Ninguna de las naciones en conflicto parece haberse acercado significativamente al logro de los objetivos que declaró. En un escenario de gran incertidumbre, son innumerables las tareas pendientes en las tratativas del alto al fuego y acuerdos estables. [También disponible en audio]
Tras cada guerra surge la pregunta sobre cuál es el país vencedor y cuál, el derrotado. En algunos casos la respuesta puede ser difusa. En lo que respecta a Washington y Teherán, el veredicto depende de los parámetros que se consideren. Si se suman las muertes sufridas por cada bando, el cuadro es lapidario: Estados Unidos ha registrado trece muertes en el curso de las acciones, con cerca de 500 heridos, en tanto que Irán, como mínimo, se estima que sufrió la pérdida de unos 3.500 militares y civiles, además de 26.500 heridos. Cabe precisar que las cifras distan de ser precisas, pero dan una idea de los órdenes de magnitud de los caídos.
En rigor, la guerra en el Medio Oriente no ha concluido. Rige un frágil cese al fuego, que presenta muchos flancos que pueden precipitar el retorno de las hostilidades. Pero, cualquiera sea su evolución, el cuadro en la región ha cambiado desde que el presidente Donald Trump anticipó, a una semana de iniciados los ataques, el 28 de febrero, que solo aceptaría «la rendición incondicional de Irán». En la actualidad el debate gira en torno a la apertura del estrecho de Ormuz y el programa nuclear iraní.
Si, en cambio, se consideran los resultados de acuerdo a los objetivos fijados por cada bando, el cuadro es otro. Trump postuló que su meta era el cambio de régimen en Teherán, la anulación de la capacidad iraní para producir un arma atómica y, hasta donde fuera posible, reducir la influencia iraní en la región. Ello, con la mirada puesta en Hezbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen y en algunas milicias iraquíes. A nivel global, Washington también busca controlar a los países abastecedores de petróleo a China, su principal adversario.
Las metas del régimen iraní eran más modestas. No ser derrotado equivalía a una victoria en el plano político. Sin amilanarse ante las continuas amenazas de Trump de bombardearlo hasta mandarlo «de vuelta a la edad de piedra», resistió los ataques combinados israelo-norteamericanos. El daño sufrido, a causa de más de cien días de conflicto, fue enorme. No lo mandó a la edad de piedra, pero le tomará largo tiempo recuperarse. Por lo pronto, Irán experimenta una inflación que supera 80 por ciento y —más grave— en productos alimenticios esta sobrepasa el 130 por ciento. Las estimaciones señalan que unos dos millones de iraníes han perdido sus empleos, del orden de siete por ciento de la fuerza de trabajo.
La guerra en el Medio Oriente no ha concluido. Rige un frágil cese al fuego que presenta muchos flancos que pueden precipitar el retorno de las hostilidades.
El éxito o el fracaso de toda operación político-militar es evaluada con referencia a los objetivos de la misma. De entrada, hasta el momento no ha habido cambio de régimen en Teherán. Tampoco, hasta donde se tiene conocimiento, ha sido neutralizada la capacidad iraní para enriquecer uranio ni de fabricar cohetería de mediano alcance capaz de abarcar todo el Medio Oriente. Consideradas estas metas, cabe concluir que Washington fracasó en sus intentos por someter al régimen de los ayatolás.
Su impotencia ante un país de modesta capacidad bélica y desarrollo deja al desnudo las limitaciones del poder estadounidense. Las primeras batallas en los enfrentamientos entre naciones suelen librarse en el campo diplomático. En esta esfera, a diferencia de las guerras contra Irak y Afganistán, Washington optó por obrar de manera unilateral, con la sola participación de Israel. Peor aún, dañó su ya compleja relación con los países europeos y fragilizó su compromiso con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que constituye la principal alianza bélica mundial. Una tras otra, las capitales europeas se marginaron de la que consideraron una misión sin destino claro. Algunos países cercanamente aliados de Estados Unidos, como Gran Bretaña, España e Italia, limitaron las operaciones logísticas norteamericanas desde bases aéreas en sus territorios.
