China en el centro del mundo

Tras las visitas de Donald Trump y otros mandatarios a China, queda claro que en el mundo hoy no existe unipolaridad: EE.UU. y la nación asiática negocian como iguales.

La palabra Zhōngguó significa China en chino mandarín. El carácter 中 Zhöng significa centro y guó 國, país. La palabra compuesta por ambos caracteres representa al país del centro que, en tiempos ancestrales, correspondió a la cosmovisión que dominó al «imperio del centro». El concepto fue empleado en tiempos pretéritos para designar a la China actual. La idea de centralidad de la cultura China cobra ahora fuerza con una procesión de visitas de los mandatarios de Gran Bretaña, Francia y Alemania, que culminó con los viajes a Beijing de Donald Trump y Vladimir Putin.

La presencia de los jefes de Estado norteamericano y ruso fue seguida hasta el último detalle por observadores internacionales. Buscaban detectar algún gesto que revelara las preferencias del gobierno chino. Los vendedores callejeros en China suelen ofrecer mercaderías falsificadas con la frase: «Same, same but different». Es decir, lo mismo, lo mismo que el original, pero diferente. El diferente es el guiño que indica que se trata de una copia.

Ante la pompa con que fueron recibidos, tanto Trump como Putin, cabía expresar que fue la misma, pero diferente. A primera vista eran idénticas, pero hubo detalles sutiles que marcaron una mayor cercanía con Rusia. Ello, desde el rango de los funcionarios que recibieron a Putin en el aeropuerto, hasta los halagos mutuos en distintos momentos. El presidente chino Xi Jinping le señaló a Trump que China y Estados Unidos «deben ser socios y no rivales». En tanto que a Putin le dijo que la asociación con Rusia «no tiene límites».

En todo caso, se esperaba que ambos visitantes abandonaran Beijing con algún jugoso contrato. En cuanto a Washington, había expectativas de «Boeings and beans», se habló de una orden por doscientos aviones Boeing y de compras de soja y otros granos, que vendrían muy bien a agricultores que se cuentan entre los votantes de Trump. Nada fue concretado durante la visita, privando al presidente de ufanarse a su retorno. Putin, por su parte, tenía los ojos puestos en un nuevo gasoducto proveniente de Siberia. Dadas las restricciones comerciales a las que Rusia está sometida —por la guerra contra Ucrania—, para ampliar sus ventas de hidrocarburos en momentos en que aumenta su gasto bélico, le resultaba necesario lograr un acuerdo. Pero nada fue concretado. Moscú sabe que China suele tomarse su tiempo, hasta lograr las condiciones más favorables.

El proyecto «Siberia 2», que contempla un gasoducto de 2.600 kilómetros, tardaría hasta una década en estar operativo, Pero Beijing es muy celoso de su autonomía y busca no depender en más de veinte por ciento de algún abastecedor, nivel que ya ha alcanzado con Rusia. Por otra parte, Beijing está preocupado por la dependencia de hidrocarburos del Golfo Pérsico y del transporte marítimo, vía por la cual obtiene el 90 por ciento del petróleo importado.

La relación económica entre Rusia y China crece en forma constante. En los últimos cinco años, el comercio bilateral aumentó 55 por ciento, hasta alcanzar los 228 mil millones de dólares. China adquiere energía, minerales y productos agrícolas. Rusia importa maquinaria industrial, electrónica y vehículos.

En la ceremonia de firma de una veintena de acuerdos, Xi declaró que las relaciones con Moscú se encontraban en su «nivel más alto de una asociación estratégica global», y llamó a que ambos países rechacen «todas las formas de matonaje unilateral» en el ámbito internacional. Fue una alusión apenas velada a Washington. Reforzó la idea, señalando que el mundo corría el riesgo de regresar «a la ley de la selva». En particular, advirtió que ampliar las hostilidades en el Medio Oriente era «poco aconsejable… un cese al fuego global y total es de la máxima urgencia».

