente y solicitar las autorizaciones del Servicio Nacional de Salud.

En efecto, esta actividad es similar a la descrita en el Decreto N° 194, de agosto de 1978, «Reglamento de hoteles y establecimientos similares». En su artículo 4°, letra e) se define a estos establecimientos como similares a las residenciales: «Residencial: Establecimiento en que se presta servicios de hospedaje y alimentación bajo el régimen de pensión completa o media pensión». En la práctica, la mayoría de estos establecimientos arriendan piezas sin pensión, por cuanto los requisitos de los Servicios de Alimentación (artículo 17 del Reglamente) son demasiado onerosos.

Aceptar la situación actual es intolerable, y constituye una denegación de justicia, y un permiso para continuar en estas prácticas. Sugiero, así, que se declare como «residenciales» a estos inmuebles arrendados por piezas. Si se estimare que la exigencia de que se debe proporcionar pensión es ineludible, entonces propongo modificar el Reglamento y simplemente establecer que «es aquel establecimiento que se arrienda por piezas».

Las autoridades tienen un deber ético en cuanto a actuar en esta materia.

Nora Undurraga Pieper
Abogada

Sr. Director:

Por intermedio de sus páginas, deseamos hacer llegar una reflexión al diaconado permanente, que creemos que puede ser de interés para el pueblo católico.

Tras leer la Carta en que nuestro Papa se ha dirigido a Chile, creemos que lo adecuado es no recargarle a él la mano preguntándole qué debemos hacer. Todo lo contrario, cada uno en su lugar debe preocuparse de preparar al Pueblo de Jesús para las nuevas tareas que habrá de asumir, en esta nueva etapa que comienza a transitar.

De partida, debe iniciar la comprensión de lo que verdaderamente significa ser Pueblo de Jesús, concepto que se ha disminuido en función de destacar lo clerical. Se debe iniciar la comprensión de qué significa ser cristiano y cómo eso fue destacado por Cristo en su vida.

Nuestra tarea comienza hoy. Tenemos que fortalecer el sentido de nuestra acción de diáconos, demostrándoselo al resto del Pueblo. El Reino de Dios, no está encerrado entre cuatro paredes, pues está en el mundo, que es donde el diácono debe transitar, buscar y encontrar a los desplazados, a los heridos, a los olvidados, a los excluidos. Para Jesús, el mundo debe ser Templo de amor, compañía y ayuda.

El Espíritu quiere consolidar en este pasaje de la historia el concepto de «servicio», que debemos hacer plenamente nuestro. Es la esencia de la Iglesia de Cristo. Lo debemos atesorar todos quienes componemos el Pueblo de Jesús para compartirlo con el resto del mundo.

Todo el Pueblo de Jesús conforma una empresa de servicio, cuya materia prima es el Espíritu, mineral que se extrae o proviene de una mina inagotable y que denominamos Dios. A los componentes de ese Pueblo debemos testimoniar que todos somos servidores de nuestro prójimo y que el rito de practicar su mandamiento «de amar al prójimo» lo desarrollaremos, en el hogar, en el vecindario, en la escuela, en el lugar de trabajo. En estos lugares comulgaremos con él.

Es la evolución trascendental, que hemos comenzado a vivir con Francisco, nuestro Obispo de Roma: Salgan a caminar y lleven a Jesús. Nuestra oración, deben ser obras concretas, de amor al prójimo, no solo intenciones. No prediquemos la pobreza, vivamos la pobreza acompañando al pobre. No prediquemos la compañía, practiquemos el acompañamiento. No prediquemos la exclusión, conozcamos lo que es ser excluido y abandonado. Así se podrá testimoniar la misericordia, mandamiento del Padre a Jesús, de Jesús a nosotros.

Un pensamiento a compartir, en estas horas de transición.

Germán Flamm, Óscar Letelier y Alejandro Salas

Sr. Director:

Si bien ya ha pasado tiempo desde que en Mensaje fuera publicado el artículo: «Sacerdotes casados» (edición N° 659), acerca de permitir la ordenación sacerdotal de «hombres probados», me parece que ante las circunstancias que estamos experimentando como Iglesia, esa idea cobra todavía más sentido. Por el desarrollo del artículo debemos entender que se trata de ordenar sacerdotes a hombres casados que cuenten con una probada experiencia eclesial. Si bien los autores hacen una muy buena fundamentación histórica y teológica, no me parece que tenga igual profundidad su criterio pastoral.

A mi parecer, no hay una concordancia entre los autores. En su primera parte el texto deja de manifiesto que no existe una conexión esencial entre sacerdocio y celibato —si bien esta es una «característica» de la Iglesia católica—y las posibles propuestas de solución.

Mi mayor cuestionamiento al artículo dice relación con la expresión «la elección de su forma de vida debería ser expresión de una opción vital. Por eso este motivo, estamos en contra de que se les permita el ejercicio del ministerio a los sacerdotes que ya han dejado el ministerio y han sido dispensados del celibato y de las obligaciones vinculadas al sacerdocio».

Desde la experiencia pastoral, puedo señalar que exsacerdotes que han dejado el ministerio sacerdotal por otra opción de vida no han abandonado su opción de fe en la persona de Jesucristo. Continúan en comunión con la Iglesia. Las circunstancias —en especial, las de carácter pastoral, por falta de hombres y mujeres consagrados como de catequistas—, han exigido que asuman tareas pastorales y con verdadera generosidad junto a su cónyuge dan testimonio evangelizador. Creo que se debe superar todo prejuicio respecto a los exsacerdotes —aunque es cierto que no todos puedan estar en condiciones de retomar el ministerio— si a ellos se les aplica los criterios señalados para que ejerzan como pastores los viri probati, si están capacitados en lo humano, lo espiritual, lo intelectual y lo pastoral (cualidades que algunos sacerdotes en ejercicio no poseen). Ellos podrían trabajar a tiempo completo o parcial, como es propuesto por los autores. Muchos de quienes dejaron el ministerio sacerdotal reúnen los citados aspectos y pueden ser un gran aporte a la pastoral de nuestra alicaída Iglesia.

En definitiva, la solución para su reincorporación al ministerio es de tipo canónica y es una manifestación más del amor y la misericordia de Dios, que nuestra Iglesia quiere testimoniar.

Otra crítica a los autores del artículo es que reducir la ordenación sacerdotal a hombres casados a quienes ejercen el diaconado permanente es no valorizar el diaconado como un ministerio que posee valor en sí mismo.

Sin duda, este es un camino aun por recorrer y debe ser analizado en sus más variadas aristas institucionales. Sin embargo, si queremos que nuestra Iglesia siga fiel al mandamiento del amor, debemos entender que es una obligación ética abrirse a los nuevos tiempos.

Conrado Cartes

Sr. Director:

He podido compartir lágrimas y risas, angustias y esperanzas, por más de catorce años acompañando comunidades cristianas en distintas cárceles de la Región Metropolitana. Sábado a sábado, visito la Cárcel de Mujeres de San Miguel y desde la angustia de su encierro y la esperanza que no renuncia, he experimentado, un exceso de vida y una dignidad inalterable que brota aun de ese lugar dramático.

La cárcel como respuesta no solo es ineficaz, sino más bien agrava el problema que pretende solucionar. Ya es muy conocida la inhumanidad que presentan hoy esos recintos en nuestro continente. Son múltiples los informes de nuestro país que nos hablan de hacinamiento, insalubridad, torturas, violencia (desde todas partes), abusos, miedo generalizado, etc.

Por otro lado, atribuir la responsabilidad tan solo al delincuente y no darse cuenta de que la delincuencia es un fenómeno social que responde a dinámicas de exclusión, pobreza, violencia, desigualdad y precariedad es cerrar los ojos a la realidad.

Sin embargo, hoy queremos poner el acento en la Vida presente en las cárceles de la miseria.

Observamos en ellas a hombres y mujeres encarcelados en un infierno y que, pese a todo, siguen amando, luchando, creyendo. Son personas preciosas, en su mayoría pobres y excluidas desde temprana edad que, sin olvidar el delito y el daño provocado, se resisten a perder su dignidad. Son capaces de vibrar con el nacimiento y crecimiento de sus hijos, que aman a sus madres, padres, familias, amigos. Hay algunos cuya culpa por lo cometido se suma al peso insoportable de la prisión, pero siguen abrazando la vida y la esperanza brilla aún en sus ojos.

Es un error seguir dividiendo el mundo entre buenos y malos, y no darse cuenta de que todos podemos actuar bien o mal. Que todos somos frágiles y tenemos una infinita capacidad de amar, también la tiene el más condenado delincuente. Solo basta potenciar ese amor y la cárcel no ha sabido hacerlo.

Jaime Alfonso Muñoz Echard
ONG Abracemos la Cárcel

Junio 2018

Sr. Director:

El NO de los demócratas venezolanos a la fraudulenta y dictatorial votación del 20 de mayo ha sido impresionante y contundente. El suyo fue un NO a la trampa inventada por el Gobierno para perpetuarse con este régimen de muerte. A pesar de la coacción, el chantaje y las amenazas, la gran mayoría de los electores dio un NO rotundo a la farsa. Incluso millones de chavistas se negaron a la iniquidad. Maduro —luego de todas las maniobras con la bendición del Consejo Nacional Electoral (CNE)— obtuvo menos del 30% de los posibles votantes. Más de la mitad del país se abstuvo, ¡cosa insólita en Venezuela!

¡Felicitaciones a esa resistencia silenciosa e indignada del pueblo venezolano! Venezuela sabe que solo un pronto cambio de Presidente y de régimen abrirá la puerta de la esperanza y el camino de la reconstrucción.

Felicitaciones también a la Conferencia Episcopal que, desde hace varios años, ha sido valiente, clara y coherente sobre el régimen y su nefasto «plan de la patria», y desaconsejó esta ilegítima votación. Iglesias, universidades, academias, estudiantes, trabajadores, empresarios, partidos, vecinos y muchas más organizaciones de la sociedad civil coincidieron y supieron mantenerse firmes en la denuncia de la farsa y reclamaron una elección democrática de verdad. Todos ellos constituyen —aunque de manera embrionaria y demasiado tímida— el «Frente amplio Venezuela libre».

Venezuela necesita salir de este increíble desastre. Y quiere salir. Pero tenemos el reto gigantesco de la unidad con liderazgo sereno e inteligente para recorrer juntos el camino hacia la reconciliación y reconstrucción nacional. No basta el NO rotundo (incluso de millones de chavistas) a la trampa gubernamental. Es imprescindible, el SÍ democrático al cambio de presidente y de régimen para la recuperación de lo proclamado en el artículo 2° de la Constitución «como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y, en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político». La violación sistemática de este artículo nos obliga a luchar por el restablecimiento de la Constitución (artículo 333).

El cambio es urgente y las nuevas elecciones tienen que ser democráticas y limpias. Para ello, lo más sensato y menos costoso es que Maduro, olvidándose de un «diálogo» de mentira, renuncie para evitar mayores males y costos, y se abran decididamente negociaciones para dar paso, cuanto antes, a una transición dirigida por la legítima Asamblea Nacional. Una transición al estilo Larrazábal en 1958, ahora presidida por el Presidente civil de la Asamblea, pero con una decidida participación de las Fuerzas Armadas en esta democratización. Se trata de lograr un Gobierno de transición desde ahora —antes de que se agrave más la desesperante situación de la gente— avanzando en tres frentes paralelamente.

