Cuando el «sí» se transforma en vida

La pregunta de Jesús sigue resonando entre nosotras y nosotros: no solamente qué dijimos, sino qué hicimos con aquello que dijimos creer.

Domingo 27 de septiembre de 2026
Una lectura feminista de Mateo 21, 28-32.

La parábola de los dos hijos que encontramos en Mateo 21, 28-32 es un relato breve, pero profundamente provocador. Jesús presenta a un padre que pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a su viña. El primero responde que no quiere ir, pero posteriormente cambia de parecer y va. El segundo responde afirmativamente, diciendo «sí, señor», pero finalmente no cumple aquello que había dicho. Frente a esta escena, Jesús pregunta cuál de los dos hizo la voluntad de su padre. La respuesta parece evidente: no fue quien pronunció las palabras correctas, sino quien finalmente actuó.

Este relato adquiere una particular profundidad cuando lo leemos desde una perspectiva de teología feminista. Jesús pone en tensión la palabra y la acción, pero también cuestiona una religiosidad basada en las apariencias, en la obediencia formal y en la pretensión de poseer la verdad. La parábola nos invita a mirar más allá de aquello que declaramos creer para preguntarnos qué efectos concretos tiene nuestra fe en la vida de las personas.

El segundo hijo representa, en cierto sentido, la seguridad de quien sabe responder aquello que se espera de él. Su «sí» es inmediato y aparentemente correcto. Sin embargo, ese sí no produce ninguna transformación. Es una palabra que no llega a convertirse en práctica. El primer hijo, en cambio, comienza desde la resistencia. Dice que no, pero posteriormente reconsidera su decisión y se pone en camino. Jesús introduce así una dimensión profundamente humana de la fe: podemos cambiar, podemos revisar nuestras decisiones y podemos transformar nuestro modo de relacionarnos con aquello que se nos presenta como una llamada.

Esta dimensión resulta especialmente significativa para una lectura feminista. Durante siglos, muchas mujeres hemos recibido una educación religiosa y social en la que el «sí» ha sido presentado como una virtud casi incuestionable. Se nos ha enseñado a servir, cuidar, sostener, acompañar y estar disponibles. Muchas veces se ha esperado de nosotras una disposición permanente hacia las necesidades de otras personas, incluso cuando eso significa postergar nuestras propias necesidades, nuestros límites y nuestros deseos. En determinados contextos religiosos, esta disposición ha llegado incluso a confundirse con la voluntad de Dios.

Por eso, la parábola puede ayudarnos a recuperar el valor de una palabra que muchas veces ha sido considerada problemática: el «no». No todo «no» es una expresión de egoísmo, rebeldía o falta de fe. Existen «no» que protegen la vida, que establecen límites frente a la violencia, que interrumpen relaciones dañinas y que permiten recuperar la dignidad. Hay «no» que nacen del cansancio y de la necesidad de detenerse, pero también hay «no» profundamente proféticos, capaces de cuestionar aquello que durante mucho tiempo se ha presentado como normal, natural o incluso como voluntad divina.

El primer hijo no queda definido por su primera respuesta. Su «no» no constituye el final de su historia. Él puede reconsiderar, cambiar y actuar. Esta posibilidad de transformación también constituye una buena noticia para nuestras vidas. La fe no tiene por qué ser comprendida como la obligación de tener siempre la respuesta correcta. Puede ser también un proceso en el que aprendemos, nos equivocamos, revisamos nuestras decisiones y volvemos a comenzar.

Pero Jesús lleva la parábola todavía más lejos. Inmediatamente después de este relato, habla de publicanos y prostitutas y afirma que ellos están entrando antes que determinados representantes religiosos en el Reino de Dios. Esta afirmación no es un detalle secundario. Jesús está alterando las jerarquías establecidas por quienes se consideran capaces de determinar quién es digno y quién no lo es. Aquellas personas que habían sido ubicadas en los márgenes aparecen ahora como protagonistas de una experiencia de fe que los sectores religiosos dominantes no habían sabido reconocer.

Aquí la teología feminista encuentra una clave fundamental para la lectura del texto. La experiencia de Dios no puede separarse de las relaciones de poder que atraviesan nuestros cuerpos, nuestras comunidades y nuestras instituciones. Durante mucho tiempo, las interpretaciones teológicas han sido construidas principalmente desde experiencias masculinas y patriarcales, y posteriormente presentadas como universales. Las mujeres hemos sido muchas veces objeto de discursos teológicos que definieron nuestra identidad, nuestra sexualidad, nuestra maternidad, nuestros cuerpos y nuestra participación en las comunidades de fe, sin que necesariamente nuestras propias experiencias fueran escuchadas.

Una lectura feminista del Evangelio busca precisamente recuperar esas voces y experiencias que han sido silenciadas o consideradas secundarias. No se trata simplemente de incorporar mujeres a una estructura que permanece intacta, sino de preguntarnos cómo cambian nuestra comprensión de Dios y de la fe cuando quienes históricamente han estado en los márgenes pueden interpretar sus propias experiencias y hablar desde ellas.

