El auge de las derechas duras en Latinoamérica

Las derechas radicales, tanto en América Latina como en Estados Unidos y la Unión Europea, comparten ciertas visiones. Con mayor o menor énfasis, expresan cierto desprecio por las democracias liberales. [También disponible en audio]

Quien fija la agenda tiene la mitad de la carrera ganada. Este es un juicio recurrente entre expertos electorales. Es, por lo tanto, una buena clave para interpretar el marcado viraje a la ultraderecha en varios países latinoamericanos. La región es una de las zonas más peligrosas del planeta. En las últimas tres décadas, el subcontinente y el Caribe destacan como los más violentos del mundo. Figuran a la cabeza en materia de homicidios, promediando 19,7 por cada cien mil habitantes.

En este contexto el feminicidio merece un párrafo aparte. En 2024, al menos 3.770 mujeres sufrieron muertes violentas a causa de su género en los países de la región, según lo consigna el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe. Ello implica once muertes violentas diarias de mujeres por su condición de tales. En los últimos cinco años, los feminicidios suman 19.254 en la región. La mayoría de las muertes violentas de mujeres son perpetradas por las parejas o exparejas de las víctimas. La opresión y subordinación de las mujeres figura como uno de los pilares de la agenda de las derechas extremas. La misoginia ha sido un sello en diversos gobiernos en la región. En el Brasil de Jair Bolsonaro, en la Argentina con Javier Milei y en El Salvador con Nayib Bukele. En Colombia, tras la reciente victoria de Abelardo de la Espriella, se anticipan políticas que disminuyen la presencia femenina en materias de Estado, así como el debilitamiento de las instituciones responsables de la igualdad de género.

Hace algunas décadas estuvo en boga el concepto de Seguridad Humana. Esta fue definida en forma sucinta como la condición que permite vivir libre de miedos. El temor es uno de los sentimientos determinantes en el comportamiento de las personas. Ello, a tal punto que ante la disyuntiva entre libertad y seguridad el grueso de la población acepta prescindir de la primera a cambio de la segunda. En rigor, la libertad se torna ficticia si no se la puede disfrutar. De allí la reivindicación de que son los transgresores quienes deben estar tras los barrotes y no la ciudadanía la que debe recogerse temprano, recluida tras las rejas que protegen sus hogares.

Un auge delictual, en muchos casos potenciado por el narcotráfico, estructurado a través de carteles, propulsa los temas de seguridad a la cabeza de la agenda política. Para las izquierdas y el progresismo, la raíz de las actividades antisociales suele arrancar de la marginación y la inequidad. En consecuencia, el problema debe abordarse mediante reformas sociales que eliminen las causas de los comportamientos anti societales. Las derechas, en cambio, suelen estimar que la degradación del orden social es producto de una permisividad extrema. Estados Unidos dio un ejemplo con su política de Tolerancia Cero, inaugurada a mediados de los 90 por el alcalde Rudolph Giuliani en Nueva York. Ella consideraba, entre otros aspectos, una postura draconiana según la cual quien recibiese tres condenas, por delitos de cierta monta, automáticamente era sentenciado a cárcel a perpetuidad. La experiencia mostró que, además de atestar las prisiones, este enfoque no disminuía de manera drástica las transgresiones.

DERECHAS DURAS AL ASALTO

En lo que toca a América Latina, se observa un claro avance de las derechas catalogadas como extremas, duras o radicales. Son caracterizaciones empleadas para diferenciarse de la «derechita cobarde», como la motejó Santiago Abascal, líder del ultraderechista partido Vox en España, para denostar al Partido Popular.

Tanto en la región como en Estados Unidos, la inmigración y la delincuencia se han convertido en temas de la mayor relevancia electoral. Donald Trump logró considerable popularidad con su propuesta de construir un muro para frenar la migración proveniente del sur. El tema migratorio figuró a la cabeza de la agenda política electoral. En el grueso de Europa ocurrió otro tanto, convirtiendo a las extremas derechas en alternativas de poder en los principales países del viejo continente. De hecho, en la actualidad gobiernan Italia, un país que ha destacado por su tolerancia y aperturismo.

