Calentamiento global y energía nuclear

Los calores extremos registrados este año en Europa han afectado severamente la capacidad de generación eléctrica, generando dilemas de muy difícil solución. Y estos son de creciente complejidad ante la necesidad de afrontar el cambio climático. [También disponible en audio]

El hemisferio norte suda la gota gorda. Buena parte del viejo continente y Norteamérica experimentan calores inéditos. Es una escalada: cada verano rompe récords, elevando el mercurio de los termómetros a temperaturas amenazantes para la población. Este 2026 se registraron las temperaturas más altas desde que se llevan estadísticas. Una ola de calor, según la definición de la Organización Meteorológica Mundial, es «un período durante el cual las temperaturas máximas exceden en cinco grados, durante cinco días consecutivos, las temperaturas normales, tomadas del promedio entre 1961 y 1990».

El balance en muertes causadas por las temperaturas recientes podría exceder las veinte mil personas. La canícula, como se denominan los períodos de calor extremo, ha registrado cinco episodios este verano, alcanzando desde Gran Bretaña a Grecia. A la par, deja una vasta huella de incendios forestales que han afectado especialmente a Francia y España. Semejante cuadro era inconcebible hace cincuenta años.

Según expertos ambientales, el cambio responde al muy citado calentamiento global. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, señala que «las olas de calor ocurrían una en una generación y ahora se vive una cada año». Los registros muestran que hace medio siglo semejantes canículas, en las que en muchos puntos los termómetros superaban los cuarenta grados, eran prácticamente desconocidas. Es un fenómeno avasallador. No debe sorprender, pues desde hace décadas instituciones científicas han alertado sobre la amenaza que representa el calentamiento global. Existe, asimismo, un amplio consenso sobre la causa del aumento de las temperaturas. Un factor determinante del efecto invernadero, proceso clave en el calor predominante, es la quema masiva de carbón y petróleo.

Para muchos, el siglo XX fue el siglo de Estados Unidos. En efecto, lo fue en su segunda mitad, luego de la victoria de las fuerzas aliadas contra el eje fascista. Se trató de un triunfo que debe mucho al crudo, tanto frente a Alemania como a Japón. Washington empleó el petróleo en forma activa para movilizar sus fuerzas armadas y las de sus aliados. Lo utilizó, asimismo, en forma pasiva, negando el acceso a este combustible a sus enemigos. En algunos casos, la privación de petróleo fue un factor clave en sus triunfos. Así, el crudo pasó a ser una palanca estratégica para determinar el curso de los conflictos. Por lo mismo, también se dice que fue el siglo del petróleo: una fuente económica, maleable, de enorme poder energético y abundante, al menos hasta ahora. Los hidrocarburos constituyeron una formidable inyección de energía barata a las economías. Su confiabilidad, disponibilidad, facilidad de transporte y almacenaje los proyectaron por encima de todos los medios conocidos. La energía contenida en un barril de petróleo, equivalente a 159 litros, no tiene rival en ningún otro elemento de valor similar, como el carbón o el gas. El crudo es utilizado, además del transporte, en la generación eléctrica, motores de combustión interna, la petroquímica, los lubricantes, variedad de fibras sintéticas, abonos agrícolas, alquitranes y asfalto, entre otros muchos usos. En la mayoría de los países, los combustibles fósiles, tales como el crudo, el carbón y el gas, constituyen un porcentaje mayor de la producción de la electricidad. Pero, al igual que una medicina que mejora al paciente si se la toma en dosis adecuadas, puede resultar letal si ciertos límites son excedidos.

Una amplia mayoría de los gobiernos, al igual que la opinión pública mundial, reconoce el peligro. Por ello avanza el desarrollo de las Energías Renovables No Convencionales (ERNC): solar, eólica, hidroeléctrica de pasada y biomasa, entre otras. Todas estas fuentes dependen, en mayor o menor grado, de condiciones climáticas y geográficas. En la búsqueda de la autonomía energética, la producción eléctrica a partir de la energía nuclear se perfiló como la gran solución. Es independiente del clima y nadie puede bloquearla, como ocurre con los yacimientos petroleros.

