Esperanza Andina: esperanza compartida de una casa propia

Testimonio sobre una historia y un esfuerzo hecho en comunidad, en un escenario en que la institucionalidad y las condiciones socioeconómicas ensombrecen el camino hacia la vivienda. El factor de éxito fue la unión de los vecinos decididos a organizarse y sostenerse mutuamente durante años, sin fracturarse.

Vi a mi padre desarmar una mediagua de dos por tres. La desarmó solo y la cargó en una carretilla, a pulso, casi un kilómetro, desde el pasaje 457 en Los Baqueanos hasta la esquina de Grecia con Quebrada de Ramón. Eran como las dos de la mañana y hacía mucho frío. Esa mediagua sirvió para recibir a una madre con su hijo recién enfermo. Hoy ese niño tiene 34 años. Yo era chica entonces, pero me quedó grabada esa escena, como también la frase que mi madre dijo a mi papá, Abelardo, la noche en que decidió sumarse a la toma: «¿A qué vas? No conseguirás nada». Él respondió que, si no iba, nunca íbamos a tener una casa. Tenía razón: su tenacidad nos dejó una casa sin deuda, en un lugar bueno de Peñalolén, donde después yo misma recibiría a mis hijos.

INICIOS

Antes de esa madrugada del 19 de junio de 1992, cerca de ochocientas familias —unas cuatro mil personas, organizadas en la Coordinadora de Allegados de Peñalolén— ocuparon 14 hectáreas de un paño cordillerano. La mayoría de nosotros vivíamos allegados, compartiendo patios y piezas con parientes, hacinados, sin ningún horizonte propio. La Unión Intercomunal de Allegados lo describía así en esos años: «En 9 o 18 metros cuadrados tenemos todas nuestras humildes pertenencias… es una relación de violencia cotidiana».

Esos comités no nacieron de la nada: llevaban tiempo coordinándose entre sí, con reuniones, formación en temas de vivienda y una búsqueda colectiva de alternativas frente a un sistema de subsidios que, en la práctica, tendía a expulsar a las familias pobres hacia la periferia de Santiago.

Esa fue la primera toma de terrenos de la época democrática, y no fue improvisada: había comités, responsables por sector, normas de convivencia y una estrategia clara de negociación con las autoridades. No se pedía un techo cualquiera. Se pedía quedarse ahí, cerca del trabajo, de las escuelas, de la familia: el derecho a la ciudad, aunque entonces nadie lo llamara así.

Gloria recuerda que la toma la encabezaron su marido Ricardo, a quien le decían Danilo, y José Luis Conjambera junto a un puñado de familias, entre dos y cinco según cuenta ella. Entre ellas iba Soledad Paine, que tenía una discapacidad; su esposo no quería llevarla por eso, pero la trajo igual. Los primeros días fueron tensos con Carabineros, que no dejaban tomarse el terreno, y Ricardo estuvo a punto de terminar preso. A los mismos policías, cuenta Gloria, «los compramos» a fuerza de desayunos y buena disposición, hasta que la vigilancia se aplacó.

FE Y DISCIPLINA

La vida en el campamento fue dura y, a la vez, extraordinariamente ordenada. Se armaron guardias para cuidar el terreno de noche. Gloria, una de las vecinas más antiguas, recuerda a su marido como jefe de guardia: «Él no permitía que le pegaran a las mujeres… hacían guardia y cuando los veían con trago, él les botaba todo». Se hacía olla común. Con palas y chuzos se excavó para conseguir agua y luz. No se toleraba el narcotráfico. Detrás de esa disciplina había, para muchos, una convicción de fondo. Yo creo que Dios ayudó y colaboró, porque vio que los pobladores trabajaban, se esforzaban y se movilizaban sin dañar a nadie. A pesar de ser gente humilde y sencilla, entendieron lo que significa una comunidad con un sentido cristiano.

Esa colaboración no se limitó a las guardias o a la olla común. Recuerdo a Willy, un gásfiter y albañil del campamento, que ayudó a ampliar cocinas, construir baños y levantar rejas sin cobrar casi nada. Y mi vecino hizo la base de mi reja actual: «Le voy a dejar esto de recuerdo». Por ese trabajo no cobró, lo hizo con cuidado, se tomó su tiempo. Es decir, entregó algo muy personal. Lo hizo tal vez como Jesús con sus amigos. Historias como esa, multiplicadas por cientos de familias, explican mejor que cualquier subsidio por qué Esperanza Andina salió adelante: no fue el Estado el que sostuvo el proceso día a día, sino los mismos vecinos, unos con otros.