En primer lugar, mediante una apertura acelerada a la ayuda humanitaria con inmediatas medidas económico-sociales (para abordar los efectos de la hiperinflación, el desabastecimiento, la falta de insumos productivos) con amplio apoyo internacional y nacional, cuyo alivio empiece a sentirse desde el mes de junio. Hay propuestas programáticas serias de los candidatos opositores, de diversos grupos de estudio, de partidos, de educadores, de productores, de médicos, de cada uno en su terreno, para salir al encuentro de este desastre.

En segundo lugar, se requiere una redemocratización política inmediata con liberación de los presos, regreso de exiliados y habilitación de líderes arbitrariamente anulados y de partidos perseguidos. También, la eliminación de la ilegítima Constituyente, un nuevo CNE y el saneamiento de las bases y condiciones electorales, recuperación de poderes públicos legítimos con su debida autonomía, etc.

Como tercer elemento, es importante una convocatoria de elecciones democráticas con las condiciones debidas, en la fecha más próxima posible, que seguramente no podrá ser antes de ocho meses, en vista del desastre que ha creado el Gobierno para impedir el cambio.

Sin embargo, nada de esto será posible…

– sin una inmensa movilización de conciencias ciudadanas expresada en los diversos sectores y organizaciones, con presión firme, sostenida y visión de unidad;
– sin una unidad superior, con líderes y partidos, humildes y capaces de escuchar a la población y de apoyar a otros distintos de sí mismos;
– sin reconciliación nacional que nos lleve a nacer de nuevo como República, sin venganzas, pero con tribunales y justicia para quienes incurrieron en delitos que no prescriben y con reparación de daños graves.

Luis Ugalde S.J.
Caracas

Sr. Director:

El artículo «La visita del Papa a Chile y un posible nuevo comienzo», publicado en Mensaje de mayo pasado, refleja muy bien el espíritu con que san Alberto Hurtado fundó esta revista, buscando servir a la Iglesia y a Chile con la verdad y el reconocimiento de los desafíos que nuestra vida en común nos plantea a diario. En un momento de crisis y dolor, y en muchos casos de desorientación y angustia, Eduardo Silva S.J. propone lúcidamente una lectura de la vida de nuestra Iglesia y sus contradicciones a partir de un horizonte amplio, que apunta a hacer experiencia, reconocer errores y retomar tareas pendientes para quienes la formamos, sin importar si somos laicos o religiosos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos. Todos estamos llamados a cambiar, a actuar, a hacernos parte de un proceso que está en curso desde hace cincuenta años y que, ante la crisis y la toma de conciencia sobre ella, se nos presenta como oportunidad.

Es de agradecer la claridad en el análisis, el amor a la verdad y el sentido crítico con que se analizan en ese texto la vista de Francisco y las fases, razones y motivos de la crisis de la Iglesia chilena en todos sus miembros. Hace bien decir las cosas claras y en el momento oportuno. Con sentido histórico, ese autor ve en este momento una oportunidad para retomar el legado del Vaticano II, leyéndolo de manera creativa, imaginativa, libre e inteligente. Reconoce tareas y retos que se relacionan con estos cincuenta años de historia, con un presente doloroso y, al mismo tiempo, liberador y con un futuro por construir, pensando en una Iglesia servidora y sensible, capaz de asumir los cambios sin perder su identidad y de ser valerosa en las propuestas, en el respeto mutuo y en amor a los débiles y sufrientes.

Con el análisis fundamentado y crítico, con sentido del contexto y con la valoración del reconocimiento de las faltas comunes que presenta en el artículo, su autor propone una esperanza lúcida para el futuro de la Iglesia que se vincula no solo con la escala local, sino también universal.

Claudio Rolle
Historiador

Sr. Director:

Asistí al funeral de la joven haitiana Joan Florvil, realizado en Santiago siete meses después de su muerte, tras el inconcebible episodio de abuso, prejuicio e indolencia sufrido por ella en Lo Prado. ¡Cuánto desgarro! El momento más dramático de la ceremonia fue cuando después del recuerdo doloroso, el alma de Samantha y de Fidel —la hermana y el primo de Joan, respectivamente— se desgarraron en un alarido que aún tengo metido en lo más profundo. Resuena muerte de un ser querido, repercute denegación de dignidad sistemática de un Estado.

Todo lo dicho sobre la injusticia cometida, el componente de género, el color de piel, la nacionalidad y el resultado de muerte nos muestra una falla profunda en la escucha del relato de una persona en situación de vulnerabilidad. Sí: un problema de escucha social y política. Porque el problema no fue el idioma. Más bien, el drama fue la incapacidad para reconocer el relato de dicha mujer y no poner esfuerzos políticos para reconocerlo. Si se hubiese escuchado, el mecanismo de invisibilización y de violencia consecuente no se hubiese iniciado. Y, por lo tanto, existe la posibilidad de que Joan estuviese viva, y pudiendo ejercer su rol de madre. El mismo que se creyó, equivocadamente, que ella estaba abandonando.

La muerte de Joan no ha sido escuchada todavía, mientras no se reconozcan los derechos de una comunidad. Es así cuando hoy en las ferias la principal palabra en kreyol que se ha aprendido es masisi, cuando hay gente en las poblaciones que se siente con derecho a estafar a los haitianos, a insultarlos, a menospreciarlos, a agredirlos. E incluso cuando el Gobierno, valiéndose del ordenamiento jurídico con argumentos portalianos, impecables y populistas, se siente con el derecho de poner trabajas arbitrariamente discriminatorias.

El mejor homenaje para Joan Florvil no se agota en el escándalo y la denuncia, ciertamente necesarios. Lo indispensable es la capacidad que tendremos, como sociedad chilena, de ser un espacio donde cada hombre y mujer encuentren un buen lugar donde vivir, donde nos integremos sin superioridades ni inferioridades, y podamos convivir en el mismo espacio político.

¿Cómo hacemos para que, como país, no seamos responsables de nuevos alaridos dolorosos, como los de Samantha y Fidel? Sin esa perspectiva, me parece que Chile es un país peor para vivir, no solamente para los haitianos, sino que para todos quienes habitamos en esta cornisa de América Latina, llamada Chile.

P. Rubén Morgado S.J.
Director del Centro Universitario Ignaciano

Mayo 2018

Sr. Director:

La carta del papa Francisco trae brisa fresca al enrarecido ambiente católico chileno. Su reconocimiento de que la pérdida de confianza en la Iglesia se debe a «nuestros errores» abre cuestionamientos que podrían convertir la crisis en una oportunidad. Digo que solo «una brisa», porque falta mucho para que se abra el cielo. Me pregunto qué debiera pasar para ello. Me parece que una buena interpretación del reconocimiento a la existencia de «abusos de consciencia y de poder» abre una ventana, justamente, hacia lo que puede ser nuclear en la crisis eclesiástica: el uso y abuso del poder.

¿Cuáles son los nudos que habría que desatar para que el poder de la Iglesia no fuera abusivo? Es una pregunta que la teoría política se ha formulado desde antiguo y que la democracia intenta responder.

La Iglesia no es un poder propiamente político, pero ejerce una autoridad equivalente y, además, con implicancias trascendentes. Históricamente ella no solo ha permitido, sino también favorecido —incluso, teológicamente—, que sus autoridades ejerzan un poder absoluto y sus representantes adquieran un carácter sacralizado. Eso se presta y está, sin duda, detrás de los abusos, no solo sexuales. Toda autoridad que no tiene contrapesos y chequeos tiende a abusar de ella. Y eso ha sucedido en la Iglesia chilena también en el manejo de las instituciones en las cuales ejerce el poder. Pienso en la discriminación en los colegios católicos, incluso en la Pontificia Universidad Católica, donde también se han replicado formas de ejercicio del poder clerical de manera poco transparente.

Cambios que permitirían que la brisa soplara con más fuerza exigen revisar la estructura de poder. Debemos aceptar que han sido laicos los que han abierto la ventana para que penetre la brisa: ¿no es ese pueblo de Dios, entonces, al que debiera también darse poder? Si el poder autoritario ha sido culturalmente más propio del carácter masculino, ¿no será el momento de equilibrar su ejercicio también con participación de mujeres? Si los obispos no dan el ancho, ¿no habría que preguntarse quiénes y cómo los eligen?

Por otro lado, si en un mundo donde falta todo menos información, ¿por qué al Papa le ha faltado en forma «veraz y equilibrada»? Es, entonces, la hora de preguntarse no solo sobre quiénes le informan sino sobre sus canales formales de información. Si las conferencias episcopales auscultaran como corresponde el sentir católico en sus países, ¿para qué deben existir nuncios, que más bien parecen embajadores de un poder ausente y lejano?

Es difícil imaginar a Jesús favoreciendo los sistemas de autoridad que hacen crisis hoy en la Iglesia.

Ana María Stuven

Sr. Director:

Soplan vientos de cambio. Tras la pública carta enviada por el Papa a los obispos chilenos, se pronostica en este rincón angosto y alejado del mundo que habrá movimientos en el Episcopado local. Algunos hablan de terremoto. Otros, de reforma. Varios se refieren a una intervención histórica y ejemplificadora. Es difícil aventurar conclusiones todavía.

Sin embargo, lo cierto es que el papa Francisco reaccionó. Después de mucho tiempo, de infortunios y algunos desaguisados, el Obispo de Roma despertó. La pregunta que se repite por estos días es, ¿quién le mintió al Papa? Pero me parece que hay otra interrogante más interesante: ¿Quién lo despertó? ¿Quién lo hizo reaccionar? ¿Qué lo hizo cambiar de opinión?

Aparentemente, no fue la jerarquía de la Iglesia. No como cuerpo, al menos. El Nuncio tampoco estuvo a la altura. No fueron los solideos, las sotanas ni las grandes cruces doradas colgadas al cuello las que, mayoritariamente, motivaron el remezón en la Iglesia.

Esta vez fue una comunidad indignada quien levantó la voz durante años para hacerse escuchar. Fueron principalmente las víctimas de abuso las que, valientemente, enfrentaron el poder, el silencio y la desidia. Fueron laicos quienes organizadamente —desde Osorno y otros rincones de Chile— hicieron ruido. Los medios de prensa también hicieron su parte, exhibiendo en vitrina una historia de abusos y encubrimiento. En definitiva, fue el bramar de las ovejas la que despertó al pastor.

Y esto es un hecho que merece ser destacado. Sobre todo, en una Iglesia que castiga la disonancia, que enjuicia a quienes —cantan fuera del coro— y que celebra la uniformidad de sus fieles, esa que ahoga la conciencia y el discernimiento personal. Por eso este es un antecedente muy importante. ¡Los laicos deben ser protagonistas! ¡Los laicos deben hacerse un espacio! ¡Las ovejas deben seguir bramando, incansablemente, sin miedo, porque también son comunidad y son Iglesia!

No sabemos qué ocurrirá en las próximas semanas tras la visita de los obispos al Vaticano. Pero sí sabemos que llegó el tiempo de los laicos. Habrá que saber tomar esa oportunidad.

Matías Carrasco

Padre Director:

Ya es un lugar común decir que la carta de Francisco a los obispos chilenos sobre abusos sexuales es histórica. Y lo es, porque hemos estado acostumbrados a escuchar de la infalibilidad papal, que en realidad corresponde a otros temas y situaciones muy específicas. Resulta conmovedor observar al Papa decir «me equivoqué, pido perdón». ¿Y en qué se equivocó? No en la carencia de información, porque la tuvo. Su error es, como lo dice, de «valoración y percepción» de la información. ¿Qué más conmueve? La humildad para reconocer el error. Estamos acostumbrados en nuestra Iglesia que, ante el error, se justifica. En ese sentido, la enseñanza del Papa es muy pedagógica.

