La captura y retención de adversarios suele ser una amenaza poderosa, y las acciones de rescate pueden tener un valor político determinante, altamente apreciado por los gobiernos. Desde los tiempos de la Guerra de Vietnam, algunos ejemplos han reflejado lo críticos que pueden ser estos episodios en la resolución o la deriva de los conflictos.
El impacto por la toma de rehenes, en tiempos de guerra, suele gravitar con fuerza en la conducción de los conflictos. El descomunal operativo desplegado por Estados Unidos para recuperar a un piloto derribado en Irán el 3 de abril, habla volúmenes sobre el nerviosismo de Washington. Cientos de efectivos arriesgaron sus vidas para recuperar a uno de ellos. Desde una óptica de racionalidad estadística, semejante esfuerzo parece temerario.
En una perspectiva emocional —y las emociones son determinantes en la moral de combate de una sociedad y sus fuerzas armadas—, la dimensión emotiva suele proyectarse a la esfera política, que a menudo tiene la última palabra. En consecuencia, la capacidad de golpear al enemigo sin exponer fuerzas propias es un factor clave para los gobernantes.
Durante la guerra de Vietnam, Estados Unidos sufrió cincuenta y ocho mil muertes y más de medio millar de prisioneros, que fueron llevados a Hanoi. A ellos se sumaron los «missing in action» (MIA), los perdidos en combate, que pesaron en la agitación antibélica. Fue un tema que influyó en los resultados electorales, que culminaron con la derrota del Partido Demócrata gobernante.
En 1976, comandos israelíes lanzaron una incursión para rescatar a un centenar de rehenes secuestrados por el Frente Popular de Liberación de Palestina. Se trataba de los pasajeros de un avión de Air France que había sido desviado al aeropuerto de Entebbe, en Uganda. En la operación murió el coronel Jonatan Netanyahu, hermano del actual primer ministro Benjamín Netanyahu. La acción que logró el rescate de los rehenes entró en los anales de las operaciones de comando.
En contraste, Israel nunca superó el golpe sufrido en 2006 con la captura y secuestro del soldado Gilad Shalit, quien permaneció en manos de sus captores hasta 2011. Fue devuelto, tras una búsqueda incesante pero infructuosa, en un intercambio por más de un millar de presos palestinos encarcelados por Israel. Muchos israelíes ven en dicho intercambio la raíz del secuestro de 251 de sus compatriotas el 7 de octubre de 2023. Quienes así lo han estimado señalan que para Hamas quedó sentado un precedente que alentaba la captura de rehenes. Esta percepción motivó un vasto movimiento político israelí, que exigió el retorno hasta el último de los capturados, vivos o muertos, en los ataques perpetrados por Hamas y otras organizaciones gazatíes.
Según analistas de inteligencia, la incursión —rotulada por Hamas como «Operation Al-Aqsa Flood» (Operación inundación de Al-Aqsa», en alusión a la gran mezquita de Jerusalén)— apuntaba no solo a canjear prisioneros. La toma masiva de rehenes tenía un propósito psicológico y de propaganda a nivel internacional. Su objetivo era posicionar la condición del pueblo palestino en el centro de la agenda mundial. Hay quienes estiman que fue una acción de guerra cognitiva: el campo de batalla como medio para influir en las mentes y las percepciones.
El derribo de un avión F-15E estadounidense el 3 de abril dio pie a una de las operaciones de rescate más onerosas de la historia moderna. Las estimaciones del costo de la extracción de sus pilotos oscilan entre quinientos y dos mil millones de dólares. La variación depende de los factores considerados, como, por ejemplo, el rol de la Armada y su portaaviones. Según el periódico Wall Street Journal, cada avión Super Hércules C-130J, cargado con avanzados dispositivos electrónicos, que incluían sensores antimisiles, estaba valuado en más de cien millones de dólares. Los dos aparatos participantes quedaron embancados en la arena. Pese a los esfuerzos, contra reloj, para zafarlos, a los rescatistas no les quedó más remedio que dejarlos atrás. Dado que no podían permitir que las aeronaves, al igual que algunos helicópteros MH-6, cayesen en manos de fuerzas iraníes, que se aproximaban, optaron por destruirlos. El F-15E abatido tiene un valor de reposición de cien millones de dólares.
