El dolor de la niñez migrante: el vaciamiento de la promesa democrática

La crisis de la infancia migrante es una de las expresiones cotidianas de la crisis de la salud democrática en el mundo. La ausencia de democracia en sus países de origen los forzó al éxodo; ahora, la inseguridad en el destino despoja a la niñez de sus derechos más básicos. [También disponible en audio]

«Hay gente en la frontera (los coyotes) que tienen corazón de monstruo. Uno se sube
en su espalda para que
te cruce los ríos y nunca sabes qué te harán».

La democracia no es solo un mecanismo de agregación de preferencias electorales ni una arquitectura política para mantener el Estado de derecho. Es, ante todo, el pacto ético fundamental de reconocimiento, protección y dignidad comunitaria. Como sostiene con lucidez el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani (El País, 13 de septiembre de 2026), «la democracia no sirve, si la gente no puede cubrir sus necesidades». Esta premisa, aparentemente pragmática, encierra una advertencia que hoy es fundamental para las naciones contemporáneas: la legitimidad de un sistema político no se agota en la legalidad de sus actos, sino que se valida en su capacidad para garantizar la vida cotidiana y la expectativa de un futuro habitable. Cuando el Estado se muestra incapaz de asegurar estas condiciones mínimas, la democracia inicia un proceso de vaciamiento, convirtiéndose en un espacio vacío que tienden a ocupar las dictaduras, los partidos populistas y el crimen organizado.

En el Chile de 2026, este vaciamiento se manifiesta con una crudeza estadística que nos obliga a mirar el país que estamos construyendo. Según los datos de la encuesta Cadem de julio de 2026, el 76% de la población percibe una sociedad profundamente dividida; una grieta que ha dejado de ser ideológica para transformarse en una desconexión afectiva. Esta fragmentación encuentra su síntoma más virulento en la percepción de la migración: un 70% de los encuestados declara que existe una tensión manifiesta entre chilenos e inmigrantes. Este clima de hostilidad no es un fenómeno aislado, sino más bien se vincula estrechamente con ese pesimismo estructural que describió Roberto Méndez durante el mismo mes de julio. La sociedad chilena, agobiada por los problemas económicos, el rápido desencanto con las promesas políticas, y la persistente sensación de inseguridad, parece haber perdido la capacidad de proyectarse con optimismo. En ese vacío de esperanza, el migrante es erigido como la personificación de las frustraciones sistémicas que la política tradicional no ha sabido resolver.

El foco más desgarrador de esta crisis se sitúa en los niños, niñas y adolescentes (NNA) migrantes. Sobre ellos recae lo que definimos como la «triple violencia»: el colapso institucional en sus países de origen, la ruta migratoria y la hostilidad discursiva en el país de destino. Esta dinámica produce una herida profunda en la subjetividad infantil, manifestándose en una renuncia anticipada al futuro. Es un repliegue existencial, un encogimiento de las aspiraciones que se sintetiza en una premisa silenciosa pero omnipresente: «Hija, esto no es para nosotros», le dijeron sus padres a una NNA al contarles que quería estudiar derecho. Cuando un niño deja de sentir que el futuro es un territorio conquistable, la democracia ha fallado en su misión ética más elemental.

LA VIOLENCIA DE ORIGEN Y LA TRAVESÍA

Para comprender la magnitud de esta renuncia existencial, es necesario conocer el origen del desplazamiento. Las historias de vida de la niñez migrante no comienzan con el colapso total de la previsibilidad. En Haití, los testimonios revelan una cotidianidad marcada por un miedo paralizante. La infancia de una NNA en Puerto Príncipe, antes de su llegada a Chile, estuvo confinada al ámbito doméstico como una respuesta desesperada de sus padres ante la violencia desatada de las bandas y la desintegración de un Estado herido por el magnicidio y el caos. «Uno ni siquiera puede salir, casi siempre tiene que estar encerrado… porque uno puede salir de su casa y no regresar. Nadie tiene la confianza de ir a una tienda solo por la tarde».