La parábola de Jesús nos permite entonces formular una pregunta incómoda para nuestras comunidades: ¿qué ocurre cuando nuestra confesión de fe dice una cosa, pero nuestras prácticas dicen otra? Podemos afirmar que creemos en el amor y, al mismo tiempo, sostener estructuras que producen exclusión. Podemos hablar de justicia y permanecer indiferentes ante la violencia. Podemos proclamar la dignidad de toda persona y establecer condiciones para decidir quién puede pertenecer. Podemos utilizar palabras profundamente religiosas y, sin embargo, reproducir relaciones de poder que dañan.

La parábola de Jesús nos permite entonces formular una pregunta incómoda para nuestras comunidades: ¿qué ocurre cuando nuestra confesión de fe dice una cosa, pero nuestras prácticas dicen otra?

El Evangelio nos recuerda que la fe no puede quedar reducida a una declaración. La fe tiene consecuencias concretas. Se expresa en la manera en que tratamos a quienes están a nuestro alrededor, en la forma en que utilizamos el poder que tenemos, en nuestra disposición a escuchar a quienes han sido silenciados y en nuestra capacidad para reconocer cuándo nuestras propias estructuras necesitan ser transformadas.

Desde una teología feminista, esto implica también revisar las imágenes que hemos construido acerca de la Divinidad. Si hemos heredado imágenes de una Divinidad asociada exclusivamente con autoridad, poder, dominio y obediencia, necesitamos preguntarnos qué tipo de relaciones humanas pueden producir esas imágenes. Una comprensión diferente de la Divinidad puede abrirnos hacia una experiencia marcada por la relacionalidad, el cuidado, la justicia y la afirmación de la vida.

Por eso, la pregunta de Jesús no debería llevarnos únicamente a identificar cuál de los dos hijos somos. También puede invitarnos a mirar nuestras comunidades y preguntarnos qué tipo de fe estamos construyendo. ¿Una fe que necesita obediencia y silencio, o una fe capaz de escuchar, dialogar y transformarse? ¿Una fe preocupada por mantener apariencias religiosas, o una fe comprometida con la vida concreta de las personas? ¿Una fe que utiliza a Dios para controlar, o una experiencia de la Divinidad que libera y afirma la dignidad de cada persona?

Tal vez uno de los mayores desafíos de este Evangelio sea comprender que nuestro primer «no» no tiene por qué definirnos, del mismo modo que nuestro primer «sí» tampoco garantiza que estemos viviendo aquello que proclamamos. Lo decisivo está en el camino que seguimos después de nuestras palabras. Podemos cambiar, aprender, reconocer nuestros errores y volver a caminar.

La viña puede ser comprendida, entonces, como una imagen de la vida compartida. Es el lugar donde nuestra fe se encuentra con la realidad y donde nuestras palabras deben convertirse en acciones concretas. Allí se juega nuestra capacidad de cuidar, de reparar, de acompañar y de construir relaciones más justas. Allí se hace visible si aquello que proclamamos acerca de la Divinidad realmente se traduce en una vida que afirma a las personas o si permanece solamente como un discurso.

Quizás por eso este Evangelio nos invita a revisar nuestros propios «sí» y nuestros propios «no». Hay momentos en que decir sí significa comprometernos con la vida, con la justicia y con el cuidado. Hay otros momentos en que decir no es precisamente una manera de defender la vida frente a aquello que la destruye. Discernir la diferencia requiere libertad, conciencia y una disposición permanente a dejarnos transformar.

El desafío del Evangelio no parece ser, entonces, aprender a decir siempre «sí». Es aprender a vivir de manera coherente aquello que decimos creer. Es permitir que nuestra fe se convierta en práctica y que nuestra comprensión de la Divinidad produzca relaciones donde la dignidad de cada persona pueda ser reconocida y afirmada.

Porque finalmente, Jesús no pone el acento en quién pronunció las palabras más correctas. Lo pone en quien fue capaz de ponerse en camino.

Y quizás ahí se encuentre también una invitación para nuestras comunidades: pasar de una fe que simplemente habla de la vida a una fe que se compromete con ella; de una religiosidad que exige obediencia a una espiritualidad capaz de discernir; de una imagen de la Divinidad asociada al dominio a una comprensión de la Divinidad afirmativa y relacional.

Una fe que no tenga miedo de revisar sus propias respuestas.
Una fe que pueda reconocer sus errores.
Una fe que escuche las voces de quienes han estado en los márgenes.
Una fe que se atreva a decir «no» frente a la violencia y «sí» frente a la vida.
Porque, al final, quizá la pregunta de Jesús siga resonando entre nosotras y nosotros: no solamente qué dijimos, sino qué hicimos con aquello que dijimos creer.


Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.

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