LA LUCHA POR LA RADICACIÓN

La radicación no fue un regalo. Costó seis años de asambleas, comités y presión sostenida sobre el Estado, con una huelga de hambre y una marcha a pie hasta el Congreso, en Valparaíso. Gloria no fue a esa marcha —se quedó con su marido cuidando el campamento— pero recuerda a los que sí caminaron esos kilómetros: «gente que se desmayaba en el camino, gente que llegaba con sus patitas hinchadas… fue una lucha muy grande». Insiste: «Mucho sacrificio. Fue demasiado sacrificio». Bernarda, que llegó meses después de la toma inicial y crio a su hijo Hernán entre carpas y colchones mojados por la lluvia, lo resume en pocas palabras cuando le preguntan cómo se siente hoy en su casa: «Segura, feliz. Se luchó mucho para tener nuestras casas». Y agrega, pensando en quienes hoy las venden sin mirar atrás: «No se dan cuenta de todo el sufrimiento que pasamos acá, fríos, hambre… sufrimos harto para tener esto acá».

Si hay que señalar un solo factor detrás del éxito de Esperanza Andina, ese fue la unión de los vecinos: la disposición de cientos de familias distintas a organizarse y sostenerse mutuamente durante años, sin fracturarse. La conducción del campamento recayó, sobre todo, en dos dirigentes, Olga Leiva y José Luis Flores, que sabían moverse ante el SERVIU y tramitar lo que la gente necesitaba. Gloria asegura que entre ellos nunca hubo una rivalidad que dividiera al campamento: «Se llevaban súper bien, incluso después fueron pareja». La marcha a Valparaíso fue increíble: mientras un grupo hacía guardia, otro tramitaba papeles, y un tercero cuidaba a los niños y a los adultos mayores. Nadie recibió su casa solo: la recibieron entre todos.

EL CAMINO A LA CASA PROPIA

Para comprar el terreno hubo que pedir un préstamo al BancoEstado, sumado al ahorro de cada familia —esa libreta que algunas, como cuenta Bernarda, llegaron a vaciar por desconfianza, antes de volver a llenarla— y al subsidio del Gobierno. Nadie pidió nada gratis. Cuando por fin llegó la construcción definitiva, en un proceso muy participativo en el que los propios pobladores intervinieron en el diseño del barrio, la distribución de las viviendas y las áreas verdes, los dirigentes exigieron calidad: fueron, dicen, las últimas casas de Peñalolén construidas en ladrillo Princesa, de dos pisos y con calefón, muy por encima del estándar de la vivienda social de la época. Los vecinos quedaron sorteados, no elegidos: «Fue sorteo», cuenta Bernarda sobre cómo se decidió quién viviría al lado de quién. Las últimas llaves se entregaron en el año 2000.

El traspaso al terreno definitivo tuvo su cuento propio. Nancy recuerda que un día cualquiera les avisaron: «Se van a cambiar». Su cuñado Marco, que en paz descanse, no esperó más: puso música a todo volumen y se plantó a gritar hasta que finalmente entregaron los sitios. Esa misma noche, entre las seis y las ocho, las familias se trasladaron. Nancy llegó a una casa sin luz, con las puertas y ventanas mal instaladas; entró por atrás, forzando una puerta, y así ella y los suyos empezaron a habitarla. No era una entrega perfecta, pero era, por fin, la suya.

La calidad de esas viviendas no fue casualidad. En buena parte de las tomas que dieron origen a otros sectores de Peñalolén, el Estado entregaba apenas una caseta sanitaria —una cocina de dos por dos y un baño pequeñísimo, que algunas familias conservan hasta hoy— y dejaba que cada familia construyera después, con sus propios medios, el resto de la casa. En Esperanza Andina, en cambio, las viviendas llegaron terminadas: cuarenta metros cuadrados, dos dormitorios y baño incluidos, además de plazas y una multicancha pensadas para el barrio.

Hubo un precio social para llegar hasta ahí. El propio ministro de Vivienda de la época, Claudio Orrego, desconfió al principio y opuso resistencia. Mientras se construía, algunas familias debieron trasladarse por un tiempo a sectores como Álvaro Casanova, Las Torres o Las Perdices, e incluso a la cancha municipal, donde no siempre fueron bien recibidas: se temía, sin razón, que llegaran delincuentes. El tiempo demostró lo contrario. Y hubo, también, la vergüenza. Al campamento le decían «el Pantanal», por una teleserie brasileña de la época, y yo sentía tanta vergüenza de decir que vivía ahí que me limpiaba los zapatos cada vez que pisaba una calle con cemento. Sin embargo, mi papi pintaba la casa y mi mami hacía un jardín precioso, aunque tuviéramos que abandonarlo cada vez que nos cambiaban de sector por las obras. Años después una excompañera de trabajo me mostró una foto y me dijo: «Tu mamá tenía un jardín muy bonito». Yo no me acordaba. Una casa alcanza para vivir, pero un hogar solo lo hacen quienes lo habitan.

