Chile envejece

El desafío de un Chile que se envejece exige la urgente necesidad de una ética de solidaridad intergeneracional.

Revista Mensaje

01 agosto 2019, 5:16 pm
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En junio se ha implementado la figura del Defensa Mayor, que cuenta con abogados especializados para asesorar legalmente de manera gratuita a las personas mayores que se enfrentan a situaciones de abuso, maltrato, violencia y/o vulneración de sus derechos. Además, se ha anunciado el establecimiento de una farmacia popular exclusiva para adultos mayores en el sector de plaza Baquedano. En julio, el Gobierno de Chile firmó con el de Japón un convenio de asesoramiento en políticas públicas relacionadas con la tercera edad.

Estas iniciativas expresan una mayor conciencia de lo imperioso que es atender las necesidades de ese sector, y que, además, va creciendo numéricamente a un ritmo acelerado. Sin embargo, ¿tiene nuestra sociedad una suficiente conciencia de una realidad presente, pero, a la vez, bastante ausente?

EL MUNDO DEL ADULTO MAYOR

En la actualidad se escucha una y otra vez la expresión Chile envejece. Por una parte, la baja en los niveles de natalidad, y, por otra, el aumento de la esperanza de vida (80 años), debido a los progresos en el campo de la medicina, están produciendo un progresivo envejecimiento de la población, a un ritmo muy superior al registrado históricamente. La novedad de este fenómeno consiste en la velocidad y la amplitud con que se plantea la presencia de la vejez en nuestra sociedad.

Dentro de unos años, la pirámide de edades en la sociedad va a sufrir un cambio significativo, implicando el aumento progresivo de la presencia de ancianos y mayores en los espacios familiares y públicos, influenciando los valores culturales, las costumbres, los modos de vivir y las mismas orientaciones políticas. Por consiguiente, y aunque sea tan solo por razones numéricas, el adulto mayor se convertirá en un protagonista social.

¿QUÉ ES LA VEJEZ?

La vejez es un término muy impreciso, cuyo sentido resulta bastante vago. ¿Cuándo se es viejo? ¿A los sesenta, setenta, ochenta años? O, quizás, ¿es la mirada de los demás la que define a uno como viejo? La vejez es una realidad biológica, psicológica, social y cultural. La edad cronológica dice relación al número de años; la edad fisiológica hace referencia al funcionamiento del cuerpo; la edad social es una construcción cultural en cuanto hace referencia a actitudes y conductas consideradas socialmente como adecuadas o no adecuadas para cada edad, como también a las percepciones subjetivas (cuan viejo se siente el sujeto).

El aprecio social hacia el viejo ha ido cambiando a lo largo de la historia, ya que el umbral de cuándo se es considerado así está socialmente condicionado y solo resulta inteligible dentro de la propia estructura social. De hecho, la estimación social ha ido decreciendo con el paso del tiempo, cediendo a una idealización de la juventud. Los testimonios de las épocas primitivas y arcaicas coinciden en atribuir al viejo una gran autoridad política, social y cultural. En las culturas ágrafas (orales), los ancianos son la memoria de la comunidad y los depositarios de la tradición, llegando a ser las columnas de la identidad de la comunidad. Pero, también, parece claro que cuando la memoria les falla, son marginados o se automarginan de la comunidad para morir.

En el mundo moderno el viejo es considerado un jubilado. La ecuación de vejez y sabiduría se ha sustituido por la de vejez e inutilidad, dentro de un contexto donde el valor predominante es la productividad material. Los viejos constituyen una población vulnerable y marginada porque pertenecen a una categoría social considerada como no productiva, según los criterios de utilidad económica. Aún más, los ancianos resultan ser el recuerdo permanente de la muerte. La vejez ha llegado a ser el símbolo de la muerte. Entonces, es preciso marginarse de ellos, huir de ellos, olvidarse de ellos, para poder gozar la vida en el presente eterno.

También predomina una juvenilización progresiva de la vida. Todos quieren ser y aparecer jóvenes. En un contexto donde prevalecen los valores de la competitividad y de la eficacia, donde se invierte en lo rentable, el jubilado descubre que ha quedado sin espacio social y hasta llega a sentirse un estorbo. Ahora la sabiduría no es un pozo que viene de la tradición, fruto de la acumulación del tiempo pasado, sino de la eficiencia del momento y el estar permanentemente al día debido a los cambios acelerados. Así, en lo laboral el avance en la edad significa una amenaza para la permanencia.

