La Santísima Trinidad nos recuerda que en nuestro corazón late la comunión. Una comunión que no es fusión entre iguales, sino la común-unión entre los diferentes.
Dios es comunión y es relación; y nosotros, creados a su imagen y semejanza (Gn 1,26), estamos llamados a ser un reflejo de su amor. En nuestras entrañas, palpita incanzable la nostalgia trinitaria de ser todos uno (Jn 17,21), de vivir en paz y en fraternidad. Sin embargo, el reto es grande y, a veces, los hilos frágiles de esa comunión, que estamos llamados a tejer con paciente ternura y delicada compasión, se enredan o se rompen. Es entonces donde el conflicto se hace inevitable: malentenidos, malinterpretaciones, incomprensiones, distancias; muros y silencios invaden a nuestras comunidades.
A veces, los hilos frágiles de esa comunión, que estamos llamados a tejer con paciente ternura y delicada compasión, se enredan o se rompen. Es entonces donde el conflicto se hace inevitable.
La Santísima Trinidad nos recuerda que en nuestro corazón late la comunión. Una comunión que no es fusión entre iguales, sino la común-unión entre los diferentes. Asumir el llamado trinitario de la comunión es asumir la complejidad de las relaciones, la riqueza de la diversidad y la inevitable divergencia, no solo de opiniones, sino también de historias, heridas, culturas y sensibilidades. Así, me atrevo a decir que el conflicto es parte de la comunión. Huir del conflicto es perderse la oportunidad de tejer verdaderos vínculos de fraternidad entre personas maduras que saben dialogar, hablar de frente con verdad y saben escuchar con caridad.
En el acto artesanal de tejer comunión, muchos de los conflictos nos vienen por no aceptar las diferencias y por querer, inútilmente, ser amigos de todos. Las relaciones son un misterio y las simpatías y antipatías, inexplicables. La amistad siempre es un don que se da espontáneamente, sin pensarse ni planearse; es un momento súbito de gracia en el que, repentinamente, reconoces en la otra persona una parte de tu alma y viceversa. Sin embargo, aunque no todos podemos ser amigos; sí estamos llamados a ser hermanos todos de todos, más allá de filias y fobias. No le temas al conflicto, hazle frente con reverente caridad, pues la comunión, cuando es auténtica, ha de pasar por el conflicto.
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