En las derechas, en gran parte de Occidente surge, sin embargo, una discrepancia. En su seno existe un debate en cuanto a cómo abordar la problemática migratoria, que para muchos en dicho campo es sinónimo de actividades delincuenciales. En el viejo continente baste con observar el progreso de las formaciones xenófobas en Francia, Alemania, España y Gran Bretaña, Holanda, y los países nórdicos. Cada país tiene una historia y características propias. Ellas determinan las diversas formaciones y sus posturas particulares, pero todas responden a una raíz xenófoba común y a distintos grados de autoritarismo.

Las derechas radicales, tanto en América Latina como en Estados Unidos y la Unión Europea, comparten ciertas visiones. Con mayor o menor énfasis, expresan cierto desprecio por las democracias liberales, lo que es rasgo característico de las corrientes fascistas. Denigran a los partidos políticos establecidos y a las elites políticas. «El pantano» de Washington, según Trump, o «la casta» en boca de Javier Milei. La figura del líder fuerte, con la menor intermediación posible, se erige por encima de propuestas partidarias colectivas. Es la crítica a lo establecido, sin proponer mayores alternativas, ante sistemas que en muchos casos no satisfacen las expectativas populares gana adherentes.

El incremento de la inequidad, frente a un Estado que sufre recortes y ve limitadas sus atribuciones, genera creciente inseguridad. Ante el malestar ciudadano, el dedo acusador apunta a los inmigrantes, quienes se convierten en blancos fáciles del descontento. La noción de que el país es víctima de invasores que vulneran rutinas y abusan de los servicios públicos despierta instintos conservadores. Ellos son agudizados por la incertidumbre laboral y tecnológica generada por el proceso de globalización. El llamado a sellar las fronteras resuena en muchos países. El multiculturalismo y la transnacionalización no son bien digeridos en numerosos países. El «Brexit», el abandono de la Unión Europea por parte de Gran Bretaña, es un ejemplo de ello.

COLOMBIA Y PERÚ

Una característica de los tiempos que corren es una creciente polarización política, fenómeno que lleva al fortalecimiento de fuerzas de izquierda y de derecha en detrimento del centro. Ejemplo de ello son las últimas elecciones en Colombia. Allí, por escaso margen, venció la derecha dura liderada por Abelardo de la Espriella. A la cabeza del movimiento Defensores de la Patria, creado en 2024, desafió a los partidos establecidos para ganar la presidencia con menos de un punto de ventaja sobre el senador Iván Cepeda, que pretendía suceder a Gustavo Petro, el primer izquierdista en gobernar el país (2022- 2026). De la Espriella es un claro exponente de un nuevo tipo de liderazgo con un estilo desafiante y agresivo. Frente a sus contendores prometió «destripar a la izquierda». Ello, en un país donde hay poco espacio para el lenguaje metafórico con asesinatos a la orden del día. La izquierda colombiana, por su parte, obtuvo su mejor resultado electoral: consiguió el 48,7 por ciento de los votos.

Para el resto del espectro político, De la Espriella señala su rechazo a gobernar «con los de siempre», una alusión muy recurrida para señalar a la estrecha élite que ha ejercido el poder. Colombia destaca como uno de los países con mayor desigualdad del mundo. Paradojalmente, De la Espriella promete reducir el Estado, en circunstancias de que este está ausente en vastas regiones. El país es asolado por grupos armados de diversa índole, que van desde guerrillas izquierdistas, paramilitares de extrema derecha, grupos de vigilantes de hacendados y narcotraficantes. En Colombia se producen dos tercios de la cocaína consumida en el mundo. Advierte que quiere fumigar hectáreas de coca, bombardeará campamentos «narcoterroristas» y destruirá a cualquier avión o embarcación con drogas que salga de Colombia. Dice que para ello pedirá la ayuda de Estados Unidos, Europa e Israel. Ha anunciado asimismo una ofensiva militar contra los guerrilleros. Frente a la delincuencia, anticipa la construcción de una decena de mega cárceles en la selva, siguiendo el modelo de Nayib Bukele en El Salvador.

