Hay acá una contradicción dolorosa: el país que ayudamos a construir no es el mismo que podemos disfrutar.
En recuerdo de Rolando Serey.
Obrero del salitre, Oficina Humberstone.
Trabajo en la construcción desde joven. No porque fuera mi sueño, sino porque fue lo que encontré. Como decimos varios compañeros: «Es la única pega para los que no tenemos estudios y que da un poco más de plata. Si hubiéramos estudiado, no estaríamos aquí».
Esa frase, que parece simple, dice mucho del país. Aquí el estudio marca el destino. Quien no pudo terminar el colegio, termina donde haya trabajo, y la construcción es una de las pocas puertas que quedan abiertas.
Dicen que somos el motor de Chile. Que la construcción mueve la economía, que genera empleo, que impulsa la inversión. Es cierto: sin nosotros, no habría edificios, carreteras ni hospitales. Pero detrás de ese «progreso» hay una historia menos visible, una historia de hombres y mujeres que se levantan de madrugada, viajan dos horas, comen apurados bajo el sol y regresan a casa cuando ya todos duermen.
Mientras el país crece hacia arriba, muchos de nosotros seguimos abajo, levantando muros que nunca podremos habitar. Construimos departamentos que no podríamos comprar ni en veinte años. Es una contradicción dolorosa: el país que ayudamos a construir no es el mismo que podemos disfrutar.
Aun así, hay orgullo. Orgullo de ver un edificio terminado y decir «ese lo hice yo». Orgullo de dejar algo firme, útil, que sirva a otros. No cualquiera puede decir lo mismo. Pero ese orgullo no debe tapar las injusticias que arrastramos hace décadas.
En las obras se habla poco y se trabaja mucho. Los días son largos, el cuerpo se gasta y los derechos, cuando los hay, se desvanecen con el polvo.
Los contratos por obra o faena son la norma. Mientras haya pega, hay sueldo; cuando se acaba la obra, se acaba el contrato. Así de simple. No hay antigüedad, no hay vacaciones seguras, no hay estabilidad. Si uno se enferma o el proyecto termina antes de tiempo, el trabajador se va a la casa con lo justo o sin nada.
La mayoría de las empresas subcontratan. Eso significa que uno no sabe bien para quién trabaja. Si algo sale mal, nadie se hace responsable. En tiempos de crisis —como la pandemia— muchos contratistas quebraron y dejaron a sus trabajadores sin sueldo ni finiquito. Las empresas grandes siguieron en pie, pero los obreros quedaron botados.
A eso se suman las malas prácticas: contratos firmados por el sueldo mínimo, pagos «por fuera» que no cotizan, finiquitos sin cotizaciones al día y notarías que se prestan para el engaño. En teoría, todo está regulado; en la práctica, todo se acomoda.
Hay empresas que pagan solo por 30 días, aunque el mes tenga 31. Eso significa que en un año uno trabaja gratis cinco o seis días. Nadie lo reclama, porque es así «de toda la vida». El abuso se volvió costumbre.
Y las condiciones en obra no siempre son dignas: faltan baños, duchas, comedores, casilleros. Los equipos de protección personal se entregan con cuentagotas, y si uno los pierde, debe pagarlos. Cuando hay fiscalización, todo se arregla por un rato. Pero después vuelve la rutina: improvisación, apuro y riesgo. Los accidentes se tapan, los muertos se olvidan.
Muchos creen que en la construcción se gana bien. Pero la verdad es que los sueldos apenas alcanzan para sobrevivir. Un maestro puede ganar entre 700 y 800 mil pesos, si tiene suerte. Pero la jornada no es de ocho horas, como dice la ley. Son diez, doce o más, sin contar las horas de viaje.
Las horas extra suelen ser una imposición. Si uno no acepta, lo cambian o lo despiden. El cansancio se vuelve parte del trabajo. Hay días en que el cuerpo no responde, pero igual hay que ir, porque si uno falta, no le pagan.
