«Dichosas las pobres de espíritu, porque de ellas es el Reino de los cielos»

Dios camina con nosotras y transforma incluso el dolor en esperanza.

Domingo 1 de febrero de 2026
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25–5, 12.

Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. 

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. 

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. 

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense, entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».

Palabra del Señor.

Queridas hermanas, el Evangelio de Mateo nos presenta a Jesús rodeado de multitudes: y ahí, con Él, también mujeres, hermanas, heridas, enfermas, buscadoras de sentido. Y Jesús, ante todo, entrega un mensaje sin reproches ni exigencias, que nos enseña el camino de la verdadera felicidad.

El Evangelio de Mateo nos presenta a Jesús rodeado de multitudes: y ahí, con Él, también mujeres, hermanas, heridas, enfermas, buscadoras de sentido.

Así nacen las Bienaventuranzas, el corazón de su mensaje que nos llama a cada una a la reflexión y también a la esperanza.

«Felices las pobres de espíritu». No se trata solo de pobreza material, sino de reconocer que necesitamos a Dios, que es Padre y Madre, porque no lo podemos todo solas, dejemos espacio para que Dios actúe en la cotidianidad de nuestras vidas.

«Felices las que lloran». Jesús no desprecia nuestro dolor, al contrario, nos reconforta y nos da la fortaleza interior para comprender que ningún dolor vivido con amor se pierde.

«Felices las mansas y las que trabajan por la paz». En un mundo marcado por la violencia hacia la mujer, que nuestra lucha diaria sea la paz y la unidad en igualdad de oportunidades y de elegir cómo vivir.

«Felices las perseguidas por causa de la justicia». Seguir a Jesús no siempre será fácil, pero Él nos asegura que vale la pena la lucha y la sed de justicia, porque, como mujeres, nos marca el camino diario, que es permanecer fiel al llamado, y aunque habrá incomprensión, la recompensa será la promesa del Reino de Dios.

Hermanas, las Bienaventuranzas no son un ideal imposible, son el retrato de Jesús y el camino que Él nos invita a recorrer como mujeres de fe. La verdadera felicidad no depende de lo que tenemos, sino de cómo vivimos delante de Dios.

Este Evangelio nos invita a revisar nuestra idea de felicidad. Nos pregunta con suavidad pero con fuerza: ¿En qué pongo mi seguridad? ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida?

Las Bienaventuranzas no son solo promesas futuras; son una forma nueva de vivir el hoy, confiando en que Dios camina con nosotras y transforma incluso el dolor en esperanza.

Que nuestro propósito como mujeres Iglesia sea en humildad y sencillez para que la felicidad sea siempre el camino y no la meta.


Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.

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