En esa misma línea conmueve también que, haciendo lo que no hizo nuestra Jerarquía, invita a las víctimas a reunirse con él. Es el comienzo de la sanación de las heridas.

Ciertamente, tras la carta las expectativas están puestas en la reunión del episcopado chileno con el Papa en Roma. Allí, deberían darse más pasos sanadores.

Las decisiones que deben venir, aunque misericordiosas, pasan por la renuncia de más de un obispo. A ello debe sumarse la pronta designación de los sucesores de quienes ya están renunciados por edad o salud y el nombramiento de los auxiliares que se requieren. Con todo, es posible la renovación gradual, pero pronta, de hasta un tercio del colegio episcopal chileno. Se trata de una oportunidad para conseguir una Iglesia con mayor densidad pastoral. Ya no basta tener cuidado administrativo, custodiar el depósito de la fe o la pulcritud en lo sacramental o litúrgico. Se necesita pasar de una Iglesia con el clero concentrado en el barrio alto a una preocupada también de los pobres. Con verdadero protagonismo laical. Es necesario volver a algo esencial: ocuparse de manera misericordiosa (al estilo de Jesús) de los fieles y de toda persona humana. Abandonar la pretensión de superioridad moral. Volver a ser esa «Iglesia de todos los días» de la que hablaba el padre Gumucio.

¡Ojalá sople fuerte el Espíritu Santo!

Guillermo Sandoval

Sr. Director:

El Papa ha puesto a la Iglesia chilena en «emergencia espiritual», según lo afirmado por el portavoz del Vaticano. Es una decisión excepcional y grave, que ha tenido amplia cobertura en la prensa internacional, pese a que en otros países la crisis por la pedofilia ha sido de mayor envergadura.

La carta de Francisco al Episcopado debe dar inicio a un proceso de rectificación en la forma como la Iglesia ha abordado los delitos sexuales cometidos por miembros del clero.

El Papa habla de medidas de corto, mediano y largo plazo. El primer paso debe ser una renovación significativa del Episcopado y el cambio del Nuncio, quien debió procurar al Papa una información completa y equilibrada. Sorprende que algunos obispos se hayan adelantado a sostener que la solución no pasa por su partida.

En paralelo, se deben agilizar las investigaciones en curso y, en caso de fundadas sospechas de la comisión de algún delito sexual, hacer la denuncia ante el Ministerio Público. No se pueden tratar los delitos como si fueran solo pecados a resolver en el ámbito de la confesión o del derecho canónico, sobre todo cuando las víctimas son menores de edad.

A largo plazo, la Iglesia debe iniciar una reflexión sobre la visión cristiana de la sexualidad, especialmente en su vínculo con la procreación. A cincuenta años de Humanae Vitae no debiera seguir vigente una tensión tan artificial entre norma y conciencia personal. Esa disyuntiva (o, incluso, contradicción) hace que el mensaje de la Iglesia pierda fuerza, sobre todo cuando quienes más insisten en las normas incurren en conductas aberrantes.

La cultura actual sobre la sexualidad se basa en la libertad y la responsabilidad. Esos fueron los principios que dieron origen al cambio de nuestro Código Penal en la materia. Para entrar en diálogo con los jóvenes, la Iglesia debe renovar su mensaje, sin perder tensión ética, poniendo énfasis en lo esencial: la relación entre amor y sexualidad. El próximo Sínodo de la Juventud puede ser una primera instancia.

José Antonio Viera-Gallo

Marzo-abril 2018

Sr. Director:

Desde hace más de mil años el pueblo holandés ha avanzado sobre el mar con empalizadas, muros de piedra y rellenos, fruto del esfuerzo de toda una nación. Todas las superficies recuperadas pasan a ser de dominio público.

El plan regulador vigente para Santiago indica que en los bordes del río Mapocho deben aparecer parques públicos. Años después de las inundaciones de 1982, se inició la construcción de gaviones y espigones, con los impuestos pagados por todos los chilenos, para evitar nuevos daños a las comunas de Vitacura y Lo Barnechea. Con ello, al costado sur poniente del puente Tabancura apareció, entre otros, un sitio de unos 400 metros de largo por unos 80 de ancho.

El Fisco no inscribió a su nombre todas las superficies creadas gracias a nuestros recursos. Hoy estos flamantes terrenos están listos para convertirse en parques públicos, a menos que la misma magia negra que dio cuenta del Parque Lo Gallo los convierta en torres de edificios de departamentos.

Hernán Larraín Chaux

Sr. Director:

Chile no debiera contar con políticos y actores sociales que diseñen sus estrategias a partir de expresiones desafortunadas, como lo han sido las de la «retroexcavadora» o la de «meter las manos en el bolsillo de los más ricos», generando reacciones como la del empresario Andrónico Luksic, quien advirtió que «lo que no hace patria es generar odio, lucha de clases o división». El exministro Rodrigo Hinzpeter señaló en ese momento que en el país se da «una suerte de lucha de clases del siglo XXI. Existe la instalación de una odiosidad hacia el rico y la empresa». Se trata de expresiones representativas de una ideología empresarial al más alto nivel, que se resta de los esfuerzos en la construcción de un país justo, seguro e integrado socialmente.

Se hace necesario pasar del nocivo empleo de expresiones como las señaladas al accionar de instrumentos que permitan superar las severas desigualdades y donde los empresarios no se sientan agredidos, sino que orgullosos por su contribución al bienestar de la gente.

Carlos Contreras Quina

Sr. Director:

Ha sido bueno el apoyo del Equipo del Tiempo Sinodal Magis expresado en las páginas de Mensaje a la propuesta de fondo del papa Francisco al convocar un Sínodo sobre los Jóvenes, la Fe y el Discernimiento Vocacional. Sin embargo, el lenguaje empleado puede ser más personal, de manera de no solo ilustrar, sino también comprometer. Así, en vez de llamar a la Iglesia —que es, finalmente, una institución— hay que esforzarse por atraer a la fraternidad de discípulos de Jesucristo. No basta mirar las necesidades del mundo y defender la dignidad del ser humano, cuestiones que son entre sociológicas y filosóficas. Es preciso ver a los necesitados y no solo como empobrecidos, sino sobre todo como personas alejadas de la salvación terrenal y eterna. No es suficiente mencionar la Buena Noticia, sino anunciar a Jesús enviado por el Padre con el amor del Espíritu Santo para perdonarnos y dar, a todos, vida abundante.

El discernimiento vocacional no se limita a descubrir jóvenes llamados al sacerdocio o a la consagración religiosa masculina o femenina, sino valorar la consagración por el bautismo en que Dios nos hace hijos predilectos, partícipes misteriosos de la naturaleza divina. Cada bautizado ha de vivir para la gloria de Dios, distinta de cualquier aparato público triunfal, idéntica solo a la manifestación multiforme de la bondad de Dios. El discernimiento vocacional del creyente, distinto en cada persona y en cada etapa de su maduración, es dejarse conmover por las mayores necesidades de sus circunstantes amplios y cercanos, y descubrir en los propios talentos y gracias, limitaciones personales y recursos comunitarios incluidos, los signos de su voluntad de atender a esos necesitados con máxima bondad, para entregarse con confianza a Él.

Hno. Enrique García A., F.S.C.

Sr. Director:

El sacerdote Enrique Moreno Laval SS.CC., fallecido el 25 de febrero pasado a los 76 años de edad, hizo vida aquello de «ama a tú prójimo como a ti mismo». Su feligresía lo sintió; muy especialmente la de Concepción, donde desarrolló buena parte de su sacerdocio. Abnegado, generoso, dispuesto permanentemente a ayudar a quien lo necesitara. Especialmente, dada la época en que le tocó vivir, destacó en esa cualidad frente a la situación de los perseguidos por razones políticas por la dictadura militar, secundando a los obispos José Manuel Santos y Alejandro Goic. Detenido en el Estadio Nacional en octubre de 1973, contra toda esperanza ofició misas allí a las que asistían los detenidos, creyentes o no. Esto Enrique lo recuerda con serenidad y sin rencores, en su libro Mis días en el Estadio.

Sus actividades estuvieron claramente marcadas por los principios evangélicos, manifestando una especial cercanía al hombre común e insertándose generosamente en la realidad social donde actuara. Durante muchos años, desde hace algunas décadas ya, se anticipó a lo que el papa Francisco solicita hoy a los sacerdotes: que sean pastores con olor a oveja. Su última designación como párroco fue en la Iglesia San Pedro y San Pablo de la populosa comuna de La Granja. Allí seguía las huellas del padre Esteban Gumucio SS.CC., quien actualmente es postulado a la santidad. Fue también profesor. Se desempeñó como Superior Provincial de su Congregación (1987-1993), Consejero General de la Congregación (1994-2000), por lo cual se trasladó a Roma, y luego formador en Concepción y la casa de profesos de la Provincia de Japón-Filipinas con sede en Manila. El año 2017 fundó una comunidad religiosa en la comuna Diego de Almagro. En junio próximo cumpliría 50 años de sacerdote.

Conocí a Enrique hace más de cuarenta años. Lo vi casar, bautizar, confirmar, dar la unción de los enfermos, hacer misas de despedida y dominicales, dirigir la Vicaría de la Pastoral Obrera en Concepción. Asistió y dio la extremaunción en los dramáticos momentos en que Sebastián Acevedo se inmolaba suplicando la libertad de sus hijos detenidos. Dirigió un programa de radio en Concepción, en el que dio voz a quienes entonces no tenían ninguna. Fue un destacado vicepresidente del Consejo Regional Concepción del Colegio de Periodistas en el período 1982-1984 de cuya directiva también formé parte. Eran tiempos complejos para la libertad de expresión y Enrique estuvo siempre a dispuesto a ayudar frente a situaciones complejas.

Conmueve su partida en una época en la que se necesitan, más que nunca, sacerdotes como él, entregados a ayudar a la Iglesia Católica a reencontrarse con fieles que hoy aparecen escépticos, dubitativos, desilusionados o simplemente desengañados. Podemos estar tranquilos y agradecidos de haberlo tenido y que nos haya legado lo bello, lo justo y lo bueno que significó su sacerdocio. La explicación de por qué quisimos tanto a Enrique Moreno, y lo más importante de porque, seguimos siempre confiando en su palabra.

Mónica Silva Andrade

Sr. Director:

Vi la película Una mujer fantástica y terminé conmovido y cuestionado. Conmovido por la delicadeza del director para entrar en la realidad de las personas de condición transexual. Conmovido por el modo en que las personas trans expanden nuestra experiencia del amor humano, sabiendo que participan del amor divino. Cuestionado ante tanto daño —por ignorancia, por miedo, por prejuicio, por el motivo que sea— que como sociedad y como Iglesia hemos hecho al no acoger a las personas trans. Conmovido frente al don que son las personas trans para nuestra sociedad y nuestra Iglesia, liberándonos de tanta cerrazón machista y sexista. Cuestionado como sacerdote por el modo en que los hemos hecho sentir como si no fueran hijos e hijas amados por Dios… chocheras de Dios. Cuestionado por ser parte de una cultura que les ha dado la espalda y que ha hecho experimentar a la mitad de las personas trans como si no tuvieran el derecho a vivir, empujándolos a terminar con su vida. Conmovido ante la dificultad de una familia por entender y acoger a una persona trans… conmovido ante un cuñado que hace el esfuerzo y que es consciente de su dificultad para convivir, muy a pesar suyo, con una cuñada trans.

Si es cierto que el modo en que nuestra identidad es forjada depende de factores genéticos, biográficos y sociales, no sabemos cómo va a ser en el futuro una cultura que acoge a las personas trans como hermanos y hermanas libres, iguales en dignidad, en derechos y deberes. Sin embargo, gracias a la valentía de mujeres como Daniela Vega y a la hondura de directores como Sebastián Lelio, estamos en camino de transformarnos en una cultura un poco más humana, es decir, más cercana al proyecto de Dios.

