Dios no retrocede en su Amor

Si hay algo que debemos defender con todo nuestro ser, es precisamente la convicción del Amor de Dios.

Domingo 31 de mayo de 2026
Evangelio según san Juan 3,16-18.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Hace ya unos años, yo estaba compartiendo mi vida con los trabajadores temporeros de Copiapó, en el desierto de Atacama.

Un día, con un grupo de compañeros/as, estábamos alrededor de un bidón de agua donde íbamos a calmar nuestra sed y, entre talla y talla, una de ellas, considerada una mujer «fácil» por varios hombres allí presentes, dijo: «Yo sé que soy pecadora, pero sé que Dios me ama».

Escuchando la firmeza y la convicción como lo decía, yo me emocioné y pensé… Esta es una mujer que lo ha entendido todo sin tantos cursos de teología, sin tantos preámbulos, porque ha experimentado el Amor. ¿Cuánta gente con la que compartimos la vida, vive esto profundamente, aunque no sepa expresarlo?

Creo que basta mirarnos alrededor y nos damos cuenta de lo real y concreto que es este Amor… Porque:

¿Cuál es el verdadero núcleo de la fe cristiana? Saber que Dios nos ama de manera irrevocable y total.

Jesús lo dice explícitamente en el Evangelio de hoy: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él». Si estamos seguros de ser amados, entonces la vida se hace posible en todos sus aspectos.

Lo que nos paraliza, en cambio, es precisamente la duda sobre el amor. En este sentido, toda la obra del mal consiste en convencernos de que no somos amados, de que no merecemos serlo… Por ser pobre, por ser mujer, por ser indígena, por ser lesbiana, por no tener títulos etc. Sin embargo, toda la revelación de Jesús reside en el hecho de que todos/as somos amados/as gratuitamente, y sin ningún mérito por nuestra parte. De este modo, el amor vence cualquier otro tipo de lógica. Por eso, si hay algo que debemos defender con todo nuestro ser, es precisamente la convicción del Amor de Dios.

Y Dios no retrocede en su Amor, pase lo que pase… Él siempre está ahí, fiel, dispuesto a perdonar, enamorado de nosotros, dispuesto a todo con tal de hacernos verdaderamente felices. Y lo más extraordinario es el momento en el que Dios se encuentra con nuestras fragilidades y decide cambiar nuestra vida precisamente a partir de nuestras heridas, no para explicarlas o eliminarlas, sino para darles sentido. Usa precisamente nuestras heridas como una fisura por donde entra la luz y las transforma.

Dios no retrocede en su Amor, pase lo que pase… Él siempre está ahí, fiel, dispuesto a perdonar, enamorado de nosotros, dispuesto a todo con tal de hacernos verdaderamente felices.

No busquemos lo sensacional: lo verdaderamente «extraordinario» ocurre en lo normal y en lo cotidiano. El encuentro que lo cambia todo es el instante en el que permitimos que Dios entre en nuestras debilidades, como hizo con los personajes bíblicos que se sentían inadecuados, y transforma la percepción que tenemos de nosotros mismos.

«Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo aquel que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna».

Me gustaría que volviéramos a leer una y otra vez estas palabras del Evangelio de hoy. Que las dejáramos llegar hasta lo más profundo de nuestro corazón. A mí me conmueven profundamente.

Saber que soy amada hasta tal punto que Dios pidió a su propio Hijo que se sacrificara por mí no me deja indiferente. La fe no consiste tanto en creer cosas sobre Dios, sino en creer más en nosotros mismos, aceptando que somos amados de verdad.

A nuestros ojos, el vaso medio vacío nos parece más creíble. Casi siempre nos miramos con juicio, con sentimientos de culpabilidad, y no logramos captar, en cambio, la mirada que Dios tiene sobre nosotros/as. Una mirada que dice: «¡Tú vales! Vales tanto que he muerto por ti». No nos dice esto para despertar en nosotros gratitud o sentimientos de culpa. Dios no necesita nuestros agradecimientos, ni nuestras frustraciones.

Él quiere nuestra felicidad. Lo único que realmente da gloria a Dios es ser felices. Porque lo único que satisface a quien ama es saber que la persona a la que ama es feliz. Por esa felicidad, se entregó sí mismo. Y Dios lo hizo de verdad.


Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.

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