Guerra contra Irán: un objetivo difuso

En todo conflicto bélico, es esencial determinar con nitidez el objetivo a alcanzar y emplear recursos congruentes. Sin embargo, en el ataque contra Irán los métodos empleados suponen metas que van bastante más allá de la destrucción de su capacidad bélica.

El ataque contra Irán despierta una interrogante clave: ¿cuál es el objetivo de la ofensiva norteamericana-israelí contra Teherán? La respuesta de los protagonistas es ambigua y contradictoria. Israel proclamó que su meta es acabar con la posibilidad de que Irán disponga de un arma nuclear, así como de la cohetería para alcanzar sus blancos. En Estados Unidos distintas autoridades han postulado diversos objetivos. El presidente Donald Trump fijó la meta maximalista de un cambio de régimen, invocando el modelo venezolano: Washington escogería una figura del sistema imperante para que gobierne de acuerdo a sus condiciones, algo de lo cual Israel se hizo eco, señalando que «se abría una oportunidad de oro» para tumbar al régimen teocrático de los ayatolás. Marco Rubio, Secretario de Estado, postuló que la meta era neutralizar la capacidad ofensiva iraní y crear las condiciones para un levantamiento. En otro momento Rubio dijo que sabían que Israel estaba presta a atacar Irán, lo que involucraría a Estados Unidos. Por lo tanto, señaló: «Sabíamos que, si no íbamos con ellos de manera preventiva, nosotros terminaríamos teniendo más víctimas». Mike Johnson, jefe de los republicanos en el Congreso, adhirió a la misma versión.

Todos los manuales militares subrayan la importancia de delimitar con nitidez el objetivo. Ello implica que cada operación militar debe apuntar a una meta claramente definida, decisiva y realista. Pero, por sobre todo, es esencial que el propósito político esté establecido con precisión y se pueda lograr aplicando los diversos elementos del poder de una nación.

Los objetivos señalados en el ataque contra Irán chocan, sin embargo, con los métodos empleados para alcanzarlos. El bombardeo masivo de ciudades e infraesructura iraníes va mucho más allá que la destrucción de instalaciones misileras y nucleares. Hay consenso en que la mejor defensa frente a misiles consiste en impedir que sean disparados. Lo mismo vale para lo nuclear: en tal caso, se busca evitar a toda costa que un adversario desarrolle un arma atómica, porque, una vez que lo logra, cambian las reglas del juego. Pero, dado el volumen de la ofensiva desplegada frente a Irán, así como las declaraciones de intenciones, es manifiesto que la meta es allanar el camino para el sometimiento político del país.

Desde un punto de vista militar, casi no existen precedentes de doblegamiento de países mediante bombardeos aéreos. Por el contrario, el grueso de las experiencias, desde la Segunda Guerra Mundial al conflicto del Sudeste asiático, señala que la población tiende a cerrar filas tras las autoridades, aunque no sean representativas o populares. Mal cabe esperar que los ciudadanos salgan a las calles para rebelarse mientras llueven bombas y misiles. Tampoco habrá apoyo para la demolición metódica de instalaciones petroleras, principal fuente económica del país, que augura tiempos difíciles, gobierne quien gobierne. Existe una constante en los conflictos: su militarización tiende a excluir a la amplia mayoría de la civilidad. En Irán el mayor sustento armado del régimen no descansa en sus fuerzas armadas, sino en la altamente ideologizada Guardia Revolucionaria que, de facto, tiene el control del país cual guardia pretoriana.

EL PESO DE LA HISTORIA

Irán significa país de los arios y durante siglos, hasta 1935, se le llamó Persia. Como todos los países de la región, conoció múltiples invasiones: griegos, turcos, mongoles y la fuerte influencia de Rusia y después del Imperio británico. Pese a ello, los persas —a diferencia de la mayoría de los árabes—, desarrollaron una fuerte identidad nacional y lograron establecer fronteras bien delimitadas. Nunca fueron una colonia o protectorado, siempre mantuvieron su independencia.