Nemo Castelli S.J.

Noviembre 2017

Sr. Director:

La reciente llegada a Chile de los refugiados sirios es un signo de los tiempos y una expresión del nuevo rol que, como país, nos corresponde asumir en esta hora de la historia. La migración, y el refugio como su expresión más dramática, es un hecho que pone de manifiesto el doloroso fracaso de no pocas naciones, y también de la comunidad internacional, que no ha logrado asegurar las condiciones básicas para que los hijos de una tierra puedan vivir y desarrollarse en paz en ella.

Quienes se han visto forzados a abandonar tierra, familia y su propia cultura por situaciones de grave pobreza y violencia son víctimas de este fracaso. Ofrecerles la acogida que merecen es reponer, al menos en parte, los derechos que les fueron conculcados.

Mientras algunos conciben que la migración constituye una amenaza, el papa Francisco, con intuición profética, ha asumido su defensa con la convicción de que se trata de uno de los asuntos más neurálgicos para nuestro tiempo. Él mismo ha propuesto a Caritas Internacional promover una campaña llamada «Compartiendo el Viaje», que pretende crear una gran cadena humana, de alcance planetario, de amor y misericordia hacia los migrantes y refugiados. Invitando a todos a promover un cambio de actitud, personal y colectivo, que supere la indiferencia y el rechazo, y descubra la belleza y la enorme oportunidad que la migración conlleva.

El desafío que, como sociedad, nos toca asumir en esta ocasión pone de manifiesto una dimensión más radical de la globalización. Migración y Refugio nos revelan un mundo en donde las fronteras no son el límite a la responsabilidad por el bien común que se hace concreto en el bien de cada persona humana.

Que el gobierno de Chile y ACNUR le hayan encomendado la gestión de este proceso a la Vicaría de Pastoral Social-Caritas nos otorga la oportunidad de colaborar en algo en lo cual la Iglesia está plenamente convencida, y que bien vale la pena poner de manifiesto cuando paralelamente se discute la nueva ley de migración. La migración es un derecho humano. Entendemos que necesita ser regulado para que se ejerza en las mejores condiciones posibles. Pero regular no es conculcar.

Galo Fernández Villaseca — Obispo Auxiliar de Santiago. Presidente del Instituto Católico de Migración INCAMI

Sr. Director:

La administración de Michelle Bachelet postergó nuevamente el envío de su proyecto de nueva Constitución. Aunque en este caso particular el motivo puede ser plausible (tomarse el tiempo necesario para sistematizar en forma adecuada una consulta indígena), no dejan de llamar la atención los modestos resultados conseguidos en esta materia hasta ahora. Después de todo, la cuestión constitucional era uno de los tres pilares del bullado programa —junto a las reformas tributaria y educacional—, pero a pocos meses de terminar su período, un Gobierno que prometió una «nueva Constitución nacida en democracia» aún no logra siquiera presentar su proyecto de nueva Carta Fundamental.

El panorama, desde luego, no parece demasiado auspicioso y por ello es necesario preguntarse cuáles son las razones que explican este cuadro. A mi entender, un motivo que influyó decisivamente en este escenario fue la narrativa refundacional que caracterizó los inicios del segundo mandato de Michelle Bachelet y el consiguiente y sistemático énfasis en los procedimientos, en desmedro de los contenidos. Ambos aspectos hacían muy difícil alcanzar los amplios acuerdos que exige un proceso de esta índole en contextos democráticos.

Hay buenas razones para plantear un cambio constitucional (el valor simbólico de toda Constitución, la ruptura de los consensos del Chile de la transición, etc.); pero, a la luz de los hechos, en el futuro probablemente conviene seguir un camino distinto al impulsado por este Gobierno. A saber, subrayar los contenidos y los puntos de encuentro entre diversos sectores políticos. Es el único modo de propiciar los acuerdos que se requieren para avanzar en la esfera constitucional.

Sin duda este enfoque implica renunciar a cierto lirismo, pero también puede llevarnos ganar en eficacia y diálogo político. Y todo indica que es precisamente eso lo que requiere este debate.

Claudio Alvarado R. — Instituto de Estudios de la Sociedad

Octubre 2017

Sr. Director:

Cuando en el Hogar de Cristo terminábamos de redactar nuestras propuestas de políticas públicas en materia de consumo problemático de alcohol y drogas para entregarlas a los candidatos presidenciales, explotó la terrible noticia del suicidio de un alumno del Colegio Alianza Francesa, semanas después de haber sido sorprendido fumando marihuana en el baño del establecimiento.

Todos quienes trabajamos seriamente en este tema sabemos cuán clave es puntualizar que no se puede establecer una relación causal entre la sanción del colegio y el suicidio del joven. Sin embargo, es imposible no reflexionar sobre la manera en que está construida nuestra legislación. La ley N° 20.000 se sostiene en la creencia a ojos cerrados de que el problema de las drogas se resuelve dentro del dominio de lo penal, concepto absolutamente contraterapéutico, además de violento y peligroso, como se hizo evidente con crudeza a la luz de este caso.

Llevamos más una década trabajando en Fundación Préntesis en un tema al que entonces se denominaba «adicción» y hoy se llama «consumo problemático». Esta no es una mera cuestión semántica. Es un cambio de paradigma en los tratamientos. En el año 2008 trajimos por primera vez al doctor en psicología Andrew Tatarsky, quien en Estados Unidos desarrolló la Psicoterapia de Reducción de Daño, como alternativa de salud pública a los modelos que criminalizan el consumo, descalifican moralmente a quienes consumen y consideran que el uso de drogas es una enfermedad.

Nosotros suscribimos el Modelo de Reducción de Daño, con principios psicoterapéuticos de aceptación incondicional y empatía. Considera que para muchas personas el uso de drogas es un intento de autocuidado, que revela una forma de hacer frente a vidas cargadas de dolor; promueve su participación en el establecimiento de los objetivos del tratamiento; asume una concepción ética respetuosa de derechos individuales, y rechaza que la abstinencia sea la única meta aceptable en los tratamientos, aunque sí la propone como meta posible.

La evidencia nos demuestra que las personas que tienen consumos crónicos y compulsivos suelen acarrear historias de traumas, abusos, situaciones críticas, donde las drogas y el alcohol surgen como una solución. El consumo es una mala solución a la que recurren personas que no tienen otra salida. Es lo que sucede con quienes viven en situación de calle, donde el alcohol asoma como la única manera de sobrellevar su condición. Puede ser también el caso de un adolescente desorientado, solitario, presionado.

No sabemos y no le corresponde a nadie especular sobre qué fue lo que le sucedió a este joven. «Sufría de tristezas que lo asediaban y que nadie supo ver. Le fallamos todos», concluyen sus compañeros en una conmovedora carta pública. Efectivamente, le fallamos como sociedad y le falló el Estado; a él y a todos quienes padecen los efectos de una ley inadecuada, la 20.000, que resulta urgente modificar.

Carlos Vöhringer — Psicólogo y director de Fundación Paréntesis

Sr. Director:

Deseamos agradecer de todo corazón la ayuda prestada por revista Mensaje a la campaña «Tu trabajo no es lo que te dan, tu trabajo es algo que tú das» de Fundación Trabajo para un Hermano. Su colaboración, sin duda, fue fundamental para el éxito de la misma y nos ayudó de manera significativa a difundir el mensaje que buscábamos entregar.

Sabemos que esta es una carrera larga y que aún queda mucho para lograr que el trabajo en Chile sea efectivamente fuente de satisfacción y dignidad para todos. Pero en Fundación Trabajo para un Hermano seguiremos avanzando en pos de ese objetivo hasta que se vuelva una realidad. Nos alegra saber que en esta cruzada contamos siempre con su ayuda incondicional.

Isabel del Campo Müllins — Gerencia Fundación Solidaria Trabajo para un Hermano

Septiembre 2017

Sr. Director:

Coincidiendo con la necesidad de mejorar las pensiones indicada en su editorial «Jubilar sin Jubilo» y sin ser experto en la materia, me gustaría compartir una serie de antecedentes que me parecen relevantes para la búsqueda de soluciones.

Las AFP han sido excelentes administradores de nuestros fondos previsionales. Desde su inicio en 1981 hasta la fecha han obtenido rentabilidades reales anuales del 8,3%, superando a cualquier otra alternativa conocida. Para dar una idea de lo que significa esto, para una persona que empezó sus cotizaciones en 1981, por cada $ 10 pesos que tiene en su cuenta individual, $ 7,8 pesos corresponden a la rentabilidad y $ 2,2 corresponden a sus aportes.

El costo de administrar nuestros fondos a diciembre del 2016 equivalía a un 0,57% de los fondos invertidos, porcentaje mucho menor que la que cobran por administración los fondos mutuos. El sistema fue diseñado a fines de la década del setenta. En esa época nuestra esperanza de vida al nacer, según el Ministerio de Salud, era de 67,2 años. Hoy felizmente nuestra esperanza de vida, según la misma fuente, es de 79,7 años. Desde el inicio hemos ahorrado el 10% de nuestros ingresos en el sistema de pensiones y hoy pretendemos lo imposible: con el mismo ahorro lograr la misma pensión durante trece años adicionales.

Las pensiones bajas que ha estado otorgando el sistema a algunos afiliados se debe principalmente a las llamadas lagunas previsionales. Hay muchos trabajadores que, por falta de trabajo, o por haber tenido trabajos informales, no han aportado al sistema por largos años. Es injusto achacarle al sistema de AFP la culpa de estas irregularidades del mundo del trabajo.

Hace muchos años que nuestras autoridades saben cuáles son las soluciones a estos problemas. Desgraciadamente, no han tenido la voluntad ni la valentía de implementarlas. Ellas son subir la cotización del 10% actual a un 15% o 18%, y aumentar la edad de jubilación, medidas que ya se han tomado en varios países desarrollados.

Finalmente, para las personas de menores ingresos que tienen lagunas previsionales, debemos subir el monto a repartir por el llamado «pilar solidario», financiándolo con fondos generales de la nación.

En lugar de profundizar el descontento, como propone el Sr. Damián Vergara mencionado en el editorial de revista Mensaje, debemos ponernos a trabajar para perfeccionar un sistema que ha sido exitoso en el cuidado de nuestros ahorros.

Fernando Echeverría Vial

Sr. Director:

El proyecto de ley presentado por el Gobierno para normar la migración representa una oportunidad para debatir con seriedad y responsabilidad ese tema.

El texto ofrece elementos positivos. Es, por ejemplo, un avance hacia una mejor consideración de los derechos de los migrantes cuando estos enfrentan sanciones: el proceso correspondiente es clarificado y regulado. Asimismo, simplifica los «tipos» de residencia, estableciendo las categorías de permanente y temporal. También favorece que los extranjeros puedan ser empleados públicos.

En ese sentido, la iniciativa de ley recoge algunos planteamientos que hemos formulado con anterioridad.

Paralelamente, el proyecto plantea otras ideas que debiéramos evaluar con tranquilidad, pues podrían representar riesgos.

Una de ellas es el establecimiento de la categoría de “visitante”, que puede prestarse para situaciones inadecuadas si no es bien administrada. Nos genera, por otra parte, alguna inquietud el otorgamiento de atribuciones a la policía en su tarea de ejercer un control que, en el caso de los límites fronterizos, podría dar espacio a arbitrariedades. Este es un punto delicado, en cuanto a que un mal acercamiento a esa materia puede generar efectos perniciosos, como un indeseable estímulo a la inmigración irregular.