LA OPCIÓN NUCLEOELÉCTRICA

La revolución industrial fue el gran quiebre: la máquina reemplazó al músculo humano y animal. Así como la agricultura ha nutrido a los seres vivientes, la maquinaria exigió cantidades ingentes de combustibles fósiles, con las consecuencias ambientales descritas. A mediados de la década de 1950 despuntó una gran esperanza: producir electricidad en cantidades colosales sin consecuencias climáticas. Vale decir, sin emisiones de dióxido de carbono. El primer reactor nucleoeléctrico debutó en la Unión Soviética seguido de Gran Bretaña y Estados Unidos a mediados de la década mencionada.

La energía nuclear nació, sin embargo, con una mácula que nunca pudo borrar. Su desarrollo original apuntó a la producción de la más letal de las armas de destrucción masiva. Desde el empleo de bombas atómicas contra Japón por parte de Estados Unidos, con los cientos de miles de muertes resultantes, surgió un poderoso movimiento pacifista que busca la abolición de estas armas. El rechazo se extendió a la construcción de centrales nucleoeléctricas. La principal objeción al desarrollo de estas plantas descansaba en el denominado «principio precautorio». Este consiste en abstenerse del empleo de elementos que no pueden ser controlados por sus operadores. En el caso de accidentes de reactores, como se apreció en Chernóbil y Fukushima, no hay forma de impedir la expansión de agentes radioactivos que afectan a millones de personas y enormes superficies.

Otro factor de preocupación frente a los reactores atómicos es la posibilidad de su empleo dual. Vale decir, producción eléctrica y, a la vez, enriquecimiento de uranio con miras a la producción de un arma nuclear. Esta sospecha es la que invocaron Estados Unidos e Israel para atacar a Irán. Teherán afirma que su planta atómica de Bushehr solo produce fluido eléctrico. Los atacantes insisten en que el régimen iraní está empeñado en disponer del arma nuclear.

A lo largo y ancho del mundo ha prosperado una vasta corriente de opinión pública, encabezada por movimientos pacifistas y ambientalistas, como Greenpeace (paz verde), que rechazan el empleo de la energía nuclear en todas sus formas. Lo hacen con la consigna: «Nuclear, no gracias».

Los partidarios del empleo de la energía nucleoeléctrica señalan que, frente al calentamiento global —que es una de las mayores amenazas a la vida en el planeta—, la energía nuclear provee la electricidad que ilumina ciudades y alimenta una infinidad de máquinas. Ello, sin contribuir al efecto invernadero, como lo hacen los combustibles fósiles. Es más, los reactores, señalan sus defensores, funcionan a toda hora, todos los días, llueva o truene. Muchas de las energías renovables, en cambio, dependen de que sople el viento, que brille el sol o abunde el agua en ríos. En breve: la energía nuclear garantiza una autonomía que no proveen otros recursos.

VERANO BOREAL SIN PARALELOS

Las olas de calor sucesivas empañan el hubris o la soberbia tecnológica. Una proporción de los reactores nucleares depende, en definitiva, de las lluvias y cauces de ríos. De los 440 reactores en operaciones en el mundo, 60 —esto es, catorce por ciento— emplean agua para su indispensable enfriamiento. Muchas centrales fueron construidas en riberas de grandes ríos, como el Rin y el Danubio, precisamente con miras a utilizar su torrente para el enfriamiento.

Francia es el bastión europeo de la energía nucleoeléctrica, con 57 reactores que producen las tres cuartas partes de su demanda eléctrica y además tiene un excedente para exportar. Ocho de ellos son enfriados con agua proveniente de ríos. Ello implica captar agua, lo que es problemático cuando baja el torrente, y verterla al cauce una vez empleada. Pero el agua descargada ahora tiene una temperatura superior en varios grados y eso atenta contra la vida natural del río. Tanto en Francia como en otros países existen regulaciones sobre los montos que pueden verterse. En consecuencia, numerosos reactores han debido paralizar o disminuir su producción.