Tras el exitoso rescate de alto riesgo y costo, el presidente Donald Trump declaró: «Esta es la primera vez en la memoria militar que dos pilotos estadounidenses han sido rescatados, por separado, desde lo profundo del territorio enemigo». Así lo puntualizó en su blog Truth Social. Agregó una sentencia destinada a reverberar en el corazón de sus compatriotas: «nosotros jamás dejaremos atrás a un combatiente americano».
El rescate trajo a la memoria la fallida operación Eagle Claw —Garra de Águila—, ejecutada en 1979 en Irán. Allí, el 4 de noviembre, una muchedumbre de jóvenes iraníes rompió los candados de las puertas de la embajada de Estados Unidos en Teherán. Los infantes de marina a cargo de la seguridad del recinto no supieron qué hacer. Mujeres portando carteles de protesta encabezaban la manifestación. Disparar, con certeza, habría inflamado a la muchedumbre. Así, sin mayor dramatismo, fueron capturados cincuenta y dos funcionarios estadounidenses, quienes se convirtieron en rehenes del régimen iraní. Fue el inicio de una crisis cuyas consecuencias resuenan hasta nuestros días. Los intentos por encontrar una salida diplomática no prosperaron. En diciembre de 1979, el Pentágono preparó un comando de fuerzas especiales para intentar el rescate de esos rehenes.
Estados Unidos posicionó los portaaviones Nimitz y Coral Sea en las proximidades de Irán. Seis aviones C-130 Hércules que operaban desde Omán debían extraer a los rehenes. Los comandos responsables de la operación —ciento veinte miembros de fuerzas especiales— ingresarían en ocho helicópteros Super Stallion provenientes del Nimitz. El encuentro se produciría en un punto designado Desert One, a unos 280 kilómetros de Teherán. Desde allí ingresarían a la capital en vehículos para sacar a los rehenes y embarcarlos en los C-130. Un importante número de agentes infiltrados esperaba en la capital iraní para apoyar a la partida de rescate.
Para evitar detección, los helicópteros recibieron orden de volar bajo los 60 metros de altura. A poco de despegar, uno de los Sea Stallion mostró una luz roja que advertía problemas en una de las aspas de los rotores, asunto delicado, pues las aspas están rellenas con hidrógeno y un escape puede preludiar la destrucción del aparato: es el eterno dilema de los pilotos ante las luces rojas: ¿es una falla del sensor o realmente es un problema mayor? En definitiva, juzgaron prudente abandonar la máquina. Un segundo helicóptero debió recoger a su tripulación y ello atrasó la ejecución del plan. Por su parte, otros dos helicópteros, debido a la baja altitud de vuelo, fueron afectados por un fenómeno que los iraníes llaman hubab. Es una ventisca que levanta una arena fina que limita la visibilidad. «Era como volar dentro de una botella de leche», diría más tarde uno de los pilotos. El hubab obligó a las naves a posarse. En el intertanto, un segundo helicóptero presentó problemas en su sistema hidráulico.
La situación se complicó aún más para los C-130, que ya habían aterrizado en Desert One, cuando apareció un bus con unos cuarenta pasajeros que circulaba por un camino que, según se pensaba, estaba en desuso. No tuvieron más remedio que retener a los ocupantes para evitar que dieran la alarma. Pero lo peor estaba por venir. Uno de los helicópteros Sea Stallion, al realizar una maniobra, chocó con el ala de un Hércules provocando una inmensa explosión, visible a kilómetros de distancia. La misión no solo había abortado, sino que la expedición debió huir a toda prisa antes de que la aviación iraní diera cuenta de ellos, o bien los comandos terminarían sumándose a los rehenes. Todo el personal corrió a los Hércules y, sin más, despegaron. Varios de los helicópteros estaban dañados por la explosión y fueron dejados atrás, ya que eran demasiado lentos para el escape. Más tarde, los iraníes encontraron en ellos documentos que permitieron el arresto de varios de los agentes que esperaban en Teherán.