De la misma manera, nos genera inquietud que el plazo que demore la tramitación de esta ley y, posteriormente, la dictación de sus reglamentos represente un periodo prolongado en el que continuarán viviendo como indocumentados unas 200.000 personas (entre ellas, 33.000 niños).

Desde la Coordinadora Nacional de Migrantes quisiéramos llamar a la comunidad y a sus representantes a estudiar adecuadamente esta propuesta. De momento, estamos preparando una Conferencia Nacional los días 21 y 22 de octubre al que puedan sumarse los migrantes interesados en debatir esta legislación —así como otras materias de importancia— sin perjuicio de que ya estamos preparándonos para entregar en las próximas semanas nuestras opiniones y propuestas al Congreso. Esta es una oportunidad crítica para avanzar en esta materia postergada desde hace años.

Rodolfo Noriega — Representante de la Coordinadora Nacional de Migrantes

Sr. Director:

Por su intermedio, quiero agradecer la última portada de la revista Mensaje, correspondiente a su edición de agosto. Al mismo tiempo, hago llegar mis sinceras felicitaciones por mostrarnos sin aspaviento ni aprovechamientos, la sensibilidad de un niño sin rostro (que los incluye a todos) y esa lágrima en solitario. Ni otro gesto… Solo la lágrima del dolor, el abandono, la impotencia, la frustración, la soledad y el miedo… Es realmente significativa y preciosa.

Gloria Bensan

Sr. Director:

La creación reciente de la Región del Ñuble es, a mi parecer, un ejemplo más de cómo las autoridades se dejan conducir por lo que creen resulta más popular, sin un adecuado análisis de los costos y beneficios involucrados. Es indudable que esa medida ha de ser vista con simpatía por quienes allí viven. Sin embargo, ¿se ha reparado en cuánto representa para el erario fiscal la creación de tantos nuevos cargos y de tanta nueva institución? Las modernas tecnologías de la información y los nuevos softwares de administración permiten perfectamente un ejercicio efectivo y a distancia de los procesos de toma de decisiones. Indudablemente, esa nueva creación de una región es también un acto revelador de que quienes hoy son nuestros representantes políticos no tienen su mirada puesta en el futuro y en las nuevas opciones, sino que siguen atrapados por cánones obsoletos.

Juan Pablo Reyes D.

Sr. Director:

Es notable la aprobación de la nueva ley de aborto, justa y necesaria para las mujeres. ¿Cómo fue posible, contra la fuerte resistencia de una poderosa minoría de mentalidad conservadora, incluida la autoridad católica? En mi opinión, la respuesta se encuentra en un cambio cultural ocurrido en Occidente desde mediados del siglo XX. Esto no ha sido comprendido por la autoridad, que sigue apegada a conceptos ya vacíos para la mayoría, pues los tiempos han cambiado.

Por meses hemos asistido a un diálogo de sordos. Donde unos creen ver un crimen atroz, otros percibimos opciones legítimas y respetables, aunque dolorosas. Es una revolución en el sentido de Thomas Kuhn. Desde un paradigma heredado, de autoridad vertical y de control, se evoluciona hacia un paradigma de diálogo, consenso y autonomía. En cierto sentido, el saber ya no es más el patrimonio de una elite iluminada, sino que es descubierto entre todos, laboriosa y amorosamente.

Desde mediados del siglo XX notables descubrimientos han ampliado los espacios de libertad en sexualidad y reproducción. La fecundidad se ha vuelto controlable en la regulación de la natalidad y en la fertilización asistida. Ha evolucionado la cultura: se acepta el divorcio y el nuevo matrimonio; la homosexualidad es descubierta como una realidad humana, no una enfermedad. Ahora no resulta razonable forzar a una madre a continuar su embarazo en condiciones trágicas. La fecundidad humana y el embrión han dejado de ser tabú y ya no son «sagrados» al modo antiguo.

Esto no ha sido comprendido por tantas personas que están sufriendo al ver desmoronarse los supuestos básicos que les daban seguridad. Son las crisis del pensamiento descritas por Kuhn, inevitables en la historia.

Estimamos discutible el papel jugado por la autoridad religiosa, desde el poder y, a veces, la amenaza, postura que ayer consiguió abolir el aborto terapéutico en dictadura y frenó su introducción en democracia durante años. Son formas de la vieja Cristiandad, estilo de poder más que de servicio.

Muchos cristianos estamos satisfechos de la aprobación de la nueva ley de aborto por el Tribunal Constitucional, que devuelve a la mujer la capacidad de decidir en dilemas trágicos. Ha cambiado el sensus fidei fidelium. Aun no se publican los fundamentos del fallo, que será interesante conocer.

Cristián Barría Iroume

Agosto 2017

Sr. Director:

Es valorable que el editorial “Jubilar sin júbilo”, de revista Mensaje de julio pasado, incluya los principales argumentos que atribuyen a las AFPs la responsabilidad de las bajas pensiones.

Señala que el Sistema previsional sería ilegítimo porque se aprobó en dictadura. Olvida que durante décadas —antes de 1973 y después de 1990— se discutió cómo mejorarlo, sin que se lograra (es aleccionador el Mensaje al país de 1970 del presidente Frei Montalva). Asimismo, el editorial sostiene que los cotizantes antiguos fueron “obligados” a cambiarse a las AFPs. La verdad es otra. Ellos se trasladaron, pues les resultó atractivo subir su sueldo liquido al reducir su cotización de casi 27% a 13%, y porque tenían conciencia, de que el sistema de reparto pagaba muy malas pensiones. Desde el Estado, en tanto, se reconocía que este era arbitrario y abusivo, sometido a influencias de grupos de presión: Dipreca es un ejemplo actual de esto último.

El editorial dice que es que el Sistema no cumplió con una “promesa” realizada hace cuarenta años de pagar buenas pensiones. Al parecer el editorialista estima que quienes confiaron en esta promesa creían que esto ocurriría a todo evento, independientemente de si se cotizaba o no. Hoy un 60% de los afiliados lo hace por menos de veinte años. Asimismo, al parecer se encontraba implícito en la “promesa” que la medicina se estancaría, manteniendo fijas las expectativas de vida. En efecto, los sistemas previsionales funcionan en base a proyecciones, que deben ser monitoreadas constantemente: para eso existen los gobiernos, los políticos, los entes reguladores y los ejecutivos de AFPs. El editorial, asimismo, lamenta las elevadas utilidades de las Administradoras. Pero si estas fuesen “cero” no cambiaría nada el monto de las pensiones. Para que estas crezcan, se debe postergar la edad de jubilación, aumentar la tasa de ahorro individual del cotizante de 10% a 18% —como ha propuesto José Pablo Arellano— y lograr una mayor frecuencia de cotizaciones.

La poca rigurosidad facilita la demagogia y la incompetencia. La Iglesia debe dar ejemplo de solidez. Tiene que ayudar a movilizarnos, a decir la verdad, a volver a lo público. Como dijo san Juan Pablo II en su visita a Chile, a amar el trabajo bien hecho. Animarnos en esfuerzos desinteresados para construir un país mejor y no en ser receptáculos de lugares comunes.

Que revista Mensaje motive verdaderamente a sus lectores a comprometerse seriamente en la construcción de un mundo mejor.

Guillermo Varas Torres

Sr. Director:

Ante la carta enviada a Mensaje por Carolina del Río sobre el rol de nuestros pastores en la implementación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, expresamos con fraternidad, pero con mucha claridad, que lo que ella señala carece de base.

En la gran mayoría de las parroquias de Santiago, la Exhortación ha sido difundida y se han formado agentes pastorales encabezados por sus párrocos para formarnos en el discernimiento y la acogida que el papa Francisco nos propone en su carta. Nuestro arzobispo, sus obispos auxiliares y vicarios están trabajando por su implementación. Tanto es así, que “La familia” es una de las prioridades pastorales de la Iglesia de Santiago este año. Entendiendo la urgencia de comprender mejor a las familias, el obispo decidió hace algunos años designar a un matrimonio como sus delegados para la Pastoral Familiar, dotando a un hombre y mujer laicos de un rol símil al de “vicarios episcopales”. Por otra parte, a los divorciados vueltos a casar se les quiere integrar y apoyar en su discernimiento, así como también a los convivientes y otras uniones informales.

“Quienes han sido casados y se han divorciado siguen siendo hijos de la Iglesia, siguen siendo bautizados, siguen siendo parte de esta, nuestra comunidad. No están excomulgados, no están separados de la Iglesia. La Iglesia quiere estar cerca de estas familias para ofrecerles la misericordia de Dios”, nos ha señalado el Arzobispo en reiteradas ocasiones.

Se está desarrollando un trabajo entre la Delegación Episcopal para la Familia y el Tribunal Interdiocesano. Es un servicio para acercarnos a los fieles que requieren de una revisión de su matrimonio sacramental inicial ya roto y que se encuentran en otra unión que no pueden formalizar ante la Iglesia. Es así como, acogiendo el llamado de papa Francisco a una “atenta y fraterna acogida” a las solicitudes de nulidad eclesiástica de matrimonios, se está aplicando la reforma papal en Santiago en busca de hacerla accesible para todos, a través de un trámite ágil y, en la medida de lo posible, de carácter gratuito.

Invitamos a no seguir extendiendo la idea de que en Chile no se está en comunión con el papa Francisco y su llamado a recorrer caminos nuevos de acogida y misericordia con todos. Pedimos que quienes emitan comentarios consulten a los organismos diocesanos pertinentes para obtener mayor información.

Diácono José Manuel Borgoño, Mónica Undurraga U. — Matrimonio delegado episcopal para la Pastoral Familiar, Arquidiócesis de Santiago

Julio 2017

Sr. Director:

En revista Mensaje de junio, teólogos alemanes proponen la ordenación de diáconos permanentes, dispensándolos del impedimento del matrimonio, como solución a la actual escasez de clero. Reconocen que estos ministros “participan ya del orden sacramental”. No obstante, parecen soslayar la identidad propia del diaconado y su naturaleza teológica específica. La vocación al diaconado permanente, aunque ha sido vista como un “orden medio” entre la jerarquía superior y el resto del pueblo de Dios (Pablo VI, Ad Pascendum, 1972), no constituye de suyo un camino hacia el sacerdocio en cualquiera de sus otros grados ni un remedial de sus dificultades. La expresión gratia sacramentalis del Concilio (LG 29; AG 16) ha sido confirmada por el magisterio posterior y ratificada en su carácter indeleble y como un ministerio estable (Pablo VI, Sacrum Diaconatus Ordinem, 1967).

Por razones largas de explicar, el Concilio fue cauto al referirse a la índole sacramental de este ministerio. No obstante, la postura doctrinal a favor de dicha sacramentalidad es mayoritaria entre los teólogos desde el siglo XII hasta hoy y halla respaldo en la praxis de la Iglesia y en la mayoría de sus pronunciamientos magisteriales (entre los recientes: CIC 1008-1009; 517.2; CEC 1538-1543). Sobre todo, la Ratio fundamentalis de 1998 afirma claramente la sacramentalidad del diaconado, así como su carácter sacramental. Lo hace desde la perspectiva de una teología común del sacramento del Orden y del carácter respectivo que imprime. Es sostenida por los partidarios del diaconado permanente (tanto para célibes como para casados) y constituye un elemento integrante de gran parte de las propuestas favorables al diaconado para las mujeres.