TAIWÁN, LA PIEDRA EN EL ZAPATO

En lo que toca a China, el parteaguas es la isla de Formosa, que Beijing reclama como parte de su territorio. Xi lo planteó con claridad: «La cuestión de Taiwán es la más importante en las relaciones chino estadounidenses». Advirtió que si se producen equívocos «ambos países podrían derivar a una confrontación o incluso en un conflicto, empujando las relaciones a una situación muy peligrosa».

Trump fue cauto sobre la materia. Volando de retorno en el Air Force One fue consultado sobre la situación de Taiwán, que dominó las conversaciones con Xi. «La llamaremos un lugar porque nadie sabe cómo definirla». El mandatario ha mantenido una posición cambiante que algunos califican como una deliberada «ambigüedad estratégica». En el pasado ha autorizado grandes ventas de armamentos a la isla, provocando las condenas por parte de Beijing.

La ubicación geográfica de Taiwán es compleja: está situada a apenas unos 150 kilómetros de China, pero a más de diez mil kilómetros de Estados Unidos, su aliado protector. Mientras China califica a Taiwán como un factor estratégico y reafirma, en forma periódica, su reclamo «irrenunciable a la reunificación», Estados Unidos ve en la isla un eslabón importante en su política de contención de Beijing. Es además un im portante productor de semiconductores en la cadena de abastecimiento.

Pero, si Taiwán quedase bajo control de China, poco cambiaría en los balances de fuerzas internacionales, lo que despierta dudas sobre la voluntad que tendría Estados Unidos de acudir al rescate de Taiwán en caso de un ataque militar chino.

En la hipótesis de un enfrentamiento bélico, las fuerzas armadas chinas combatirían desde su territorio, frente a tropas estadounidenses que estarían al final de una larga cadena logística, operando desde bases en Japón y la isla estadounidense de Guam. De la ambigüedad expresada por Trump, cabe deducir que el Pentágono no tiene intenciones de librar una guerra por un territorio útil, pero prescindible y distante.

Esto, en momentos en que la atención está puesta en Irán y la guerra ruso ucraniana. En ambos conflictos se ha señalado la preocupación por los enormes volúmenes de armamento utilizados. Ha trascendido que, en algunos casos, misiles interceptores en particular, han mermado las reservas. Los desplazamientos navales, con los portaviones a la cabeza, muestran señales de fatiga. De hecho, Taiwán ya experimentaba un retraso en entrega de armamentos estadounidenses por un monto superior a los treinta mil millones de dólares.

LOS COMUNICADOS

Al final de los encuentros entre Trump y Xi, los comunicados fueron reveladores. China resumió las reuniones postulando que el tema de Taiwán está en el centro del diálogo. Estados Unidos, en cambio, no hizo mención del tema. La política de «una sola China», enunciada por el gobierno de Richard Nixon en 1972, ha sido acatada por sucesivos gobiernos estadounidenses. Washington estableció relaciones diplomáticas con Beijing en 1979 y las rompió con Taiwán, Ello no impidió un permanente flujo de ventas de armas a Taipéi, además del despacho de portaviones y navíos para garantizar la seguridad de la isla en momentos de tensión.

Es una paradoja que el enemigo jurado del Partido Comunista chino, durante la revolución, fue el Kuomintang (KMT). El único punto de coincidencia entre los nacionalistas refugiados en Taiwán y los comunistas, que gobernaban la China continental, era la convicción de que existía solo una China. Cada bando reclamaba que la suya era la auténtica.

Hoy en Taiwán han ganado fuerza y gobiernan los partidarios de la independencia de la isla. En contraste el KMT, el principal partido opositor actual, busca un acercamiento con el gobierno comunista. En un hecho inédito, en abril, Cheng Li-wun, la lideresa del partido, visitó Beijing y se reunió con Xi. Durante la visita, Cheng declaró: «Las personas en ambos lados del Estrecho son chinas y pertenecen a una sola familia». En Taiwán el KMT, que controla el parlamento, ha bloqueado un aumento a cuarenta mil millones de dólares para la compra de armas a Estados Unidos. Esto es música a los oídos de Beijing, que se opone a toda venta de armas a la isla. Al respecto, Trump postergó un esperado anuncio sobre un nuevo paquete de armamentos por trece mil millones de dólares.