El nivel de educación es bajo. Según cifras oficiales, más de la mitad de los trabajadores tiene enseñanza media incompleta. La mayoría aprendió el oficio mirando, ayudando, copiando lo que hacían los maestros antiguos. La capacitación formal casi no existe. Y cuando hay cursos, son lejanos o en horarios imposibles.
No hay una carrera que seguir. Uno sube de peón a ayudante, de ayudante a maestro, si tiene suerte y buen ojo. Pero no hay reconocimiento. No hay bonos por experiencia ni incentivo por quedarse. Es un trabajo que se aprende con las manos, no con diplomas.
El resultado es un sector que depende del esfuerzo de cada uno, pero no lo recompensa. La gente se gasta rápido. A los 50 años de edad, muchos ya no aguantan el ritmo. Algunos terminan con hernias, problemas a la espalda o respiratorios. Y cuando el cuerpo dice basta, el sistema no tiene nada preparado.
En los últimos años llegaron muchos compañeros extranjeros: haitianos, venezolanos, peruanos, colombianos. Gente trabajadora, de gran corazón, que acepta cualquier pega, porque necesita sobrevivir. Pero también ellos sufren más abusos. Les pagan menos, los hacen trabajar más y, en algunos casos, viven en las mismas obras, en piezas improvisadas, sin ventilación ni servicios básicos.
He visto encargados que deciden cuándo pueden salir o tener descanso. Algunos les quitan documentos o los amenazan con denunciar su situación migratoria. Son formas nuevas del mismo viejo abuso: aprovecharse del que tiene más necesidad.
Y, sin embargo, hay compañerismo. En las obras chilenas y extranjeras se mezclan los acentos y las historias. Se comparten el pan, el agua, la herramienta. Se celebran los cumpleaños con lo poco que hay. Esa solidaridad es lo que mantiene vivo el ánimo. Nadie entiende mejor el valor del otro que quien también ha sufrido.
Esa fraternidad es invisible, pero real. No sale en los discursos ni en las estadísticas, pero es el cemento que sostiene el alma del trabajador. Cuando un compañero se accidenta, los otros lo acompañan. Cuando a uno lo despiden, los demás lo ayudan a encontrar pega. Así sobrevivimos, juntos.
A la construcción se le pide productividad, rapidez, eficiencia. Pero el verdadero progreso no se mide solo en metros cuadrados ni en grúas más grandes. Se mide en dignidad.
Chile necesita viviendas, hospitales, escuelas. Pero no puede seguir levantándolos sobre la precariedad de los mismos que los construyen. Modernizar el país no puede significar empobrecer al trabajador.
El Estado fiscaliza poco, las mutuales reaccionan tarde y las leyes se aplican a medias. Las instituciones miran hacia otro lado. Y la Cámara Chilena de la Construcción habla de «sostenibilidad», mientras miles de obreros no tienen siquiera un baño decente.
Los trabajadores de la construcción somos parte de la historia de Chile. Con nuestras manos se levantaron ciudades, puentes, represas y templos. Pero la historia también debe reconocer el costo humano que hay detrás.
No pedimos privilegios. Pedimos respeto. Pedimos que se cumpla la ley, que se paguen las cotizaciones, que los contratos sean claros, que no se juegue con la necesidad. Queremos trabajar y vivir con dignidad.
El país que levantamos con nuestras manos no puede seguir descansando sobre el cansancio de los mismos de siempre. Si de verdad queremos una nación moderna, entonces que se parta por mirar hacia abajo, hacia los que están en la base, sosteniendo todo lo demás.
Porque mientras haya trabajadores que no pueden disfrutar del país que construyen, Chile seguirá siendo una obra inconclusa.
Con nuestras manos se levantaron ciudades, puentes, represas y templos. Pero la historia también debe reconocer el costo humano que hay detrás.