Brasil: Elecciones bajo amenaza

Dudas sobre la institucionalidad electoral y temores sobre la actitud de las instituciones militares marcan los debates a dos meses de los comicios en que Lula da Silva asoma con ventaja.

Insólito: el presidente Jair Bolsonaro alerta que en su propio estado se urde un fraude electoral para escamotarle la victoria en los comicios presidenciales previstos para el domingo 2 de octubre. El mandatario convocó a una reunión, el lunes 18 de julio, con «los embajadores de todo el mundo» acreditados en su país. El objetivo: denunciar que el sistema electoral es permeable a intervenciones para alterar los resultados de los comicios. La muy anticipada convocatoria omitió nada menos que a China y a Argentina con el pretexto de que no cuentan con embajadores, sino que solo con encargados de negocios. Una excusa poco consistente, pues el encargado de negocios de Estados Unidos sí fue invitado. El embajador japonés, por su parte, se excusó de asistir, señalando que tenía un compromiso previo. Tampoco concurrieron los embajadores de Gran Bretaña y Alemania. Abundaron las deserciones y de los 150 asistentes previstos, en definitiva, concurrió menos de un tercio.

Sin mencionar nombres, pero en una clara alusión al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, el líder ultraderechista afirmó que los brasileños «no pueden olvidar el pasado», porque «quien olvida su pasado está condenado a no tener futuro». Invocando las páginas más ocurras de la doctrina de seguridad nacional, que imperó durante la dictadura militar (1964-1985) reflotó una de las premisas de la mentada ideología maniquea y militarista: «Nuestro enemigo no es externo, es interno. No es una lucha de la izquierda contra la derecha. Es una lucha del bien contra el mal», aseguró. Bolsonaro también criticó a las firmas encuestadoras que dan como vencedor de las presidenciales a Lula y aseveró que «una encuesta mentirosa publicada mil veces no hará un presidente de la república».

En la reunión celebrada en el Palacio de la Alvorada, a lo largo de una hora, Bolsonaro denunció una presunta vulnerabilidad de las urnas electrónicas, así como la falta de transparencia de la justicia electoral.

La embajada de Estados Unidos en Brasil, por su parte, no perdió tiempo y, al día siguiente de los propósitos del mandatario, aseguró de manera inequívoca que las elecciones brasileñas «sirven como modelo para el mundo». En la declaración emitida por la oficina de prensa de la embajada estadounidense, se puntualizó que «a lo largo del tiempo, el sistema electoral e instituciones democráticas (brasileñas) sirven como modelo para las naciones del hemisferio y del mundo».

Esta no es la primera fricción entre Washington y Brasilia a propósito de la limpieza de los comicios. Ya hace más un año William Burns, el director de la CIA, instó a Bolsonaro a que dejara de poner en duda la confiabilidad del sistema de votación de su país Esto, luego de repetidas declaraciones denunciando presuntas vulnerabilidades de la maquinaria electoral.

El presidente brasileño se mostró perplejo ante la falta de compresión del peligro que acechaba a sus aliados. Al respecto, señaló que si la izquierda regresaba al gobierno en Brasil: «Toda Sudamérica se va a teñir de rojo y, en mi opinión, Estados Unidos se convertirá prácticamente en un país aislado». Además, advirtió que «si la izquierda vuelve al poder, a mi modo de ver, nunca dejará el poder y este país seguirá el mismo camino que Venezuela, Argentina, Chile, Colombia. Brasil será un vagón más de ese tren».

Numerosos analistas brasileños desechan las amenazas como bravatas destinadas a enfervorizar a sus partidarios. Algunas propuestas lindan en la subversión, como el llamado retórico a sus partidarios a armarse mientras proclamaba que «un pueblo armado jamás será esclavizado». Pero, a la par que amenaza, Bolsonaro se victimiza: «Mi elección fue casi un milagro. No tenía nada a mi favor. Solo era un miembro aislado del Congreso», comentó. «Los medios nunca me dieron visibilidad ni espacio; al contrario, me atacaron todo el tiempo durante toda la campaña».

A medida que las encuestas auguran la victoria del Partido de los Trabajadores, encabezado por Lula, aumentan los rumores de una intervención militar, si se concreta este pronóstico.

LA AMENAZA MILITAR

Los uniformados brasileños juegan un rol ambiguo. Como en muchos países, juran acatar el orden constitucional, pero en numerosas declaraciones ponen en duda este propósito. A medida que las encuestas auguran la victoria del Partido de los Trabajadores, encabezado por Lula, aumentan los rumores de una intervención militar, si se concreta este pronóstico. Diversos altos mandos castrenses ponen en duda la solidez del sistema electoral.

Los episodios vividos en Washington tras la última elección presidencial, en los que Trump intentó desconocer su derrota, son evocados con frecuencia. Entonces, una masiva movilización de sus partidarios copó el Capitolio con el ánimo subversivo de ignorar el resultado de las urnas. En Estados Unidos los uniformados mostraron una sólida adhesión al sistema democrático. ¿Cuál será la reacción de los 335 mil miembros de las fuerzas armadas brasileñas y, más relevante aún, cómo actuarán sus altos mandos? Una interrogante que será develada a medida que se aproximan los comicios.

