Compañeros de ruta o la fe como relación interpersonal

La fe humana comienza con una experiencia de sobresalto ante una presencia distinta a la mía con la cual me puedo reconocer.

Con el corazón inquieto que mira con esperanza el futuro.

El psicoanálisis ha establecido que los procesos de autoafirmación y autoformación humana surgen del llamado estadio del espejo. Me gusta mucho la explicación que de él ofrece Alfonso Mendiola (2013), cuando dice que este estadio o etapa supone que el niño/a está sobre los brazos de un adulto frente a un espejo, que luego el infante mira al espejo y que por esa mirada se da vuelta, porque ha visto su reflejo y ha visto al adulto que lo sostiene. Al girar y mirar el pequeño se reconoce sostenido y con derecho a existir, literalmente con posibilidad de salir de sí y, por ende, con las garantías de poder comprenderse como un sujeto que comparte un mundo organizado y diferenciado a la vez. Aquí se abre la relación, la fe como confianza y el comienzo de la ruta compartida. De esto quisiera escribir mi columna semanal.

¿Por qué hablar de la fe? ¿Qué le ofrece la fe de manera concreta y real a la estructura humana? Sin caer en una suerte de boutade, el primer lugar común que se puede reconocer es que la fe ofrece una suerte de garantía para vivir la relación interpersonal. Siguiendo el tema del espejo, el niño precisa ser sostenido por otro. Casi de modo extremadamente lógico no puede sostenerse a sí mismo, sino que se comprende necesariamente como vinculado a otra existencia que permite la propia existencia. En el espejo el niño se reconoce y se diferencia. Ahí hay un punto central: la fe como relación o como espacio de lo interpersonal implica justamente la capacidad de reconocer, de mirar y de mirar-diferenciándose. Este modo inicial de comprenderse como vinculado es lo que autores como Pedro Trigo (2013) llaman la fe humana, es decir, los modos particulares en los cuales los sujetos nos relacionamos con otros sujetos. El niño precisa el espejo, al adulto y su visión que comienza a comprender. El mundo se organiza a través de las mediaciones que posibilitan la autocomprensión: espejo, ojos, adulto.

Saberse compañero de ruta abre un espacio en donde el ego, ese pequeño dios que quiere ser satisfecho (¡así funciona el ego!… ¡así tendemos a funcionar… a veces!), debe ir comprendiendo que está expuesto a la pérdida, sobre todo de la satisfacción egoísta. En una relación personal, cualquiera sea (amorosa, de amistad, de trabajo…) uno va comprendiendo que el mundo se comparte con otros seres humanos a los cuales los reconozco como aquellos que pueblan mi mundo. Por ellos ejercito constantemente la elección libre de amarlos en su vulnerabilidad, que es también mi vulnerabilidad, a querer estar vinculado a sus vidas y, por consiguiente, a comprender que la comprensión de mi propia historia está sostenida por otras vidas, así como en el espejo. Esto es quizás lo más interesante del proceso de ser seres humanos, a saber, el que podemos entrar en la comprensión consciente de que no nos damos la vida a nosotros mismos, sino que nos la dan, de que no estamos solos, sino que estamos con otros, de que no aprendemos a vivir y organizar el mundo solos, sino que en vínculo con otros. La alteridad, por tanto, es el modo básico de la construcción de la identidad y del proceso de apertura a la fe, a la relación y a la vida propiamente humana.

En una relación personal, cualquiera sea (amorosa, de amistad, de trabajo…) uno va comprendiendo que el mundo se comparte con otros seres humanos a los cuales los reconozco como aquellos que pueblan mi mundo.

El ensayista chino Francois Cheng (1929), en su libro Acerca del alma (2017) (¡altamente recomendado!), ofrece siete cartas que le escribió a una amiga de la cual no sabemos su nombre. Las cartas tienen un aire de nostalgia como alguna vez me susurraron al corazón. El género epistolar permite, pienso, que el alma se escriba sin la pretensión del ensayo totalmente organizado, sino que es la posibilidad de decir algo desde la premura del corazón que quiere salir por la boca, así como en el llanto. En la primera carta, Cheng escribe: «Del encuentro de dos personas, un mediodía de primavera en el subterráneo parisién, nació una emoción intensa que revelaba una verdad más duradera que nuestras contingencias». Cuando leí esta idea anoté al margen del párrafo el nombre del cuentista chileno Poli Délano. En uno de sus cuentos titulado «En la misma esquina del mundo», Délano narra que un hombre chileno y una mujer uruguaya se encuentran en una calle de y que luego de comenzar a conversar el hombre le dice a la mujer: «Olemos a sur, sabes». ¡Ahí aconteció el milagro del reconocimiento mutuo!

De algún modo la fe humana comienza con una experiencia de sobresalto ante una presencia distinta a la mía con la cual me puedo reconocer. Ante el aroma del encuentro el corazón se hace pequeño, porque terminamos dándonos cuenta de que algo se ha reconectado en nosotros, o quizás un perdón se ha ofrecido, o un milagro imperceptible ha emergido gratuito, ese milagro que te hace mirar con esperanza y corazón inquieto el futuro que se espera y desea ya no solo para uno, sino que para el uno en abrazo generoso con el otro.


Imagen: Pexels.

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