En el Perú, por su parte, también tuvo lugar un cuasi empate con resultados electorales aún más ajustados que el de los colombianos. En los últimos comicios, Keiko Fujimori, candidata de Fuerza Popular, venció a Roberto Sánchez, postulado por un conjunto de fuerzas de izquierda agrupadas en Juntos por el Perú. La diferencia entre ambos candidatos fue exigua: menos de cincuenta mil votos sobre un total de algo más de dieciocho millones de votantes.

Fue un mal comienzo para un país que ha experimentado una sucesión de gobiernos, ocho en los últimos diez años, desbancados por el Congreso por acusaciones de corrupción o incompetencia. Más allá de la fragilidad de la institucionalidad, el gran reto proviene de la inequidad social y regional que muestra un país fracturado. Más de dos tercios de la población labora en sectores informales con la consecuente falta de seguridad social.

Un horizonte de mayor estabilidad política podría provenir del retorno al sistema bicameral. Tras tres décadas, el Congreso peruano volverá a estar estructurado por una Cámara de Diputados y un Senado.

A la crisis institucional se suma una preocupación que domina la agenda pública: el aumento exponencial de casos de extorsión, el crimen organizado con su estela de homicidios y la violencia contra diversos sectores, entre los que destacan transportistas y comerciantes. Se trata de un amplio espectro de transgresiones que dan pie a los principales reclamos de la población. Así, especialmente en las regiones australes del país, cunde la sensación de desprotección por parte del Estado, a la que se suma la desconfianza ante una élite política percibida como distante e ineficaz.

Una característica de los tiempos que corren es una creciente polarización política, fenómeno que lleva al fortalecimiento de fuerzas de izquierda y de derecha en detrimento del centro.

BRASIL

En todo caso, la madre de las grandes batallas electorales se librará en Brasil en octubre. Entonces se medirán Flávio Bolsonaro, hijo del encarcelado expresidente Jair (2019-2022) condenado por liderar un intento de golpe de estado, frente a Luiz Inácio Lula da Silva, que ejerce la presidencia.

Flávio Bolsonaro se postula como la figura del «cambio», por cuenta del Partido Liberal de Brasil (PL), para evitar un cuarto mandato no consecutivo de Lula. En el pasado, al igual que su padre, ha defendido la gestión de los veintiún años de la dictadura militar (1964-1985), señalándola como una época de «seguridad, salud y educación de calidad». Por su parte, un vocero del PL apeló al voto, puesto que «estamos en un avión sin piloto».

El inicio oficial de la campaña presidencial bolsonarista, el 25 de julio, generó debate y condenas por las palabras de Javier Milei que asistió al evento en San Pablo. Como en visitas anteriores, Milei declinó todo contacto con las autoridades de gobierno, confinándose a los círculos de extrema derecha. En la ocasión, el mandatario argentino tildó a Lula de «ladrón», «presidiario» y calificó a su gobierno como «basura socialista». En la misma vena, Milei atacó al juez Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal, instructor del proceso que condenó a Jair Bolsonaro a veintisiete años de prisión. Aludió al magistrado reconocible por su calvicie: «Para colmo, la basura calva no me permitió visitar a mi amigo injustamente encarcelado». Los propósitos de Milei fueron refutados en forma sucinta por el Partido de los Trabajadores: «No está a la altura de su cargo». Por su parte, Itamaraty llamó a consultas a su embajador en Argentina.

En cuanto a los comicios venideros, Lula parte con ventaja frente a Flávio Bolsonaro. La encuesta más reciente, de la empresa Datafolha, muestra a Lula con 48 por ciento de las preferencias frente a 43 por ciento que lograría su adversario, en una eventual segunda vuelta electoral.

Las derechas extremas varían en cada país, pero muchas han optado por vestirse con los colores de la selección nacional de fútbol. Todas hacen frente común contra el Estado y, a nivel internacional, se alinean tras el gobierno de Donald Trump. ¿Cuánto durará su avance? ¿Cuánto lograrán? Difícil anticiparlo, pero conviene recordar la naturaleza pendular de la política en el grueso de los países latinoamericanos.

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