LOS NIÑOS Y EL MAÑANA

Desde el comienzo, Esperanza Andina pensó en los niños y en lo que vendría después. Se abrió un espacio llamado «la Escuelita», que primero sirvió para las reuniones y luego para cuidar a los niños del sector. Más tarde se convirtió en el jardín infantil «Estrellita», hoy administrado junto a Fundación Integra, donde las propias pobladoras cocinaban y cuidaban para que las jefas de hogar pudieran salir a trabajar. Ese impulso no se apagó con los años. Nancy Cuevas, delegada de su pasaje desde el primer día y hasta hoy, sostiene desde la pandemia un comedor solidario que funciona los jueves para la gente en situación de calle, con la ayuda de otras cinco vecinas y de la organización Las Glorias. «Necesitamos más ayuda», dice, sin dramatismo, mientras cuenta que a veces falta hasta el aceite.

Ese comedor funciona en la sede de Esperanza Andina II, en Orlando Letelier 9371, con la ayuda de Bernardita Torres, Sandra San Martín, Jacqueline Sotelo y Marisol. Ahí se sirve consomé, fruta, flan, pan y jugo, financiados en buena parte por el bolsillo de las propias vecinas. Ni la pandemia detuvo a Nancy: se contagió de COVID mientras sostenía el comedor en esos años, y siguió.

EL PRESENTE

Las deudas de la vivienda, que muchas familias —entre ellas la mía— pagaron durante un par de años en dividendos, terminaron siendo condonadas en el gobierno de Ricardo Lagos. Hoy el barrio convive con el corredor del Transantiago, ciclovías y viviendas de mayor valor a su alrededor: un entorno de diversidad social que hace treinta años era impensable para quienes llegaban de allegados. Muchos de esos vecinos y vecinas son ahora abuelos. Algunos ya murieron, pero alcanzaron a ver los frutos de lo que sembraron. Bernarda nota, con algo de tristeza, que ya no es como antes: «Ahora está todo desunido». Puede que tenga razón, y puede también que la unión de entonces solo haya cambiado de forma: sigue viva cada jueves, en la olla del comedor solidario, y en la memoria de quienes, como Gloria, todavía dicen que les duele ver gente que necesita ayuda y sienten que deben seguir dándola.

Vale la pena decir, aunque sea brevemente, que las tomas de hoy no son las de entonces. Muchas de las que hoy ocupan terrenos en Chile carecen de esa estructura: no hay comités ni guardias que impidan el alcohol o el narcotráfico, ni una negociación sostenida con el Estado hacia una salida definitiva; a veces son loteos irregulares y, en no pocos casos, aparecen permeadas por el crimen organizado. Esperanza Andina fue, en cambio, una toma disciplinada desde el primer día, con reglas claras y una hoja de ruta hacia la casa propia, sostenida durante seis años sin quebrarse. Hoy es distinto, porque la calidad humana de los dirigentes no es la misma: algunos se «adueñan» de algunos campamentos y sacan provecho de ellos.

Esperanza Andina nació de una madrugada de frío y una carretilla, de una convicción tozuda —«si no voy, nunca vamos a tener una casa»— y de una fe sencilla en que el esfuerzo compartido no queda sin fruto. Una toma no tiene éxito sin la ayuda de Dios. Cabe recordar que probablemente María y José, en Egipto, contaron con el auxilio de algún buen corazón que los acogió en su condición de refugiados. Entonces no tenían allí ningún familiar ni redes ni nada. ¿Y si alguna familia los recibió de allegados hasta que pudieran volver a su casa en Nazaret?

Nosotros no recibimos nada gratis. Nos movió nuestra dignidad. Treinta y tantos años después, sabemos que, cuando hay unión, respeto y un buen liderazgo, un pueblo —así sea uno tan pequeño como este, en la precordillera de Peñalolén— siempre avanza. Esa sigue siendo, sobre todo, la fe de Esperanza Andina.

Las tomas de hoy no son las de entonces. Muchas de las que hoy ocupan terrenos en Chile carecen de esa estructura: no hay comités ni guardias que impidan el alcohol o el narcotráfico, ni una negociación sostenida con el Estado hacia una salida definitiva.

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