Debemos renovar nuestra fe en el poder de la gracia de Cristo. Él es el único que puede establecer la civilización del amor

…Renovando por dentro al hombre y a la sociedad, en la espera de su segunda venida.

Hermanos en Jesucristo:

Después de estar cuarenta días resucitado entre los Apóstoles, Cristo “fue elevado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos” (Hch 1, 9). Este domingo celebraremos la Ascensión del Señor al Cielo. Esto significa que, a Cristo, quien “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz, Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre” (Fil 2,8-11).

La Ascensión de Cristo no debe entenderse en el sentido de un alejarse de nosotros y del mundo, sino que es la culminación de la glorificación del Hijo de Dios hecho hombre. Él es el Señor que, con su gracia redentora, su verdad y su amor, abarca a toda la humanidad y su historia. Él es el Rey del Universo. La Ascensión es un modo nuevo de estar Cristo en medio de nosotros a través de la Iglesia.

Cristo se une a cada persona de un modo invisible, pero real. Por eso antes de su Ascensión, dijo: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Quien recibe el don de la fe se une a Cristo al escuchar su Palabra y recibir los Sacramentos de vida eterna. Entre la Ascensión de Jesús y su gloriosa venida al final de los tiempos, los cristianos caminamos por este mundo fortalecidos y animados por Él mismo, sobre todo por la comunión de su Cuerpo y su Sangre.

La certeza de la presencia del Señor en la Iglesia nos hace vivir en alegría y a anunciar el Evangelio a todos, aun siendo nosotros pecadores y viviendo en medio de dificultades y persecuciones. Esta presencia nos recuerda que el centro de la Iglesia es Cristo. Él la hace ser siempre eficaz en la comunicación de su salvación por el envío del Espíritu Santo.

Estamos tentados a poner la confianza en nuestras propias ideas y fuerzas. Entonces ponemos el énfasis en las obras humanas, dejando en un segundo plano los medios sobrenaturales de la Palabra de Dios, los Sacramentos y la oración. Corremos el peligro de que no sea la sola voluntad de Dios la que oriente nuestras decisiones, sino la adaptación a criterios mundanos, aparentemente más eficaces, pero que se oponen a la venida del Reino de Cristo. En nombre de la “realidad”, se deja de considerar la divina revelación como la única norma del pensamiento y de la acción de la Iglesia y de los cristianos.

Hoy debemos renovar nuestra fe en el poder de la gracia de Cristo. Él es el único que puede establecer la civilización del amor, renovando por dentro al hombre y a la sociedad, en la espera de su segunda venida.

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Fuente: Comunicaciones Villarrica / www.iglesia.cl

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