Los uniformados han emitido notas con quejas en que alegan que no son escuchados por el Tribunal Superior Electoral (TSE). Solicitaron también las actas correspondientes a los dos comicios previos: los del 2014 y 2018, que coinciden con las elecciones cuestionadas por Bolsonaro. Es un hecho preocupante, puesto que parecen erigirse en veedores electorales o como autoridad suprema que vela por la pureza de los comicios. Al hacerlo, siembran dudas sobre la validez de resultados anteriores y sobre la eficacia y probidad del TSE. Las urnas electrónicas cuentan con la aprobación pública, aunque las críticas de Bolsonaro y sus aliados han mermado algo de su prestigio. Las encuestas del Instituto Datafolha, uno de los más respetados, señalan que la confianza en las urnas electrónicas bajó de 82 por ciento en marzo a 73 por ciento en mayo.

La recién proclamada candidatura de Bolsonaro lleva como compañero de lista a la vicepresidencia al general de Ejército (r) Walter Braga Netto, que fue ministro de Defensa. Sin embargo, la gravitación castrense en el seno del gobierno está determinada no solo por los numerosos miembros de las Fuerzas Armadas. También pesan ideologías, como la mentada doctrina de seguridad nacional que legitima el empleo de los uniformados, destinados a la defensa nacional, a tareas de naturaleza política interna. Con ello corren el riesgo de una ideologización partidaria en la que suelen abusar del monopolio del poder de fuego que les garantiza el conjunto de la sociedad. Otra consecuencia es el desarrollo de objetivos políticos propios por parte de las de instituciones militares, lo que suele inducir a la búsqueda de mayor autonomía operativa. Es un camino que conduce al militarismo, entendido como la hegemonía que buscan ejercer las jefaturas castrenses, sin mandato alguno del resto de la sociedad. En el caso de Brasil, las Fuerzas Armadas se confunden a menudo con las corrientes de derecha que imperaron en el último período dictatorial, un derrotero que reemergió con fuerza con el gobierno de Bolsonaro y como respuesta a numerosos escándalos, y un cuestionamiento de estructuras anquilosadas y prácticas corruptas.

El encanto popular de la autodenominada «cruzada contra la corrupción» encabezada por el juez Sergio Moro fue breve. Después de poner tras las rejas a Lula, el juez Moro logró gran popularidad y pasó a desempeñarse como ministro de Justicia de Bolsonaro. Pero la alianza colapsó cuando Moro fue acusado de una serie de irregularidades en sus procedimientos judiciales.

Con todo, el «bolsonarismo» logró fraguar una corriente política ultraconservadora en el campo valórico. Esta tendencia agrupa a sectores de agricultores, ganaderos y madereros que se identifican con un discurso nacionalista contra las presiones extranjeras, y desde ese ángulo atacan de manera vehemente a las agrupaciones ambientalistas e indígenas que, con apoyos internacionales, luchan contra la deforestación. Los contrarios a la causa feminista y la diversidad sexual reconocen filas en el gobierno actual. Muchos de estos sectores coinciden con algunas iglesias evangélicas que han ganado numerosos adherentes en las últimas décadas. Para la extrema derecha, el combate es el mismo que libraron durante la dictadura: acabar con los comunistas o, como está en boga decir en los tiempos que corren, parafraseando a Antonio Gramsci, combatir al «marxismo cultural». Para desmantelar los bastiones del enemigo invisible de las ideas, el gobierno ha debilitado o suprimido las agencias responsables de estos temas. Ello, mediante profundas reducciones presupuestarias y, a veces, imponiéndoles jefaturas contrarias a sus finalidades. La alianza resultante de los sectores enumerados ha brindado a Bolsonaro una base electoral que oscila entre 20 y 30 por ciento, según las encuestas. Esta corriente es reforzada por el apoyo que le otorgan las instituciones militares y policiales. La participación de uniformados, en el gabinete y ministerios, ha contribuido a blindar al gobierno de Bolsonaro de intentos de defenestrarlo por la vía de una acusación constitucional, como ha ocurrido con mandatarios anteriores.

En la última encuesta publicada a finales de julio, Lula seguía adelante con 44 por ciento de apoyo de los encuestados frente al 35 por ciento de Bolsonaro.

LA FOTO DEL MOMENTO

En la última encuesta publicada a finales de julio, Lula seguía adelante con 44 por ciento de apoyo de los encuestados frente al 35 por ciento de Bolsonaro, lo que da nueve puntos de diferencia, una disminución de dos puntos en relación a la consulta anterior. Uno de los flancos de Bolsonaro es el voto femenino. Para incrementar su arrastre entre las mujeres, proclamó en Sao Paulo que les convenía armarse: «Viajando solas por ahí, creo que un arma les ayudaría a defenderse, si aparece algún graciosillo», reiterando su postura a favor del porte de armas de fuego por parte de la población civil.

Si ningún candidato obtiene más del 50 por ciento de los votos válidos en la primera vuelta, habrá un ballotage el domingo 30 de octubre. En esa ronda Lula vencería con 17 puntos de ventaja, con 53 por ciento de los votos frente al 36 por ciento de Bolsonaro. La encuesta fue realizada entre el 22 y el 24 de julio por Instituto de Investigaciones Sociales, Políticas y Económicas de Brasil (Ipespe). Otra encuesta vaticinó resultados casi idénticos.

La última palabra, en todo caso, deberían tenerla los150 millones de brasileños convocados a emitir sus votos.

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