Fue un fiasco militar de proporciones colosales. Las consecuencias políticas fueron igualmente drásticas. El presidente Jimmy Carter pagó por los 444 días de crisis con su presidencia: tras un período en la Casa Blanca, perdió la reelección ante el republicano Ronald Reagan. Una proporción importante del electorado consideró inaceptable la impotencia de su país ante una humillación deliberada infligida por el régimen clerical iraní.
La toma de rehenes es una táctica bélica ancestral, utilizada en algunos casos para fines de extorsión o como carta de negociación. También, como una suerte de cheque en garantía, en que se exige la entrega de alguien relevante hasta el cumplimiento de ciertos acuerdos. Un ejemplo histórico fue el de Miguel de Cervantes, capturado por piratas berberiscos en 1575. Apresado en Argel, debió permanecer como esclavo por cinco años, hasta que se pagó un rescate.
En América Latina, la captura de rehenes ha sido empleada ante todo por fuerzas insurgentes para lograr la liberación de camaradas presos. Así ocurrió en Nicaragua, en agosto de 1978, cuando un comando sandinista encabezado por Edén Pastora, el comandante Cero, capturó el Palacio Nacional en Managua. El dictador Anastasio Somoza negoció con los atacantes y liberó a los prisioneros que se le exigía liberar.
Uno de los secuestros más largos y publicitados en la región fue el de la embajada japonesa en Lima, por parte del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). En un golpe de audacia, el 17 de diciembre de 1996, un comando guerrillero capturó a cuatrocientos rehenes que asistían a una recepción. El presidente Alberto Fujimori inició una hábil negociación en la que no hizo concesiones y logró reducir, en forma gradual, el número de rehenes a setenta y dos. El 22 de abril de 1997, fuerzas especiales lanzaron un ataque contra la embajada: todos los miembros del MRTA fueron abatidos; algunos de ellos, a sangre fría.
La ley internacional considera que capturar rehenes para evitar agresiones u obtener la libertad de presos no se justifica bajo ninguna circunstancia. La toma de rehenes es un crimen y es tipificado, según las circunstancias, como «secuestro» o «acto terrorista». Se habla de «rapto» cuando el secuestro tiene connotaciones de abuso sexual.
La ley internacional considera que capturar rehenes para evitar agresiones u obtener la libertad de presos no se justifica bajo ninguna circunstancia.
El precio político que conlleva la captura de rehenes alienta métodos de combate que limiten semejante riesgo. Una forma de lograrlo es el empleo de aviones que vuelan a gran altura dotados de un arsenal de medidas de defensa electrónica. Cuando es necesario operar más cerca de los blancos, la respuesta, cada vez más generalizada, es recurrir a drones o vehículos robóticos. Los sistemas de armamentos modernos buscan reducir las tripulaciones y, mejor aún, prescindir de ellas. Es algo que salta a la vista en la guerra ruso-ucraniana con el despliegue masivo de drones y vehículos autónomos. En esta esfera destacan drones submarinos que han obligado al repliegue de unidades navales rusas en el mar Negro. Se aprecia, asimismo, la masificación del empleo de vehículos robóticos, en especial para las riesgosas tareas logísticas de abastecimiento de insumos en los frentes de combate.
Las armas autónomas han probado su eficacia militar reduciendo el riesgo de bajas y captura de prisioneros. Pero, al aminorar el peligro para las fuerzas propias, incentivan acciones más agresivas. A fin de cuentas, los balances de poder y la disuasión dependen, en alto grado, del temor que inspiran los bandos en disputa. La impunidad relativa que ofrece el armamento autónomo disminuye las inhibiciones a aventuras bélicas. La descomunal paliza que Estados Unidos e Israel han propinado a Irán, con mínimas bajas propias, ilustra la seguridad brindada por armas de última generación.
La literatura y el cine de ciencia ficción están poblados con visiones de guerras futuras libradas por armas robóticas. En definitiva, cualesquiera que sean los medios utilizados para combatir, los conflictos responden a intereses y sentimientos humanos. La robotización no resuelve las causas de las disputas. El hecho de que limiten los riesgos para quienes las despliegan podría incentivar cierto aventurerismo bélico.