En Venezuela, antes de la intervención, la narrativa se desplaza hacia la ausencia de un Estado de derecho (dictadura de facto), la hiperinflación y la militarización de los territorios. Es el caso de una NNA cuya infancia se quebró a los ocho años al presenciar la violencia urbana: «hombres en motocicleta sembrando el terror», una imagen que condensa el fin de la infancia protegida.

La ruta migratoria es un tránsito por la precariedad y el miedo extremos que marca la memoria sensorial. Los relatos de estos adolescentes evocan caminatas interminables por ríos, selvas, desiertos y pueblos desconocidos desafiando la inseguridad y el frío gélido que la mente y el cuerpo infantiles no están diseñados para resistir. La alimentación en ruta se reduce a lo mínimo, simbolizado en el recuerdo del «casabe seco mojado en café». En este trayecto, la figura del «coyote» emerge con el aura de un ser con corazón de monstruo: en la frontera la vida humana pierde su valor y aflora muchas veces la crueldad más extrema, donde emerge este «coyote con corazón de monstruo que incluso puede cortarte las piernas», representando la amenaza constante de la trata y el abuso que se dan en esos lugares que están al margen de la legalidad. Una NNA con solo 12 años, nos señaló: «crucé sola seis países, recuerdo las noches de frío gélido en Perú tiritando en habitaciones improvisadas, el cruce de ríos en lanchas o a cuestas de hombres que te movían de un lugar a otro».

Este estrés crónico produce un fenómeno psicosocial devastador: la amnesia cultural defensiva. Como mecanismo de supervivencia el cerebro infantil pareciera que se ve obligado a borrar recuerdos, olores y costumbres de su país de origen para amortiguar el dolor del desarraigo. No es un olvido voluntario, sino un repliegue necesario para sobrevivir. Al llegar a Chile, muchos NNA han silenciado su historia previa para enfrentar la demanda de asimilación, perdiendo en el proceso la conexión con su identidad primera: «Al recordar su país, explican (los NNA del Focus Group) cómo el estrés de la supervivencia forzó el borramiento de sus juegos, costumbres y memorias culturales».

LA HOSTILIDAD DE DESTINO Y LA CONSTRUCCIÓN DEL «DISTINTO»

Si el origen fue el colapso, el destino se presenta a menudo como un ecosistema político de agresividad y exclusión. Tras la promulgación de la Ley N.° 21.325, Chile ha transitado hacia una securitización agresiva del debate migratorio. La figura del migrante ha sido desplazada del ámbito del derecho humanitario hacia el de la amenaza existencial. Este clima es alimentado por un lenguaje parlamentario de carácter populista, que utiliza metáforas criminalizadoras para capitalizar el miedo ciudadano, como por ejemplo la famosa frase, «les quedan 60 días para dejar nuestra patria», que buscó infundir miedo a los migrantes que ingresaron al país por pasos no habilitados.

El análisis de los discursos políticos revela una construcción del «otro» como un agresor simbólico. Un honorable diputado calificó el flujo migratorio como una «invasión» que destruye la tranquilidad, invocando la necesidad de rigor militar. Otro propuso como un «mínimo de justicia» la prohibición de beneficios sociales, transformando los derechos sociales en una transacción mercantil exclusiva para los nacionales.

Desde el marco filosófico de Martha Nussbaum en La monarquía del miedo, podemos deconstruir estos discursos. Nussbaum explica cómo el «miedo primario» a la vulnerabilidad se transforma en «asco proyectivo». Cuando una sociedad se siente impotente ante crisis estructurales como seguridad, desempleo y alza del costo de la vida, utiliza la «heurística de la disponibilidad» para señalar al migrante como la causa única de sus males. El asco proyectivo es una estrategia de distanciamiento: al calificar al migrante de «invasor» o «delincuente» asociando sistemáticamente la extranjería con bandas como el Tren de Aragua («A mí me pasa algo parecido, porque cuando digo que soy de Aragua me dicen “ay, el Tren de Aragua” y no sé qué… son prejuicios y estigmas que me dañan»), el nacional se autoconvence de su superioridad moral. El migrante se convierte en el receptáculo de las ansiedades colectivas; el chivo expiatorio que permite una aparente cohesión social catártica basada en el rechazo. Esta política de exclusión no busca solucionar el problema migratorio, sino ofrecer un consuelo psicológico a una población que teme por su propio futuro.