De cara a las monarquías del Golfo Pérsico, las que han sido aliadas estrechas de Estados Unidos, que ha garantizado la explotación de su riqueza petrolera, surgieron severas dudas de hasta qué punto podían antagonizar a su vecino iraní. Teherán despachó misiles contra bases militares estadounidenses que operan en sus territorios. Pese a que cuentan con avanzados sistemas de armas —como Arabia Saudita—, optaron por abstenerse de una confrontación directa. El cálculo político en la región fue que Estados Unidos en el futuro podría alejarse de la región. En cambio, Irán, pase lo que pase, seguirá siendo su vecino y tendrá una gravitación decisiva. Ha trascendido que diversos gobiernos buscan diversificar sus alianzas y encontrar un acomodo con Irán.
Las reverberaciones de la guerra alcanzaron confines distantes. Numerosos países en todo el globo resintieron el aumento del precio de los combustibles. Igualmente dañina ha sido la escasez de fertilizantes a causa del cierre del golfo de Ormuz. Ello, se prevé, encarecerá una serie de productos agrícolas en diversas latitudes, especialmente en las regiones del África subsahariana.
Las acciones militares, como suele ocurrir, son seguidas en detalle por adversarios potenciales. Desde el mando estratégico al desempeño táctico de las tropas, a la eficacia de los sistemas de armamentos, todo es un laboratorio, en vivo, de las capacidades de los protagonistas. Desde esta óptica, China observó con la mayor atención la evolución de las acciones. Su mirada puesta, claro, en la posibilidad de un enfrentamiento por Taiwán, que Beijing ha declarado que volverá a formar parte de su territorio. Ello, ya sea a través de una negociación o, si fuese necesario, por la fuerza.
Rusia, por su parte, logró cierto alivio de las presiones internacionales por la guerra que libra en Ucrania. De hecho, fueron relajadas algunas restricciones a sus ventas de petróleo. También se redujo el flujo de armamentos occidentales a las tropas de Kiev. Washington señaló que su primera prioridad era abastecer a sus tropas en el Medio Oriente, en especial con capacidad de baterías de misiles antiaéreos.
La opción israelo-estadounidense de someter a Teherán mediante bombardeos aéreos, resultó insuficiente. Es más, la intensidad de los ataques aéreos y misilísticos terminó agotando las reservas de este armamento que, además, es extremadamente oneroso. Funcionarios del Congreso señalan que otros comandos regionales quedaron expuestos a enfrentar a adversarios como Rusia y China. De hecho, Ucrania acusó una merma de la ayuda occidental. Dicho sea de paso, en numerosos conflictos, en países del Tercer Mundo, ya a las dos semanas de combates se detecta escasez de pertrechos.
El conflicto también puso de relieve la dependencia del Pentágono de misiles y municiones excesivamente caros, en especial los interceptores de defensa aérea. Por ejemplo, los misiles Patriot estadounidenses cuestan alrededor de 3,7 millones de dólares por unidad. Una batería con radares, cuatro lanzadores, generadores y repuestos cuesta 360 millones de dólares. La gran industria armamentística opta por estos onerosos sistemas antes que por drones de ataque, mucho más económicos y de rápido desarrollo, como se ha observado en Ucrania.
Todo indica que la retórica guerrerista de Peter Hegseth, el ministro secretario de Defensa, proclamando que habían demolido las fuerzas armadas iraníes, no corresponde a la realidad. Si bien los ataques israelo-estadounidenses infringieron severos daños, no acabaron con la capacidad de respuesta militar de Teherán, que pudo proteger parte de su arsenal misilístico.
El «memorándum de entendimiento» labrado entre Washington y Teherán no representa un esbozo de acuerdo de paz. Es solo un punteo de la agenda de temas que interesan a ambas partes. Pero, desde ya, deja a Irán en una posición más fuerte que antes de la guerra y, por contraste, a Estados Unidos con menos influencia en la región y a Israel marginada de los acuerdos.
El programa nuclear iraní, que motivó el ataque de Washington, quedó postergado y será discutido en los próximos sesenta días, durante el cese al fuego. Ambos países pondrán fin al bloqueo del estrecho de Ormuz, que será abierto a la libre navegación. Si bien silenciar las armas es un paso necesario, las partes siguen muy distantes en una serie de cuestiones.
