A partir de un hecho real ocurrido en las horas iniciales del golpe de Estado, el segundo filme de Juan Pablo Sallato indaga en una de las zonas menos abordadas por las películas sobre la dictadura: la de los militares que se negaron a colaborar.
Los primeros momentos de Hangar rojo establecen directa y rápidamente las coordenadas de su personaje principal: el capitán Jorge Silva (Nicolás Zárate), encargado de logística de la Escuela de Especialidades de la FACh. Es la noche del 10 de septiembre de 1973 y Silva le entrega al sargento Hernández (Aron Hernández) un detalle de las instalaciones, de las actividades y de las estrictas rutinas diarias al interior del lugar. Esos breves planos iniciales sintetizan la contextura emocional del personaje: disciplina, rigor y, especialmente, lealtad a su institución.
Esta dimensión individual es la que rápidamente se pone a prueba cuando Silva comienza a intuir, en las horas previas al golpe de Estado, que algo secretamente está ocurriendo y que opera mucho más arriba de lo que su rango medio le permite conocer. Primero son movimientos nocturnos dentro de la Escuela. Luego, llamados telefónicos anónimos y también advertencias de lo que en las primeras horas de la mañana ya es un hecho.
Hangar rojo toma como base la crónica autobiográfica Disparen a la bandada, de Fernando Villagrán, en la que cuenta su paso como preso político en las horas posteriores al golpe de Estado y el papel que jugó Silva en salvarle la vida. El filme explora, por tanto, un tema hasta ahora no abordado por la ficción chilena: el de los militares que se negaron a colaborar con el golpe de Estado.
Lo que el filme despliega a lo largo de sus 80 minutos de duración es el proceso interior de Silva frente a las situaciones que ocurren en su entorno. Este se explicita primero como la paulatina pérdida del control que parecía ejercer en su entorno inmediato y luego como un conflicto moral frente a la violencia que despliega la institución a la que pertenece mientras la Escuela se transforma en un recinto de detención de militantes de izquierda.
Lo que el filme despliega a lo largo de sus 80 minutos de duración es el proceso interior de Silva frente a las situaciones que ocurren en su entorno.
Por sobre la cuidadosa reconstrucción de época, el despliegue de tanques, militares en las calles, multitudes perseguidas y, en general, el saqueo de la iconografía documental y verista a la que han recurrido gran parte de los filmes sobre el tema, una de las buenas decisiones del director Juan Pablo Sallato es administrar un número acotado de elementos dramáticos y expresivos para construir con ellos un largometraje preciso, seco y muy efectivo en su progresión. Se trata, en síntesis, de un drama anónimo que ocurre a espaldas de la gran tragedia política chilena, a mucha distancia de La Moneda en llamas y oculto entre los pliegues de la ética individual, la lealtad y la obediencia militar.
En esa dimensión fuertemente introspectiva del filme de Sallato, su estilo descriptivo, tenso y riguroso lo acerca incluso a una abstracción que descarta la decoración argumental, las líneas de acción paralelas o los personajes irrelevantes. Incluso en la información histórica que el filme proporciona, el foco está mayoritariamente puesto solo en aquello que parece esencial para la comprensión del itinerario dramático de su personaje.
De este modo, en sus coordenadas más relevantes, como espectadores sabemos que el capitán Silva fue un aviador excepcional y un paracaidista admirado, y también que una antigua denuncia para frenar una conspiración montada por su institución para asesinar al presidente Allende detuvo su carrera ascendente y lo congeló en un peldaño menor del escalafón militar. Pero lo más relevante es otra cosa: ese hecho lo sitúa ahora como un elemento sospechoso ante la oficialidad golpista que se alza en su entorno.
Las otras circunstancias históricas —como la formación de Silva en la Escuela de las Américas o las implicancias jerárquicas derivadas de que la Escuela de Especialidades sea controlada por el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea, ejemplificado en la aparición del coronel Jahn (Marcial Tagle)— son datos que apenas se enuncian en una o dos frases del diálogo y que asimilarán con mayor profundidad quienes conozcan mejor la historia política chilena y el rol de la FACh en las violaciones de derechos humanos, pero que no entorpecen para nada el avance de la historia a quienes los desconozcan.
La misma naturaleza despojada y limpia con la que se articulan los flujos del drama se establece en algunos de los elementos formales de la puesta en escena. El más inmediato de ellos es la decisión de filmar en un blanco y negro altamente contrastado, recurso que sin duda complementa visualmente la dicotómica encrucijada que enfrenta su personaje principal.
El segundo elemento, en la misma dirección, es la reducción de la profundidad de campo —esa zona de la pantalla en la que todos los objetos se ven a foco— y el consecuente aplastamiento visual en el entorno de los personajes derivado de ello. Aunque es evidente que este recurso también se explicaría por la necesidad de evitar la costosa inversión de recrear visible y satisfactoriamente el Chile de 1973, la presencia persistente de un espacio inmediato borroso e incierto es plenamente coherente con el sentido dramático del filme.
Todas estas decisiones enfatizan el estatuto final de Silva: su completo aislamiento ante un entorno que se vuelve crecientemente hostil y que está permanentemente poniendo a prueba su lealtad, especialmente cuando se le ordena asesinar a dos jóvenes militantes del MAPU que han llegado hasta el hangar que ahora sirve para custodiar a prisioneros políticos. Es la soledad total de Silva, un aislamiento derivado de su propia disidencia que apenas se expresa en el rictus y en la corporalidad que entrega la actuación de Zárate, a través del cual el filme evita cualquier cercanía con los tópicos de la inmolación o del heroísmo.
Es precisamente por la limpieza de los elementos que el relato pone en acción que Hangar rojo permite ir mucho más lejos en sus consideraciones históricas y éticas. A través de un personaje complejo —con el cual incluso parece difícil empatizar al inicio de la historia—, la película se permite indagar en la frontera difusa entre la disidencia y la pertenencia, la lealtad y la traición, la moral por sobre el deber, aunque no pretenda en ningún caso resolver este tipo de disyuntivas.
Probablemente el único reparo que podría hacerse en la elección de los recursos expresivos del filme es la inclusión de un par de flashbacks que aluden al pasado de paracaidista de Silva y cuya dimensión netamente simbólica no aporta mayores luces a lo que la estructura dramática ha expresado convincentemente. Descontando esos defectos, Hangar rojo debiera permanecer entre los mejores estrenos nacionales de este año.
Hangar rojo, 2026, 81 minutos / Villano Producciones, Brava Cine, Rain Dogs, Berta Film, Caravan y TVN / Chile, Argentina e Italia / Dirección: Juan Pablo Sallato / Guion: Luis Emilio Guzmán / Producción: Juan Ignacio Sabatini y Juan Pablo Sallato / Fotografía: Diego Pequeño / Música: Alberto Michelli y Matteo Marrella / Montaje/edición: Valeria Hernández y Sebastián Brahm / Sonido: Stefano Polidoro / Dirección artística: Bernardita Baeza / Reparto: Nicolás Zárate, Boris Quercia, Marcial Tagle, Catalina Stuardo, Aron Hernández, Francisco Carrasco y Juan Cano.