De renuncias, dimisiones y cambios

Estos años de convulsiones nos han lanzado a la realidad de que no hace falta seguir corriendo sin saber cuándo tendremos que parar.

Epidemias, volcanes, guerras, crisis… parece que estos dos años largos —larguísimos— están dando el fruto de un cambio de valores, de expectativas, de necesidades en todos nosotros. Finalmente, no hemos salido mejores, pero sí hemos aprendido algunas cosas sobre nosotros mismos y lo que realmente queremos en la vida.

Este es el contexto, creo, desde el que podemos acercarnos a dos fenómenos más o menos silenciosos, pero muy reales: la gran renuncia y la dimisión silenciosa. De momento ocurren con mucha fuerza en EE.UU., pero si miras y preguntas a tu alrededor podrás ir notando que quizás sin esos nombres tan rimbombantes, también en nuestro entorno está ocurriendo. Ese amigo que ha decidió no volver a la ciudad después de irse al pueblo a teletrabajar. Esa otra amiga que ha dejado la empresa grande para lanzarse a un negocio pequeño, con el que llevaba tiempo soñando. Tu primo que ha renunciado a un ascenso porque le quitaba tiempo con la familia. O ese otro compañero de trabajo que dice que no le compensa hacer tantas horas extras para nada.

Podemos acercarnos a dos fenómenos más o menos silenciosos, pero muy reales: la gran renuncia y la dimisión silenciosa.

Lo que se esconde detrás de estos dos movimientos de los que nos llegan ecos es que estos años de convulsiones nos han lanzado a la realidad de que no hace falta seguir corriendo sin saber cuándo tendremos que parar. El confinamiento, desde luego, pero también todo lo que ha venido después, nos ha revelado, para el que ha querido escucharlo, la verdad de que la prisa es el primer signo del mal camino. Frenar no es un síntoma de debilidad, sino de tomarse las cosas en serio.

Y claro está, el primer ámbito en que esto repercute es en nuestro trabajo. Sobre todo, revelándonos que trabajar sin límites no es nuestra primera obligación. Ni siquiera la segunda. Es cierto que puede ser un buen parche, una buena escapada de la realidad. Pero no es sostenible, ni tan solo a medio plazo.

El trabajo como tal, desde luego que puede ser fuente de satisfacción y plenitud. Pero poner en él todas nuestras esperanzas de realización personal se nos está quedando pequeño en este tiempo convulso. Creo que este es el catalizador de la gran renuncia o la dimisión silenciosa. No dedicarme a aquello que me resta tiempo, energías, deseos de los otros lugares en los que mi vida se realiza: familia, amigos… pero también deseos, llamadas que me vienen de esta realidad de la que nos vamos haciendo, aunque sea a base de sustos, más conscientes de su fragilidad.

Quizás el paso adelante esté en darnos cuenta de que más que en el trabajo tenemos que centrar nuestro esfuerzo en nuestra misión. En conectar nuestro esfuerzo con el “para qué estoy yo aquí”, y en ese diálogo dejarnos sorprender, silenciosamente, sin forzar. Renunciando a lo que nos lo impida, frenando los excesos que nos agoten. Seguros de que somos más de lo que somos capaces de hacer.


Fuente: https://pastoralsj.org / Imagen: Pexels.

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