Esto no significa que la postura doctrinal sobre el diaconado no tenga cuestiones que requieran esclarecimiento: por ejemplo, el grado normativo de la sacramentalidad de este ministerio, la unidad y unicidad del sacramento del orden en sus diversos grados, los alcances de la distinción “Non ad sacerdotium, sed ad ministerium” y las potestades que el diaconado confiere en cuanto sacramento. En cualquier caso, estamos hoy ante un lenguaje más explícito y rotundo a favor de la índole propia de este ministerio. Introducir ex profeso la idea de ordenación de presbíteros tomados del cuerpo diaconal corre el riesgo de desdibujar su naturaleza apostólica.

A propósito de cincuenta años de la Instauración del Diaconado permanente en Chile, a festejarse en septiembre próximo, qué bien nos haría un debate amplio sobre estas cuestiones.

Marcelo Alarcón — Licenciado en Filosofía y estudiante de Teología, PUC

Sr. Director:

La carta de Pablo Walker S.J., capellán del Hogar de Cristo, en Mensaje de junio, me interpreta plenamente. Y es bueno agregar que también debemos cuidar decididamente el valor de la caridad, que queda disminuido si solo se la considera contrapunto insuficiente de la justicia. A lo largo de toda su historia, a la humanidad le ha sido imposible generar una sociedad sin pobreza ni pobres. Y lo ha intentado de mil maneras diferentes. Es entonces que recurrimos a la caridad, a compartir, a ese “dar al pobre” en el que Jesús insiste una y otra vez, porfiadamente, a lo largo de sus evangelios. Y, como solo da quien tiene más que el otro, parece que Nuestro Señor reconoce esa inevitable debilidad humana y la “corrige”, por decirlo así, desde la caridad.

Entender las exigencias de la justicia y esforzarse por llevarla a cabo, y la constante caridad, resultan imprescindibles para el cristiano en la sociedad actual.

Miguel Allamand

Sr. Director:

La Sistematización del Proceso Constituyente Indígena permitió comprobar que las demandas por un Estado plurinacional, reconocimiento constitucional, autodeterminación, autonomía y territorialidad, no responden a un grupo minoritario y extremista, sino al anhelo de una amplia base del Pueblo Mapuche dispuesta a participar en procesos institucionales promovidos por el Gobierno.

Sin embargo, el Estado chileno no parece dispuesto a conversar sobre esto, según se desprende del Informe de la última Comisión Presidencial para La Araucanía. Han muerto varias personas por la política de criminalizar esta lucha centenaria por derechos elementales. Los últimos caídos son dos mapuche.

Un Chile no racista y responsable de su historia debe dialogar, pues del reconocimiento y la justicia nacerá la paz.

David Soto S.J. — Comunidad Jesuita de Tirúa

Junio 2017

Sr. Director:

Algún día ya no nos marginaremos de un esfuerzo país argumentando que la flojera es la causa de la pobreza. Para ello está el trabajo de todos los días y esta Campaña 2017 que iniciamos en el Hogar de Cristo, “Nacer y crecer en pobreza es la más profunda vulneración a los derechos humanos. #involúcrate”. Así comienza a instalarse la sinceridad de la mirada a la pobreza como una vulneración de los Derechos Humanos. Esta perspectiva, desde la justicia social y no desde la condena moral, la instalaba el padre Hurtado hace setenta años, aprendiéndola de Jesús. Él sostenía que “una benevolencia sin justicia produce un profundo resentimiento en el interior. Lo que el hombre desea es el reconocimiento de sus derechos, de su igualdad de persona”.

Esto lo cambia todo. Es pasar de sentirnos organizaciones “de beneficencia” a garantes de derechos fundamentales, lo que implica muchos aprendizajes, también dentro del Hogar de Cristo. Implica un cambio permanente en nuestras maneras de pensar. Dejar el bienestar barato de sentirnos superiores y redistribuir las riquezas de todo tipo.

Para abandonar esta violencia estructural del dar —por caridad— retazos de lo que debemos por justicia, redescubrimos la conciencia de los derechos humanos. Es la lucidez de la dignidad igualitaria y una declaración de mínimos exigibles, de límites y obligaciones recíprocos para tratarnos como seres humanos y no como peldaños para ascender. La pobreza daña, ofende, enferma, violenta y mata. Desencadena violencias. Comienza su degradación con el sencillo acto de no reconocer como un igual al que tengo delante. “No necesita más”, “es la manzanita podrida del curso”, “están acostumbrados”. La mirada desde los derechos humanos nos hace descubrir que el más pobre no es superior ni inferior; es igual, solo que abandonado, en circunstancias que tenía el mismo derecho que yo a ser priorizado en momentos de particular vulnerabilidad. Es otro “yo”.

Que digamos “la pobreza es la más profunda vulneración a los derechos humanos” no le añade nada al padre Hurtado ni al pensamiento social de la Iglesia. Solo nos sincera con nosotros mismos y le pide perdón a quienes pretendimos dar por caridad lo que le adeudábamos por justicia. Ese cambio de switch es lo que nos acerca al ideal de hacer de Chile un país justo y digno.

Pablo Walker S.J. — Capellán del Hogar de Cristo

Sr. Director:

Quiero felicitar a Mensaje por los dos artículos incluidos en mayo sobre la posverdad. Creo que, como católicos, hemos aportado a la desvalorización de la verdad. La integración entre Misericordia y Verdad, o entre ley y Verdad, ha sacrificado en muchos medios a esta última. El desprecio a la ética —o a la ley— como innecesarias para dilucidar temas complejos, es sustituida por el entusiasmo con que la comunidad se pronuncia frente a ellas. Mientras más dadivosa la postura, más verdadera. Mientras más rebaje la ley, más libre y mejor se es. En los temas de la diversidad sexual, quienes han trabajado en ella al parecer —y subrayo “al parecer”— han adoptado los predicamentos de las ONGs dedicadas al tema. No hay nada que recuerde la cita bíblica de “dejará el hombre a su padre y a su madre”. La ley de aborto se ha dejado librada a la conciencia, pero a una tal, que nadie recuerda que esta no es infalible y que —en el caso nuestro— debe apoyarse en el magisterio de la Iglesia. Se repite hasta la saciedad que nadie está en posesión de la verdad. Esta afirmación taxativa pareciera alcanzar a Dios mismo y a su revelación. Asumo que esta tesis apunta a la complejidad de comprender ciertas realidades y no a que no se pueda conocer parte de ellas, o bien que dos contradicciones puedan ser simultáneamente verdaderas. Son aseveraciones repetidas hasta el hartazgo por “laicos comprometidos” de que la Iglesia está desfasada en cincuenta años y que hacen pensar en una institución ciega que vive en la periferia de lo auténtico.

Esto ha hecho mella. Me ha tocado escuchar en ceremonias religiosas que el sacerdote convoca a los asistentes a dirigirse a Dios, “cualquiera que sea la idea que se tenga de este”. Como que esto no fuese relevante. Cada uno construye a su dios –o a su pelele–, que confirma las cosas tal como él las ve.

Nos ha faltado agudeza y nos ha sobrado simpleza al abordar los temas más significativos que nos aquejan como sociedad. Con esto hemos hecho una contribución sustancial a debilitar la Verdad como virtud cardinal para la construcción de un mundo humano. La inclusión se hace desde la Verdad, es desde ella que se deben abrir caminos para una vida posible, sin amedrentarse frente a presiones de grupos que se presentan como adalides de esta, en circunstancias de que son campeones de las contradicciones y de la sin verdad.

Ojalá Mensaje persevere en este esfuerzo.

Rodrigo Pablo

Mayo 2017

Sr. Director:

La Esperanza y las Nuevas Generaciones conviven en el mismo camino.

Trabajo en la docencia desde hace más de tres décadas y me siento habilitado para diagnosticar que somos responsables de que los nuevos hombres, los que hoy son niños y adolescentes, sufren de una orfandad afectiva tremenda y están en “desconexión emocional” con todas las propuestas que ofrecemos los adultos.

Los hemos sobrecargado con acciones y propuestas que no les significan nada respecto de sus expectativas y sueños. La consecuencia es que están sufriendo de déficit afectivo.

Llevamos mucho tiempo hablando de la Educación, incluso con el predominio de quienes no están en las aulas, para enfocarnos en reformas de diverso tipo y no nos hemos detenido a pensar en qué estamos haciendo realmente. No hemos tenido una reflexión profunda sobre las consecuencias que tendrá el modelo educativo que concretamente impacta sobre los jóvenes. Sin embargo, aún hay Esperanza. Son muchos de ellos los que valoran inmensamente la Justicia, la Equidad, la Solidaridad y la Inclusión, y sienten que por ese camino podrán enmendar lo que está sin sentido ni horizonte.

Los adultos no debemos agobiarlos con discursos ni rutinas docentes que los desmotivan o tensionan. Debemos lograr que aprendan y no solo memoricen, pues hacemos de la evaluación un calendario tan extenso que les limita su desarrollo integral. Debemos ser más creativos, caminar con ellos y hacerles sentir que los necesitamos.

Los actuales jóvenes necesitan credibilidad, proyectos claros y alcanzables, materias y prácticas que den sentido al aprendizaje, que les permitan construirse como personas. Es decir, tenemos que ser capaces de acercar Experiencia (adultos) con Esperanza (jóvenes), para que, en el proceso de Aprendizaje y Formación, se reencuentren con los Valores trascendentales de una sociedad, aquellos que son “pilares” del Buen Trato, la Justicia y la Equidad.

En el centro de nuestra preocupación por la enseñanza, debemos situar la tarea de encariñarlos a ellos con el mundo y sus posibilidades para todos. No gastemos energías, leyes y discursos, hablando de igualdad o derechos, sino que démosles la oportunidad de que sean un aporte y puedan Ver, Juzgar y Actuar en base a sus proyectos y propuestas.

Benjamín García V. — Profesor

Sr. Director:

El artículo “Amoris Laetitia y los divorciados vueltos a casar”, publicado en Mensaje n° 657, nos invita esencialmente a reflexionar acerca de la auténtica “voluntad de Dios”, que algunos confunden a menudo con las leyes institucionales de la Iglesia. Sin embargo, al contrario de lo que sugiere el predominio del discurso oficial, deseo remarcar que la voluntad de Dios es misteriosa. No olvidemos que, desde tiempos inmemoriales, pedimos que “se haga en la tierra como en el cielo”. Esto implica que nuestras aspiraciones deben ser objeto de una oración y no materia de imposición ni reglamentación. Tampoco esa voluntad divina está vinculada a una doctrina determinada. Podemos discutir si está relacionada con el tema del matrimonio declarado, como se intenta hacer en la usual expresión de que este es “signo de la alianza de Cristo con su Iglesia” (a mi parecer, esta es una analogía imperfecta, pues la Alianza a la que se pueda comprometer un hombre nunca llegará a equipararse en perfección con “la Alianza de Cristo con la Iglesia”). Llegando al tema del acceso a los sacramentos por parte de los divorciados, se debe aclarar que no estamos hablando de premios ni regalías. Los sacramentos son modos de encuentro con Dios. ¿Cómo puede negarse su posibilidad para algunos?

Sobre esas materias, se requiere una reflexión sostenida.

Paul Buchet

Sr. Director:

Habiéndose cumplido ya más de un año de la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, su lectura parece haber dejado poca huella en la Iglesia de nuestro país. La Conferencia Episcopal chilena no ha formulado propuestas en relación con el documento. ¿Por qué? ¿El miedo a los cambios la ha paralizado? ¿Dónde está la escucha atenta del “gozo y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre —y la mujer— de nuestros días” (GS 1)? El papa Francisco escuchó ese clamor y propuso un itinerario muy claro de acogida a las personas divorciadas y en segunda unión, que se sienten y están en las fronteras de la Iglesia. Sin embargo, nuestros obispos no parecen acusar recibo de la solicitud papal de que los episcopados expresen criterios para llevar a la práctica un camino de búsqueda y conversión. Y si lo hacen, no nos enteramos.

