Cristo resucitado es la causa de nuestra fe y esperanza, de nuestra alegría y paz

Lo propio de la Iglesia es anunciar a Jesucristo como el único redentor de la humanidad, “porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4,12).

Hermanos en Jesucristo:

El Señor resucitó de entre los muertos y vive para siempre, glorioso e inmortal. Cristo resucitado es la causa de nuestra fe y esperanza, de nuestra alegría y paz. Nadie más que Él puede salvar y dar la vida eterna, porque es el único con el poder de vencer el pecado y la muerte, introducidos en el mundo por la desobediencia a Dios de nuestros primeros padres, bajo el influjo tentador del demonio.

Ningún poder de este mundo puede oponerse a nuestro victorioso Señor. Cristo, el manso y humilde cordero llevado al matadero, el que “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,8), es ahora “el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra” (Ap 1,5). Jesucristo tiene todo el poder y nada se le escapa de sus manos. La Iglesia, Esposa amada de Cristo, y todos los cristianos participamos de esta victoria, porque Dios Padre “con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef 2,6). Porque Cristo ha resucitado y vive glorioso, la Iglesia exulta y grita de alegría, al igual que hemos de hacerlo nosotros.

Cristo está sentado a la diestra del Padre y por eso puede “también salvar perfectamente a los que por Él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hb 7,25). Así la gloria del Señor resucitado puede, aquí y ahora, inundar con su gracia nuestras mentes y nuestros corazones, aún en medio de nuestras cruces de cada día. Además, la fe en la Resurrección fortalece la esperanza, pues sabemos “que Aquel que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús” (2 Cor 4,14).

La Iglesia ha sido enviada al mundo para anunciar a Cristo resucitado y hacer partícipes a todos los hombres de su vida divina por medio de los Sacramentos, especialmente el Bautismo y la Eucaristía. La Iglesia no se anuncia a sí misma, menos lo podemos hacer nosotros. Lo nuestro es anunciar a Jesucristo como el único redentor de la humanidad, “porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4,12).

Los que no son de Cristo se empecinan en rechazarlo. Hoy quieren silenciar el nombre de Cristo a través de hacernos caer en la tentación de pensar que, porque somos pecadores, es una hipocresía confesar nuestra fe en Cristo. No es así, porque el testimonio cristiano es que, efectivamente, somos pecadores y que Cristo es el único Salvador. Tengamos confianza, porque es verdad que muchos “harán la guerra al Cordero, pero el Cordero, como es Señor de Señores y Rey de Reyes, los vencerá en unión con los suyos, los llamados y elegidos y fieles” (Ap 17,14).

+ Francisco Javier Stegmeier
Obispo de Villarrica

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Fuente: Comunicaciones Villarrica / www.iglesia.cl

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