Irán tuvo la fortuna y la desgracia de contar con enormes reservas de petróleo, para algunos «el excremento del diablo», que manó por primera vez en 1908. En 2026 sus reservas alcanzaban al doce por ciento de las existencias mundiales, ubicándose en tercer lugar después de Venezuela y Arabia Saudita.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Irán experimentó una ola nacionalista y antibritánica, en especial por las leoninas condiciones impuestas por el monopolio de la explotación petrolera inglesa. En 1951, Muhammad Mossadeq fue nombrado Primer Ministro por el Sha (el rey). En las calles de Teherán cientos de miles de manifestantes coreaban: «El petróleo es nuestra sangre, el petróleo es nuestra libertad». En un acto histórico, Mossadeq nacionalizó todas las explotaciones de crudo. Para revertir la medida, Londres y Washington instigaron un golpe militar. Los esfuerzos, liderados por la CIA, fructificaron en 1953 con una alzamiento castrense que permitió al Sha reasumir poderes, respaldado por el clero que, a cambio, barrió con la oposición secular. Londres y Washington recuperaron así la influencia perdida.

La política exterior iraní siguió los dictados de Estados Unidos. Esta dependencia despertaba viva resistencia en la población. La persecución metódica de los disidentes por parte de la policía secreta, la SAVAK, instauró un régimen de terror. La fastuosidad del trono contrastaba con la miseria de la mayoría.

El movimiento popular y el Partido Comunista, el Tudeh, vinculado a los soviéticos, estaban muy debilitados por la represión. En consecuencia, la rebelión fue encabezada por el clero chiita. Con un fuerte acento antinorteamericano se sucedió una serie de rebeliones. El líder indiscutido del movimiento fue el ayatolá Jomeini, quien regresó al país del exilio en febrero de 1979. Luego de tres días de insurrección en Teherán, fue depuesto el Sha sin que el ejército combatiera contra los enardecidos manifestantes. El 1 de abril de 1979, luego de un referéndum, fue proclamada la República Islámica. Siete meses más tarde, era invadida la embajada de Estados Unidos y tomados rehenes todos sus ocupantes.

La situación militar del país era caótica. Irán había figurado como uno de los países con mayor poderío bélico en el mundo. Pero los clérigos purgaron las fuerzas armadas y fusilaron a varios generales. En menos de un año, el ejército perdió más de la mitad de sus efectivos. Escaseaban los repuestos para el armamento, que en su gran mayoría provenía de Estados Unidos. Esta coyuntura de debilidad fue aprovechada por Irak para atacar a su vecino el 22 de septiembre de 1980. Al inicio, las fuerzas iraníes sufrieron reveses, pero en 1981 habían recuperado todos los territorios perdidos. Sin embargo, los planes de Bagdad coincidían con los intereses de Occidente, el cual buscaba frenar el fervor islámico y nacionalista iraní. Fue una alianza del mundo contra Irán, país que además tenía un duro discurso antisoviético. En esas condiciones se libró una guerra que Irak no podía ganar e Irán no podía perder. El 20 de agosto de 1988 concluyó el conflicto con un cese del fuego.

Desde entonces el país ha experimentado fricciones entre funcionarios aperturistas que chocan con la ortodoxia de los ayatolás. En el plano internacional, Teherán moteja a Estados Unidos de «el gran satán», en tanto que Washington replica calificando a Irán como parte del «eje del mal», una amenaza para la estabilidad mundial.

OPERACIÓN «FURIA ÉPICA»

Algunos analistas consideran que Israel, que juega un rol determinante en la campaña contra Irán, aplica algunas técnicas desarrolladas en la Franja de Gaza en la lucha contra el movimiento islamista Hamas.

Uno de los retos en la guerra moderna es la selección de blancos para los ataques aéreos y misilísticos. La superioridad que brindan los cielos abiertos sirve de poco, si no se sabe qué atacar. Según Trita Parsi, del Quincy Institute for Responsible Statecraft, las fuerzas israelíes estarían empleando Inteligencia Artificial (IA) sin verificación humana. Cita, como ejemplo, que Israel bombardeó en Teherán un parque llamado «Parque de la Policía», que según Parsi no tiene relación alguna con la policía. Lo hizo, dijo el analista, porque fue designado por ia, ya que su denominación lo constituía en un objetivo. Según el New York Times, el ejército israelí, en su campaña en la Franja de Gaza, daba un margen de riesgo de hasta una veintena de víctimas civiles en los ataques aéreos.