El Santo Padre quiere reformar la Iglesia, pero para ello necesita de las conferencias episcopales locales. Requiere que los obispos se “tomen el Evangelio” y lo hagan suyo, que lo hagan carne en sus manos para ser capaces de trazar líneas de acuerdo a la realidad de cada país. Nada de eso se observa en Chile.

Como teóloga, he recibido muchas preguntas de personas que ansían hablar para regularizar sus situaciones matrimoniales, atendiendo a lo que plantea Amoris Laetitia. Se han sentido atraídas por el llamado del Papa, pero también relegadas por sus propios pastores. No están buscando una respuesta teológica, ¡buscan acogida pastoral! Y no la encuentran. Esto es grave. Muy grave.

Llevamos años con una Jerarquía focalizada en el “ideal” de familia. Hoy, cuando el papa Francisco habla de diversas familias, “de un interpelante ‘collage’ formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños” (AL 57), nuestros pastores no lideran una pastoral del reencuentro y acogida a esas realidades. ¿Dónde está la “pastoral positiva, acogedora, que posibilita una profundización gradual de las exigencias del Evangelio”? (AL 38).

Doy gracias a Dios “porque muchas familias, que están lejos de considerarse perfectas, viven en el amor, realizan su vocación y siguen adelante, aunque caigan muchas veces a lo largo del camino” (AL 57). Gracias a Dios, hay algunos pastores —unos pocos— y laicos y laicas comprometidos con el Evangelio de Jesucristo que han comprendido que no pueden seguir esperando las orientaciones de la Jerarquía —aunque agradecerían tenerlas— para avanzar en el trabajo con los divorciados vueltos a casar. Después de un año de publicada Amoris Laetitia, ese será el camino, sin duda, y se abre un campo inexplorado de creatividad que puede dar mucho fruto.

Carolina del Río Mena — Teóloga

Sr. Director:

Ante la propuesta de algunos parlamentarios de reducir por ley la jornada laboral sin reducir remuneraciones, deseo formular una opinión.

El progreso de un país se traduce tanto en mayor ingreso como en mayor tiempo libre. Por eso es que los salarios en Chile no solo superan con creces los de cien años atrás, sino que trabajamos 45 horas a la semana en lugar de una jornada de sol a sol. Es nuestra mayor productividad lo que nos permite trabajar menos, y no al revés. Si bien habrá algunos trabajos en que reducir la jornada podría elevar la productividad, ¿será así para la mayoría? No lo creo. Al trabajar 40 horas en lugar de 45 horas, ¿transportará un micrero el mismo número de pasajeros? ¿Cosechará lo mismo un campesino? ¿Atenderá un cajero de banco el mismo número de clientes? ¿Tratará un médico el mismo número de pacientes (sin sacrificar calidad)? ¿Venderá lo mismo el dependiente en una tienda de departamentos? Una maestra, ¿puede enseñar lo mismo trabajando cinco horas menos por semana?

Me parece que en la gran mayoría de los trabajos no se producirá lo mismo en una jornada de 40 horas que en una de 45, sino que probablemente será 11% menos. Esto implica que la verdadera opción está entre ganar más y trabajar 45 horas, o ganar menos (11%) y trabajar 40… ¡Ah!, pero la propuesta impide bajar los salarios… ¿Será así? Ciertamente, disminuirá el ingreso semanal y mensual del trabajador contratado por hora. Y ¿qué será de los contratados por un sueldo mensual? Si bien el proyecto dice que se deberá mantener el sueldo, no se podrá impedir que el trabajador nuevo se contrate por 11% menos. Es decir, el que tiene un sueldo de $500.000 lo mantendrá, pero la persona que después sea contratada por la misma labor solo recibirá $445.000. Asimismo, ese trabajador que hoy gana $500.000 y que en cinco años más ganaría $600.000, verá un menor aumento de sueldo: en cinco años más estará ganando $534.000 con 40 horas versus $600.000 con 45 horas. O sea, todo el costo terminará siendo absorbido por el trabajador. Frente a esas alternativas, y dado los bajos ingresos en Chile, pienso que la gran mayoría de chilenos preferirá ganar 11% más ($600.000) y trabajar 45 horas, en lugar de ganar 11% menos ($534.000) y trabajar 40 horas.

Otra cosa será cuando nuestra productividad alcance la europea. Ahí sí que podremos trabajar menos horas y, además, tener un mayor ingreso. Mas la productividad no se eleva por decreto, sino por mayor y mejor formación, más maquinaría, tecnología más moderna y mejor gestión. Por eso es difícil mejorar la productividad por decreto, aunque fácil reducir la jornada por decreto.

Joseph Ramos — Economista. Presidente de la Comisión Nacional de Productividad

Marzo-abril 2017

Sr. Director:

Pueden ser razonables algunos fundamentos del proyecto de ley que tramita el Senado para prohibir a los docentes que envíen tareas para el hogar. Sin embargo, ¿realmente la sobrecarga de ellas es hoy uno de los problemas de fondo en la educación? Y, si así fuera, ¿le corresponde al Congreso resolver esta cuestión? ¿No debería ser la propia escuela la llamada a liderar una solución al respecto? ¿Por qué no lo ha hecho?

Una respuesta es que la escuela, como sistema, vive hoy una tensión que la distrae de su verdadera misión. Ella es receptora de la neurosis de nuestra sociedad profundamente individualista, centrada en el consumo y la competencia. En ella no somos ciudadanos, sino consumidores que exigimos derechos, pues pagamos. Esto se expresa al interior de la comunidad escolar, desvirtuando objetivos.

Desde una perspectiva humanista y trascendente, la escuela busca formar personas íntegras, capaces de desarrollar habilidades intelectuales, emocionales y sociales que las faculten para construir su proyecto de vida. Se suponía que el cambio a una Jornada Escolar Completa (mayo, 1996) ayudaría a esa finalidad. La favorecería por medio de la música, el arte, el deporte, el teatro. Pero ¿qué hicimos con ese espacio? Lo llenamos de más contenidos tradicionales, ¡pues los alumnos debían mejorar sus resultados académicos! Hoy sabemos que el impacto de este cambio fue escaso. La obsesión por los puntajes (SIMCE y PSU) fue creciendo y la escuela empezó a invadir el espacio de la casa. Que los profesores manden tareas es expresión de un modelo escolar que ha perdido el foco de su misión. Se buscan resultados y no una educación verdaderamente integral.

¡Y ahora resulta que serán los senadores de la República quienes van a corregir esta situación! La señal no puede ser peor. Quitar autoridad a los educadores, e impedir que ejerzan los criterios propios del ejercicio de su profesión, solo debilita a la escuela como sistema, minimizando el rol de los profesores ante la comunidad. Flaco favor. La singularidad, el ritmo de aprendizaje o el nivel de exigencia son cuestiones propias del quehacer educativo. No las pueden administrar los apoderados, los sostenedores ni los legisladores.

Por un lado, declaramos inclusión y formación integral, pero, por otro, seguimos actuando con la misma inconsistencia de siempre; dando señales equívocas y no apuntando al fondo de la cuestión. Lamentablemente, una vez más, en relación a la escuela y sus desafíos, volvemos a colocar “la carreta delante de los bueyes”.

Juan Ignacio Canales — Profesor

Sr. Director:

Hemos recordado recientemente que hace cuarenta años fue creada la Vicaría de Pastoral Obrera, institución que nos sigue recordando la especial preocupación de la Iglesia en Chile por el mundo del trabajo.

Su creación el 9 de marzo de 1977 nos trae a la memoria un contexto social y político difícil en la historia de nuestra patria, donde trabajadores y trabajadoras sufrían persecución y abusos. La sensibilidad de la Iglesia por el ámbito laboral se remontaba a las primeras manifestaciones de su Doctrina Social y, en el caso específico de Chile, al empeño que pusieron en la primera mitad del siglo XX figuras como los sacerdotes jesuitas Fernando Vives y san Alberto Hurtado, en formar instituciones que manifestaran esa preocupación por la situación de los trabajadores. En la década del sesenta en la Iglesia ya se había vivido un importante proceso que lleva a plantear la idea de elaborar una pastoral que propusiera una acción evangelizadora específicamente orientada hacia el mundo obrero, misión en la que destacamos a José Aguilera, el presbítero Segundo Galilea, David Farrel, Felipe Tomic y el recordado padre Alfonso Baeza.

El legado de la Vicaría ha inspirado el caminar de la Iglesia en Chile. Ella potenció la formación sindical, brindó asesoría legal a las organizaciones sindicales que sobrevivieron tras la dictadura y promovió encuentros que favorecieron la reflexión y la capacitación. Tal como aquellos discípulos, a ejemplo de Jesús, buscamos seguir siendo voz de los sin voz: trabajadores con sueldos de hambre, obreros que tras años de esfuerzo deben conformarse con pensiones miserables, y hombres y mujeres, tanto compatriotas como de otras nacionalidades, que sueñan con una nueva y mejor vida en nuestra tierra.

Es por ello que hoy continuamos con la formación en escuelas y talleres sindicales, acompañando a cientos de personas y asociaciones en temas de derecho laboral y visibilizando las nuevas realidades a través del portal sindical.cl. Por medio de estas instancias hacemos un llamado a la sociedad, trabajadores y empleadores, emprendedores y empresarios, pues creemos que es posible mejorar la calidad del trabajo para construir un país mejor. “He venido a traer vida y vida en abundancia”, dice Jesucristo… no permitamos que muchos de nuestros hermanos no vivan hoy dignamente, sino que apenas sobrevivan”.

Andrés Moro Vargas — Vicario de Pastoral Social Caritas, Arzobispado de Santiago

Sr. Director:

En nuestro país requerimos un nuevo paradigma respecto del trabajo. Eso lo apreciamos desde nuestra actividad, desde hace ya treinta y cinco años, en la Fundación Trabajo para un Hermano. Todo ese tiempo nos hemos dedicado a crear conciencia acerca del valor y la dignidad de la actividad laboral como un aspecto esencial de la vida humana.

En un primer momento, en los años ochenta, la situación apremiante era la alta tasa de desempleo. En consecuencia, nuestra labor apuntó a generar convicción en las autoridades sobre la importancia de poner el Trabajo como una cuestión central de las políticas públicas, además de realizar actividades que contribuyeran a bajar la cifra de desempleo. Hoy la realidad es distinta. No nos enfrentamos a altas tasas de desempleo, pero constatamos que para una cantidad muy importante de trabajadores existe una alta insatisfacción con sus ocupaciones.

Estudios serios en el mundo —como el de Gallup, “State of the American Workplace”— muestran en forma sistemática que desde el año 2000 que existe un altísimo y preocupante 70% de personas que no se sienten comprometidas ni satisfechas con su trabajo: incluso más, un 20% se encuentra activamente descomprometida e insatisfecha.

Esta insatisfacción estructural se basa fundamentalmente en los paradigmas dominantes. Ellos entienden el trabajo como una mercancía, como un peso, como algo externo al trabajador. En definitiva, como algo que se le da al trabajador. Así, es habitual que los discursos de las autoridades, empresarios y medios de comunicación se hable de “dar trabajo”.

