Chad: Ser niña otra vez

El Servicio Jesuita a Refugiados ayuda a las familias refugiadas a encontrar soluciones conjuntas que tengan como objetivo garantizar el bienestar de todas las niñas y los niños. Sobre todo, estas soluciones deben permitirles ir a la escuela, ya que la educación juega un papel clave en las situaciones de emergencia.

Laura Lora

25 junio, 2018, 12:17 pm
7 mins

Más de la mitad de las niñas y niños refugiados en edad escolar en el Chad no están matriculados en ninguna escuela. Muchos de los más de 100 mil menores no inscritos nacieron en campamentos de refugiados después de que sus familias huyeran del conflicto en su Darfur natal. Ese conflicto, sin visos de terminar a corto plazo, ha impedido a los refugiados darfuríes regresar a sus hogares durante más de una década.

Djamila tiene 12 años, y hasta hace muy poco estaba entre el 56% de las niñas y niños refugiados en edad escolar en el Chad que no iban a la escuela. Al igual que muchas otras niñas y niños de su edad, ella debe trabajar para ayudar a sostener a su familia.

La primera vez que la vi, inmediatamente me llamó la atención el hecho de que parecía estar ante una persona adulta atrapada en un cuerpo de niña. Lo que más me impresionó fue la enorme responsabilidad que había asumido: ¡cómo gestionaba la casa, cuidaba de sus hermanas y hermanos pequeños, e incluso de su abuela!

En el mercado, donde trabaja todas las tardes, no pierde detalle de su labor. A su lado, casi inmóvil, está su hermana de cinco años. Les ofrecí algunas galletas: Djamila, demostrando una madurez precoz, invitó a su hermana a tomar una y guardó las otras para repartirlas. Después de pasar el día con las dos, llegué a la conclusión de que estas niñas habían perdido su inocencia, una inocencia desparecida por su condición de personas desplazadas, una inocencia que sería difícil de recuperar.

Días después de mi encuentro con Djamila, fui por primera vez a uno de los espacios adecuados para niñas y niños que el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) gestiona en los campamentos de refugiados sudaneses en el este del Chad, como parte de su programa de protección infantil. El objetivo de estos espacios es garantizar el bienestar de los menores, ofreciéndoles un lugar seguro donde, entre otras cosas, puedan realizar actividades recreativas y educativas, y también recibir asistencia psicosocial.

Debo admitir que mis expectativas antes de mi visita no eran muy altas, “en definitiva, es solo una sala de juegos”, pensé.

Cuando llegué, encontré un pequeño edificio con paredes coloridas cubiertas con dibujos de niños. Afuera, había un pequeño patio de recreo donde unos treinta niños y niñas jugaban al aire libre. El ruido era ensordecedor. Cantaban, bailaban… y, en un segundo, estaba rodeada de aviones de juguete que se deslizaban a mi alrededor, mientras pequeños doctores examinaban a sus animales de peluche con mucho interés.

Una de las niñas no dejaba de mirarme, como si esperara de mí algo más que una simple sonrisa; fue entonces cuando Mady, una trabajadora social del equipo de Goz Beïda del JRS, me dijo quién era: “Laura, esta es Djamila”.

¿Cómo era posible que no la hubiera reconocido?

Por un segundo, cuando miré sus rasgos, no podía creerlo: parecía tener cinco años menos. Mostraba una sonrisa de oreja a oreja y se podía ver en sus ojos la inocencia que no había podido percibir el día en que la conocí en el mercado. Incluso sus gestos y movimientos eran diferentes, mucho más infantiles. Sin saber exactamente qué era lo que había provocado un sentimiento tan agridulce en mí, me acerqué a ella y la abracé.

Hoy puedo decir que esa experiencia fue el momento más emocionante de mi estancia en el Chad. Sentimientos encontrados. Por un lado, me sentía culpable por haber asumido la falsa certeza de que estos niños nunca podrían recuperar su inocencia, por haberlos dado por perdidos. Por otro lado, sentía la alegría y la satisfacción de comprender la importancia de jugar, de saber que tienen estos espacios en los que pueden permitirse ser niñas y niños, aunque solo sea por unos momentos durante el día.

Al proteger la infancia, el JRS ayuda a las familias refugiadas a encontrar soluciones conjuntas que tengan como objetivo garantizar el bienestar de todas las niñas y los niños. Sobre todo, estas soluciones deben permitirles ir a la escuela, ya que la educación juega un papel clave en las situaciones de emergencia. Afortunadamente, y gracias al programa de protección de la infancia, Djamila comenzó a asistir a la escuela.

Pero hasta que todas las niñas y niños puedan matricularse, es importante que tengan espacios en los que puedan participar, ser escuchados y, por supuesto, ejercer algo tan básico y, a la vez, tan olvidado como el derecho a jugar.

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Fuente: http://es.jrs.net

Responsable de comunicación, Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) África Occidental.