Detenerse a mirar los pájaros

El milagro supone una mirada atenta de parte del que mira —o mejor contempla— la gran trama cotidiana. Mirar los pájaros es abrirnos al milagro, poner atención en aquello que está ahí pero que espera ser visto.

Las metáforas animales siempre han sido utilizadas por la literatura para hablar de las experiencias humanas. Las búsquedas, las preguntas, los momentos de inquietud e incertidumbre, las alegrías y las esperanzas encuentran en las metáforas un verdadero caudal a través del cual se amplía el gran río de la vida. De eso quisiera hablar en esta columna: de las metáforas y de cómo detenerse a mirar los pájaros es un momento en donde la humanidad amorosa se vive en su hondura.

Un antiguo poema sufí del siglo XI llamado «La conferencia de los pájaros» y escrito por el poeta Farid Uddin Attar, cuenta cómo treinta aves se reunieron para decidir quién iba a ser su guía espiritual. A través de metáforas, imágenes alegóricas y narraciones poéticas se cuenta que los pájaros eligen al ave Simurg («el gran pájaro») como su benevolente guía. Los pájaros, para el poema sufí, constituyen verdaderas metáforas que permiten adentrarse en los espacios vitales. La metáfora, con ello, abre la posibilidad de pensar desde otros lugares, con otras formas, con otras alas. Por su parte, la escritora uruguaya Ida Vitale, en su libro De plantas y animales (2019), un verdadero bestiario y catálogo de vegetación, recuerda que en todas las épocas las aves han sido utilizadas como espacios de pensamiento de lo humano. El mismo Jesús utilizó a los pájaros del cielo para articular su predicación (Mt 6,26).

¿Por qué los seres humanos de todas las épocas nos hemos detenido, siquiera un momento, a mirar a estas creaturas aladas? ¿Qué encontramos en ellas que nos impacta de manera tan profunda? ¿Por qué, en definitiva, detenerse a mirar los pájaros? Quizás sea la libertad de los pájaros lo que nos hace detenernos y mirar sus movimientos, relajarnos con sus cantos, completar el paisaje con su vuelo. El ave tiene una libertad distinta a la del ser humano. Así lo escribe el poeta español Miguel Veyrat en su poemario Razón del mirlo (2009). Escribe Miguel Veyrat: «El ave/ no tiene mente – su memoria no es la/ suya; libre de toda razón humana/ ignora la muerte que le aguarda/ entre las sombras impasibles/ de la extinción de la especie». Quizás podrá ser una posibilidad. En definitiva, la posibilidad es eso: un espacio por evidenciar, un lugar por descubrir, un relato por contar.

¿Por qué los seres humanos de todas las épocas nos hemos detenido, siquiera un momento, a mirar a estas creaturas aladas? ¿Qué encontramos en ellas que nos impacta de manera tan profunda?

Pero creo que otra posibilidad, otro gesto y mirada puede tensionarnos hacia la hondura de las aves. Ellas, al formar parte del gran concierto de la creación, y desde una mirada creyente, son un verdadero milagro. Recuerdo a Martin Buber en su libro sobre Moisés, que dice que el milagro supone una mirada atenta de parte del que mira —o mejor contempla— la gran trama cotidiana. Mirar los pájaros es abrirnos al milagro, poner atención en aquello que está ahí pero que espera ser visto.

Cuando nos detenemos a mirar los pájaros, los peces, los árboles, o cuando nos sentamos en una banca a tomar un café compartido o un helado a medias, estamos adentrándonos en la hondura de la contemplación. Así funciona la metáfora, el lenguaje poético que no produce materialidad pero que sí abre la imaginación y la sensibilidad o los gestos cotidianos de la vida compartida. Siempre son un exceso, un lenguaje que desborda, un espacio para pensar de otro modo.

Y, quizás, en ese lenguaje amplio, está el verdadero milagro.


Imagen: Pexels.

logo

Suscríbete a Revista Mensaje y accede a todos nuestros contenidos

Shopping cart0
Aún no agregaste productos.
Seguir viendo
0