Desde nuestra Fundación queremos invitar a la sociedad chilena a reflexionar sobre este tema. Nuestra propuesta es cambiar el eje de la idea que tenemos sobre el trabajo y decir que: “Tu trabajo no es algo que te dan, tu trabajo es algo que tú das”. Este, aparentemente, sencillo cambio implica repensar y resignificar completamente la idea del trabajo. Significa empoderar al trabajador como sujeto activo de su trabajo y como actor en sus decisiones laborales, ya no recibiendo lo que le dan, sino que ofreciendo lo que es y su vocación por lo que quiere hacer.
Es por eso que a fines de abril iniciaremos una campaña para invitar a los chilenos a sumarse a una reflexión nacional que ayude a reconocer de mejor manera a muchos hombres y mujeres que día a día aportan a nuestra sociedad. Es necesario hacerlo, en la que debiera ser nuestra permanente búsqueda de una sociedad más justa y cohesionada.

Mauricio Rojas Mujica — Vicepresidente, Fundación Trabajo para un Hermano

Sr. Director:

Qué hermosa expresión de religiosidad popular pudimos observar a comienzos de febrero en la Gruta de Lourdes, en una nueva vigilia del Canto a lo Divino. Fue, concretamente, la número cuarenta, con participación de medio centenar de intérpretes que en décimas rimadas nos recordaban los misterios de nuestra fe. Es una tradición exclusiva de Chile, que aún se expresa con vigor. Es un gran valor de nuestra nacionalidad que esta se mantenga en el tiempo, tan vivamente, proyectando la encomiable tarea de los jesuitas y otros religiosos que en el siglo XVI introdujeron esta forma de evangelización. Tengo la convicción de que tradiciones como esta nos sostienen vinculados con lo más esencial de la nacionalidad chilena y por eso merecen más espacio y reconocimiento. Qué bueno resultaría que, en nuestra sociedad impactada por tantos disvalores, existiese un mejor esfuerzo de divulgación de manifestaciones como estas, tan profundas de nuestro ser chileno.

Javier Masferrer Z.

Sr. Director:

Una violación se ejerce bajo la coacción de un poder extremo y una violencia deshumanizadora. En nuestro debate actual, al aborto se le intenta privar de estas características, pero sí las tiene. Al embrión humano se le niega la condición de ser vivo diferente a la madre. Al no tener en sus inicios un “rostro”, se anula la otredad entre la madre y él, que es un nuevo ser completamente pasivo y amorosamente dependiente. Se ejerce entonces violencia física contra el embrión y psicológica contra la mujer que lo realiza, bajo la necesidad de destruir lo horrorosamente extraño. Esta violencia permanece en quienes la ejercen como “un trauma enquistado”, bajo la forma de profundo desgarro interior. Las únicas respuestas a estas violencias del ego, en sus formas de reconciliación y perdón, es “el amor que permite ser en el sentido más profundo… Es la libertad más íntima del uno hacia el otro” (san Agustín).

Dr. Sergio Canals Lambarri — Psiquiatra Infantojuvenil

Enero-febrero 2017

Sr. Director:

Fue en el año 1969 cuando, a través de cinco discursos radiofónicos poco conocidos, el entonces teólogo Joseph Ratzinger exponía su visión sobre el futuro del hombre y la Iglesia. Allí, quien después se convertiría en el papa Benedicto XVI presagiaba el caminar de la Iglesia para los siglos venideros. Sus predicciones no fueron desafortunadas ya que gran parte de lo anunciado tiene vigencia en pleno siglo XXI. Entonces hablaba de “una Iglesia redimensionada, con menos seguidores, obligada incluso a abandonar buena parte de los lugares de culto que ha construido a lo largo de los siglos. Una Iglesia católica de minoría, poco influyente en las decisiones políticas, socialmente irrelevante, humillada y obligada a ‘volver a empezar desde los orígenes’”.

En ese momento, los teólogos Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac y el mismo Ratzinger estaban convencidos de que la Iglesia en general iba hacia un proceso de “cambio”, como aquel que se vivió después de la Ilustración y de la Revolución francesa, o como aquel que ocurrió en la Baja Edad media, cuando la sociedad de esa época iba perdiendo su eje en Dios para saltar a la exaltación del hombre por el hombre, es decir, cambiaba de ser una sociedad teocéntrica a una antropocéntrica. Coincido con ellos. Hemos llegado a un punto de inflexión.

Si el teólogo Ratzinger comparaba la época actual con la del papa Pío VI, raptado por las tropas de la República francesa y muerto en prisión en el año 1799, se entiende por qué en aquella época la Iglesia se encontró frente a frente con una fuerza que pretendía cancelarla para siempre. Hoy nuestra realidad como Iglesia nos golpea como el viento fuerte en el rostro. Cuando creíamos que los sacerdotes y religiosos se constituirían en los garantes del Evangelio y su praxis, aparece la tentación de reducirlos a meros “asistentes sociales”, como también el ejercicio de su caridad a un simple trámite filantrópico, y muchas veces, poco evangélico. Por eso es importante reconocer que, ante la crisis general de la Iglesia, sin duda esta ha perdido mucho. Sin embargo, es “justo y necesario”, como señala la liturgia.

Después de esta crisis, la Iglesia tendrá que volver a empezar desde sus orígenes, rescatando lo esencial del mensaje evangélico. Ya no será capaz de habitar los edificios que construyó en tiempos de prosperidad. Son cada vez más las iniciativas pastorales que se abandonan o no se materializan por la escasez de personal. Han disminuido mucho los asistentes a los cultos. Ha perdido peso en materia de opinión pública. En el futuro tendrá que aglutinar a pequeños grupos, alentando la fe de las “minorías creyentes” y reavivar su propia experiencia de fe. Sin duda, Ratzinger no se equivocó en su vaticinio de “Iglesia indigente” cuando dijo: “Será una Iglesia más espiritual, que no suscribirá un mandato político coqueteando ya con la Izquierda, ya con la Derecha. Será pobre y se convertirá en la Iglesia de los indigentes”.

Creo que la Iglesia vive un “retraso cultural”. Se puso a defender enfoques que estuvieron de moda en un momento y no alcanzó a ser efectiva en su discurso o accionar. Aquellos que promovieron líneas de pensamiento o ciertos criterios, se dieron cuenta de que, pasado un tiempo, estos no tuvieron mayor valor ni sentido. Como Iglesia, hemos apostado a conceptos o formas de ver la sociedad que ya son anacrónicos y están fuera de lugar.

Sin embargo, no todo es desazón y desesperanza. En este Año de la Misericordia hemos aprendido que le será posible renacer, por más disminuida o poco influyente que se encuentre, como lo decía en su discurso el teólogo Ratzinger, aunque sin duda será más orante y más espiritual.

Encabezada por el papa Francisco, nuestra institución continúa en su tarea de plasmarse en una nueva Iglesia, cuyo primer principio sea el de la pedagogía de la misericordia y la pastoral de la auténtica caridad. Una Iglesia más cerca de sus fieles, abierta a los diferentes contextos sociales, disponible y acogedora a todo criterio de hospitalidad, deseosa de entender y acoger lo que hoy se entiende por “familia”, a la que siempre deberá orientar en su camino. Tendrá que ser una Iglesia asertiva y creíble en su testimonio evangélico. También una que, a través de esta enorme sacudida, pueda reencontrarse a sí misma y renacer más humilde y espiritual. La invitación que nos queda es a redescubrirla en su contexto para reconsiderar qué nos falta por construir: ¡Aquel pequeño rebaño de creyentes como algo completamente nuevo!

Fredy Peña Tobar ssp.

Sr. Director:

A poco menos de un año de la próxima elección presidencial, predominan en el debate político las preocupaciones sobre precandidatos, procedimientos de definición de los candidatos, pactos electorales, alianzas políticas y la importancia que tendrán las encuestas en la toma de decisiones.

Todo ello es razonable. Sin embargo, se olvida un elemento crucial: el programa de gobierno o, al menos, sus lineamientos generales. Esta hoja de ruta debiera contener una visión del país hacia el cual se aspira avanzar, con miradas de largo plazo, y no solo acerca de la coyuntura o a las temáticas hoy presentes en la agenda pública.

En ese sentido, ¿cuál es el espacio en el que se está llevando a cabo esa discusión programática y quiénes la están conduciendo? ¿En los partidos políticos? ¿O entre los grupos de cercanos, asesores y expertos, que acompañan a los candidatos? ¿O en otro tipo e instancias?

Desde la Ciencia Política se sostiene que los partidos políticos debieran ser espacios privilegiados de discusión. Canalizar intereses y demandas, y configurar propuestas acordes a su ideología. Debatir alternativas, tomar posición respecto a los problemas públicos y establecer prioridades. Asimismo, se espera que entre sus simpatizantes existan expertos que pudieran alimentar las propuestas, rol que también podrían cumplir centros de estudio. Buenos candidatos debieran estar rodeados de buenos expertos, que proponen y definen. Pero ¿y si no es así? Al menos es razonable cuestionar cómo alcanzan sus espacios de influencia y transparentar que sus definiciones quedan a acotadas a un pequeño grupo de personas, y que, por tanto, existirán sesgos en las alternativas a discutir. También pueden generarse instancias participativas e inclusivas de otros actores relevantes. Encuentros ciudadanos, plataformas web y otros espacios pueden ser un medio para recoger visiones desde distintos sectores. Esto permite ampliar la discusión. Sin embargo, los criterios de priorización de las temáticas no siempre son claros, como tampoco el carácter vinculante de estas instancias, existiendo el riesgo de que sean participativas de fachada.

En rigor, las tres alternativas no son excluyentes y pudieran complementarse de manera virtuosa. El punto aquí es que hoy, salvo algunas excepciones, se desconoce cuáles están siendo utilizadas por los candidatos. Algunos han anunciado que socializarán sus programas próximamente. Ya es tiempo de hacerlo.

Cecilia Osorio G. — Directora Ciencia Política, U. Alberto Hurtado

Sr. Director:

El año 2016 fue un año de muchas partidas. Algunas las lamentamos. Otras, no. Entre estas últimas, la del programa “SQP” de Chilevisión.

La farándula en Chile, de la cual ese espacio fue durante años su precursor, corrió el límite de lo privado, haciendo público aquello que debería ser del resguardo de la intimidad. Enseñó a millones que el morbo es noticia lícita. Validó la cultura de que es válida cualquier cosa por la fama y por tener un par de segundos en pantalla.

Si ya Sartori alertaba que el homo videns –aquel que solo entiende lo que ve con sus ojos– causaba daño a la civilización occidental pues todo el pensamiento liberal democrático occidental es una construcción abstracta, el homo farandulis provoca un perjuicio social peor: a la falta de reflexión adiciona el placer por el morbo y la exposición de la vida íntima de quienes gozan del atributo de ser “famosos”.

Según un estudio del Consejo Nacional de Televisión, la gente ve farándula por curiosidad –se declaran copuchentos–, por entretención y porque les hace reír. Asimismo, porque les resultan ligeros y fáciles los contenidos y los temas, ya que no requieren reflexión ni análisis. Los más atractivos para ellos son los engaños e infidelidades de los famosos, los aspectos ocultos de sus vidas o la curiosidad malsana, como, por ejemplo, cuánto ganan.

Pan y circo, como en la decadencia romana.

El homo farandulis, de alguna manera, es la causa de la apatía ciudadana, pues el telespectador aprendió a focalizarse en lo inmediato en lugar de exigir cambios que requieren de más reflexión que la mera sensación de satisfacción inmediata que provoca la pantalla. Eso conlleva abstención y desidia. La farándula ya causó un daño más profundo del que nuestra sociedad podía aguantar.

Adiós, ”SQP”. Te vas demasiado tarde, como esos convidados de piedra que uno debió echar antes de su casa. Ojalá que el que te reemplace no sea peor.

Marcelo Brunet B. — Abogado