Colombia: “Pensaba que tendría que irme del país”

Hace tres años, Génifer se inscribió en una escuela donde aprendió cocina tradicional colombiana.

Génifer Paola Serna creció en Quibdó, la capital del departamento del Chocó, en el oeste colombiano. Debido al conflicto armado y la violencia generalizada, tuvo que abandonar su hogar y trasladarse a Buenaventura, una ciudad costera del Valle del Cauca y la más empobrecida de Colombia, con un 91% de la población viviendo en la línea de pobreza o por debajo de ella.

Génifer no quería quedar hundida en la pobreza ni permanecer invisible al resto del mundo, como tantos desplazados internos en Colombia. “Hubo momentos con tanta violencia a mi alrededor que pensé en irme del país”, dice. Sin embargo, tenía que cuidar de su pequeña hija y eso le dio la fortaleza y resiliencia necesarias para seguir soñando con una vida mejor en Colombia y encontrar formas de hacer realidad ese sueño.

Hace tres años, Génifer se inscribió en una escuela donde aprendió cocina tradicional colombiana. A los pocos meses, ella y tres compañeras de clase se habían convertido en expertas en cocadas, un dulce a base de coco, típico de toda América Latina, muy popular en Colombia. Las cuatro mujeres juntaron sus ahorros para comprar los ingredientes con que hacer las cocadas que venderían en la calle. El plan funcionó: los dulces salieron tan buenos que se agotaron al final de su primer día.

Ese fue el comienzo de un floreciente negocio y la escuela les permitió usar su cocina mientras seguían matriculadas. Ya graduadas, sin embargo, Génifer y sus amigas necesitaban una alternativa. Probaron una cocina de leña, pero el humo afectó el sabor de las cocadas y las ventas se desplomaron. Un cliente les avaló un préstamo para que comprasen una buena cocina. “Estábamos tan asustadas por la deuda que nos quedamos con una cocina de un solo fogón”, recuerda. “Estábamos produciendo cocadas en dos sabores, coco y maracuyá, y hacer eso en un solo fogón lleva demasiado tiempo”.

En 2017, Génifer y sus socias descubrieron al Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) Colombia. Con su ayuda adquirieron una cocina con varios fogones y se matricularon en un curso básico de contabilidad para administrar mejor el negocio. Las cuatro jóvenes empresarias ahora están vendiendo un promedio de 500 cocadas al día. “Muchas personas nos las encargan, así ya no tenemos que ir por las calles para venderlas”, cuenta una Génifer, feliz y orgullosa.

El héroe de esta historia no es el JRS. La determinación, la habilidad y el ingenio corresponden a Génifer y sus amigas; nosotros nos limitamos a ayudarlas.

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Fuente: http://es.jrs.net

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