En la cultura mapuche los adultos mayores son altamente respetados y valorados, porque son considerados como los sabios dentro de las comunidades y decisivos en la formación de las nuevas generaciones. El mito del Kai Kai narra que al principio de los tiempos hubo una gran inundación, provocada por una disputa entre el bien y el mal, y, aunque finalmente el mal se dio por vencido, únicamente hubo cuatro sobrevivientes: una pareja de ancianos (kuse y fücha) y dos jóvenes (ülcha y weche). Los jóvenes fueron el principio de la gente (procreación) y los ancianos (fvcace o füchache) fueron elegidos para apoyarlos en sabiduría (transmisión de idioma y tradiciones). Consecuentemente, el concepto del tiempo es cíclico, en vez de lineal, ya que lo antiguo se renueva constantemente y la sabiduría vieja no se desecha, sino que se renueva y se reinterpreta.

UNA RE-SIGNIFICACIÓN CULTURAL

Los principales determinantes de la calidad de vida en la vejez son, por lo menos, tres: el estado general de salud, las condiciones económicas de vida que permitan asegurar un buen pasar y la consistencia de los vínculos sociales (redes familiares, grupos de amigos…).

Algunas áreas deberían considerarse prioritarias para mejorar su calidad de vida: (a) la ampliación del acceso a la educación, ya que la escolaridad tiene una incidencia directa sobre la calidad de vida en la vejez; (b) la búsqueda de nuevas formas de trabajo o de apoyo a emprendimiento, ya que, por necesidad económica o por satisfacción personal, un número significativo de adultos mayores siguen presentes en el campo laboral, mayormente como independientes; (c) el acceso a los servicios de salud, con mayor cobertura y calidad en los servicios de larga estadía, los centros de cuidado diario y en el apoyo al sistema de cuidados domiciliarios a los adultos mayores; y (d) la posibilidad de ingresos suficientes para asegurar una vejez digna.

Sin embargo, cualquier mejora en la calidad de vida de los adultos mayores requiere, a la vez, un cambio de mentalidad por parte de la sociedad para que se encuentre su lugar y su reconocimiento. Al referirse a los adultos mayores, se corre el peligro de impersonalizar o, peor todavía, despersonalizar a personas concretas recurriendo a una categoría social. De hecho, la vejez es un concepto universal, pero la realidad está constituida por personas viejas muy concretas y muy distintas, aunque existen unos elementos comunes que permiten agruparlas dentro de un grupo social. Lo importante es siempre no perder de vista que se está hablando de personas concretas.

Desde una perspectiva ética, el adulto mayor sigue siendo un sujeto moral llamado a ejercer responsablemente su libertad para lograr lo mejor posible una vida auténticamente humana para sí mismo y para los demás. Por consiguiente, se imponen dos interrogantes: (a) ¿Cómo enfrenta la persona su propia vejez?, y (b) ¿cómo integra la sociedad a los adultos mayores? A veces, se plantea tan solo la pregunta de cómo deben adaptarse los viejos a la sociedad actual sin considerar la interrogante complementaria de cómo tiene que adaptarse también la sociedad a la creciente población de adultos mayores.

El primer desafío ético es no ocultar la condición humana y reconciliarse profundamente con el horizonte de la vejez, propia y ajena, presente o futura. A la vez, la preparación para la vejez implica una educación en la verdad desde temprano; desarrollar hábitos y actitudes que preparen efectivamente para los años que vendrán; eliminar la noción inconsciente de que solo el trabajo remunerado dignifica (después de todo, la dignidad jamás se encuentra en el trabajo en sí, sino siempre en la persona que lo realiza), desarrollar una actitud siempre abierta de eupatía (el sentirse bien en la existencia), de simpatía (el sentir con el otro y por el otro), de anástasis (la capacidad de levantarse y ponerse de pie), y de autonomía (ser uno mismo). La ética del adulto mayor no puede reducirse a una de derechos sino también comporta una ética de responsabilidades hacia la sociedad y su propia familia.

Estos desafíos a nivel de la ética personal requieren el apoyo de decididos cambios culturales y sociales. Es preciso transformar la gerontofobia en gerontofilia. El desafío de un Chile que se envejece exige la urgente necesidad de una ética de solidaridad intergeneracional. Aquellas sociedades, escribe el historiador Arnold Toynbee (1889-1975), que tratan a sus mayores con desprecio, llevan inevitablemente dentro de sí mismas las semillas de su propia destrucción. MSJ

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