Varios países vivieron una suerte de tormenta perfecta en que se combinan factores adversos. En Francia, por ejemplo, las temperaturas alcanzaron los 44 grados, con poca variación por las noches, hecho que elevó la temperatura de las aguas fluviales. En consecuencia, varios reactores debieron disminuir o paralizar sus aportes. Tres de los reactores franceses debieron cerrar sus operaciones en los momentos más álgidos. En tanto, otros siete redujeron su producción, mermando en nueve por ciento las entregas. Como era esperable, en paralelo, el consumo eléctrico aumentó hasta en veinte por ciento debido a la demanda de los sistemas de refrigeración y aire acondicionado. Así, la descalificación de las energías renovables por cierta falta de confiabilidad, dada su intermitencia, cuando sopla menos viento o el sol está cubierto, alcanzó a la energía que se autoproclamaba ajena a factores ambientales.

El Danubio es el río más largo de Europa occidental, seguido del Rin. Más de una quincena de países dependen de ellos para el agua dulce, la energía nuclear, la hidroeléctrica y el transporte fluvial. El Danubio ha llegado a sus niveles más bajos en treinta años, según Copernicus, servicio de la Unión Europea que monitorea el planeta y el medio ambiente. El Danubio ha demostrado además cuán dependientes son las centrales que emplean sus aguas para enfriar los reactores. Hungría, en la central de Paks, produce alrededor de cuarenta por ciento de las necesidades eléctricas del país, pero debió mantener apenas una de las cuatro unidades de turbina en funcionamiento. El caudal del río redujo la producción a niveles mínimos. Danubio abajo, en Rumania, en ruta a su desembocadura en el Mar Negro, está la planta de Cernavoda, con dos reactores nucleares que satisfacen el veinte por ciento de la demanda eléctrica del país. Uno de ellos debió cerrar debido a la escasez hídrica.

En Alemania, que está en el proceso de abandonar en forma definitiva la producción nucleoeléctrica, las plantas fueron instruidas para que redujesen su producción. Madrid, al igual que Berlín, está en el proceso de abandono de la energía nuclear y también ordenó la merma de la producción mientras se mantuviesen los bajos flujos fluviales. Las centrales abastecen cerca de veinte por ciento de la demanda eléctrica nacional.

ESTADOS UNIDOS A CONTRACORRIENTE

El gobierno del presidente Donald Trump ha desmantelado parte significativa de la legislación de protección medioambiental. Desde el inicio de su segundo mandato, en enero de 2025, ha retirado a su país de los compromisos climáticos internacionales, incluido el Acuerdo de París, ha recortado las protecciones medioambientales, ha suprimido la investigación climática y, con la consigna «drill baby drill», ha incentivado la industria de los combustibles fósiles. Un ejemplo de su enfoque: ordenó a las bases e instalaciones militares estadounidenses que compraran su electricidad a centrales eléctricas alimentadas con «carbón limpio y bonito», alegando la falta de fiabilidad de las energías renovables.

Ha desacelerado las iniciativas que obligan a la industria automovilística a producir vehículos menos contaminantes, al tiempo que reduce el apoyo federal al creciente sector de vehículos eléctricos. Ello, en contraste con el gobierno de Joe Biden, que había fijado la meta de que los vehículos eléctricos representaran al menos la mitad de las ventas de coches nuevos en 2030.

A nivel planetario, desde una perspectiva climática, hay razones para temer desgracias venideras. La gran mayoría de los centros científicos que estudian el curso del calentamiento global vaticinan que los problemas experimentados este año en el hemisferio norte son parte de una nueva normalidad. Peor aún, estiman que las temperaturas seguirán en alza hasta superar la cincuentena de grados en las regiones más expuestas. Es decir, calores que son incompatibles con la vida de muchos humanos y numerosas especies.

Pese a semejante panorama, existe cierto margen de maniobra para que gobiernos y las ciudadanías adopten medidas paliativas, que permitan desacelerar y revertir el proceso en marcha. Ello implica, sin embargo, cambios en la óptica mercantilista que sitúa el crecimiento económico como la primera prioridad. La protección de la casa común, el planeta y sus habitantes, es la única vía para evitar desastres que ya están a la vista.

A nivel planetario, desde una perspectiva climática, hay razones para temer desgracias venideras.

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