Uno de los retos en la guerra moderna es la selección de blancos para los ataques aéreos y misilísticos. La superioridad que brindan los cielos abiertos sirve de poco, si no se sabe qué atacar.

En el caso de Irán, la masividad de los bombardeos obliga a una actividad frenética. Según el periódico Washington Post, en las primeras 24 horas del conflicto, más de mil objetivos fueron fijados con la ayuda del sistema de inteligencia artificial conocido como Maven Smart System.

El éxito o fracaso de toda operación bélica debe evaluarse en relación con el objetivo. Estados Unidos e Israel podrán proclamar que vencieron, si el objetivo era degradar de manera sustantiva la capacidad bélica iraní. Podrán señalar que a los iraníes les tomará décadas reponerse de la paliza que les han propinado. A su vez, Irán podrá ufanarse de que su gobierno sobrevivió al embate de dos potencias militares: en los términos del régimen iraní, no perder el poder, aunque maltrecho, es ya una epopeya.

Los sacrificios a los que se han visto sometidos los iraníes serán interpretados a través del lente teológico. El chiismo tiene una poderosa vertiente de autoinmolación que glorifica el martirio, algo que está a la vista en algunas festividades en que los fieles se castigan, azotándose con cadenas hasta sangrar profusamente. Todo conflicto bélico tiene muchas dimensiones y la militar es la más visible, pero no es necesariamente la determinante. Lo que inclina la balanza, en definitiva, es el factor político que, por supuesto, a su vez está condicionado por las operaciones militares.

ESTADOS UNIDOS: LA VARIABLE INTERNA

Estados Unidos e Israel han desplegado su poder aéreo a gusto sobre Irán. Pero en forma gradual, en especial para Trump, el foco de atención vira hacia la situación económica y política.

El precio de la gasolina es factor crítico para muchos estadounidenses y su aumento perjudica la posibilidad de ganar las elecciones parlamentarias de noviembre. Las encuestas señalan que casi el sesenta por ciento de los estadounidenses desaprueba la intervención en curso. Cabe suponer que la presión para concluir Furia Épica será más intensa. Las guerras libradas en Vietnam y Afganistán no concluyeron con derrotas militares norteamericanas. Aunque magullados, pudieron continuar, pero —como corresponde en una democracia— la presión política popular terminó con cambios de gobierno en Washington.

Irán, pese al castigo que recibe, mantiene la capacidad de mermar la producción petrolera y gasífera de la región. Y, a menos que envíe tropas al estrecho de Ormuz, perdurará un significativo nivel de estrangulamiento para el paso de petroleros.

Trump es un asiduo consumidor de encuestas y está advertido del peligro que enfrenta de cara a su base «Make America Great Again» (MAGA). A lo largo de su campaña electoral prometió no involucrar al país en las temidas «guerras interminables». Sus adversarios anuncian lo que denominan taco, el acrónimo de «Trump always chickens out» (o «Trump se acobarda siempre»). Desde esta óptica, hay quienes vaticinan que el Presidente proclamará «misión cumplida», haya cambio de régimen o no. En las guerras —como en la política— no hay perdedores, hay explicaciones, que aunque disten del objetivo original dan alguna satisfacción a los partidarios.

Es claro que Estados Unidos no preparó la intervención, como lo hizo en los ataques contra Irak, en donde se aseguró de contar con una amplia alianza de países árabes y otros. En esta oportunidad desoyó los consejos de varios de ellos. Incluso, la propia opinión pública estadounidense no fue preparada para una mejor comprensión de las intenciones de su gobierno. Al parecer, primó la convicción de ciertos teóricos militares sobre el empleo del poder aéreo sin restricciones, y estiman que tras un mes a seis semanas de bombardeo masivo el recipiente del castigo terminará izando una bandera blanca.

El tiempo dirá, pero la milenaria historia de sangre derramada en el Medio Oriente augura nuevos conflictos. La destrucción masiva de Irán agrega un eslabón más de sufrimientos en una región curtida por el dolor. Aun cuando concluyan los enfrentamientos, subsistirá la inseguridad e incertidumbre. Por ello una lección que emerge con nitidez, en diversas latitudes, es la conveniencia de decir «chao petróleo».

El tiempo dirá, pero la milenaria historia de sangre derramada en el Medio Oriente augura nuevos conflictos.

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