China también busca un cambio de lenguaje por parte de Washington. En la actualidad, Estados Unidos afirma que «no apoya» la independencia de la isla. Beijing desea un pronunciamiento que señale «su oposición» a la independencia taiwanesa. En todo caso, Lai Ching-te, el presidente taiwanés en ejercicio, señala que Taiwán ya es una nación soberana, independiente y que su futuro solo puede ser decidido por su propio pueblo. Xi no ha perdido la tradicional paciencia china, pero advierte que la unificación no puede ser dejada en manos «de otra generación». No aclaró si se refería a su propia generación y quedó igualmente vago respecto de los medios mediante los cuales pretende alcanzar la meta.

Entre intelectuales y gobernantes en Beijing, está claro que Estados Unidos representa un obstáculo mayor para la reunificación. Al respecto, hay distintas percepciones. Algunos piensan que Washington es un poder declinante y que, por lo tanto, su capacidad de respuesta ante una iniciativa militar china —que, por ejemplo, estableciese un bloqueo de los puertos de la isla— podría conducir a la capitulación de Taipéi. Ello, sin que Estados Unidos interviniese.

Otra corriente estima, en cambio, que si bien hay un debilitamiento relativo norteamericano, ese es un factor que lo convierte en un adversario más peligroso. Al respecto, hablan de la «ansiedad estratégica» experimentada por Washington. Perciben a Estados Unidos como un poder hegemónico consciente de su pérdida de influencia y, por lo mismo, más proclive a recurrir a la fuerza para imponer su voluntad. Como ejemplo de esta condición, se cita la intervención en Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro, al igual que la guerra desatada contra Irán. Muchos en Beijing, ante estas operaciones, llaman a la cautela ante un adversario desesperado por mantener su dominación. Un vocero en materias internacionales escribió una columna en el Peoples Daily: «América acelera su transformación para llevar un mundo en que el poder es el derecho (might is right).»

Citan al pensador griego Tucídides, que vivió en el siglo IV a. C., y estudió las guerras de su época, constatando, en su obra «Historia de las guerras del Peloponeso», que el momento de mayor peligro está en el cruce entre poderes ascendentes con los que decaen y no están dispuestos a ceder el paso para ser desplazados. Por ello, recomiendan especial prudencia y no precipitar reacciones motivadas por viejos reflejos imperiales. Algunos comentaristas en Beijing subrayan las dificultades que ha encontrado el ataque a Irán, en el empeño por subordinarlo a la voluntad de Washington. Estiman que, si el Pentágono no pudo doblegar a Teherán, tendrían que pensarlo bien antes de aventurarse frente a China.

Pese a sus retrocesos relativos, Estados Unidos es, por bastante, la potencia hegemónica tanto del punto de vista financiero como militar, aunque constatan que su liderazgo y ascendiente ha disminuido de manera significativa. Por ello recomiendan prudencia, con la convicción de que el tiempo juega a su favor.

La propuesta de Xi, aceptada al parecer por Trump, es adoptar el principio de «estabilidad estratégica constructiva» entre ambas potencias. O lo que en la jerga diplomática llaman un acomodamiento. En lenguaje cotidiano, es reconocer la realidad. Para todos los efectos prácticos, Beijing aplica esta doctrina en sus relaciones con Washington.

Lo que es claro tras la visitas de los mandatarios de las diversas potencias, grandes y medianas, es que el mundo dista de la unipolaridad. El viaje a de Trump a Beijing representó la admisión de que Estados Unidos y China negocian como iguales. En cuanto a la presencia de Putin, mostró la primacía de China ante una Rusia consumida por la guerra y las sanciones internacionales.

El orden mundial vive una fase de transición. Los cambios aún no están reflejados en las instituciones internacionales. Las Naciones Unidas son un ejemplo de ello. Algunas potencias medianas agrupadas en los BRICS buscan foros alternativos y fortalecen instancias regionales. Está por verse hasta qué punto China será capaz y está dispuesta a asumir la condición de potencia del centro.

El orden mundial vive una fase de transición. Los cambios aún no están reflejados en las instituciones internacionales.

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