El análisis de los discursos políticos revela una construcción del «otro» como un agresor simbólico.

LA «ESTRATEGIA DEL CAMALEÓN»

Esta hostilidad ambiental obliga a los NNA migrantes a adoptar la «estrategia del camaleón». Utilizando la dialéctica de Donald Winnicott, observamos una fractura crítica entre unos espacios que se constituyen como seguros para los NNA, como el colegio («yo siento que el colegio es mi espacio seguro, aquí tú no te sientes diferente sino acogida y respetada») y «la calle», percibida como un territorio de amenaza constante («pero saliendo de aquí me vuelvo muy callada, yo no hablo porque me da vergüenza: ¿Qué pueden decir de mí? Me pueden tachar de delincuente»).

La estrategia del camaleón es un mandato de invisibilidad forzada. Para sobrevivir al estigma, los niños aprenden a silenciar su risa, a moderar el acento y a ocultar sus rasgos culturales. El miedo no es abstracto; se alimenta de eventos concretos y diarios que funcionan como un recordatorio de que su piel y su origen son sospechosos por defecto. El daño más profundo de esta dinámica es la «renuncia existencial», un fenómeno de aplanamiento de las aspiraciones vitales.

La transformación de un NNA también ilustra la fragilidad del proceso de integración. Tras llegar a Chile casi analfabeto en español y enfrentar múltiples suspensiones por conductas disruptivas, logró, gracias a un ambiente escolar que lo sostuvo, convertirse en un líder positivo para toda la comunidad del colegio. Pero esta victoria es excepcional y depende de una resiliencia heroica del estudiante y del colegio más que de una política de Estado de inclusión y respeto. La mayoría de los NNA participantes en la entrevista, opta por el «encogimiento de hombros» ante la pregunta por el futuro que parece haberles cerrado la puerta. Al no recibir un ropaje de inclusión política por parte de la sociedad receptora, el joven migrante asume que la universidad, por ejemplo, es un territorio prohibido. Y así, muchos otros.

Para sobrevivir al estigma, los niños aprenden a silenciar su risa, a moderar el acento y a ocultar sus rasgos culturales.

CONCLUSIÓN: HACIA UNA ÉTICA DEL CUIDADO Y LA RECUPERACIÓN DE LA PROMESA

La crisis de la infancia migrante es una de las expresiones cotidianas de la crisis de la salud democrática en el mundo. Si la ausencia de democracia en sus países de origen forzó a estos niños al éxodo, la inseguridad existencial en el destino completa un ciclo de violencia que despoja a la niñez de su derecho más básico: el derecho a soñar sin miedo.

Como comunidad política, debemos transitar hacia una ética universal de los derechos humanos y derechos sociales que recupere la promesa democrática. Retomando la entrevista a Zohran Mamdani, la democracia solo será real en Chile y en todo el mundo, cuando deje de ser un privilegio de origen de unos pocos para convertirse en una garantía de bienestar material y subjetivo para todos. La verdadera medida de nuestro progreso no está en la solidez de nuestras fronteras, sino en la capacidad de los NNA para construir una identidad que no necesite esconderse para sobrevivir. Asegurar el derecho inalienable de la niñez a proyectar un futuro digno, libre del asco proyectivo e invisibilidad forzada, es la única forma de evitar el vaciamiento definitivo de nuestra promesa como nación democrática. Solo a través de la inclusión política podremos restaurar la expectativa de vida existencial de quienes, habiendo perdido su hogar y cargando una infinidad de traumas y abusos, buscan en este suelo la posibilidad de volver a ser niños, sanar sus heridas y proyectar su futuro.

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