Dios, hiato de la vida creyente y de la teología

El hiato tiene que ver con espacios, discursos y formas a través de los cuales se desafía nuestro querer controlar los intersticios que dan forma a la vida humana.

Si revisamos la definición que la RAE nos ofrece sobre qué es un hiato, encontramos las siguientes acepciones: (2) Referida a la anatomía hace referencia a una hendidura o fisura. (5) La quinta acepción, que según la REA es poco usada, hace referencia a una abertura o grieta. También encontramos la mención del hiato en estudios del psicoanálisis. Así por ejemplo, Alexandra Kohan (2020) menciona que el hiato, junto con ser una “hendidura” o “desgarro” (muy en la perspectiva de la definición de diccionario), tiene que ver con los intermedios que surgen entre el conocimiento, los discursos o las escrituras de los sujetos intervinientes en el proceso psicoanalítico. El hiato, para Kohan, se aplica en la relación entre el amado y lo amado, o entre la amada y el amado, y permite comprender que por ese espacio generado al medio de la relación nace el deseo.

Este deseo que menciona la psicoanalista argentina tiene que ver con lo que irrumpe o lo que interrumpe la normalidad de los procesos humanos, quiebre que supone que el sujeto debe estar dispuesto a lo que nace sin ser condicionado. En palabras de Anne Dufourmantelle —citada en Kohan—, “no se puede esperar el amor, no se puede pre-venir: el amor está constantemente a contra-tiempo”. Por ello el amor o el deseo, en la argumentación de Kohan, son aquellas formas que no podemos controlar, que aparecen sin condicionarlas y que, por tanto, suponen de parte del sujeto que accede a dichas experiencias una apertura a lo nuevo. Para Kohan aquí ocurre la dimensión de la escritura y del saber, y de indicar que escribimos y preguntamos porque aquello que nos llega como acontecimiento, es decir como novedad total, escapa de nuestros criterios de comprensión. El hiato, por tanto, tiene que ver con esos espacios, discursos y formas a través de los cuales se desafía nuestro querer controlar los intersticios que dan forma a la vida humana.

Escribimos y preguntamos porque aquello que nos llega como acontecimiento, es decir como novedad total, escapa de nuestros criterios de comprensión.

Desde estas cuestiones teóricas, quisiera pensar en qué sentido Dios constituye el hiato fundamental o constitutivo de la vida creyente y de la teología. Las ubico en ese orden en cuanto la teología solo surge a partir de la experiencia que hacemos con Dios. La teología es la inteligencia, el discurso o la escritura que organiza o sistematiza las principales cuestiones relativas a la experiencia creyente. Si Dios es el hiato deberíamos indicar, en primer lugar, que su Presencia acontece como algo que no está supeditado al deseo humano. Dios es aquella fuente originaria que toma la iniciativa libre de darse a conocer, de entablar diálogo y relación con los seres humanos. Él nos amó primero (1 Jn 4). En cuanto fuente originaria y no condicionada, el ser humano debe comprender que su actuación en la historia se articula desde un profundo movimiento de libertad y que, ante ello, la forma de vincularnos con ese Dios es a través de la fe, movimiento nacido desde la gracia y que se manifiesta como libertad. La libertad de Dios se vincula con la libertad del ser humano (Cf. Dei Verbum 5).

Dios también aparece como hiato de la experiencia creyente y de la teología en el aspecto de su inteligencia. La mística ya se ha hecho eco y cargo consciente de esta imposibilidad. Expresiones como divinas tinieblas, nube del no saber, oscuridad, silencio son formas que han utilizado los místicos de varias épocas para expresar que ante Dios existe un límite que los conceptos humanos no pueden traspasar. Por ello es hiato: porque la Presencia de la divinidad genera deseo intelectual, anímico y corporal en el ser humano, deseo que lo hace querer comprender ese acontecimiento, esa presencia que irrumpe. Hacia Dios y con Dios nuestra vida se moviliza desde el deseo: “¿A dónde te escondiste Amado, y me dejaste con gemido?”, expresó poéticamente Juan de la Cruz. El hiato hace que la vida se movilice en su búsqueda y comprensión, aun cuando nuestros lenguajes nunca podrán capturar al Dios que es mayor que nuestros conceptos y terminologías.

Alexandra Kohan dice que la centralidad del hiato es evitar el aplastamiento que el ser humano puede realizar al acontecimiento, aplastamiento que impide que el acontecimiento continúe poseyendo su aspecto de novedad y sorpresa. Pienso que eso es clave al momento de vivir y expresar nuestra experiencia creyente y la teología que surge como su construcción lingüística: aprender constantemente que el Dios que es hiato desafía nuestros modos de comprensión a la vez que despierta la sorpresa y novedad en la vida de los seres humanos.

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