Entre los pendientes, figura la exigencia iraní de que descongele sus cuentas y así disponer, desde ya, con 24 mil millones de dólares para enfrentar gastos urgentes. Teherán pide que Estados Unidos pague reparaciones por 300 mil millones de dólares por los daños causados a su infraestructura energética y vial, entre otros sectores.
Israel es el gran ausente en el acuerdo de cese al fuego. Ello hace temer que mantenga su ofensiva bélica en el Líbano. Una de las condiciones de Teherán es el cese de los bombardeos israelíes y el repliegue de sus tropas del sur del Líbano. La política expansionista del gobierno de Benjamín Netanyahu puede tornarse un escollo mayor. Ya sea manteniendo su ofensiva en el Líbano, anexionando la Franja de Gaza y Cisjordania, que en Israel denominan Judea y Samaria, para subrayar la apropiación.
Este panorama genera fricciones con Washington, que ha manifestado su deseo de un apaciguamiento de las tensiones en el Medio Oriente. En última instancia, Israel deberá someterse a la voluntad de Estados Unidos, puesto que depende en grado importante de su ayuda militar y financiera.
El conflicto también debilitó a Netanyahu, que por décadas puso a Irán en su mira, calificándolo como el enemigo más peligroso de Israel y, en consecuencia, obró para destruir al régimen de los ayatolás. El fracaso en deponerlo, dando paso a un gobierno más radical, junto a las discrepancias con Trump, ha desatado las críticas, tanto desde la extrema derecha como de la oposición de centro por debilitar la seguridad del país. Aunque algunos lo califican como un Houdini de la política, por su habilidad para zafarse de situaciones límites, las elecciones previstas para octubre podrían terminar con su mandato.
El país, con un cedro como símbolo nacional, enfrenta una nueva crisis en lo que parece un ciclo interminable de enfrentamientos domésticos y externos. Por lo pronto, Israel ha señalado su voluntad de ocupar una amplia franja próxima a sus fronteras como «zona de seguridad». Para ello ha bombardeado la región, provocando la salida del grueso de la población residente. Luego ha procedido a una destrucción masiva de viviendas para impedir que retornen sus moradores. Israel Katz, ministro de defensa israelí, declaró que su país continuará la ocupación de territorios sirios, Gaza y el sur del Líbano por un «tiempo indefinido».
El objetivo declarado de Israel es erradicar a la organización Hezbolá, mayoritariamente chiíta y aliada de Teherán. Fundada en 1982, en respuesta a la invasión israelí del sur del país, atrajo amplios sectores de los habitantes locales. Desde entonces el grupo insurgente ha combatido contra Israel, diversas facciones políticas libanesas y junto al ejército sirio en la guerra civil en el período del depuesto Bashar al-Assad.
Los servicios de inteligencia israelíes asestaron un duro golpe a Hezbolá en septiembre de 2024, luego de que decenas de personas murieron y más de tres mil resultaron heridas después de que aparatos buscapersonas (beepers o pagers) y walkie talkies utilizados por militantes, explotaran.
Ahora Hezbolá, que no ha participado en el memorándum de entendimiento, ha sido representada por Irán, que exigió el fin de los bombardeos a la región meridional libanesa. A cambio, Hezbolá deberá abstenerse de atacar el norte de Israel. En todo caso, el panorama es incierto, puesto que en Israel existen posturas divergentes sobre el retiro de sus tropas. Por lo pronto, Netanyahu anunció que permanecerá en el Líbano el tiempo que sea necesario.
Como suele ocurrir en las guerras, la batalla de las narrativas adquiere mayor volumen cuando callan las armas. Teherán señala que el acuerdo del cese al fuego «es un gran paso hacia la victoria final».
El presidente iraní Masoud Pezeshkian señaló que, si el entendimiento era plenamente aplicado, podría resolver muchos de los problemas de Irán y que «crearía un mundo diferente para Irán y el Medio Oriente». Trump, por su parte, declaró que Israel existía gracias a las acciones decisivas de Estados Unidos y que había impedido que la República Islámica contara con un arma atómica.
Dada la cantidad de protagonistas en el conflicto, con agendas que responden a urgencias y realidades muy diferentes, sería iluso aventurar algún desenlace.