Abusos sexuales y clericalismo*

El clericalismo hoy es denunciado con fuerza. Y para que esta crítica sea eficaz, se necesita analizar este proceso desde su génesis e identificar sus desviaciones respecto del mensaje del Evangelio. Afrontarlo significa ir en contra de un poder que se ha sacralizado, pese a que ya el Concilio Vaticano II avanzó hacia un reencuentro con una eclesiología más equilibrada, fundada sobre la igual dignidad de los bautizados.

Hervé Legrand

05 agosto 2019, 1:02 pm
36 mins

El año 2018 nos mostró un insospechado cuadro de abusos sexuales cometidos por miembros del clero católico, en su mayoría ocultados sistemáticamente por la jerarquía. La Iglesia católica está, así, bajo la presión constante de sus propios fieles y de la opinión pública. Ahora es imposible negar que la crisis sea institucional y que se debe intervenir a ese mismo nivel. Frente a la extrema gravedad de esta situación, el papa Francisco ha adoptado dos decisiones principales: poner fin al ocultamiento de los abusos y abordar sus causas institucionales, destacando entre ellas el clericalismo.

DELITOS SEXUALES Y DEFICIENCIAS INSTITUCIONALES

En el último tiempo, nos hemos vuelto más conscientes del vínculo potencial entre sexualidad, poder y violencia. El diagnóstico del papa Francisco se funda en esta correlación, que, en muchos ámbitos de la vida y del trabajo, lleva a que la sexualidad de los fuertes sea usada para imponerse sobre los débiles. Los abusos sexuales se vinculan siempre con eso. Los autores de los abusos sobre los menores se acercan a cierto perfil: padres incestuosos (en el 80% de los casos juzgados), maestros, entrenadores deportivos, jefes de coro, jefes scouts. Son figuras de autoridad en contacto con personas vulnerables, tal como ocurre con los sacerdotes. Tales abusos son previsibles en la Iglesia(1).

El papa Francisco ha advertido que, de los escándalos sexuales —horribles para las víctimas— surge también un escándalo que resulta incomprensible, provocado por superiores religiosos, obispos y líderes carismáticos que han ocultado sistemáticamente delitos, protegido a abusadores, ignorado a víctimas y traicionado la confianza de los jóvenes y sus padres. Todo eso, sin comprender la gravedad extrema de sus conductas. Cuando eran responsables de sus instituciones, su primera preocupación fue salvaguardar su reputación.

Una segunda reflexión del Pontífice ha apuntado a tratar de entender a estos delincuentes en términos psicológicos o en términos teológicos, aunque no se trate de encontrar explicaciones, sino de combatir esto y evitar que prospere. La misericordia puede venir solo después.

Cuando el papa Francisco enfatiza «decir no a los abusos es decir no, de manera categórica, a toda forma de clericalismo»(2), él es claramente consciente de que en la Iglesia católica debe ser reformado el tipo de autoridad y de poder reconocido hacia el clero. Ese poder facilita el actuar de posibles abusadores. Además, brinda protección a estos y permite una desastrosa conducción de los casos tras ser denunciados.

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Hervé Legrand

Teólogo